miércoles, 3 de enero de 2018

Atacar para perder



Lanzar un ataque sabiendo que vas a ser el derrotado está cargado de épica y carente de razón. Es pura temeridad, la historia de un fracaso anunciado. Algo de lo que avergonzarse y una fuente, cargada de miedo, que invita a conformarse, a no intentarlo para no saberse desengañado. Es la certeza de saber que hay que enfrentarse a un “¡dónde vas!” en la ida y al “ya te lo dije” en la vuelta.

Vivimos anulados por la palabra fracaso. Pasamos gran parte de nuestra existencia esquivando las pequeñas y grandes frustraciones que nos ofrece la vida. Todos, quien más quien menos, recordamos algún episodio de nuestra biografía en el que, aunque fuese momentáneamente,  tomamos la iniciativa, acptamos de antemano las consecuencias de nuestras propias decisiones, corrimos riesgos, escapamos de la corriente de la masa que nos arrastra, optando por salir del bienestar impostado del grupo y, sobre todo nos probamos, nos saboreamos a nosotros mismo sin edulcorantes. 

Dejamos de intentarlo porque una vez fallamos. Yo he fallado al elegir un trabajo, al intentar enamorar a una mujer y al no continuar haciéndolo, a la hora de emprender, a la hora de intentar corregir mis muchas deficiencias, al proponerme fumar menos e intentar sonreír más, al no saber decir que no y al sólo decir que sí…  Son muchos mis fracasos, algunos sonoros y muchos que no han ido más allá del sotto voce de mi almohada pero que es quién más me tortura.

Hoy me digo que, en este año, quiero acertar menos y fracasar más. Lo digo alto y claro, quiero equivocarme, cargarla una y otra vez pero con la condición de que lo haga porque he querido ser valiente, retarme a mí mismo, intentar ser original y no conformarme, escapando de la tranquilidad del acierto seguro que termine por ser el peor de mis  defectos. Voy a huir del éxito para provocarme errores nuevos. No quiero quedarme instalado en recuerdo de la aventura del “¡una vez lo intenté!” como quien rememora un episodio histórico que ya no volverá a repetirse.

Quiero fallar una y otra vez para acercarme a la verdad, para conocer mis verdaderos deseos, para saber qué es lo que quiero y qué no, para saber a quién quiero y a quién no. Quiero equivocarme aunque duela o me provoque un daño del que sea difícil recuperarme. Quiero errar más veces y mejor porque será la única forma de reinventarme, la mejor forma de orientarme.

Empieza a año y voy a atacar para perder, de la misma forma que lo hacía Contador en la montaña, sabiendo que hay cosas que sólo se ganan perdiendo.

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