domingo, 16 de diciembre de 2018

El Asalto Épico de las Dudas



Hoy no suena música en el pabellón. Silencio. Sólo cientos de ojos escrutando cada uno de sus movimientos. Calma antes de que con cada uno de sus pasos sobre el tapiz desaten una tormenta con la que dejar boquiabierto al mundo. Apenas faltan unos días para que los Juegos Olímpicos de Moscú comiencen, un último entrenamiento ante la cúpula del partido para demostrar que el oro está garantizado. No hay espacio para la derrota, mucho menos en casa. El segundo puesto es sinónimo de olvido.

Elena Mukhina está sobre el tapiz. Sus formas de mujer en ciernes rellenan su maillot, su rostro agotado y la mirada triste desvelan los años de trabajo que esta niña huérfana lleva sobre sus piernas. Unas piernas que ya se han desprendido de la venda que las envolvían hasta hace unos meses. El recuerdo de la lesión se ha desvanecido, atrás quedan el dolor y la duda, sólo una cicatriz, invisible, ha quedado para siempre, el miedo. No, Elena, en tu maillot ni el pabellón hay lugar para el miedo, lleva años diciéndole su entrenador Mikhail Klimenko.

Hace mucho tiempo que Elena desterró su infancia, muy lejos quedan los cuentos de hadas que guían a niñas temerosas, frágiles y delgadas con los que imaginaba poder rescatar a su madre del incendio que la convirtió en cenizas. Ahora, sobre el tapiz, dibuja soles con sus piernas y arco iris con sus brazos, la única forma de iluminar una sucesión infinita de días grises, idénticos unos a otros, como las gotas del vodka de garrafa. Traza su primera diagonal consiguiendo sacar música del suelo con cada paso. Un ritmo, un compás capaz de hechizar a quien contempla su obra.

De pronto, Elena se para, gira sobre sí misma, toma aire. Es el momento y es, precisamente ahora, cuando se prepara para hacer el salto Thomas, cuando surge en su mente eso en lo que no hay que pensar. De lo que haga ahora va a depender el resto de mi vida conmigo. Sólo es un salto, una repetición más de una secuencia que ha repetido hasta la extenuación, pero no es un salto cualquiera, es el salto Thomas. Un salto en el que se concentran todos los miedos del ser humano. La soledad, el miedo, la incertidumbre, el fracaso y el futuro contenidos en los ciento setenta metros cuadrados de un tapiz.

El salto Thomas es un salto prohibido en gimnasia. Puedes verlo en el segundo 51

Dependiendo de lo sincera, cobarde y valiente que sea consigo misma así será el resultado. Elena corre, son apenas seis segundos los que la separan de la salida. El salto, dos extensiones de piernas y unos arabescos de brazos que serán pinceles con los que dibujar en el aire y el ejercicio habrá terminado. Dentro de diez segundos todos en el pabellón no tendrán la menor duda de que el oro está asegurada y la Unión Soviética volverá a ocupar el lugar que le corresponde. Elena corre y, justo en el instante en que acomete la última zancada su mente queda secuestrada por la imagen de su cabeza golpeando contra el suelo. No es sólo una imagen, es una premonición.

El silencio sigue instalado en el pabellón, pero ahora se trata de un silencio que helador. Los espectadores contienen el aliente hasta que un sonido, ¡crack!, lo resquebraja todo. La gran Elena Mukhina, la todo campeona de Europa y del Mundo, la única gimnasta capaz de derrotar a Nadia Comeneci, la gimnasta diez, acaba de golpear su cabeza contra el suelo. Elena pierde el conocimiento para encontrarse, de nuevo, con la mala fortuna que la acompaña desde el día de su nacimiento. Le toca ahora a ella, quedarse postrada en un silla de ruedas de la que no se levantará jamás en los próximos veintiséis años.

Elena pasará el resto de su vida pensando en ese salto, sola sin ojos que la miren como jamás pensó que pudiera estarlo. Esperando el hada del cuento que ella pensó ser unos años atrás cuando coloreaba con sus saltos los días plomizos y grises de un país en el que nunca escampa. Quedarán más de dos décadas para estar sola con ella apartada, en un rincón sintiendo que no sirve para nada, como un paraguas viejo un día soleado.

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