viernes, 8 de junio de 2018

El Perfume de sus Secretos



Hay olores que embelesan. Olores con la capacidad de hacernos felices por un instante. Están el olor a pan recién hecho, el olor que emana la tierra mojada tras una tormenta, el aroma del café recién tostado, el de las hojas de papel de un libro nuevo… A mí, la felicidad olfativa, me la da el olor a laca. Sí, sí, no hay mejor olor en el mundo que el olor a laca Nelly. Por eso, a veces, cuando encadeno unos días de cierta tristeza, no puedo evitar pasar el tiempo a la puerta de las peluquerías de señoras que hay en mi barrio, disfrutando de la atmósfera única que ofrecen la mezcla de olores del calor de los secadores y la laca. Me encantaría robar ese olor, ser capaz de enfrascarlo como hacía Jean Baptiste Greounille, el protagonista de El Perfume, para deleitarme con él, en la más absoluta soledad, cada mañana.

Estoy convencido de que esta pasión por este olor se debe a que, de pequeño, siempre me intrigó quién era Nelly. La imaginaba como una mujer muy sofisticada, culta, divertida y pícara como lo era la firma que aparecía en cada uno de los frascos que aparecían en casa de mi abuela. Nelly ha sido para mí una mujer por la que querer conocer el mundo más allá de las paredes de la casa de adobe de mis abuelos. Una rubia apasionada por la que escapar de las atmósferas cerradas, cargados de olores fuertes a embutido y puchero. Una mujer por la que recorrer el mundo en su búsqueda porque ella, era para mí, por sí sola, y en mi imaginación, toda una aventura. Una mujer que sería como mi era mi madre antes de que yo naciera.

De niño, vivía como algo emocionante el hecho de irme a cortar el pelo, de la mano de mi madre, a cualquiera de los salones de belleza que frecuentaba. Era todo un ejercicio de exploración de una ciudad que se me antojaba inmensa y desconocida. Nos dirigíamos sin saber a dónde y acabábamos teniendo como destino, un lugar que se anunciaba en la distancia con un rótulo altivo y unas letras mimadas un universo de femineidad. Entrar en el salón era descubrir que existen mujeres muy distintas de las que habitaban en mi barrio. En las paredes, las fotografías de mujeres jóvenes vestidas de una mirada sensual y un peinado perfecto me ofrecían una sonrisa sensual a la que sólo podía corresponder con una sonrisa tímida. Pasaba todo el tiempo allí, callado, sin lanzar una sola palabra porque estaba muy ocupado en estar pendiente de la puerta esperando verlas aparecer cruzando el umbral. Decepcionado y cabizbajo porque no las había visto aparecer, me pasaba todo el camino de vuelta a casa pensando no en dónde estarían esas mujeres, sino en por qué se fueron del salón de belleza antes de que yo llegara.

Pocos son los lugares que me transportan a la infancia como lo hacen las peluquerías de señoras. Me fascina, ahora ya adulto, que las mujeres que hoy salen de ella, tuvieron un pasado en el que fueron capaces de cautivar a numerosos hombres. Ahora, pasados los años y perdida la inocencia de la infancia, avasallado a cada instante por las miles de fotografías y rostros femeninos que pueblan los anuncios en las calles, las redes sociales y los escaparates de la ciudad, he alcanzado la certeza de que las mujeres más bonitas, las más interesantes, las que tienen más que ofrecer, las más apasionadas y las que tienen toda una historia que contar y una vida por vivir son, siempre, las que, al igual que Nelly, no aparecen en las fotografías.