lunes, 19 de febrero de 2018

Puertas Blindadas



La decisión sobre cenar pizza esa noche fue inmediata. Salíamos del cine cuando la tormenta nos sorprendió como un atentado del que debíamos huir corriendo, agachando la cabeza y buscando el primer refugio donde sentirnos a salvo. De pronto, allí estábamos, en una pizzería argentina pidiendo pizza fugazzeta con aspecto de ser la digestión precoz del cocinero. Aun así, tú te mostrabas radiante cuando salías de allí con la caja de cartón bajo el brazo acompañada por la botella de vino con la que maridar nuestra cena de gala.

Atravesando las calles mojadas sentí, por primera vez desde que llegué a la ciudad, que estábamos en sintonía, las calles y sus gentes venían con nosotros para ser el decorado que necesitábamos. Esa tarde y esa noche, lo reconozco, fui el hombre más afortunado del mundo. Por muchas razones. Por compartir la oscuridad de una sala de cine en la que desde la pantalla nos hablaban en un idioma que no entendimos, por escapar con una sonrisa del fuego cruzado de la lluvia afilada de septiembre, por poder estar caminando contigo  atravesando avenidas, como un Shackelton moderno, mientras la ciudad comenzaba a dormirse.

Llegamos a casa aún con el pelo mojado. Salimos a la terraza y allí, pasamos la noche. Hablamos de todo, de las películas que no viste, de las que no querríamos ver jamás y las que engrosaban las deudas marcadas con un “pendiente”, pasamos de refilón por nuestros pasados y nos sumergimos, sin saber cómo, en nuestros proyectos de futuro. Nos bebimos la botella hablando y, cuando el sol amenazaba con volver a clarear el cielo, te marchaste. Te fuiste porque eres una mujer que nunca se queda, que no se amarra y que jamás desayuna con sus amantes.

Todo lo que quedó de ti fue una botella de vino acompañada de una caja de cartón que pasaron a formar parte del atrezzo de mi terraza y de mi vida. Porque descubrí que me hacían compañía y porque me daban la oportunidad de volver a ver tus ojos, saborear tu boca y continuar conversando a solas. Sí, no eran más que una botella de vino y una caja de cartón, pero también eran las estatuas conmemorativas de todo lo que pudo ser.

El día que me marché del piso lo recogí todo. Apenas tres maletas y cuatro bolsas repletas de libros representaron el volumen físico de mis tres últimos años de vida. Sólo quedaron la botella y el vaso en la terraza. Bajé las persianas, cerré todas las puertas y di todas las vueltas posibles a la cerradura. Cerré como me dijeron que hay que cerrar las puertas. Para siempre.

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