miércoles, 7 de febrero de 2018

Propaganda Sentimental



Los días fríos y  grises de invierno siento que mi ánimo está emparedado. Tengo la impresión de que se encuentra sepultado bajo todas las pesadas capas de ropa, sumido en un pozo en el que no hay espacio para un haz de luz. Bastante trabajo tiene mi cuerpo con mantener su temperatura como para andarse preocupando de hacer esfuerzos por encontrar un instante para ocuparse en generar endorfinas.

Normalmente, recibo una inyección de éstas cuando recojo la propaganda del buzón. Me alegran los coloridos catálogos repletos de productos que no voy a comprar nunca, la sensación de poder que me da lanzar a la basura las cartas sin abrir del banco, estar al día de las inversiones en I+D de Telepizza anunciando la última evolución en las masas y sabores de sus pizzas… Sin embargo, esta mañana el corazón se me ha helado tras abrir el buzón.

Oculto bajo la publicidad está el sobre. Ese sobre. Un sobre maldito. Ha sido verlo y un escalofrío ha atravesado mi cuerpo como el bisturí de un cirujano malpagado. Sostengo la carta como un TEDAX, con delicadeza, evitando cualquier gesto brusco, apenas sosteniéndolo con la yema de los dedos. Sabiendo que, de abrirlo en el momento equivocado, todo estallará por los aires.

Dejo el sobre sobre la mesa del salón y compruebo el tacto delicado del sobre, como si estuviese hecho para ser acariciado. Repaso las letras para asegurarme de que soy el destinatario. Sí, no hay duda, mi nombre y apellidos coinciden aunque soy incapaz de reconocer el trazo cuidado de quien lo ha escrito. Le doy la vuelta para comprobar e remitente. Sí, es ella. Un suspiro de mi ánimo herido se escapa de las costuras de mi abrigo.

Lo que más he temido durante estos últimos años es esto. Saco fuerzas eludiendo todo protocolo de prevención para rasgar si piedad el sobre. Dentro, una tarjeta. Un papel grueso de olor rudo y color desalmado. Unas líneas escritas con una caligrafía elegante, sin una sola mancha, sin un trazo de duda. La tengo delante, mis ojos la examinan ansiosos, y leo. No es posible. ¿Cómo se te ocurre?

Leo tu nombre. Lo releo para asegurarme. Sí, sí, a la cuarta vez me confirmo a mí mismo que se trata de ti. Es tu nombre. Ése que escribí en cada uno de los discos que cada semana te grababa repletos de canciones que eran mías, ora que eran tuyas, y que quería que se convirtiesen en las nuestras. La banda sonora de cada una de nuestras citas.

Junto a tu nombre aparece otro. Largo. Un nombre que no reconozco pero que suena a dueño de campos y encinas. Un nombre rotundo y de apellidos compuestos. El nombre de un hombre rudo que no vacila, de quien sabe que ha nacido para exhibir su jerarquía. ¿Quiñen es este tío? ¿Por qué te casas con él? Y, sobre todo, ¿por qué me ajusticias invitándome?

Llevamos meses sin vernos, quizá incluso ya haya pasado un año de aquella mañana. Esa mañana en la que era tarde para desayunar y pronto para almorzar. Ese día en el que disimulaba mis ojeras tras unas gafas de sol después de despertar borracho en mi portal, sin saber dónde estaba pero aún recordándote. Esa mañana en la que te mostraste como siempre, igual de hermosa, como la flor que brota en mitad de mi campo en ruinas.

Sí, es verdad, ahora lo recuerdo. Ese día me dijiste que tenías pareja y que eras muy feliz con él. Incluso que estabais planeando lo de casaros. Sí, sí, ahora lo recuerdo. Sonreí de modo fúnebre cuando lo dijiste, sin darte cuenta de que lo hice para no romper a llorar. Te dije lo mucho que me alegraba por ti, que no hay nada que agrade más que ver cómo a la gente que es importante para uno le vaya bien y consiga ser feliz. Todo lo que te dije en ese momento era mentira. Mentira pero te lo creíste. O quizá no, y tú también disimulaste sonriendo como hacías cada vez que sabías que te estaba mintiendo. Son las sonrisas estúpidas, las que lanzamos como acto de cortesía las que, sin darnos cuenta, un día se cobran el precio y vuelven para jodernos la vida.

Vuelvo a mirar la invitación y regresa el escalofrío. Mi cuerpo está helado. Pero es un frío diferente. Un frío que no viene de fuera sino de dentro, un frío instalado bajo mi grueso abrigo y mi jersey de lana. Ese frío que sientes cuando te dicen que estás despedido. Como cuando te dicen que tu padre ha muerto. Como cuando nadie se acuerda de ti para hacerte la llamada que esperas. Ese frío.

Doblo la invitación con cuidado, pacientemente. Cuando ya el avión de papel está armado, abro la ventana y prendo la llama de un mechero que hace que prenda la cola del avión. Lo arrojo por la ventana. Lo veo volar mientras pienso que, con todo, sigues siendo capaz de mostrarme, pese al frío, que albergas todo el calor que necesito.

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