martes, 18 de septiembre de 2018

La Música que Suena al Encontrarte

Cada una de tus relaciones es la confirmación de que el ser humano es capaz de tropezar varias veces con las misma piedra.




Ahora ha sido con Virginia, igual que antes te pasó con Merce, Tania o con Carol. Tu vida sentimental es como un déjà vu que revivo con cada gin tonic que compartimos para digerir tu última ruptura. Una copa con la que poner punto y aparte, a aquellas otras que acompañaron los avisos de bombardeo que sonaban por los altavoces del garito con el November Rain de los Guns and Roses, donde conociste a cada una de ellas, indicando la necesidad de salir huyendo a refugiarse y que tú, sin embargo, siempre interpretas como una invitación para el próximo baile.

Tus relaciones se rompen en el momento en el que te hacen una pregunta “¿Por qué estás conmigo?”. Una pregunta capaz de atravesarte dejando en tu boca el sabor frío del acero. Una duda que jamás expresarías en voz alta y que provoca en tu interior una detonación que, de inmediato, te aleja a miles de kilómetros de distancia de quien tienes delante. Una pregunta que te obliga a quedarte anclado en el lugar en el que te encuentras hasta que seas capaz de encontrar una respuesta que, sea la que sea, sabes que no merecerá la pena. Un enigma sin respuesta enfrentándote ante tú único miedo: el futuro, a ti que no temes nada del presente.

Ya sabes perfectamente cuáles son los síntomas que preceden a tu Hiroshima emocional. Silencios abruptos mientras esperáis la cena en el último restaurante de moda de la ciudad. Miradas cargadas con la pólvora de los reproches. Cubiertos desenvainados que suenan como sables. Una discusión por el motivo más intrascendente que pueda afectaros: el taller dónde llevar el coche antes de la próxima ITV, la duda acerca de qué menú preparar para mañana… Ante todos, hay una señal que te indica que ya no hay marcha atrás: su barbilla temblorosa. Una barbilla que escupe, como  una  AK-47, una ráfaga cada una de las sílabas que van a provocar un derramamiento de sangre “¿Por qué estás conmigo?”.

Allí estás tú, expuesto, sin encontrar trinchera en la que protegerte. Ignorando cuál puede ser el camino de huida mientras sientes como una infinidad de balas silban rozándote los oídos. Encoges los hombres y tratas de buscar a tu alrededor la llegada de refuerzos que nunca están cuando se les necesita. En ese momento, te resignas y convences de que ya no puedes avanzar porque, antes o después, toparás con una mina que te hará pedazos. Aturdido, confuso y desorientado, dejas caer los hombros, la miras y asumes que ya no merece la pena seguir luchando pero que, hasta ese momento, era tu deber entregarlo todo por lo que creías que era tuyo.

Cuando estás de vuelta en el hospital de campaña que es la casa de tus padres, recuperándote de tus últimas heridas, sabemos que no tardarás en volver a una nueva guerra. Te levantarás de la cama arrastrando los pies, ataviado de tu ridículo pijama de Batman, con numerosas heridas abiertas pendientes aún de cicatrizar para, con voz cansada y ojos ardientes, anunciarnos que regresas al campo de batalla. Convencido de que no puedes perder el tiempo con el pasado, vaticinarás que, esta vez, de una vez, como haces cada septiembre, por fin, al igual que decía Manolo Tena tu predicción se cumplirá “Tengo la certeza de que, ahora, todo será diferente”.

Te veré marchar, de nuevo, y mientras te alejas cargado con tu petate envidiaré tu capacidad para defender a muerte todo en lo que crees: tus ideas, tus proyectos, tu trabajo y, sobre todo, tu vida. Tu capacidad para hacer caso omiso a todas las señales y gritos de alerta de quienes te rodean porque sabes que la mayoría de los problemas que te plantean no existen. El arrojo con el que afrontas cada peligro aunque sepas que vas a salir herido. Te admiro porque nunca aciertas o, mejor dicho, aciertas bastante poco, pero aún así no dejas de insistir y de convercerme, a mí y a todos, de que esta vez sí vas a conseguirlo. Todos deberíamos hacer como tú haces e intentarlo, al menos una vez, otra vez, aunque nos cueste dejarnos los dientes. 

Todos deberíamos probar, una vez, el sabor de la lluvia de Noviembre al amanecer.

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