viernes, 31 de agosto de 2018

Coleccionando Agostos

En los veranos de la infancia en los ochenta y noventa, de agosto a septiembre, una obsesión creciente cada año se apoderaba de mí. Me importaban un bledo las chicas y sus invitaciones para ir a la piscina, me daba exactamente igual la música que sonaba en los 40 principales y no quería saber nada de los cuadernos de vacaciones Santillana



Durante mes y medio, mi mente y energía se centraban en la consecución de un reto apasionante: completar la colección de cromos de la Liga de Ediciones Este, nunca Panini, que ayudaban a conformar el ritual de un nuevo verano.

Coleccionar cromos cada verano es de las cosas que más cosas me han aportado en la vida. La primera, quizá no muy sana, es un gusto por el olor a pegamento líquido Imedio y al de las más sofisticadas barras Pritt. La segunda, derivada de ésta, aunque nunca he tenido que ponerla en práctica, es el descubrimiento de que, con estas barras de pegamento, uno puede obtener copias precisas de las huellas dactilares de una persona. Y una tercera, la más útil, aprender a determinar cómo completar los espacios vacíos que que se abren en el alma. Por aquel entonces había que elegir entre Prosinecki o Martín Vázquez, Tomás Reñones o Patxi Ferreira, Ablanedo I o Luis Sierra… con un criterio definido: el primer cromo en aparecer sería quien ocupase ese recuadro en el albul, el mejor jugador de los dos o, el más ambicioso y seguido por la amplia mayoría, no tener por qué elegir y desear a los dos. Ya idearíamos la fórmula en que ambos tuvieran cabida, como cuando años más tarde, he tenido que elegir entre tabaco o deporte, vivir solo o acompañado, amigos o pareja...

Siguiendo con las cosas buenas que aportó a toda mi generación Ediciones Este, está su incuestionable contribución al desarrollo de nuestra memoria. Cada uno de nosotros, nunca tuvo que recurrir a una lista para saber qué cromos le faltaban ya que sabíamos cada uno de los huecos que socavaban su álbum. Eran nombres y rostros que nos quitaban el sueño por las noches, al tiempo que los rescataban por el día en cada visita al kiosco a por un nuevo sobre. Esos agujeros negros del álbum permanecían grabados a fuego en nuestra mente, por eso no podíamos dejar de burlarnos de los principiantes del FBI. Siempre nos pareció una broma de mal gusto y una evidencia de la laxitud de las pruebas de accesi a la policía. Si las personas encargadas de nuestra seguridad tenían que colgar un retrato del sospechoso y elaborar en una lista de los hombres más buscados para no olvidarlos, siempre irían por detrás y los delincuentes tendrían ventaja. En Garrido jamás olvidábamos una cara y nunca necesitamos una lista.

Asi, todos los que cada domingo por la mañana, cruzando la frontera de Garrido, llevábamos como equipaje una caja de zapatos o una colorida riñonera repleta de cromos repetidos, perfectamente organizados, acudíamos al parque de la Alamedilla, nuestro particular Wall Street, a intercambiar cromos recordamos perfectamente los ojos azules de Gabi Moya, las gafas de sol de Benito Floro el año que entrenó al Real Madrid, un delantero del Oviedo llamado Andrades, la melena punky de Ayarza en el Rayo Vallecano, el bigote castaño de Gonzalo del Lleida y el moreno de un ruso con aire de capitán de los soviets llamado Zygmantovich. No hay cara ni nombre de aquellos veranos que hoy, 25 años después, no se reproduzca en mi cabeza con total nitidez.

Allí, en la Alamedilla, aprendí mucho acerca del funcionamiento del mundo adulto. La facilidad con la que es posible forjar relaciones basadas únicamente en el beneficio económico: conseguir el cromo deseado, utilizando, para ello, la manida táctica de recuperar viejas amistades o tratando de crear alguna nueva. La importancia de forjar alianzas, que se desvanecían tan rápido como se habían formad,o para encarar todo proceso de negociación con garantías de éxito. Y, sobre todo, aprendí que todo en esta vida tiene un precio que alguien está dispuesto a pagar.

El mercado de los cromos se regía por una lógica económica sencilla. Un cromo por otro o, en su defecto, un cromo un duro. Había ocasiones en los que algunos cromos podían llegar a valer cinco duros, dependiendo de las prisas por cubrir un vacío en una página pero, sobre todo, para poner fin a una tragedia emocional. Y es que, un cromo podía llegar a encandilarte a primera vista y estar dispuesto hacer cualquier locura por conseguirlo. Raro era el domingo en el que varios no arrancaban a llorar, una semana podía ser por un jugador del Logroñés llamado Eraña como a la siguiente, éste ya había quedado relegado a olvido, y vivíamos un nuevo enamoramiento, esta vez, de Elduayen.

Esta lógica económica sencilla saltaba por los aires cada verano. Llegaba un momento en el que, imagino que un consejo directivo sin escrúpulos dispuesto a sangrar una economía familiar, aparecía un término maldito y temido: Baja o Sustitución. Este concepto, que solía hacer su aparición a partir de la tercera semana de agosto, hacía saltar todo por los aires y cargaba de rabia e impotencia mi ánimo. Todo al descubrir que, muchos de los cromos con los que contaba, de repente carecían de utilidad. A partir de ese instane los huecos vacíos que creía cubiertos para siempre, quedaban de nuevo abiertos de los que manaban tipo de excreciones. Así de nada me servía contar con Manjarín en el Sporting cuando, semanas después, su sitio era ser el fichaje número ya vestido con el uniforme del Deportivo,  tener perfectamente ubicado a Sigüenza cuando su sitio le pertenecía a Villa en el Lleida de Mané, o tener perfectamente localizado a Pizzi en Tenerife si, de un día para otro, pasaba a corresponderle el espacio de Eloy Olalla en Valencia.

Cada 20 de agosto olvidábamos las normas de control de precios y el liberalismo económico aparecía con toda su crudeza. El parque se llenaba entonces de especuladores que veían en Vítor, el nuevo brasileño del Madrid, con los que hacer su agosto particular llegaban a pedir 500 pesetas por tenerle vestido con la elástica blanca. Desesperados, que consideraban a Alfaro y su traspaso al Valladolid la oportunidad con la que salir de su miseria, llegaron a pedir hasta 1.000 pesetas por este rockero del Pisuerga.  La Alamedilla, los domingos de verano, se convertía así en el reflejo de una España y mundo adulto para el que debíamos estar preparados. Estos, que ya por entonces nos parecían carroñeros, son los mismos que, dos décadas después mantenindo su ausencia de escrúpuls de entonces, lucen calva y prominente barriga tras haber vendido preferentes a ancianas indefensas, hipotecado la vida de miles de personas con viviendas que sabían que no podían pagar y antes especularon con sellos a través de AFINSA.

Nunca fui capaz de completar ni una sola de las muchas colecciones que comencé. Eso sí, gracias a ellas soy capaz de entender cómo funciona el mundo, y lo divido entre los que hacen los cromos y quienes los coleccionan. Entre los que se encaprichan en dar de baja o sustituir a unas personas por otras y los que padecen las consecuencias de esa decisión. Entre quienes buscan abrir vías de agua en las ilusiones de los demás y entre quienes hacen frente a cada herida hasta que cicatriza. Entre los que cambian de cara y los que se la parten cada día. Y a la hora de elegir con quién me quedo, he optado por ser de los que no olvidan una cara y un nombre.

domingo, 12 de agosto de 2018

No te Atrevas a Abrir mi Armario


No hay frontera  que más me haya esforzado en defender que la puerta de mi armario. He librado en su defensa cruentas guerras. He afrontado batallas de un día con amantes de una noche, y guerras de trincheras con mi madre que me dejaban toda una lista de daños colaterales: días sin salir, tardes sin video consola, domingos sin paga… Mi armario es, para mí, el lugar idóneo para mostrarme a mí mismo quién soy y ocultar, de la vista de los demás, lo que he sido y lo que quiero llegar a ser. 




A lo largo de mi vida son varios los armarios que me han acompañado.  El que más tiempo estuvo conmigo fue el que protegía mi cama nido. En él, se juntaron las imágenes de mi iniciada biografía con las pegatinas de mis superhéroes preferidos, los posters de las mujeres con las que comenzaba a soñar, y un montón de prendas y objetos inútiles que cumplían su misión de rescatar los sueños perdidos. Un miércoles de marzo las ramas no pudieron soportar el nido. No quedó otra alternativa que salir volando.

He tenido armarios de dos puertas, de distintas maderas (todas innobles), los he tenido cojos, vencidos por el paso el tiempo, algunos vestidos y otros por vestir. He compartido armarios y siempre, con ésos, he terminado saliendo de ellos.

Los últimos armarios que me acompañan son monótonos.  Son compañeros indolentes que permanecen empotrados contra una pared de la que no quieren separarse y son fríos, muy fríos, despegados. Los armarios de hoy ya no abrazan al abrir sus puertas, sólo saben hacerse a un lado, como si, lo que esconden en su interior no fuese consigo. No me gusta mi actual armario pero, aún así, voy a partirme la cara en su defensa.

Hay una cosa de mi armario que no cambiaré por nada: la minifalda que te dejaste olvidada con la que escondes la mujer segura que eres, el valor que emerge del escote del top floreado que tanto te gusta y el reflejo que me ofrece de tu cuerpo desnudo contra el mío. Ayer, sin embargo, la imagen que el armario me ofreció de ti me dio miedo.

Estabas frente a él, parada, vestida únicamente con esa sonrisa que tienes que aumenta mi esperanza de vida y temí. Temí que abrieras la puerta traspasando una frontera sin  haber pasado por la aduana. Sentí verdadero pavor al pensar que, probablemente, no te conformaras sólo con abrir esa puerta. Que quisieras abrirlas todas, desnudarme del todo para después deshollarme o que, simplemente, estuvieras haciendo una apuesta por formar parte del resto de mi vida.

Oí cómo rodaban las puertas del armario por los raíles. Sólo pude cerrar fuerte los ojos esperando la llegada de la tragedia. Tapé los oídos para no escuchar la detonación de la bomba atómica en las paredes de mi cuarto y comencé la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete…

Tres, dos, uno. Reuní el valor para enfrentarme a la desolación que me aguardaba para ver todo mi mundo arrasado. Las manos habían comenzado a sudarme, una punzada de dolor atravesaba mi cabeza y un grito ahogado quedó encerrado en mi garganta. Me incorporé despacio, quedé petrificado al verte, incapaz de articular una sola palabra. Sólo mis pupilas mostraban un haz de vida al no parar de dilatar. Todo en el cuarto permanecía igual, no había desaparecido nada pero, en apenas unos segundos, había cambiado todo.

Allí estabas, vestida con una de mis camisetas. Puedo decir que, en ese momento, de una vez y para siempre, sentí que no puede haber mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Desde entonces, lo tengo claro. Dejaré que abras mi armario y hagas tuya cualquiera de mis camisetas, aunque sepa que la pierdo para siempre. Merecerá la pena el descosido que dejas en mi corazón.