jueves, 22 de febrero de 2018

Tumbando Mentiras



Haciendo repaso me he encontrado las numerosas mentiras que nos hemos repetido. Mentimos para sobrevivir, para seguir vivos. Seguro que la gran mayoría no satisfacen, pero convienen. Mentimos para conseguir sexo, por necesidad, por amor, por trabajo y por indulgencia, con los demás y por compasión con uno mismo.

Son muchas las veces que nos hemos mentido de forma deliberada, conscientes de estar faltando a la verdad. No por eso se trata de un plan cargado de cinismo ni de un asalto armado a la integridad de nadie.

Mentimos con inocencia cuando decimos “mañana empiezo”.

Mentimos con humor cuando decimos “una más y nos vamos”.

Mentimos con ilusión cuando decimos “eres la persona más importante de mi vida”.

Mentimos con recelo cuando decimos “vamos a intentarlo de nuevo”.

Mentimos con ternura cuando decimos “no pasa nada”.

Mentimos con ímpetu cuando decimos “tú puedes”.

Mentimos con ingenuidad cuando decimos “ven a casa y vemos una peli”

Mentimos con optimismo cuando decimos "compra un décimo que seguro que toca".

Mentimos con insolencia cuando decimos "te sienta genial".

Mentimos con pudor cuando decimos “es la primera vez que me pasa”.

Mentimos con amor cuando decimos “nunca te he mentido”.

Mentimos y nos mienten. Pero benditas mentiras porque contigo a mi lado, estoy dispuesto a creerlas todas.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Después de Hollywood



En el momento en el que vi su taza de café vacía sobre la mesa de mi cocina supe que era la mujer de mi vida.

Me calcé las zapatillas y salí corriendo a la calle con lo puesto. Un collage de prendas deportivas que, aisladas, nunca combinaron con nada. Salí con  urgencia de quien acaba desentrañar el misterio del eslabón perdido. Llegué al garaje y saqué el coche  a la luz del día apenas iniciado como si lo hiciese sobre un rompehielos.

El horizonte que se mostraba ante mi parabrisas ofrecía toda la inmensidad que me separaba de ella. Pisaba obstinado el acelerador al que el motor respondía lanzando un grito de auxilio, acompañando con su estruendo mi deseo de que me abriesen paso. La mujer de mi vida se iba y cada vez quedaba menos para que el reloj de la cuenta atrás llegase a cero. La urgencia me invadía, sin embargo, parecía que la ciudad, obstinada, conspiraba contra mí esa mañana y todos los conductores noveles se hubiesen lanzado a conducir, a formar una manifestación silenciosa contra el agravio y el escarnio de quien porta una L.

Llegué a la estación cuando apenas quedaban veinte minutos para que el AVE saliese. La verdad es que puede llegar antes, pero no soporto dejar el coche aparcado de cualquier manera y tener que pagar una multa. Corrí por la estación como alma que lleva el diablo al tiempo gritando su nombre. Corrí sin aliento y sin rumbo un tiempo que me pareció una eternidad, cuando, en la fila del penúltimo control de seguridad pude verla. Llevaba el billete en la mano, apenas dos personas la separaban de cruzar la frontera del no retorno.

Me paré a su lado y, con el poco aire que quedaba en mis pulmones, alcancé a decirle “Quédate. No te marches. No puedes imaginar lo mucho que te quiero”. La fila continuaba indiferente a mi declaración unilateral de dependencia emocional. Ella se quedó parada, como una estatua. Supe que seguía viva después del shock porque comenzaron a brotar lágrimas de sus ojos. Segundos después nos abrazamos, sin movernos, durante minutos que rellenamos con cientos de te quiero y todos los besos que nos habíamos guardado.

Y así seguimos, hasta que el paso de tiempo nos hizo sentir incómodos. Como si no supiésemos qué hacer a partir de ese momento. Deambulamos las siguientes horas por la estación, parando en las tristes cafeterías de la estación. Poco a poco, la adrenalina que había alcanzado cotas máximas apenas unos instantes antes se desvaneció y su lugar lo ocupó el miedo. Me levanté de la mesa y salí a fumar un cigarro. Ella no dijo nada.

A los quince minutos volví y le entregué un regalo improvisado. Miró el sobre y, como quien lo estuviese esperando, se levantó de la mesa sin reproches pidiéndome que la acompañara. Recorrimos el vestíbulo en silencio. Sin saber cómo, estábamos de vuelta ante el mismo guarda de seguridad. Éste recogió el sobre con la misma resignación de quien retira un recibo del buzón. Nos despedimos cortésmente, nos lanzamos buenos deseos para el futuro que adornamos con dos últimos besos fraternales en las mejillas. Se dirigió hacia el andén sin titubear ni mirar atrás.

Regresé hacia el coche sin un síntoma de la ligereza que había experimentado cuando vi la taza de café. Me dejé caer agotado en el asiento, como si hasta allí hubiese estado cargando con una armadura de plomo. Sobre el salpicadero, el ticket de aparcamiento de la zona azul marcaba con exactitud la fecha y hora de la defunción de mi última relación.

lunes, 19 de febrero de 2018

Puertas Blindadas



La decisión sobre cenar pizza esa noche fue inmediata. Salíamos del cine cuando la tormenta nos sorprendió como un atentado del que debíamos huir corriendo, agachando la cabeza y buscando el primer refugio donde sentirnos a salvo. De pronto, allí estábamos, en una pizzería argentina pidiendo pizza fugazzeta con aspecto de ser la digestión precoz del cocinero. Aun así, tú te mostrabas radiante cuando salías de allí con la caja de cartón bajo el brazo acompañada por la botella de vino con la que maridar nuestra cena de gala.

Atravesando las calles mojadas sentí, por primera vez desde que llegué a la ciudad, que estábamos en sintonía, las calles y sus gentes venían con nosotros para ser el decorado que necesitábamos. Esa tarde y esa noche, lo reconozco, fui el hombre más afortunado del mundo. Por muchas razones. Por compartir la oscuridad de una sala de cine en la que desde la pantalla nos hablaban en un idioma que no entendimos, por escapar con una sonrisa del fuego cruzado de la lluvia afilada de septiembre, por poder estar caminando contigo  atravesando avenidas, como un Shackelton moderno, mientras la ciudad comenzaba a dormirse.

Llegamos a casa aún con el pelo mojado. Salimos a la terraza y allí, pasamos la noche. Hablamos de todo, de las películas que no viste, de las que no querríamos ver jamás y las que engrosaban las deudas marcadas con un “pendiente”, pasamos de refilón por nuestros pasados y nos sumergimos, sin saber cómo, en nuestros proyectos de futuro. Nos bebimos la botella hablando y, cuando el sol amenazaba con volver a clarear el cielo, te marchaste. Te fuiste porque eres una mujer que nunca se queda, que no se amarra y que jamás desayuna con sus amantes.

Todo lo que quedó de ti fue una botella de vino acompañada de una caja de cartón que pasaron a formar parte del atrezzo de mi terraza y de mi vida. Porque descubrí que me hacían compañía y porque me daban la oportunidad de volver a ver tus ojos, saborear tu boca y continuar conversando a solas. Sí, no eran más que una botella de vino y una caja de cartón, pero también eran las estatuas conmemorativas de todo lo que pudo ser.

El día que me marché del piso lo recogí todo. Apenas tres maletas y cuatro bolsas repletas de libros representaron el volumen físico de mis tres últimos años de vida. Sólo quedaron la botella y el vaso en la terraza. Bajé las persianas, cerré todas las puertas y di todas las vueltas posibles a la cerradura. Cerré como me dijeron que hay que cerrar las puertas. Para siempre.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Propaganda Sentimental



Los días fríos y  grises de invierno siento que mi ánimo está emparedado. Tengo la impresión de que se encuentra sepultado bajo todas las pesadas capas de ropa, sumido en un pozo en el que no hay espacio para un haz de luz. Bastante trabajo tiene mi cuerpo con mantener su temperatura como para andarse preocupando de hacer esfuerzos por encontrar un instante para ocuparse en generar endorfinas.

Normalmente, recibo una inyección de éstas cuando recojo la propaganda del buzón. Me alegran los coloridos catálogos repletos de productos que no voy a comprar nunca, la sensación de poder que me da lanzar a la basura las cartas sin abrir del banco, estar al día de las inversiones en I+D de Telepizza anunciando la última evolución en las masas y sabores de sus pizzas… Sin embargo, esta mañana el corazón se me ha helado tras abrir el buzón.

Oculto bajo la publicidad está el sobre. Ese sobre. Un sobre maldito. Ha sido verlo y un escalofrío ha atravesado mi cuerpo como el bisturí de un cirujano malpagado. Sostengo la carta como un TEDAX, con delicadeza, evitando cualquier gesto brusco, apenas sosteniéndolo con la yema de los dedos. Sabiendo que, de abrirlo en el momento equivocado, todo estallará por los aires.

Dejo el sobre sobre la mesa del salón y compruebo el tacto delicado del sobre, como si estuviese hecho para ser acariciado. Repaso las letras para asegurarme de que soy el destinatario. Sí, no hay duda, mi nombre y apellidos coinciden aunque soy incapaz de reconocer el trazo cuidado de quien lo ha escrito. Le doy la vuelta para comprobar e remitente. Sí, es ella. Un suspiro de mi ánimo herido se escapa de las costuras de mi abrigo.

Lo que más he temido durante estos últimos años es esto. Saco fuerzas eludiendo todo protocolo de prevención para rasgar si piedad el sobre. Dentro, una tarjeta. Un papel grueso de olor rudo y color desalmado. Unas líneas escritas con una caligrafía elegante, sin una sola mancha, sin un trazo de duda. La tengo delante, mis ojos la examinan ansiosos, y leo. No es posible. ¿Cómo se te ocurre?

Leo tu nombre. Lo releo para asegurarme. Sí, sí, a la cuarta vez me confirmo a mí mismo que se trata de ti. Es tu nombre. Ése que escribí en cada uno de los discos que cada semana te grababa repletos de canciones que eran mías, ora que eran tuyas, y que quería que se convirtiesen en las nuestras. La banda sonora de cada una de nuestras citas.

Junto a tu nombre aparece otro. Largo. Un nombre que no reconozco pero que suena a dueño de campos y encinas. Un nombre rotundo y de apellidos compuestos. El nombre de un hombre rudo que no vacila, de quien sabe que ha nacido para exhibir su jerarquía. ¿Quiñen es este tío? ¿Por qué te casas con él? Y, sobre todo, ¿por qué me ajusticias invitándome?

Llevamos meses sin vernos, quizá incluso ya haya pasado un año de aquella mañana. Esa mañana en la que era tarde para desayunar y pronto para almorzar. Ese día en el que disimulaba mis ojeras tras unas gafas de sol después de despertar borracho en mi portal, sin saber dónde estaba pero aún recordándote. Esa mañana en la que te mostraste como siempre, igual de hermosa, como la flor que brota en mitad de mi campo en ruinas.

Sí, es verdad, ahora lo recuerdo. Ese día me dijiste que tenías pareja y que eras muy feliz con él. Incluso que estabais planeando lo de casaros. Sí, sí, ahora lo recuerdo. Sonreí de modo fúnebre cuando lo dijiste, sin darte cuenta de que lo hice para no romper a llorar. Te dije lo mucho que me alegraba por ti, que no hay nada que agrade más que ver cómo a la gente que es importante para uno le vaya bien y consiga ser feliz. Todo lo que te dije en ese momento era mentira. Mentira pero te lo creíste. O quizá no, y tú también disimulaste sonriendo como hacías cada vez que sabías que te estaba mintiendo. Son las sonrisas estúpidas, las que lanzamos como acto de cortesía las que, sin darnos cuenta, un día se cobran el precio y vuelven para jodernos la vida.

Vuelvo a mirar la invitación y regresa el escalofrío. Mi cuerpo está helado. Pero es un frío diferente. Un frío que no viene de fuera sino de dentro, un frío instalado bajo mi grueso abrigo y mi jersey de lana. Ese frío que sientes cuando te dicen que estás despedido. Como cuando te dicen que tu padre ha muerto. Como cuando nadie se acuerda de ti para hacerte la llamada que esperas. Ese frío.

Doblo la invitación con cuidado, pacientemente. Cuando ya el avión de papel está armado, abro la ventana y prendo la llama de un mechero que hace que prenda la cola del avión. Lo arrojo por la ventana. Lo veo volar mientras pienso que, con todo, sigues siendo capaz de mostrarme, pese al frío, que albergas todo el calor que necesito.