lunes, 5 de marzo de 2018

Hicimos del Juego un Juguete



De niño me pasé la infancia jugando al juego más divertido. No era un juego solitario, sino que buscaba la compañía de otros para hacerlo del todo insuperable. Daba igual la hora, el lugar o el tiempo que hiciese, lo importante era jugarlo cuantos más mejor. Al principio sólo tenía dos reglas: la pelota no se podía coger con la mano y era gol cuando había unanimidad. Jugábamos sin límites definidos porque a edad temprana concebimos el mundo sin más barrera que las limitaciones de nuestro cuerpo menudo.

Disfrutábamos en un terreno de juego sin límites, sin líneas que delimitarán fin a nuestro juego y sin tiempos de prolongación, prórrogas ni goles de oro. Primero, nos llamábamos por nuestros nombres pero, conforme más tiempo pasamos disfrutando empezamos a usar los nombres de adultos que no sabíamos quiénes eran pero que sabíamos que existían, porque aparecían en muchas de las letanías de nuestros padres cuando hablaban de nuestro juego. Así, Pablo dejó de serlo para comenzar a ser Schuster, Luis cambió su nombre por Hugo, Miguel pasó a ser Michel, Andrés desde entonces siempre se llamó Butragueño… Muchos cambiamos nuestros nombres y, casi sin darnos cuentas, fueron más lo que dejaron de jugar.

Pasó el día en que los mayores se empeñaron en ordenar nuestro juego. Llenarlo de reglas, procedimientos y decidiendo quién, a partir de ese momento, se dedicaría a jugar y quiénes a mirar cómo el resto jugaba. Quienes pudieron seguir jugando, de repente, comenzaron a saberse observados a jugar menos para con quienes jugaban y más para quiénes miraban. Nuestro juego dejó de ser de quienes jugaban para ser, poco a poco, cada vez más, de quienes miraban. Éstos marcaban la hora a la que podíamos jugar para que pudieran mirarnos mientras lo hacíamos, y se acabó lo de jugar en cualquier sitio. Había que jugar en un sitio donde los que quisieran mirar no tuviesen que estar buscándolo, sino que supiesen donde encontrarnos.

El juego más divertido del mundo dejó de ser un juego en el que jugábamos todos y se transformó en un juego en el que jugábamos unos contra otros. Primero los de una calle frente a los de la calle de al lado. Una vez que la guerra de trincheras de nuestra calle acababa repleta de daños colaterales, los adultos firmaban un armisticio y se aliaban entre ellos para abocarnos a nuevas luchas con otras calles de las que no habíamos oído hablar en nuestra vida. Muchos fueron los daños colaterales, con cada nueva intrusión de un adulto en nuestro juego uno de los nuestros dejaba de jugar y pasaba a ser de los que miraban.

De repente, sin saber cómo ni realmente cuando los que miraban eran muchos más que los que jugaban. Otro día los que miraban dejaron de conformarse con ordenar el juego, establecer reglas y delimitar horarios. Un día, los que miraban dejaron de ser silenciosos y empezaron a hacer ruido. Los sonidos dejaron de ser de asombro o de la diversión que quienes jugaban le contagiaban. Los que miraban dejaron de contagiarse de quienes jugaban y empezaron a mirarse entre ellos, buscando nuevas formas de divertirse.

Al comienzo les dio por cantar, porque cuando la gente se junta, normalmente lo hace por la música: porque unos cantan y otros bailan. Así, un día mientras jugábamos los que miraban comenzaron a cantar: canciones populares del momento o de siempre, hasta que se dieron cuenta de que podían cantar sobre quiénes jugaban. Y así empezaron a añadir nuevas diversiones al juego más divertido.

Fueron muchas, infinitas las canciones que cantaron al juego y a sus jugadores. Para aumentar el repertorio y hacer todo aún más divertido empezaron a cantarse unos a otros, a modo de burla, un chiste. La diversión, así, estaba garantizada no sólo para los que jugaban sino también para los que miraban. Este juego no dejaba de ser el mejor invento del ser humano. Hasta que, conforme pasaban los días, los meses y los años, los que miraban cada vez eran más y los que jugaban menos, los que miraban dejaron de saber por qué cantaban. Ya no cantaban porque miraban a quienes jugaban. Cantaban sólo para quienes miraban y para que les miraran.

Los que jugaban ya ni siquiera lo hacían con quien jugaban, ni siquiera para quienes miraban. Los que jugaban empezaron a hacerlo para quienes pagaran porque, un día incierto, el juego dejó de serlo y se volvió negocio. Un juego, mejor dicho, un juguete al que ya no juegan no Luis, ni Andrés ni Miguel y en el que, cada vez, hay menos sitios en los que poder jugar con él. Un juguete que ya no es juego, sí, el que era el más divertido del mundo y que, dejamos que se escapara del control de los niños que éramos y que alguna vez fuimos, y se lo entregamos al adulto que no nos imaginábamos que podríamos llegar a ser.

Tuvimos un juego al que ya no sabemos jugar, no sabiendo jugar a otra cosa. Tuvimos un juego al que jugábamos, lo hicimos mierda, como todo en la vida, cuando dejamos de hacer para pasar a ser los que miran hacer, opinar acerca de lo que otros hacen y, además, que nos aplaudan por ello.

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