viernes, 8 de marzo de 2019

Déjame Desabrochar tu Curiosidad



De verdad pensaba que la conocía. Habíamos acumulado una decena de citas y creía conocerla en profundidad. Saber con certeza lo que le pasaba por la cabeza, adivinar lo que necesitaba en cada momento. Cuándo la conversación requería de sentido del humor y en qué momento no era adecuado recurrir a las palabras porque lo que necesitaba era un gesto cariñoso que le devolviese la energía. Estaba en esa etapa en la que, con una mirada, me sentía capaz de leer los versos ocultos de su alma.

Creía conocerla bien. Hasta que, en su casa, tras una noche en la que amanecimos pasada la hora de comer, postrado ante su Smart TV cometí el doble error de investigar su Netflix y su Spotify. No podía imaginar que al hacerlo me vería convertido en Sísifo arrastrado ladera abajo por el peso de la piedra de las ideas preconcebidas. Resulta que ella es dual, en Netflix sólo ve dos cosas: comedias románticas y películas sobre el fin del mundo. Amor y barbarie. 500 días juntos y La Guerra de los Mundos. Anillos de boda o bombas atómicas. Su película recomendada, en razón de los algoritmos que construyen hoy nuestras decisiones, debería tratar sobre una camarera de pisos que, movida por el dolor de su última ruptura, decide matar de hambre a la humanidad a base de fumigar los campos con lejía y Cristasol.

Decidido a escapar de mi aturdimiento recurrí a la música. Para mí la música siempre ha conseguido apaciguarme y ayudado pensar con claridad. Pulsé el botón atrás y entré en su Spotify. Me parece de gente sensata y de principios no recurrir a la versión gratuita en la que un anuncio interrumpa una sonata de Chopin. Ante mis ojos, como una señal de alarma, su música de uso intensivo y las recomendaciones. Recibí en apenas un pestañeo un directo encadenado con un crochet de izquierdas que descolgó mi mandíbula a la vez que mi mirada se perdía extraviada en su techo. Rock cristiano. Amor, barbarie y redención.

Derrumbado en su sofá, tratando de recuperar el aire y la compostura, no quise verme derrotado por KO hasta el último asalto. Por eso, dediqué los siguientes días antes del siguiente fin de semana en profundizar en sus gustos. Inicié la semana viendo películas acerca de las múltiples formas en las que puede devenir el apocalipsis, ya sea por una conspiración urdida en el más remoto confín del universo, o por negar un gesto de afecto o consuelo a alguien que albergará, en lo más profundo de su ser, un odio de tal calibre que no será mitigado hasta ver desaparecer al último de sus semejantes.

Las noche del miércoles fue aún peor. Se me ocurrió explorar el lado romántico de sus preferencias y descubrí que el amor se disfrazó mucho tiempo de Hugh Grant y de Julia Roberts. Fue tal el nivel de hiperglucemia que no se me ocurre peor tortura para una persona diabética que encadenar tres películas en las que esta sea la pareja protagonista. Prefiero el fin del mundo a pasear por Notting Hill. Al menos sé que, de ese modo, perdemos todos. Incluidos Julia y Hugh. Toda una recompensa.

La sorpresa positiva me la llevé con el rock cristiano que me acompañó durante la semana en cada desplazamiento. Los atascos, los retrasos y las multitudes se convirtieron en episodios llevaderos. Me sentía como el héroe que posee todas las respuestas. Capaz de tener una visión preclara de las cosas que observa con la mirada condescendiente de unos padres que, viendo que su amado hijo va camino de su autodestrucción, deciden esperar al último instante para evitarla y que el sentimiento de redención sea mayor al tiempo que aumenta, exponencialmente, la gratitud debida.

Sentados en el sofá la observo secarse el pelo tarareando una canción que no consigo reconocer. El día que nos conocimos me pareció una chica de lo más normal. Pero uno debe aceptar los riesgos de bajar la cremallera de la curiosidad y asumir que todos tenemos nuestros secretos. Ocurre que, en mis últimas relaciones, voy cada vez más a la deriva y me equivoco con mayor frecuencia al tratar de adivinar quién es la persona que tengo delante.

Los pisos son cada vez más pequeños y está de moda el minimalismo. Ya apenas se ven libros, películas y discos en las casas. Los trazos de una persona que no permitían identificar el cuadro entero y poblarlo de matices. Ahora todos nuestros gustos están virtualizados y es más fácil vernos víctimas de un intento de camuflaje. Sin darnos cuenta de que, por mucho que intentemos esconder nuestros verdaderos gustos y nuestros deseos, siempre acaban aflorando.

Viendo cómo se alborota su pelo con el secador me doy cuenta que somos como pájaros que, por mucho que intentemos decorar nuestro plumaje, no podemos escapar de lo que somos. Por mucho que optemos por disfrazarnos o escondernos para parecer más fuertes es imposible huir de uno mismo. La vida no es una cuestión de plumas, sino de actitud, de aplomo. Ni ella ni yo podemos escarpar de lo que somos y, si seguimos juntos, será porque hemos decidido sobrevivir sin disfraces, y que, como en las películas que le gustan podamos ser de los que mueren al principio, deprisa, sin engañar a nadie.