miércoles, 3 de octubre de 2018

Las Montañas más Grandes también se Hunden




Hace unos días, atravesé la Los Caenes, mientras corría de vuelta a Cabrerizos con mis gastadas zapatillas de montaña, dejando a un lado la vía del ferrocarril. Era una mañana soleada, fresca, de primeros de otoño y no había un alma recorriendo los senderos. A mi derecha estaba el río, emanando un olor de ropa vieja en una habitación sin ventilar, y los primeros rayos de luz se filtraban entre las ramas de los árboles a ambos lados del camino. Aún estaba un poco dormido, pero avanzaba atento a cualquier obstáculo. Al pasar junto a una de las viejas casas que asoman junto al camino oí un grito aterrador. Sabía que se trataba de un viejo recuerdo, no que estuviese siendo testigo de la escena de un crimen, pero el volumen con el que se reprodujo en mis oídos me puso la piel de gallina. Era mi padre gritando. En aquella cercana aceña mi padre se rompió la cadera mientras se esforzaba en convencerme, a comienzos de un lejano verano, de meterme en el río para que perdiese mi miedo al agua. Era la primera vez que veía una construcción como esa y mi padre, situado en lo alto de la misma, intentaba engatusarme para que le acompañara. De repente, ante uno de mis desmanes, avanzó por el borde para intentar cogerme desprevenido pero logré zafarme, perdió pie y, al tratar de mantener la verticalidad, su pierna derecha cedió y profirió un grito desgarrador. Era la primera vez que oía gritar de dolor a un adulto, y la primera vez que vi llorar a mi padre. Las lágrimas se asomaron a su rostro. Él que optaba por reírse cuando se cortaba con el cuchillo o cuando se machaba un dedo tratando de reparar una nueva herida que aparecía en nuestra vieja casa. Allí estaba, en traje de baño, roto y desvalido. Mi madre tuvo que caminar aún un par de kilómetros hasta el teléfono más cercano desde el que llamar a una ambulancia. Yo tenía apenas cinco años y, mientras mi madre regresaba,  mi padre, roto de dolor, trataba de serenarme  a mí y mis hermanas buscando en su memoria alguna anécdota divertida que contarnos.

La cadera de mi padre siguió dándole problemas, desde entonces, cada poco tiempo, a veces a causa de haber hecho un gran esfuerzo en el trabajo o, con el paso de los años, ante un simple cambio de tiempo. La última vez que recuerdo que tuvimos que llevarlo de nuevo al hospital a causa de su maltrecha cadera le ocurrió paseando por La Flecha. Mi padre apenas paseaba ¿Qué estaba haciendo allí aquella mañana de noviembre? Por lo que contaba había decidido dar una vuelta por la zona para recordar sus escapadas de infancia, y volver a recorrer los caminos que tanto gustaban de pisar Fray Luis de León y Miguel de Unamuno. Asomado a uno de los salientes desde donde podía contemplar en el horizonte la sierra de Gredos y seguir el curso del río Tormes, al sortear un escalón, la rodilla no aguantó el peso y la cadera volvió a decir basta. Un ciclista que se encontraba en la zona se lo encontró y le ayudó a llegar hasta la carretera en lo que llegaba la ambulancia a recogerle. En el hospital le tuvieron que abrir la cadera y reconstruírsela con una prótesis de titanio para lograr estabilizársela. Desde esa operación nunca más volvió a quejarse, pero ya nunca pudo ser capaz de levantar la pierna derecha más de un palmo del suelo sin ayuda.

Muchos años después, montado en mi bicicleta, buscando los caminos que rodean la casa sonde mi padre se crió y quiso vivir toda su vida. Me vi deseando que mis sobrinos me escuchen jamás gritar de dolor ni de desesperación.

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