miércoles, 31 de enero de 2018

A Veces la Vida




Parado frente a una máquina de refrescos descubrí que la vida cobra sentido porque lo seguimos intentando. No en los grandes actos ni ascendiendo nuestro rubicón particular, sino en las pequeñas acciones con las que, a escondidas, conspiramos por derrotar a nuestros enemigos reales e imaginarias. Batallas mínimas, libradas en silencio, capaces de atronar el inconsciente dejando un poso de escombros para los días venideros.

Para mí, enfrentarme a una máquina de refrescos es hacer un viaje en el tiempo. Volver a la infancia. Regresar a un momento concreto, quizá el primero, en el que pude experimentar la sensación del triunfo. Probablemente lo que aquí cuente pueda parecer una victoria menor e insignificante pero, para mí, explica gran parte de lo que podemos llegar a ser.

Desde niño, siempre he mantenido una teoría, he sostenido muchas y todas han caído con el tiempo por su propio peso por indemostrables. Sin embargo, hay una que en una ocasión se cumplió y que, aún hoy, sigo poniendo en práctica esperando que, nuevamente, ratifique mi hipótesis. Mi teoría va relacionada con las máquinas de refrescos.

Siempre he sostenido que, al introducir la moneda si uno pulsa, al mismo tiempo, todos los botones de un mismo refresco, los circuitos de la máquina quedarán colapsados. Así la máquina, víctima de mi inteligencia natural, me entregará tantos botes como botones haya pulsado a cambio de una sola moneda.

He de reconocer que soy un adicto a la Coca-Cola desde que era niño. Cierto que mi madre me puso mil barreras para que no cayese víctima de esta heroína para niños, limitándome el consumo a fiestas y reuniones familiares, y no dándome jamás dinero para comprar un refresco. La Coca-Cola, pese a toda la frustración que me generaba, sólo podía ser tomada bajo prescripción materna y en las dosis que ella estableciera. Supongo que lo hacía porque temía verme transformado en un insonme a los ocho años edad y que, como consecuencia, terminara por escaparme a la Ruta del Bakalao que era el lugar donde, a principios de los noventa, terminaban todos aquellos que, siendo niños como yo, un día sufrieron una sobredosis de refresco de cola.

Con ocho años es imposible librarse del marcaje individual de una madre. Hasta que un día, en mi barrio, la primera empresa mundial del refresco conspiró contra el autoritarismo de mi madre y de otras muchas madres, instalando una máquina de refrescos en la calle para satisfacción de todos sus adictos. El día que la descubrí, fue como ver el cielo abierto, un cielo de color rojo que se mostraba ante mí con la inmensidad de un coloso. Fui rápidamente hasta mi casa, allí todos estaban parados frente a la televisión viendo pelear a pleno sol a Sergi Bruguera con un pelirrojo por ganar Roland Garros, me colé furtivamente hasta mi cuarto pertrechado con un cuchillo para sacar una moneda de cien pesetas de la hucha. Una vez en mi poder, volví a salir con el mismo sigilo y al doble de velocidad a la que había entrado.


En menos de tres minutos ya estaba delante de la máquina y fue allí, una vez que leídas las instrucciones de funcionamiento, elaboré mi teoría que rápidamente compartí con Andrés, mi infante aliado. Metí los veinte duros en la máquina y apreté los dos botones. Buuuum. Allí estaban. Dos Coca-Colas.  Me sentí la persona más feliz de la tierra, al menos, igual de feliz que lo estaba Bruguera en televisión alzando su copa de mosquetero.

Desde entonces, cada vez que me paro ante una máquina de refrescos, vuelvo a poner en práctica mi teoría para volver a derrotar al sistema y experimentar la misma felicidad que aquella calurosa tarde de junio. Desde entonces han pasado muchas cosas, varios mundiales de fútbol, la retirada de Induráin, las primeras y las últimas novias, la Universidad, la burbuja inmobiliaria, una larga sucesión de ediciones de Gran Hermano, la llegada de internet, en fin, el mundo, ha seguido su curso indiferente a mis teorías.

Pero ante esta indiferencia indisimulada del mundo yo sigo conspirando en su contra cada vez que me paro ante una máquina de refrescos. Meto la moneda y siempre, siempre, siempre aprieto todos los botones a la vez para hacer que todo estalle. No voy a cambiar jamás esta forma de hacer, aunque durante los últimos treinta años no haya vuelto a vencer. Dejar de hacerlo sería asumir la derrota, soltar la única tabla por la que permanezco a flote.

En la vida se puede optar por seguir luchando o dejarse ahogar. He elegido seguir dando guerra. Por eso aprieto varios botones al mismo tiempo, en la máquina de refrescos y en lo que sea. Con la irreverencia de un niño para el que, en cada decisión, le va una vida en ello.

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