viernes, 6 de abril de 2018

Un último Selfie




De mañana, en el tren de alta velocidad que la llevaba a la enésima Convención Nacional del partido en a Sevilla, la presidenta despertó sobresaltada cuando apenas llevaba una hora de viaje. Con el desconcierto de quien despierta de un sueño imprevisto, dirigió su mirada hacia la ventanilla. Soreprendida, descubrió que al otro lado del cristal una figura idéntica a la suya se desplazaba a la misma velocidad por el paisaje manchego, devolviéndole cada uno de sus gestos. Su cerebro racional, él mismo que le había conducido a ocupar el liderazgo de su región y del partido, le llevó a la rápida respuesta de que lo que estaba viendo no era otra cosa que el reflejo de su propia imagen.

No contenta con una primera respuesta tan evidente, continúa contemplando la imagen dejando que su imaginación se desprendiese de las capas de piel de sus certezas. “Soy yo misma”, se dijo, “un yo escindido”, una parte de sí que siempre le había estado acompañando al que no había dado permiso para alcanzarla. Afinó la mirada y descubrió.

Descubrió que la imagen le mostraba todas las normas que quiso transgredir y no se atrevió a saltar por miedo a su padre. Cada uno de los besos que enterró con avaricia estaban en sus labios estrechos, las arrugas de su rostro le lanzaban le enumeraban, como cicatrices, cada uno de los placeres a los que renunció: aquel joven con el que se apasionó un verano en Mallorca, las escapadas en moto por la montaña que dejó de hacer... Los ojos hundidos y oscurecidos le mostraron todas las oportunidades que se negó a aprovechar y aquellas que de las que nunca debió beneficiarse. Allí estaban, frente a ella, todas sus renuncias y errores cometidos ocultos a sí misma y los demás para llegar a alcanzar el puesto que hoy ostenta.

Los futuros que nunca fueron estaban ahora con ella en un presente avanzando a trescientos kilómetros por hora. Una sucesión continuada de imágenes pasaba ante ella en una película de alta definición de la que era la única espectadora. Su vida personal y familiar de no haber entrado nunca en política. Los distintos tatuajes que luciría de no haber renunciado a su amor mallorquín. El rostro obnubilado de los alumnos que la escucharían atentamente en el auditorio de la universidad de la que formaba parte. La llegada de un viaje a Sevilla, en un día exacto como ése, de no haber pagado nunca ése maldito máster.

La presidenta, cansada de verse a sí misma, se levantó del asiento. Con paso lento pero decidido se dirigió al vagón cafetería. Apenas dado el primer sorbo a un café que sabía le iba a saber amargo, a su lado, apareció su asesora, su cómplice fiel que la ha venido acompañando en cada paso durante los últimos años. “¿Qué tal el viaje Cristina?”, le preguntó. “¡Harta, ni siquiera en el tren puedo escapar de los juegos sucios y del raca-raca de la oposición!”.

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