martes, 27 de noviembre de 2018

Ser Feliz en Salamanca Perjudica la Salud



En Salamanca se envejece deprisa. La gente sólo quiere hacerse viejo deprisa, muy deprisa. Si pierdes la mirada por sus calles encuentras piedras y edificios con cientos de años encima. Verás que sus calles están repletas de gente joven, rebosanre de vitalidad, y a su lado, irremediablemente, aparecerá un anciano. En Salamanca, al cumplir los treinta, si no has conseguido salir de la ciudad una larga temporada ya eres un vejestorio. Y es que un joven salmantino que no sale a ventilar su juventud por otras lides verá cómo su ánimo, su estado vital y su visión del mundo se volverá terca, cuadriculada y rancia como lo son las fachadas de los edificios viejos al estar cubiertos, cada mañana, por una niebla espesa.

Me gusta pasear por el centro de mi ciudad, tomar café y leer la prensa. Me reconforta porque me permite contrastar al momento las noticias, opiniones y editoriales que aparecen en la prensa local con lo que puedo ver en la calle. Me gustan los periódicos, el olor del papel, el calor de su tinta y el tacto de sus hojas. No hay nada más rancio en Salamanca que su prensa local, ni viento frío que castigue más los huesos y perfore el cerebro que sus titulares diarios. Me gusta leer en sus hojas toda aquello con lo que no comulgo, que me haga arrugar el hocico como cuando desenvolvo de su papel la pesca recién comprada en el mercado.  Detenerme en las tribunas y columnas de los opinadores agoreros salmantinos que hablan como si dieran misa, profetas del advenimiento que tratan de frenar un apocalipsis esforzándose por traer de vuelta su pasado. Ahí, están en sus púlpitos diarios los Estella, Ballesteros, García-RegaladoNovelty o cualquier otro de los apellidos nobles que engrandecen los capiteles de sus columnas, desde su trono, hablan de una Salamanca que no conozco: erudita, culta, comedida, noble y educada.

Sería la Salamanca de unos tiempos que, claro está, no he vivido ni antes de marcharme ni ahora que estoy de vuelta. Por eso, según estos opinadores y titulares, tengo que apurar el café en dos sorbos para ponerme a buen recaudo. Regresar pronto a casa, pertrecharme tras los goznes de las ventanas de mi casa y no salir más. Limitarme a ver pasar la vida y no vivirla porque la que debía ser vivida ya fue consumida y disfrutada, por ellos, en el pasado. Ahora, ya en el camino de vuelta de su existencia, hablan que el problema de la juventud es que no respetan a sus padres porque están infantilizados, olvidando que quizá, no hace mucho tiempo atrás, a muchos se les escamoteó gran parte de su infancia por tener que trabajar y llevar dinero a casa en una Castilla de miseria. Que si los jóvenes ahora son violentos, que si sólo saben divertirse bebiendo alcohol, que los jóvenes hoy no leen, que sí lo único que hacen es sobrevivir atrapados a la pantalla de su nuevo móvil... Obviando que son ellos ahora los que más escribe, quienes están recuperando el gusto por la poesía, quienes han optado a renunciar al trabajo entendido como una hipoteca de por vida...

Los jóvenes que pasan por Salamanca se marchan,y los que aquí se dieron al mundo tratan de salir de ella. No quieren  cumplir con el castigo que la ciudad les trata de imponer de envejecerlos aún siendo jóvenes No se puede pensar en pasado cuando apenas se han cumplido los treinta años, a eso edad la nostalgia no debe tener cabida. A esa edad se quiere vivir. Vivir en presente, edificarse un futuro cimentado por ellos, no ser la comparsa de una obra de teatro de quienes les precedieron y ya protagonizaron su cuento. No, se quiere escribir la propia historia y ese anhelo, por suerte, es lo único capaz de rejuvenecer las calles del seso histórico de esta ciudad. 

Así, si todos los que vivimos Salamanca levantamos la mirada de la punta de nuestros zapatos y dejásemos de estar pendientes de las tejas que asoman en los aleros de los tejados, ilusionados y descargados del miedo, como cuando miramos a lo lejos viendo venir a la chica que nos gusta, veríamos. Veríamos que hay motivos para ser feliz en Salamanca. Que la ciudad puede abrir las ventanas, dejar correr el aire y respirar. Que la ciudad no es sólo una cosa de ancianos y de jóvenes universitarios, de instituciones públicas y actos religiosos, que hay más y todo lo que hay que hacer es pararse a mirar.

Paseando al modo unamuniano, por  la ciudad podríamos ver y veríamos. Aparecerían a nuestros ojos parejas jóvenes, de todo tipo, de las que se desean con un amor fugaz pero vivo vestidas de forma moderna. Apenas uno metros más adelante, también lozanos, otros que aún no saben lo que es el dolor del amor cuando te dejan. Si desviásemos la vista a la izquierda podríamos ver, seguro, alguna chica con ojos tristes pero que, cuando sale a la calle los días de viento, se siente segura entre tanta gente viendo volar las hojas, satisfecha, admirando cómo se sacuden sus miedos. Probablemente, cerca de ella, aparecerá una pareja de ancianos, caminando ajenos, sonriendo al paso del tiempo y, un poquito más allá, descubrirás a un niño pequeño haciendo preguntas imposibles a su abuelo, que tiene respuestas para todo, sin que ninguno de los dos sepa que, en unos años, invertirán los papeles.

En Salamanca ser feliz perjudica la salud y es que, en sus calles, en sus bares o en sus rincones, puedes aparecer vestida, en cualquier momento, con el esbozo de una sonrisa con la que, sin saberlo, me matas.

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