sábado, 31 de marzo de 2018

Tengo Alergia a las Medias Naranjas



El otro día, acodado en la barra de uno de los garitos de suelo pegajoso y la barroca decoración de los bares propia de hosteleros que hace muchos años abandonaron sus sueños, volví a toparme de bruces con una conversación más de medias naranjas. Estaba aún haciendo el recuento de las monedas que llevaba, sopesando en qué alcohol invertir en este mercado de futuros del garrafón, cuando ví a una antigua compañera de facultad de quien llevaba años sin saber nada.

Pensé que no me recordaría por lo que no le dije nada, pero a la segunda mirada me acerqué invadido de la autoestima infunde el ir con el pelo recién cortado. Después de dedicar los primeros minutos a la protocolaría entrevista de trabajo de todo encuentro entre viejos conocidos, charlamos. Matizo, habló ella. Yo estaba encantado escuchando, todos los manuales del cortejo y lo expertos en psicología de las relaciones siempre dicen que para seducir a una mujer hay que escucharla. A eso dediqué el encuentro.

Escuché como marcan los cánones y los principios que regulan la escucha activa. Asentía, le devolvía alguna que otra sonrisa, mantenía el contacto visual sin ser intrusivo, recurrí varias veces a la fórmula de repetir sus cinco últimas palabras y lanzarle una nueva pregunta, respetaba sus silencios, en definitiva, fui el modelo perfecto de empatía masculina. Todo mientras ella hizo repaso a todos los gritos, peleas, malentendidos, episodios tormentosos, infidelidades, relaciones tóxicas, dramas, penas y lloros que habían poblado su vida sentimental en todos estos años que llevábamos sin vernos.

Fue un repaso de quince años en tres copas. Cuando aún no nos habíamos decidido a pedir la cuarta surgió el tema de las medias naranjas que liquidó con solo una frase toda la empatía que fluía por mi sangre, cuando sin soltar una lágrima pero con la mirada rota espetó “Tengo casi cuarenta años y aún no he encontrado mi media naranja”. Al oírla todo el alcohol que me invadía entre en combustión quemándome las venas.

La expresión mi media naranja es una de las tres cosas que más detesto en la vida, junto a los filetes de hígado y los pendientes de perlas. No sé si esto se debe a algún trauma infantil con Naranjito, alguna sobredosis de vasos de butano de Revoltosa de naranja o a mi aversión por la macedonia. Mi cuerpo reacciona de forma instintiva, activa todos los circuitos de alerta y me prepara para salir huyendo. Sin embargo, tuve que contener la sabia respuesta natural que, durante generaciones, los hombres de mi familia habían desarrollado ante esa expresión y quedarme allí. Porque si hay algo que puede cambiar el curso natural de las cosas es una mujer hermosa, inteligente, sola y llorando en público.

La situación se me hacía cada vez más incómoda. Pasaban los minutos y ella continuaba flagelándose con nuevos viejos recuerdos, al tiempo que yo miraba lanzando miradas de auxilio en todas direcciones buscando una salida. Volvimos a cruzar nuestras miradas y me pregunto “y tú, ¿encontraste a tu media naranja”. Prometo que intenté no caer en la provocación, mantener la calma y dar una respuesta que le aliviara. Hice un ímprobo esfuerzo por recordar alguna cita de libros de autoayuda, algún verso de Neruda, nada.

- Escúchame tú un minuto ahora –le  dije en un arranque de hiriente sinceridad-. Creo que quienes pasáis la vida buscando medias naranjas, lamentando no encontrarlas o haberos equivocado al creer que lo era, nos harías un favor a todos si empezaseis por buscar primero el medio cerebro que parece que os falta. Porque, por el momento todas la medias naranjas que me he encontrado en la vida, sólo sirven para ser exprimidas. Para consumirlas en el momento antes de que se oxiden, beberme sus vitaminas y, la cáscara que queda, tirarla a la basura.

Nos empeñamos en complicarnos la vida, en hacerla más difícil de lo que es. Queremos hacer de nuestra vida una epopeya, superar los más altos obstáculos, salir vivos y victorias de las más cuentas guerras, vivir la historia de amor más apasionada; y si no es así nos volvemos infelices. Cuando quizá todo es más sencillo, porque buscar una media naranja es aburrido y puede ser igual de frustrante.

Porque una media naranja requiere otra mitad que sea exactamente igual, no complementaria. Porque igual, todo lo que necesitamos en la vida es encontrar a alguien con quien compartir silencios en un viaje en coche un sábado por la mañana, alguien con quien salir a comer fuera sea un rato divertido y con quien tomar una copa a deshoras. Alguien con quien despertar sin sonidos de alarma. Alguien con quien ir al cine sin mirar la cartelera. Alguien con quien las salas de espera sean llevaderas. Alguien con quien ir al supermercado a comprar zumo recién exprimido.

Pagué la cuenta y salí del bar, dejándola a ella dentro. Mientras regresaba a casa, entre un la tienda del chino y compré una bolsa de limones para tomarme un último gintonic antes de acostarme. Echando el zumo de limón en la copa, pensaba en mi vieja amiga y en que, la vida, en definitiva, no es más que esto. Un paseo de vuelta a una casa donde poder contrarrestar la acidez y la indigestión de cada día de oficina.

lunes, 5 de marzo de 2018

Hicimos del Juego un Juguete



De niño me pasé la infancia jugando al juego más divertido. No era un juego solitario, sino que buscaba la compañía de otros para hacerlo del todo insuperable. Daba igual la hora, el lugar o el tiempo que hiciese, lo importante era jugarlo cuantos más mejor. Al principio sólo tenía dos reglas: la pelota no se podía coger con la mano y era gol cuando había unanimidad. Jugábamos sin límites definidos porque a edad temprana concebimos el mundo sin más barrera que las limitaciones de nuestro cuerpo menudo.

Disfrutábamos en un terreno de juego sin límites, sin líneas que delimitarán fin a nuestro juego y sin tiempos de prolongación, prórrogas ni goles de oro. Primero, nos llamábamos por nuestros nombres pero, conforme más tiempo pasamos disfrutando empezamos a usar los nombres de adultos que no sabíamos quiénes eran pero que sabíamos que existían, porque aparecían en muchas de las letanías de nuestros padres cuando hablaban de nuestro juego. Así, Pablo dejó de serlo para comenzar a ser Schuster, Luis cambió su nombre por Hugo, Miguel pasó a ser Michel, Andrés desde entonces siempre se llamó Butragueño… Muchos cambiamos nuestros nombres y, casi sin darnos cuentas, fueron más lo que dejaron de jugar.

Pasó el día en que los mayores se empeñaron en ordenar nuestro juego. Llenarlo de reglas, procedimientos y decidiendo quién, a partir de ese momento, se dedicaría a jugar y quiénes a mirar cómo el resto jugaba. Quienes pudieron seguir jugando, de repente, comenzaron a saberse observados a jugar menos para con quienes jugaban y más para quiénes miraban. Nuestro juego dejó de ser de quienes jugaban para ser, poco a poco, cada vez más, de quienes miraban. Éstos marcaban la hora a la que podíamos jugar para que pudieran mirarnos mientras lo hacíamos, y se acabó lo de jugar en cualquier sitio. Había que jugar en un sitio donde los que quisieran mirar no tuviesen que estar buscándolo, sino que supiesen donde encontrarnos.

El juego más divertido del mundo dejó de ser un juego en el que jugábamos todos y se transformó en un juego en el que jugábamos unos contra otros. Primero los de una calle frente a los de la calle de al lado. Una vez que la guerra de trincheras de nuestra calle acababa repleta de daños colaterales, los adultos firmaban un armisticio y se aliaban entre ellos para abocarnos a nuevas luchas con otras calles de las que no habíamos oído hablar en nuestra vida. Muchos fueron los daños colaterales, con cada nueva intrusión de un adulto en nuestro juego uno de los nuestros dejaba de jugar y pasaba a ser de los que miraban.

De repente, sin saber cómo ni realmente cuando los que miraban eran muchos más que los que jugaban. Otro día los que miraban dejaron de conformarse con ordenar el juego, establecer reglas y delimitar horarios. Un día, los que miraban dejaron de ser silenciosos y empezaron a hacer ruido. Los sonidos dejaron de ser de asombro o de la diversión que quienes jugaban le contagiaban. Los que miraban dejaron de contagiarse de quienes jugaban y empezaron a mirarse entre ellos, buscando nuevas formas de divertirse.

Al comienzo les dio por cantar, porque cuando la gente se junta, normalmente lo hace por la música: porque unos cantan y otros bailan. Así, un día mientras jugábamos los que miraban comenzaron a cantar: canciones populares del momento o de siempre, hasta que se dieron cuenta de que podían cantar sobre quiénes jugaban. Y así empezaron a añadir nuevas diversiones al juego más divertido.

Fueron muchas, infinitas las canciones que cantaron al juego y a sus jugadores. Para aumentar el repertorio y hacer todo aún más divertido empezaron a cantarse unos a otros, a modo de burla, un chiste. La diversión, así, estaba garantizada no sólo para los que jugaban sino también para los que miraban. Este juego no dejaba de ser el mejor invento del ser humano. Hasta que, conforme pasaban los días, los meses y los años, los que miraban cada vez eran más y los que jugaban menos, los que miraban dejaron de saber por qué cantaban. Ya no cantaban porque miraban a quienes jugaban. Cantaban sólo para quienes miraban y para que les miraran.

Los que jugaban ya ni siquiera lo hacían con quien jugaban, ni siquiera para quienes miraban. Los que jugaban empezaron a hacerlo para quienes pagaran porque, un día incierto, el juego dejó de serlo y se volvió negocio. Un juego, mejor dicho, un juguete al que ya no juegan no Luis, ni Andrés ni Miguel y en el que, cada vez, hay menos sitios en los que poder jugar con él. Un juguete que ya no es juego, sí, el que era el más divertido del mundo y que, dejamos que se escapara del control de los niños que éramos y que alguna vez fuimos, y se lo entregamos al adulto que no nos imaginábamos que podríamos llegar a ser.

Tuvimos un juego al que ya no sabemos jugar, no sabiendo jugar a otra cosa. Tuvimos un juego al que jugábamos, lo hicimos mierda, como todo en la vida, cuando dejamos de hacer para pasar a ser los que miran hacer, opinar acerca de lo que otros hacen y, además, que nos aplaudan por ello.