miércoles, 21 de febrero de 2018

Después de Hollywood



En el momento en el que vi su taza de café vacía sobre la mesa de mi cocina supe que era la mujer de mi vida.

Me calcé las zapatillas y salí corriendo a la calle con lo puesto. Un collage de prendas deportivas que, aisladas, nunca combinaron con nada. Salí con  urgencia de quien acaba desentrañar el misterio del eslabón perdido. Llegué al garaje y saqué el coche  a la luz del día apenas iniciado como si lo hiciese sobre un rompehielos.

El horizonte que se mostraba ante mi parabrisas ofrecía toda la inmensidad que me separaba de ella. Pisaba obstinado el acelerador al que el motor respondía lanzando un grito de auxilio, acompañando con su estruendo mi deseo de que me abriesen paso. La mujer de mi vida se iba y cada vez quedaba menos para que el reloj de la cuenta atrás llegase a cero. La urgencia me invadía, sin embargo, parecía que la ciudad, obstinada, conspiraba contra mí esa mañana y todos los conductores noveles se hubiesen lanzado a conducir, a formar una manifestación silenciosa contra el agravio y el escarnio de quien porta una L.

Llegué a la estación cuando apenas quedaban veinte minutos para que el AVE saliese. La verdad es que puede llegar antes, pero no soporto dejar el coche aparcado de cualquier manera y tener que pagar una multa. Corrí por la estación como alma que lleva el diablo al tiempo gritando su nombre. Corrí sin aliento y sin rumbo un tiempo que me pareció una eternidad, cuando, en la fila del penúltimo control de seguridad pude verla. Llevaba el billete en la mano, apenas dos personas la separaban de cruzar la frontera del no retorno.

Me paré a su lado y, con el poco aire que quedaba en mis pulmones, alcancé a decirle “Quédate. No te marches. No puedes imaginar lo mucho que te quiero”. La fila continuaba indiferente a mi declaración unilateral de dependencia emocional. Ella se quedó parada, como una estatua. Supe que seguía viva después del shock porque comenzaron a brotar lágrimas de sus ojos. Segundos después nos abrazamos, sin movernos, durante minutos que rellenamos con cientos de te quiero y todos los besos que nos habíamos guardado.

Y así seguimos, hasta que el paso de tiempo nos hizo sentir incómodos. Como si no supiésemos qué hacer a partir de ese momento. Deambulamos las siguientes horas por la estación, parando en las tristes cafeterías de la estación. Poco a poco, la adrenalina que había alcanzado cotas máximas apenas unos instantes antes se desvaneció y su lugar lo ocupó el miedo. Me levanté de la mesa y salí a fumar un cigarro. Ella no dijo nada.

A los quince minutos volví y le entregué un regalo improvisado. Miró el sobre y, como quien lo estuviese esperando, se levantó de la mesa sin reproches pidiéndome que la acompañara. Recorrimos el vestíbulo en silencio. Sin saber cómo, estábamos de vuelta ante el mismo guarda de seguridad. Éste recogió el sobre con la misma resignación de quien retira un recibo del buzón. Nos despedimos cortésmente, nos lanzamos buenos deseos para el futuro que adornamos con dos últimos besos fraternales en las mejillas. Se dirigió hacia el andén sin titubear ni mirar atrás.

Regresé hacia el coche sin un síntoma de la ligereza que había experimentado cuando vi la taza de café. Me dejé caer agotado en el asiento, como si hasta allí hubiese estado cargando con una armadura de plomo. Sobre el salpicadero, el ticket de aparcamiento de la zona azul marcaba con exactitud la fecha y hora de la defunción de mi última relación.

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