viernes, 11 de mayo de 2018

Mi Episodio Semanal de Felicidad



La vida es para arriesgarse y no perder la oportunidad de explorar los límites. Lo hago en los pequeños actos, en episodios aparentemente sencillos. Así, siempre bebo agua del grifo de cada una de las ciudades que visito, tomo medicinas sin leer el prospecto y bebo de las latas de refresco a morro, sin limpiarlas antes, haciendo caso omiso a todas las leyendas que hablan de heces de cucarachas, ratas y demás fauna que habita nuestro ecosistema. Pero, sin duda, el acto más arriesgado que hago cada semana es, para muchos, mi comida semanal en Mc Donald’s.

Sí, lo reconozco, me conozco todos los menús, las combinaciones más económicas y las más caras, todos los complementos y tengo instalada la aplicación en el teléfono móvil. Critican mi decisión de comer cada semana entre Big Mac y Happy Meals los entusiastas de la vida sana diciendo que eso no es comida. Los especuladores financieros de mis amigos alegan que la comida es carísima para la cantidad que te ofrecen, como si cada comida debiera ser una desgravación fiscal o una inversión con el poder de cambiar, para siempre, el estado de mi cuenta corriente.

Las críticas que más me irritan a mi cita semanal son las de aquellos que vaticinan el fin del mundo por mis hábitos alimenticios. Son quienes pregonan que soy un vendido al capitalismo, que carezco de personalidad o que estoy condenando a la desaparición a los negocios locales. Para mis amigos soy una especie de Hitler de la restauración, más aún desde que les confesé que, cuando busco piso, una de las cosas que más valoro en mi elección es que haya un Mc Donald’s lo suficientemente cerca como para llevarme la comida a casa y disfrutar del olor que emanan las bolsas de papel, aún calientes, inundando el salón. Puede que la felicidad, para mí, sea nada más que eso.

Ir a este establecimiento de comida rápida es un acto arriesgado porque uno parece allí un furtivo. Cruzar su puerta, sólo, a partir de cierta edad, te convierte, de golpe y porrazo, en un delincuente que figura en la lista de los más buscados del FBI. Estás allí temiendo encontrarte con alguien conocido o que pueda reconocerte. Temes que, de ser descubierto sin una coartada que te ampare, ir con los sobrinos o esgrimir una entrada de cine de la sesión anterior, te verás impedido para los restos de las oportunidades que la vida la ofrece a la gente de bien: firmar una hipoteca, casarte por la iglesia o hacer uso de la Seguridad Social. Pese a lo mucho que me juego, sigo yendo cada semana.

Voy a Mc Donald’s porque me iguala al resto del mundo, porque allí me siento uno más. No acudo con la esperanza de encontrarme a Kasparov esperando alguien con quien batirse en una partida de ajedrez, ni tampoco con el sueño de abrazar una conversación de amores líquidos y etéreos entre Neruda y Baumann mientras disfrutan, de forma relajada, de un Mc Flurry. Me gusta, sin embargo, el movimiento constante, el bullicio, el ruido de las familias que allí se congregan, las risas histriónicas de los que han visto asaltada su infancia a manos de la adolescencia y observar cómo se van acomodando al espacio los recién llegados, así, poco a poco, con los ojos muy abiertos y los movimientos lentos pero con la frente alta y altiva. Tal y como apareciste tú, borrando a cada paso la línea de mi frontera sin dar ni una sola pista a nuestros enemigos.

1 comentario:


  1. Iba a Mc Donald’s hacía lo que haces es por eso que me he dado cuenta que eres muy joven. Vivía como vives desafiando al mundo con mi criteria
    Me gusta como escribes
    No cambies
    Es tu vida y yo disfruto lo que dices

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