martes, 23 de octubre de 2018

El Amor en Tiempos de Ibuprofeno



Leer la prensa cada mañana me reconcilia con el mundo. Estoy con mi segundo café del día cuando la veo. Morena, ojos verdes, barbilla alta, sonrisa de ganadora, cazadora de cuero y top blanco. Es un superlike. Pero esta cafetería no es Tinder y está muy lejos de parecérsele. Aquí es imposible que averigüe si tiene 33 o 35 años, hacerme una idea de sus aficiones o si tiene mascota. Tampoco podré averiguar su cuenta de Instagram. Pero me consuelo pensando que ella tampoco podrá saber nada de mi si no levanta la cabeza del teléfono y se acerca a iniciar esta conversación pendiente en la que voy a estar pensando las próximas horas.

La miro mientras desliza sus dedos por la pantalla y chatea. Imagino que me está escribiendo.  Me pregunta por mi profesión, si las fotos de mi perfil son recientes o por lo que he hecho el último fin de semana. Me visualizo ágil en las respuestas, ingenioso sin pecar de gracioso y, sobre todo, ofreciendo respuestas que asomen como puertas abiertas que quiera seguir explorando. Quiero esta conversación que imagino, aquí y ahora.

Pensar en esto carece de sentido porque soy un cobarde. No me atrevo a desencadenar una conversación y, menos aún, si la bebida que debe darme al arrojo que no tengo es un descafeinado con sacarina. Daría lo que fuese por tener una señal suya que me indicase que puedo desencadenar un comienzo, que no haré el ridículo, una muestra gratuita de su predisposición para charlar despreocupada conmigo. No tengo ningún match que me provea de la seguridad de un cheque al portador.

Miro a mi alrededor y me digo. Sí, sí, esto es un bar. Por lo que sé, en sitios como este antes se acudía a tener iniciativa. A arriesgarse. A construir las circunstancias para que la valentía hiciese acto de presencia. Aquí se venía con un modus operandi aprendido y ensayado de casa. La ropa elegida días antes, el peinado modelado y  las primeras palabras ensayadas, una y mil veces, ante un espejo incapaz de resistir a tu locuacidad y al que acababas dando besos fríos, pero besos al fin y al cabo.

Ahora, sin embargo, llevo años acomodado a la tiranía de las app y sus logaritmos. Ya no hay riesgo, me conformo con lo que tengo en la pantalla del teléfono y las caras que hay a mi alrededor alrededor: amigas de amigos, compañeras de trabajo… Ya no arriesgo. Prefiero volverme analfabeto emocional que aventurarme a improvisar una conversación con alguien a quien no conozco de nada. No concibo que una persona desconocida pueda descubrirme algo íntimo. Prefiero ser sólo la imagen de un perfil, mi marca personal y un eslogan en ciento cincuenta caracteres.

No me importa ser un producto de supermercado comercializado por una empresa a la que nadie le pone cara. No experimento ningún reparo sabiendo que mi deseo de conocer gente y explorar las posibilidades de encontrar pareja se convierta en un videojuego, donde las matemáticas de mis hábitos enriquecen a niñatos de Silicon Valley, del que soy juez y parte. Únicamente busco flechazos que no dejen heridas.

Apuro el último sorbo del café y aprovecho para revisar el estado de mi perfil e incluir algún cambio por si llega a leerlo. “Busco rockera de ojos verdes y ternura morena que entienda la mecánica de mi corazón y quiera robarme todos los meses de abril”. Pago el café y le dejo indicado al camarero que me cobre la cerveza de mi morena, le solicito el favor de no decirle nada hasta que me haya marchado.

En la calle, las primeras hoja del otoño abrigan las aceras. Paladeo el sabor seco a yeso del ibuprofeno con el que he acabado mi descanso. Regreso pensando que el amor hoy es de todo menos dolor de cabeza.  Cuando aparezca el amor quiero que con él que todo salte por los aires, quedar aturdido por su estruendo. Camino pausado, esperando que mi soledad reviente, albergando la esperanza de que el próximo match dinamite la pantalla. Descubrirla dispuesta a ventilar todos mis espacios cerrados, viéndola abrir de par en par las ventanas llenándome de aire nuevo.

Ultimo las caladas del cigarro deseando que ojalá viniera para prender y mantener encendida, juntos, una llama que no queme. Me veo caminando a su lado y me parece el mejor paso de baile. Me encantaría que llegara con su sonrisa sigilosa por mi espalda, me tapara los ojos y comenzara a sonar un  rock & roll al oírla decir “vamos”. Que me agarrase la mano para salir corriendo a desgastar el asfalto con nuestras coreografías.

Lanzo la colilla al suelo, reviso por última vez el teléfono y me adentro en la oficina. Me coloco en mi puesto convencido de que lo que padezco es una indisposición a crónica a entregarle lo mejor de mí a cualquiera.

sábado, 6 de octubre de 2018

El 90% de tu Belleza está en mi Forma de Mirarte



No te lo creas tanto, no vayas con esa actitud altiva creyéndote la más hermosa del lugar y despreciando a quienes crees que no están a la altura de tu caché. Tu imagen no vale nada, no te engañes. Puedes seguir posando en tus redes tratando de exhibir únicamente tu fachada, sigue insistiendo. No olvides, ni por un momento, que sin mi mirada tu fachada no vale nada. Así que, por favor te lo pido, preocúpate de hacer algo más que esculpir tus rasgos y de actualizar tu vestuario.

Ocurre que tú, y no sólo tú, todos nosotros y vosotras valemos más que una aparición en Mujeres Hombres y Viceversa (MHYV) o que una decena de nuevos followers en las redes con un último posado. Valemos más que eso y no por eso, porque es importante que tomemos conciencia, de una vez y para siempre, que tu cuerpo no se capitaliza, no es un bien de mercado que cotiza en un mercado regulado como las divisas o el oro. No. Tu cuerpo es tu recurso, una parte de ti, una dimensión tuya, no eres sólo tu capital erótico. Tu aspecto es una fotografía de quién eres, de dónde vienes y qué es lo que piensas, puedes hacerla cotejar con la realidad o impostarla con tu propio Photoshop emocional para inyectarte autoestima.

Tu cuerpo es tu herencia. Es legado de tus antepasados. Sí, cierto, lo puedes moldear, encubrir, transformar para no dar pistas de tu pasado e incluso para eliminarlo. Tu cuerpo es tu relato que contiene, quieras o no un prólogo que otros escribieron. Transforma tu cuerpo, opérate si quieres, entrena, trata de corregir los errores de serie con lo que tu cuerpo vino. Hazlo por salud. No lo hagas por comercializar tus atributos en el comercio de las relaciones. No te creas los fuegos artificiales de la las pantallas de los MHYV.

Nos dejamos arrastrar pensando que hay un patrón estable de belleza, un valor fijo de referencia sobre el que compararse. No existe, es una ficción. La pantalla engaña haciéndote creer que existe, que hay uno sólo. Aparta la vista de la pantalla y descubre. Descubre que no hay criterios fijos de belleza. Habrá, aunque te parezca mentira, hombres  a quien le gusten las mujeres con poco pecho, mujeres a las que le atraigan los hombres que no están musculados, hombres maduros que no les atrae que las mujeres enmascaren su envejecimiento, mujeres a las que no les gustan los cuerpos depilados. Apaga la pantalla.

Sí, existen tantas combinaciones de la belleza, como personas sobre la faz de la tierra. No seamos un MHYV y apostemos sólo por tratar de transformar y mejorar el físico. Sí, hacerlo es apostar sobre una dimensión que creemos poder convertir en un bien de mercado, que nos reportará beneficios económicos y de estatus.  Puede ser que nos aporte entradas a ciertos ámbitos de relación que estarán repletos de otros MHYV.

Apuesta por tu cuerpo si quieres, pero no olvides una cosa importante. Adórnalo. Cubre tu cuerpo de tatuajes. Vístete. Hazlo. Con ello estarás dando continuidad a tu relato, a aquello en lo que crees, tus valores, tu historia. Exhibe tus adornos para construir en torno a ti batallas épicas, victorias incontestables, exhibe las marcas de los daños colaterales tus convicciones. No mostrarlo sería una inversión sin retorno. Exhibe tu ornamentación para indicar tu lugar en la sociedad, descubre tu cuerpo para indicar quién quieres llegar a ser.

Una última cosa te digo, que no se te olvide a ti ni a ninguno de nosotros. La belleza está un 90% en la mirada de la persona que nos mira. Quizá, mírate de nuevo, llevamos demasiado tiempo mirándonos solos ante el espejo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Las Montañas más Grandes también se Hunden




Hace unos días, atravesé la Los Caenes, mientras corría de vuelta a Cabrerizos con mis gastadas zapatillas de montaña, dejando a un lado la vía del ferrocarril. Era una mañana soleada, fresca, de primeros de otoño y no había un alma recorriendo los senderos. A mi derecha estaba el río, emanando un olor de ropa vieja en una habitación sin ventilar, y los primeros rayos de luz se filtraban entre las ramas de los árboles a ambos lados del camino. Aún estaba un poco dormido, pero avanzaba atento a cualquier obstáculo. Al pasar junto a una de las viejas casas que asoman junto al camino oí un grito aterrador. Sabía que se trataba de un viejo recuerdo, no que estuviese siendo testigo de la escena de un crimen, pero el volumen con el que se reprodujo en mis oídos me puso la piel de gallina. Era mi padre gritando. En aquella cercana aceña mi padre se rompió la cadera mientras se esforzaba en convencerme, a comienzos de un lejano verano, de meterme en el río para que perdiese mi miedo al agua. Era la primera vez que veía una construcción como esa y mi padre, situado en lo alto de la misma, intentaba engatusarme para que le acompañara. De repente, ante uno de mis desmanes, avanzó por el borde para intentar cogerme desprevenido pero logré zafarme, perdió pie y, al tratar de mantener la verticalidad, su pierna derecha cedió y profirió un grito desgarrador. Era la primera vez que oía gritar de dolor a un adulto, y la primera vez que vi llorar a mi padre. Las lágrimas se asomaron a su rostro. Él que optaba por reírse cuando se cortaba con el cuchillo o cuando se machaba un dedo tratando de reparar una nueva herida que aparecía en nuestra vieja casa. Allí estaba, en traje de baño, roto y desvalido. Mi madre tuvo que caminar aún un par de kilómetros hasta el teléfono más cercano desde el que llamar a una ambulancia. Yo tenía apenas cinco años y, mientras mi madre regresaba,  mi padre, roto de dolor, trataba de serenarme  a mí y mis hermanas buscando en su memoria alguna anécdota divertida que contarnos.

La cadera de mi padre siguió dándole problemas, desde entonces, cada poco tiempo, a veces a causa de haber hecho un gran esfuerzo en el trabajo o, con el paso de los años, ante un simple cambio de tiempo. La última vez que recuerdo que tuvimos que llevarlo de nuevo al hospital a causa de su maltrecha cadera le ocurrió paseando por La Flecha. Mi padre apenas paseaba ¿Qué estaba haciendo allí aquella mañana de noviembre? Por lo que contaba había decidido dar una vuelta por la zona para recordar sus escapadas de infancia, y volver a recorrer los caminos que tanto gustaban de pisar Fray Luis de León y Miguel de Unamuno. Asomado a uno de los salientes desde donde podía contemplar en el horizonte la sierra de Gredos y seguir el curso del río Tormes, al sortear un escalón, la rodilla no aguantó el peso y la cadera volvió a decir basta. Un ciclista que se encontraba en la zona se lo encontró y le ayudó a llegar hasta la carretera en lo que llegaba la ambulancia a recogerle. En el hospital le tuvieron que abrir la cadera y reconstruírsela con una prótesis de titanio para lograr estabilizársela. Desde esa operación nunca más volvió a quejarse, pero ya nunca pudo ser capaz de levantar la pierna derecha más de un palmo del suelo sin ayuda.

Muchos años después, montado en mi bicicleta, buscando los caminos que rodean la casa sonde mi padre se crió y quiso vivir toda su vida. Me vi deseando que mis sobrinos me escuchen jamás gritar de dolor ni de desesperación.