jueves, 25 de enero de 2018

Correr para sentirte a salvo



Ayer quise aprovechar las rebajas de unos grandes almacenes para comprarme mi enésimo par de zapatillas de correr. Otro par que sumar a la larga lista, y éste forma parte del TOP-3 de la estridencia en el armario. Esta nueva pareja cumple con el requisito fundamental de este tipo de calzado: ser lo más feas posibles. Pero, lo mejor de todo, no es que el mercado y la oferta de calzado te empuje a tener que comprarlas con estos diseños tan de mal gusto, sino lo que me consterna es la cantidad de pruebas que uno tiene que superar a ojos del dependiente.

El dependiente de las secciones de calzado deportivo es, hoy por hoy, el más duro tribunal de este país. Ni los juzgados, ni la selectividad, ni concurrir a una oposición me parece una prueba tan compleja. Ofrecer réplica a un dependiente no requiere de respuestas tan precisas y pruebas de nivel que ponen a uno y su autoestima al borde de un precipicio del que no hay posibilidad de retorno.

Se comienza con un estudio de la pisada para conocer si eres neutral, pronador o supinador, que, a efectos, es casi más importante que conocer tu propio grupo sanguíneo. Luego continúa con un interrogatorio sobre los hábitos de corredor: los días que practicas a la semana, el tiempo que le dedicas, la distancia, la superficie por la que lo haces, si la zona donde corres tiene clima continental o mediterráneo… Todo esto para poder salir de la gran superficie con una caja de zapatillas bajo el brazo.

Prometo que la próxima vez que vuelva, iré mejor preparado y seguiré un riguroso plan de preparación que no me haga parecer un atleta improvisado. Llevaré conmigo un análisis de orina, el certificado de penales y una vida laboral actualizada. Debo de comprar un reloj con pulsómetro y GPS que me permita medir cada uno de mis pasos, por lo que quizá, también deba revisar antes de ir a comprarlo algo de fractales y de la teoría de cuerdas.

Lo que más curioso me ha resultado de todo este proceso es que, en ningún momento, se me ha preguntado por qué corro. Pensando con frialdad sobre la cuestión, el pensamiento lógico más recurrente es que uno debería quedarse tumbado en el sofá antes que salir a sudar, pasar frío, mojarse y, por qué no decirlo, hacer el ridículo luciendo una indumentaria que está hecha para humillar al portador. Pese a todo, como el gran enemigo de la lógica que soy, me levanto cada mañana antes de salir el sol y corro.

Corro como reparación de mis excesos de pasado, los errores del presente y para aliviar los males que puedan acaecer en el futuro. Corro para dormir de un tirón por las noches. Corro para llegar antes que ayer hasta el mismo punto. Corro para saber cuánto puedo soportar lo que no soporto. Corro para aprender a superar el agobio de los primeros minutos. Corro para ser yo quien me haga daño. Corro para hacer que mis músculos griten. Corro para pensar en todo sin necesidad de encontrar soluciones a nada. Corro para que mis pisadas rompan el silencio de la mañana. Corro para que mi respiración y los latidos de mi corazón sean los únicos que hablen.

Corro, casi a diario, para sentir la satisfacción de adelantar al que tengo delante. Lo hago como quien se enfrenta a una dificultad, una prueba deseada en la vida, que como Orfeo con Eurídice, uno no puede quedarse a regodearse en su superación, sino que debe seguir hacia delante sin pararse a mirar hacia atrás. Corro con la concentración de un francotirador que acecha, sin descanso, un nuevo objetivo al que dar caza.

Corro porque cada día necesito hacerme con una nueva presa. Porque corriendo soy capaz de dejar atrás todas mis dudas, mis pequeñas psicosis, las cosas que me agobian, el saldo de la cuenta corriente, las promesas que no he dado y las que no he cumplido. Con mis zancadas escapo del resto de corredores, a los que cuelgan sus carreras en Facebook y que no son nadir sin su GPS, de los que creen que le hacen un favor al mundo con frases motivadoras estampadas en camisetas que compiten en fealdad con mis zapatillas.

Corro para dejar atrás todo lo que me persigue: los amigos, las viejas canciones, los episodios de una biografía que no reconozco como mía, los amores caducados, los viajes que no se hicieron y los que no debieron hacerse. Corro sin importarme quién gane, porque todos los que lo hacemos al final de la carrera acabamos llegando al principio.

Corro porque ya no importa el tiempo que pasa sino la intensidad con la que lo recorro, porque me importa más el cómo que el cuánto. Corro porque no importa el final porque ya sabes que estás en el camino donde estás seguro.

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