lunes, 30 de abril de 2018

Cruzar la Calle



Acabo de guardar la tarjeta de crédito en la cartera. Recojo las bolsas con la compra, me despido con un educadísimo “que tangas un buen día” y me dirijo al ascensor para llegar al aparcamiento. Y así, en un abrir y cerrar de puertas me doy de frente con Ella. Antes de que salgamos del asombro ya he logrado escabullirme en el ascensor que me dirige directo al recuerdo del descenso a los infiernos de mi adolescencia. Aquella caída que no se habría producido jamás de no ser por Ella. Por eso, no la he saludado y no he tenido otro remedio que huir.

De aquello hace veinte años. Fue una tarde de junio en la que la ciudad olía a tormenta. Yo iba de camino a la biblioteca a preparar el examen final de Historia que tendría a la mañana siguiente. Mi título de la ESO estaba en juego, era un todo o nada, aprobar ese examen o quedar para el resto de mi vida mancillado por el estigma de ser repetidor. Un resultado que podría condenarme a un limbo de difícil escapatoria. Allí me dirigía, cargado de la seguridad que me daban mis Converse blancas nuevas y unos Levi’s, también de estreno, que me decían que nada iba a poder conmigo.

Son apenas quinientos metros los que separan mi casa de la biblioteca. Hago el camino sintiéndome invulnerable mientras en el discman que llevo de la mano, junto a los apuntes que debo memorizar, suena a todo volumen el Club de los Poetas Violentos. Camino con la barbilla en alto, impostando una ligera cojera que no existe para darme un aire de tipo duro cuando, al otro lado de la avenida la veo, es Ella.

La había conocido el fin de semana anterior en un botellón que se organizó en la casa de alguien de quien sólo te aprendes el nombre el tiempo suficiente para poder entrar. Tuve la suerte de que, en uno de esos juegos que consiste en beber lo más rápido posible para que la vergüenza escape viéndose amenazada, Ella se sentase a mi lado. Hablamos, mucho, sin apenas prestar atención a lo que pasaba a nuestro alrededor. Desde el minuto cinco, alcancé el convencimiento de que tenía delante a la mujer de mi vida.

Mientras caminaba pensando en ella, en si la volvería a ver, en cómo de largos serían cada uno de nuestros besos, en el nombre que pondríamos a nuestros hijos y los lugares a los que escaparíamos sin dejar rastro; allí que puedo verla. La música de mis auriculares cesa y empiezo a escuchar cómo la ciudad suena a Kenny G, unos acordes que son como unas trompetas de Jericó anunciando que el muro de su corazón se está derrumbando con cada uno de mis pasos. La llamo, ella se para, me saluda y sonríe. Me siento invencible. El rey del mundo. Son apenas unos metros los que nos separan. El corazón percute sin descanso en mis costillas.

Bajo de la acera, estoy imparable, me quedo parapetado entre un coche y una furgoneta deseando cruzar este río de asfalto que me separa de la otra orilla donde me aguarda Ella. De repente, me ahogo. Me ahogo mientras  una corriente de agua no para de entrar en mi boca abierta y calar hasta el último rincón de mi cuerpo. Un maldito camión que se dedica a limpiar las calles y drenar el alcantarillado está escupiendo su agua sin reparar en mi presencia. Me estoy ahogando en la primera tormenta artificial del verano. Me ahogo y sólo puedo verlo todo pasar todo en slow motion.

Veo la misma cara de asombro que aún conserva. Veo al conductor del camión pidiéndome perdón. Veo a una señora a la que se le escapa una sonrisa y a dos jóvenes que se descojonan al tiempo que me señalan. Cuando el camión y la borrasca que lleva consigo desaparecen vuelvo a mirarla. Ella comienza a reírse. Consigo cruzar hasta al otro lado fingiendo una naturalidad que trata de restar importancia a lo que acaba de suceder.

Estoy empapado de arriba abajo. Hablo un poco con Ella hasta que comienzo a darme cuenta del desastre. Mis zapatillas nuevas perdiendo su tono blanco comenzando a teñirse de azul. Los pantalones están empezando a sangrar toda la sangre del príncipe de cuento que ya nunca seré para Ella. En mi mano, los folios que contenían el peso de la Historia se volvieron livianos, unos pergaminos en los que, todo lo que aparece, son unos jeroglíficos que ni el más experto egiptólogo podrá descifrar jamás. Acabada la conversación, eché a correr.

Corrí de vuelta a mi casa, llevando conmigo la tinta azul suficiente para dejar marcado bien a fuego en mi memoria el peor día de mi vida. Llegué a mi casa y lloré. Sí, lloré la tinta de una historia que no era la que hubiese querido escribir con Ella. Lloré porque me sentía doblemente humillado. Lloré porque ese día perdí la oportunidad de ser alguien distinto. Porque en esa tormenta renuncié a muchas de mis aspiraciones. Perdí a la primera mujer de mi vida y sólo recibí a cambio un suspenso en Historia.

Ahora, tantos años después, cada vez que siento que un problema invade mi cabeza y amenaza con hundirme ante el menor contratiempo, pienso en aquel día. En la sensación de seguridad que llevaba conmigo luciendo mis zapatillas y pantalones nuevos, en la sensación de ser indestructible, en saberme capaz de enfrentarme a todo y a todos. Ahora sí, para no volver a tener que llorar de nuevo la humillación de aquel día, siempre miro a ambos lados antes de cruzar.