sábado, 17 de noviembre de 2018

Los Días que los Milagros Existen


Cuando amanece soleado tres días seguidos un mes de noviembre en Salamanca pienso que los milagros existen. También me sucede cuando he bebido y despierto sin resaca o, en primavera, cuando hago la declaración de la renta y me sale a devolver. En días así, al asomarme a la ventana pienso que, cuando la gente está fuera de su casa, todo el mundo es bueno. El borracho que va en busca de su primer trago cuando sin que el sol se haya levantado y el que, aún sin acostarse, busca un último ardor que le mantenga prendido a la noche. El político en su silla, el cura en su misa, el maltratador que sólo toma manzanilla y hojea la prensa para comprobar si el cupón que compra cada tarde al mismo ciego desde hace años salió premiado… Hay días en los que creo que los milagros existen.

Mirándote dormir me convenzo de que los milagros existen. Cuando nos conocimos, los dos estábamos con alguien, tú mal enamorada por un viejo amigo y yo con una cocinera que me provocaba dolores de barriga. Los dos hemos tenido que soltar muchas cosas: un pasado, mucho tiempo, todas las pequeñas historias plagadas de mentiras que hasta entonces nos contábamos, esfuerzo, piezas rotas que cargábamos con nosotros sin conocer cuál era su sitio y otras muchas, mal pegadas, que estaban donde no debían. Verte ahora, revoloteando mis sábanas con tus brazos al despertarte, me confirma que ha valido la pena, que siempre es mejor caerse muchas veces con la persona adecuada que permanecer en pie con la equivocada.

Observar cómo despliegas tus alas cuando despiertas, comprobar en tu mirada que no temes al viento ni la dirección en la que sopla, me despierta el deseo de ser tu vendaval. Verte posar los pies sobre la alfombra como quien idea una nueva formas de despegar, sin maletas que facturar y sin un pasado por el que pagar por exceso de equipaje, me empujan a hacer escala en cada centímetro de tu piel.
Esta ventana ha tenido muchos años la persiana bajada mientras pasaba las noches recorriendo las calles asomándome a lo prohibido contándole a todo el mundo que no te había encontrado o que te había perdido. De un tiempo a esta parte, quiero que sepas que duermo siempre con  la ventana abierta por si quieres volver y necesitas descansar. Aquí te espero, en esta cárcel que nos ofrece los barrotes de la cama mientras, afuera, todos olvidan el cuento en el que nunca aparecías.

Abajo en la calle continua el ajetreo. Todo el mundo sigue pareciéndome bueno: la maruja que compra en la frutería, el mecánico en su taller, el banquero que lee novelas de Saramago y el comercial que sigue buscando una pandilla de amigos.

Hay días en los que creo que los milagros existen.

martes, 23 de octubre de 2018

El Amor en Tiempos de Ibuprofeno



Leer la prensa cada mañana me reconcilia con el mundo. Estoy con mi segundo café del día cuando la veo. Morena, ojos verdes, barbilla alta, sonrisa de ganadora, cazadora de cuero y top blanco. Es un superlike. Pero esta cafetería no es Tinder y está muy lejos de parecérsele. Aquí es imposible que averigüe si tiene 33 o 35 años, hacerme una idea de sus aficiones o si tiene mascota. Tampoco podré averiguar su cuenta de Instagram. Pero me consuelo pensando que ella tampoco podrá saber nada de mi si no levanta la cabeza del teléfono y se acerca a iniciar esta conversación pendiente en la que voy a estar pensando las próximas horas.

La miro mientras desliza sus dedos por la pantalla y chatea. Imagino que me está escribiendo.  Me pregunta por mi profesión, si las fotos de mi perfil son recientes o por lo que he hecho el último fin de semana. Me visualizo ágil en las respuestas, ingenioso sin pecar de gracioso y, sobre todo, ofreciendo respuestas que asomen como puertas abiertas que quiera seguir explorando. Quiero esta conversación que imagino, aquí y ahora.

Pensar en esto carece de sentido porque soy un cobarde. No me atrevo a desencadenar una conversación y, menos aún, si la bebida que debe darme al arrojo que no tengo es un descafeinado con sacarina. Daría lo que fuese por tener una señal suya que me indicase que puedo desencadenar un comienzo, que no haré el ridículo, una muestra gratuita de su predisposición para charlar despreocupada conmigo. No tengo ningún match que me provea de la seguridad de un cheque al portador.

Miro a mi alrededor y me digo. Sí, sí, esto es un bar. Por lo que sé, en sitios como este antes se acudía a tener iniciativa. A arriesgarse. A construir las circunstancias para que la valentía hiciese acto de presencia. Aquí se venía con un modus operandi aprendido y ensayado de casa. La ropa elegida días antes, el peinado modelado y  las primeras palabras ensayadas, una y mil veces, ante un espejo incapaz de resistir a tu locuacidad y al que acababas dando besos fríos, pero besos al fin y al cabo.

Ahora, sin embargo, llevo años acomodado a la tiranía de las app y sus logaritmos. Ya no hay riesgo, me conformo con lo que tengo en la pantalla del teléfono y las caras que hay a mi alrededor alrededor: amigas de amigos, compañeras de trabajo… Ya no arriesgo. Prefiero volverme analfabeto emocional que aventurarme a improvisar una conversación con alguien a quien no conozco de nada. No concibo que una persona desconocida pueda descubrirme algo íntimo. Prefiero ser sólo la imagen de un perfil, mi marca personal y un eslogan en ciento cincuenta caracteres.

No me importa ser un producto de supermercado comercializado por una empresa a la que nadie le pone cara. No experimento ningún reparo sabiendo que mi deseo de conocer gente y explorar las posibilidades de encontrar pareja se convierta en un videojuego, donde las matemáticas de mis hábitos enriquecen a niñatos de Silicon Valley, del que soy juez y parte. Únicamente busco flechazos que no dejen heridas.

Apuro el último sorbo del café y aprovecho para revisar el estado de mi perfil e incluir algún cambio por si llega a leerlo. “Busco rockera de ojos verdes y ternura morena que entienda la mecánica de mi corazón y quiera robarme todos los meses de abril”. Pago el café y le dejo indicado al camarero que me cobre la cerveza de mi morena, le solicito el favor de no decirle nada hasta que me haya marchado.

En la calle, las primeras hoja del otoño abrigan las aceras. Paladeo el sabor seco a yeso del ibuprofeno con el que he acabado mi descanso. Regreso pensando que el amor hoy es de todo menos dolor de cabeza.  Cuando aparezca el amor quiero que con él que todo salte por los aires, quedar aturdido por su estruendo. Camino pausado, esperando que mi soledad reviente, albergando la esperanza de que el próximo match dinamite la pantalla. Descubrirla dispuesta a ventilar todos mis espacios cerrados, viéndola abrir de par en par las ventanas llenándome de aire nuevo.

Ultimo las caladas del cigarro deseando que ojalá viniera para prender y mantener encendida, juntos, una llama que no queme. Me veo caminando a su lado y me parece el mejor paso de baile. Me encantaría que llegara con su sonrisa sigilosa por mi espalda, me tapara los ojos y comenzara a sonar un  rock & roll al oírla decir “vamos”. Que me agarrase la mano para salir corriendo a desgastar el asfalto con nuestras coreografías.

Lanzo la colilla al suelo, reviso por última vez el teléfono y me adentro en la oficina. Me coloco en mi puesto convencido de que lo que padezco es una indisposición a crónica a entregarle lo mejor de mí a cualquiera.

sábado, 6 de octubre de 2018

El 90% de tu Belleza está en mi Forma de Mirarte



No te lo creas tanto, no vayas con esa actitud altiva creyéndote la más hermosa del lugar y despreciando a quienes crees que no están a la altura de tu caché. Tu imagen no vale nada, no te engañes. Puedes seguir posando en tus redes tratando de exhibir únicamente tu fachada, sigue insistiendo. No olvides, ni por un momento, que sin mi mirada tu fachada no vale nada. Así que, por favor te lo pido, preocúpate de hacer algo más que esculpir tus rasgos y de actualizar tu vestuario.

Ocurre que tú, y no sólo tú, todos nosotros y vosotras valemos más que una aparición en Mujeres Hombres y Viceversa (MHYV) o que una decena de nuevos followers en las redes con un último posado. Valemos más que eso y no por eso, porque es importante que tomemos conciencia, de una vez y para siempre, que tu cuerpo no se capitaliza, no es un bien de mercado que cotiza en un mercado regulado como las divisas o el oro. No. Tu cuerpo es tu recurso, una parte de ti, una dimensión tuya, no eres sólo tu capital erótico. Tu aspecto es una fotografía de quién eres, de dónde vienes y qué es lo que piensas, puedes hacerla cotejar con la realidad o impostarla con tu propio Photoshop emocional para inyectarte autoestima.

Tu cuerpo es tu herencia. Es legado de tus antepasados. Sí, cierto, lo puedes moldear, encubrir, transformar para no dar pistas de tu pasado e incluso para eliminarlo. Tu cuerpo es tu relato que contiene, quieras o no un prólogo que otros escribieron. Transforma tu cuerpo, opérate si quieres, entrena, trata de corregir los errores de serie con lo que tu cuerpo vino. Hazlo por salud. No lo hagas por comercializar tus atributos en el comercio de las relaciones. No te creas los fuegos artificiales de la las pantallas de los MHYV.

Nos dejamos arrastrar pensando que hay un patrón estable de belleza, un valor fijo de referencia sobre el que compararse. No existe, es una ficción. La pantalla engaña haciéndote creer que existe, que hay uno sólo. Aparta la vista de la pantalla y descubre. Descubre que no hay criterios fijos de belleza. Habrá, aunque te parezca mentira, hombres  a quien le gusten las mujeres con poco pecho, mujeres a las que le atraigan los hombres que no están musculados, hombres maduros que no les atrae que las mujeres enmascaren su envejecimiento, mujeres a las que no les gustan los cuerpos depilados. Apaga la pantalla.

Sí, existen tantas combinaciones de la belleza, como personas sobre la faz de la tierra. No seamos un MHYV y apostemos sólo por tratar de transformar y mejorar el físico. Sí, hacerlo es apostar sobre una dimensión que creemos poder convertir en un bien de mercado, que nos reportará beneficios económicos y de estatus.  Puede ser que nos aporte entradas a ciertos ámbitos de relación que estarán repletos de otros MHYV.

Apuesta por tu cuerpo si quieres, pero no olvides una cosa importante. Adórnalo. Cubre tu cuerpo de tatuajes. Vístete. Hazlo. Con ello estarás dando continuidad a tu relato, a aquello en lo que crees, tus valores, tu historia. Exhibe tus adornos para construir en torno a ti batallas épicas, victorias incontestables, exhibe las marcas de los daños colaterales tus convicciones. No mostrarlo sería una inversión sin retorno. Exhibe tu ornamentación para indicar tu lugar en la sociedad, descubre tu cuerpo para indicar quién quieres llegar a ser.

Una última cosa te digo, que no se te olvide a ti ni a ninguno de nosotros. La belleza está un 90% en la mirada de la persona que nos mira. Quizá, mírate de nuevo, llevamos demasiado tiempo mirándonos solos ante el espejo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Las Montañas más Grandes también se Hunden




Hace unos días, atravesé la Los Caenes, mientras corría de vuelta a Cabrerizos con mis gastadas zapatillas de montaña, dejando a un lado la vía del ferrocarril. Era una mañana soleada, fresca, de primeros de otoño y no había un alma recorriendo los senderos. A mi derecha estaba el río, emanando un olor de ropa vieja en una habitación sin ventilar, y los primeros rayos de luz se filtraban entre las ramas de los árboles a ambos lados del camino. Aún estaba un poco dormido, pero avanzaba atento a cualquier obstáculo. Al pasar junto a una de las viejas casas que asoman junto al camino oí un grito aterrador. Sabía que se trataba de un viejo recuerdo, no que estuviese siendo testigo de la escena de un crimen, pero el volumen con el que se reprodujo en mis oídos me puso la piel de gallina. Era mi padre gritando. En aquella cercana aceña mi padre se rompió la cadera mientras se esforzaba en convencerme, a comienzos de un lejano verano, de meterme en el río para que perdiese mi miedo al agua. Era la primera vez que veía una construcción como esa y mi padre, situado en lo alto de la misma, intentaba engatusarme para que le acompañara. De repente, ante uno de mis desmanes, avanzó por el borde para intentar cogerme desprevenido pero logré zafarme, perdió pie y, al tratar de mantener la verticalidad, su pierna derecha cedió y profirió un grito desgarrador. Era la primera vez que oía gritar de dolor a un adulto, y la primera vez que vi llorar a mi padre. Las lágrimas se asomaron a su rostro. Él que optaba por reírse cuando se cortaba con el cuchillo o cuando se machaba un dedo tratando de reparar una nueva herida que aparecía en nuestra vieja casa. Allí estaba, en traje de baño, roto y desvalido. Mi madre tuvo que caminar aún un par de kilómetros hasta el teléfono más cercano desde el que llamar a una ambulancia. Yo tenía apenas cinco años y, mientras mi madre regresaba,  mi padre, roto de dolor, trataba de serenarme  a mí y mis hermanas buscando en su memoria alguna anécdota divertida que contarnos.

La cadera de mi padre siguió dándole problemas, desde entonces, cada poco tiempo, a veces a causa de haber hecho un gran esfuerzo en el trabajo o, con el paso de los años, ante un simple cambio de tiempo. La última vez que recuerdo que tuvimos que llevarlo de nuevo al hospital a causa de su maltrecha cadera le ocurrió paseando por La Flecha. Mi padre apenas paseaba ¿Qué estaba haciendo allí aquella mañana de noviembre? Por lo que contaba había decidido dar una vuelta por la zona para recordar sus escapadas de infancia, y volver a recorrer los caminos que tanto gustaban de pisar Fray Luis de León y Miguel de Unamuno. Asomado a uno de los salientes desde donde podía contemplar en el horizonte la sierra de Gredos y seguir el curso del río Tormes, al sortear un escalón, la rodilla no aguantó el peso y la cadera volvió a decir basta. Un ciclista que se encontraba en la zona se lo encontró y le ayudó a llegar hasta la carretera en lo que llegaba la ambulancia a recogerle. En el hospital le tuvieron que abrir la cadera y reconstruírsela con una prótesis de titanio para lograr estabilizársela. Desde esa operación nunca más volvió a quejarse, pero ya nunca pudo ser capaz de levantar la pierna derecha más de un palmo del suelo sin ayuda.

Muchos años después, montado en mi bicicleta, buscando los caminos que rodean la casa sonde mi padre se crió y quiso vivir toda su vida. Me vi deseando que mis sobrinos me escuchen jamás gritar de dolor ni de desesperación.

martes, 18 de septiembre de 2018

La Música que Suena al Encontrarte

Cada una de tus relaciones es la confirmación de que el ser humano es capaz de tropezar varias veces con las misma piedra.




Ahora ha sido con Virginia, igual que antes te pasó con Merce, Tania o con Carol. Tu vida sentimental es como un déjà vu que revivo con cada gin tonic que compartimos para digerir tu última ruptura. Una copa con la que poner punto y aparte, a aquellas otras que acompañaron los avisos de bombardeo que sonaban por los altavoces del garito con el November Rain de los Guns and Roses, donde conociste a cada una de ellas, indicando la necesidad de salir huyendo a refugiarse y que tú, sin embargo, siempre interpretas como una invitación para el próximo baile.

Tus relaciones se rompen en el momento en el que te hacen una pregunta “¿Por qué estás conmigo?”. Una pregunta capaz de atravesarte dejando en tu boca el sabor frío del acero. Una duda que jamás expresarías en voz alta y que provoca en tu interior una detonación que, de inmediato, te aleja a miles de kilómetros de distancia de quien tienes delante. Una pregunta que te obliga a quedarte anclado en el lugar en el que te encuentras hasta que seas capaz de encontrar una respuesta que, sea la que sea, sabes que no merecerá la pena. Un enigma sin respuesta enfrentándote ante tú único miedo: el futuro, a ti que no temes nada del presente.

Ya sabes perfectamente cuáles son los síntomas que preceden a tu Hiroshima emocional. Silencios abruptos mientras esperáis la cena en el último restaurante de moda de la ciudad. Miradas cargadas con la pólvora de los reproches. Cubiertos desenvainados que suenan como sables. Una discusión por el motivo más intrascendente que pueda afectaros: el taller dónde llevar el coche antes de la próxima ITV, la duda acerca de qué menú preparar para mañana… Ante todos, hay una señal que te indica que ya no hay marcha atrás: su barbilla temblorosa. Una barbilla que escupe, como  una  AK-47, una ráfaga cada una de las sílabas que van a provocar un derramamiento de sangre “¿Por qué estás conmigo?”.

Allí estás tú, expuesto, sin encontrar trinchera en la que protegerte. Ignorando cuál puede ser el camino de huida mientras sientes como una infinidad de balas silban rozándote los oídos. Encoges los hombres y tratas de buscar a tu alrededor la llegada de refuerzos que nunca están cuando se les necesita. En ese momento, te resignas y convences de que ya no puedes avanzar porque, antes o después, toparás con una mina que te hará pedazos. Aturdido, confuso y desorientado, dejas caer los hombros, la miras y asumes que ya no merece la pena seguir luchando pero que, hasta ese momento, era tu deber entregarlo todo por lo que creías que era tuyo.

Cuando estás de vuelta en el hospital de campaña que es la casa de tus padres, recuperándote de tus últimas heridas, sabemos que no tardarás en volver a una nueva guerra. Te levantarás de la cama arrastrando los pies, ataviado de tu ridículo pijama de Batman, con numerosas heridas abiertas pendientes aún de cicatrizar para, con voz cansada y ojos ardientes, anunciarnos que regresas al campo de batalla. Convencido de que no puedes perder el tiempo con el pasado, vaticinarás que, esta vez, de una vez, como haces cada septiembre, por fin, al igual que decía Manolo Tena tu predicción se cumplirá “Tengo la certeza de que, ahora, todo será diferente”.

Te veré marchar, de nuevo, y mientras te alejas cargado con tu petate envidiaré tu capacidad para defender a muerte todo en lo que crees: tus ideas, tus proyectos, tu trabajo y, sobre todo, tu vida. Tu capacidad para hacer caso omiso a todas las señales y gritos de alerta de quienes te rodean porque sabes que la mayoría de los problemas que te plantean no existen. El arrojo con el que afrontas cada peligro aunque sepas que vas a salir herido. Te admiro porque nunca aciertas o, mejor dicho, aciertas bastante poco, pero aún así no dejas de insistir y de convercerme, a mí y a todos, de que esta vez sí vas a conseguirlo. Todos deberíamos hacer como tú haces e intentarlo, al menos una vez, otra vez, aunque nos cueste dejarnos los dientes. 

Todos deberíamos probar, una vez, el sabor de la lluvia de Noviembre al amanecer.

viernes, 31 de agosto de 2018

Coleccionando Agostos

En los veranos de la infancia en los ochenta y noventa, de agosto a septiembre, una obsesión creciente cada año se apoderaba de mí. Me importaban un bledo las chicas y sus invitaciones para ir a la piscina, me daba exactamente igual la música que sonaba en los 40 principales y no quería saber nada de los cuadernos de vacaciones Santillana



Durante mes y medio, mi mente y energía se centraban en la consecución de un reto apasionante: completar la colección de cromos de la Liga de Ediciones Este, nunca Panini, que ayudaban a conformar el ritual de un nuevo verano.

Coleccionar cromos cada verano es de las cosas que más cosas me han aportado en la vida. La primera, quizá no muy sana, es un gusto por el olor a pegamento líquido Imedio y al de las más sofisticadas barras Pritt. La segunda, derivada de ésta, aunque nunca he tenido que ponerla en práctica, es el descubrimiento de que, con estas barras de pegamento, uno puede obtener copias precisas de las huellas dactilares de una persona. Y una tercera, la más útil, aprender a determinar cómo completar los espacios vacíos que que se abren en el alma. Por aquel entonces había que elegir entre Prosinecki o Martín Vázquez, Tomás Reñones o Patxi Ferreira, Ablanedo I o Luis Sierra… con un criterio definido: el primer cromo en aparecer sería quien ocupase ese recuadro en el albul, el mejor jugador de los dos o, el más ambicioso y seguido por la amplia mayoría, no tener por qué elegir y desear a los dos. Ya idearíamos la fórmula en que ambos tuvieran cabida, como cuando años más tarde, he tenido que elegir entre tabaco o deporte, vivir solo o acompañado, amigos o pareja...

Siguiendo con las cosas buenas que aportó a toda mi generación Ediciones Este, está su incuestionable contribución al desarrollo de nuestra memoria. Cada uno de nosotros, nunca tuvo que recurrir a una lista para saber qué cromos le faltaban ya que sabíamos cada uno de los huecos que socavaban su álbum. Eran nombres y rostros que nos quitaban el sueño por las noches, al tiempo que los rescataban por el día en cada visita al kiosco a por un nuevo sobre. Esos agujeros negros del álbum permanecían grabados a fuego en nuestra mente, por eso no podíamos dejar de burlarnos de los principiantes del FBI. Siempre nos pareció una broma de mal gusto y una evidencia de la laxitud de las pruebas de accesi a la policía. Si las personas encargadas de nuestra seguridad tenían que colgar un retrato del sospechoso y elaborar en una lista de los hombres más buscados para no olvidarlos, siempre irían por detrás y los delincuentes tendrían ventaja. En Garrido jamás olvidábamos una cara y nunca necesitamos una lista.

Asi, todos los que cada domingo por la mañana, cruzando la frontera de Garrido, llevábamos como equipaje una caja de zapatos o una colorida riñonera repleta de cromos repetidos, perfectamente organizados, acudíamos al parque de la Alamedilla, nuestro particular Wall Street, a intercambiar cromos recordamos perfectamente los ojos azules de Gabi Moya, las gafas de sol de Benito Floro el año que entrenó al Real Madrid, un delantero del Oviedo llamado Andrades, la melena punky de Ayarza en el Rayo Vallecano, el bigote castaño de Gonzalo del Lleida y el moreno de un ruso con aire de capitán de los soviets llamado Zygmantovich. No hay cara ni nombre de aquellos veranos que hoy, 25 años después, no se reproduzca en mi cabeza con total nitidez.

Allí, en la Alamedilla, aprendí mucho acerca del funcionamiento del mundo adulto. La facilidad con la que es posible forjar relaciones basadas únicamente en el beneficio económico: conseguir el cromo deseado, utilizando, para ello, la manida táctica de recuperar viejas amistades o tratando de crear alguna nueva. La importancia de forjar alianzas, que se desvanecían tan rápido como se habían formad,o para encarar todo proceso de negociación con garantías de éxito. Y, sobre todo, aprendí que todo en esta vida tiene un precio que alguien está dispuesto a pagar.

El mercado de los cromos se regía por una lógica económica sencilla. Un cromo por otro o, en su defecto, un cromo un duro. Había ocasiones en los que algunos cromos podían llegar a valer cinco duros, dependiendo de las prisas por cubrir un vacío en una página pero, sobre todo, para poner fin a una tragedia emocional. Y es que, un cromo podía llegar a encandilarte a primera vista y estar dispuesto hacer cualquier locura por conseguirlo. Raro era el domingo en el que varios no arrancaban a llorar, una semana podía ser por un jugador del Logroñés llamado Eraña como a la siguiente, éste ya había quedado relegado a olvido, y vivíamos un nuevo enamoramiento, esta vez, de Elduayen.

Esta lógica económica sencilla saltaba por los aires cada verano. Llegaba un momento en el que, imagino que un consejo directivo sin escrúpulos dispuesto a sangrar una economía familiar, aparecía un término maldito y temido: Baja o Sustitución. Este concepto, que solía hacer su aparición a partir de la tercera semana de agosto, hacía saltar todo por los aires y cargaba de rabia e impotencia mi ánimo. Todo al descubrir que, muchos de los cromos con los que contaba, de repente carecían de utilidad. A partir de ese instane los huecos vacíos que creía cubiertos para siempre, quedaban de nuevo abiertos de los que manaban tipo de excreciones. Así de nada me servía contar con Manjarín en el Sporting cuando, semanas después, su sitio era ser el fichaje número ya vestido con el uniforme del Deportivo,  tener perfectamente ubicado a Sigüenza cuando su sitio le pertenecía a Villa en el Lleida de Mané, o tener perfectamente localizado a Pizzi en Tenerife si, de un día para otro, pasaba a corresponderle el espacio de Eloy Olalla en Valencia.

Cada 20 de agosto olvidábamos las normas de control de precios y el liberalismo económico aparecía con toda su crudeza. El parque se llenaba entonces de especuladores que veían en Vítor, el nuevo brasileño del Madrid, con los que hacer su agosto particular llegaban a pedir 500 pesetas por tenerle vestido con la elástica blanca. Desesperados, que consideraban a Alfaro y su traspaso al Valladolid la oportunidad con la que salir de su miseria, llegaron a pedir hasta 1.000 pesetas por este rockero del Pisuerga.  La Alamedilla, los domingos de verano, se convertía así en el reflejo de una España y mundo adulto para el que debíamos estar preparados. Estos, que ya por entonces nos parecían carroñeros, son los mismos que, dos décadas después mantenindo su ausencia de escrúpuls de entonces, lucen calva y prominente barriga tras haber vendido preferentes a ancianas indefensas, hipotecado la vida de miles de personas con viviendas que sabían que no podían pagar y antes especularon con sellos a través de AFINSA.

Nunca fui capaz de completar ni una sola de las muchas colecciones que comencé. Eso sí, gracias a ellas soy capaz de entender cómo funciona el mundo, y lo divido entre los que hacen los cromos y quienes los coleccionan. Entre los que se encaprichan en dar de baja o sustituir a unas personas por otras y los que padecen las consecuencias de esa decisión. Entre quienes buscan abrir vías de agua en las ilusiones de los demás y entre quienes hacen frente a cada herida hasta que cicatriza. Entre los que cambian de cara y los que se la parten cada día. Y a la hora de elegir con quién me quedo, he optado por ser de los que no olvidan una cara y un nombre.

domingo, 12 de agosto de 2018

No te Atrevas a Abrir mi Armario


No hay frontera  que más me haya esforzado en defender que la puerta de mi armario. He librado en su defensa cruentas guerras. He afrontado batallas de un día con amantes de una noche, y guerras de trincheras con mi madre que me dejaban toda una lista de daños colaterales: días sin salir, tardes sin video consola, domingos sin paga… Mi armario es, para mí, el lugar idóneo para mostrarme a mí mismo quién soy y ocultar, de la vista de los demás, lo que he sido y lo que quiero llegar a ser. 




A lo largo de mi vida son varios los armarios que me han acompañado.  El que más tiempo estuvo conmigo fue el que protegía mi cama nido. En él, se juntaron las imágenes de mi iniciada biografía con las pegatinas de mis superhéroes preferidos, los posters de las mujeres con las que comenzaba a soñar, y un montón de prendas y objetos inútiles que cumplían su misión de rescatar los sueños perdidos. Un miércoles de marzo las ramas no pudieron soportar el nido. No quedó otra alternativa que salir volando.

He tenido armarios de dos puertas, de distintas maderas (todas innobles), los he tenido cojos, vencidos por el paso el tiempo, algunos vestidos y otros por vestir. He compartido armarios y siempre, con ésos, he terminado saliendo de ellos.

Los últimos armarios que me acompañan son monótonos.  Son compañeros indolentes que permanecen empotrados contra una pared de la que no quieren separarse y son fríos, muy fríos, despegados. Los armarios de hoy ya no abrazan al abrir sus puertas, sólo saben hacerse a un lado, como si, lo que esconden en su interior no fuese consigo. No me gusta mi actual armario pero, aún así, voy a partirme la cara en su defensa.

Hay una cosa de mi armario que no cambiaré por nada: la minifalda que te dejaste olvidada con la que escondes la mujer segura que eres, el valor que emerge del escote del top floreado que tanto te gusta y el reflejo que me ofrece de tu cuerpo desnudo contra el mío. Ayer, sin embargo, la imagen que el armario me ofreció de ti me dio miedo.

Estabas frente a él, parada, vestida únicamente con esa sonrisa que tienes que aumenta mi esperanza de vida y temí. Temí que abrieras la puerta traspasando una frontera sin  haber pasado por la aduana. Sentí verdadero pavor al pensar que, probablemente, no te conformaras sólo con abrir esa puerta. Que quisieras abrirlas todas, desnudarme del todo para después deshollarme o que, simplemente, estuvieras haciendo una apuesta por formar parte del resto de mi vida.

Oí cómo rodaban las puertas del armario por los raíles. Sólo pude cerrar fuerte los ojos esperando la llegada de la tragedia. Tapé los oídos para no escuchar la detonación de la bomba atómica en las paredes de mi cuarto y comencé la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete…

Tres, dos, uno. Reuní el valor para enfrentarme a la desolación que me aguardaba para ver todo mi mundo arrasado. Las manos habían comenzado a sudarme, una punzada de dolor atravesaba mi cabeza y un grito ahogado quedó encerrado en mi garganta. Me incorporé despacio, quedé petrificado al verte, incapaz de articular una sola palabra. Sólo mis pupilas mostraban un haz de vida al no parar de dilatar. Todo en el cuarto permanecía igual, no había desaparecido nada pero, en apenas unos segundos, había cambiado todo.

Allí estabas, vestida con una de mis camisetas. Puedo decir que, en ese momento, de una vez y para siempre, sentí que no puede haber mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Desde entonces, lo tengo claro. Dejaré que abras mi armario y hagas tuya cualquiera de mis camisetas, aunque sepa que la pierdo para siempre. Merecerá la pena el descosido que dejas en mi corazón.

viernes, 8 de junio de 2018

El Perfume de sus Secretos



Hay olores que embelesan. Olores con la capacidad de hacernos felices por un instante. Están el olor a pan recién hecho, el olor que emana la tierra mojada tras una tormenta, el aroma del café recién tostado, el de las hojas de papel de un libro nuevo… A mí, la felicidad olfativa, me la da el olor a laca. Sí, sí, no hay mejor olor en el mundo que el olor a laca Nelly. Por eso, a veces, cuando encadeno unos días de cierta tristeza, no puedo evitar pasar el tiempo a la puerta de las peluquerías de señoras que hay en mi barrio, disfrutando de la atmósfera única que ofrecen la mezcla de olores del calor de los secadores y la laca. Me encantaría robar ese olor, ser capaz de enfrascarlo como hacía Jean Baptiste Greounille, el protagonista de El Perfume, para deleitarme con él, en la más absoluta soledad, cada mañana.

Estoy convencido de que esta pasión por este olor se debe a que, de pequeño, siempre me intrigó quién era Nelly. La imaginaba como una mujer muy sofisticada, culta, divertida y pícara como lo era la firma que aparecía en cada uno de los frascos que aparecían en casa de mi abuela. Nelly ha sido para mí una mujer por la que querer conocer el mundo más allá de las paredes de la casa de adobe de mis abuelos. Una rubia apasionada por la que escapar de las atmósferas cerradas, cargados de olores fuertes a embutido y puchero. Una mujer por la que recorrer el mundo en su búsqueda porque ella, era para mí, por sí sola, y en mi imaginación, toda una aventura. Una mujer que sería como mi era mi madre antes de que yo naciera.

De niño, vivía como algo emocionante el hecho de irme a cortar el pelo, de la mano de mi madre, a cualquiera de los salones de belleza que frecuentaba. Era todo un ejercicio de exploración de una ciudad que se me antojaba inmensa y desconocida. Nos dirigíamos sin saber a dónde y acabábamos teniendo como destino, un lugar que se anunciaba en la distancia con un rótulo altivo y unas letras mimadas un universo de femineidad. Entrar en el salón era descubrir que existen mujeres muy distintas de las que habitaban en mi barrio. En las paredes, las fotografías de mujeres jóvenes vestidas de una mirada sensual y un peinado perfecto me ofrecían una sonrisa sensual a la que sólo podía corresponder con una sonrisa tímida. Pasaba todo el tiempo allí, callado, sin lanzar una sola palabra porque estaba muy ocupado en estar pendiente de la puerta esperando verlas aparecer cruzando el umbral. Decepcionado y cabizbajo porque no las había visto aparecer, me pasaba todo el camino de vuelta a casa pensando no en dónde estarían esas mujeres, sino en por qué se fueron del salón de belleza antes de que yo llegara.

Pocos son los lugares que me transportan a la infancia como lo hacen las peluquerías de señoras. Me fascina, ahora ya adulto, que las mujeres que hoy salen de ella, tuvieron un pasado en el que fueron capaces de cautivar a numerosos hombres. Ahora, pasados los años y perdida la inocencia de la infancia, avasallado a cada instante por las miles de fotografías y rostros femeninos que pueblan los anuncios en las calles, las redes sociales y los escaparates de la ciudad, he alcanzado la certeza de que las mujeres más bonitas, las más interesantes, las que tienen más que ofrecer, las más apasionadas y las que tienen toda una historia que contar y una vida por vivir son, siempre, las que, al igual que Nelly, no aparecen en las fotografías.

viernes, 11 de mayo de 2018

Mi Episodio Semanal de Felicidad



La vida es para arriesgarse y no perder la oportunidad de explorar los límites. Lo hago en los pequeños actos, en episodios aparentemente sencillos. Así, siempre bebo agua del grifo de cada una de las ciudades que visito, tomo medicinas sin leer el prospecto y bebo de las latas de refresco a morro, sin limpiarlas antes, haciendo caso omiso a todas las leyendas que hablan de heces de cucarachas, ratas y demás fauna que habita nuestro ecosistema. Pero, sin duda, el acto más arriesgado que hago cada semana es, para muchos, mi comida semanal en Mc Donald’s.

Sí, lo reconozco, me conozco todos los menús, las combinaciones más económicas y las más caras, todos los complementos y tengo instalada la aplicación en el teléfono móvil. Critican mi decisión de comer cada semana entre Big Mac y Happy Meals los entusiastas de la vida sana diciendo que eso no es comida. Los especuladores financieros de mis amigos alegan que la comida es carísima para la cantidad que te ofrecen, como si cada comida debiera ser una desgravación fiscal o una inversión con el poder de cambiar, para siempre, el estado de mi cuenta corriente.

Las críticas que más me irritan a mi cita semanal son las de aquellos que vaticinan el fin del mundo por mis hábitos alimenticios. Son quienes pregonan que soy un vendido al capitalismo, que carezco de personalidad o que estoy condenando a la desaparición a los negocios locales. Para mis amigos soy una especie de Hitler de la restauración, más aún desde que les confesé que, cuando busco piso, una de las cosas que más valoro en mi elección es que haya un Mc Donald’s lo suficientemente cerca como para llevarme la comida a casa y disfrutar del olor que emanan las bolsas de papel, aún calientes, inundando el salón. Puede que la felicidad, para mí, sea nada más que eso.

Ir a este establecimiento de comida rápida es un acto arriesgado porque uno parece allí un furtivo. Cruzar su puerta, sólo, a partir de cierta edad, te convierte, de golpe y porrazo, en un delincuente que figura en la lista de los más buscados del FBI. Estás allí temiendo encontrarte con alguien conocido o que pueda reconocerte. Temes que, de ser descubierto sin una coartada que te ampare, ir con los sobrinos o esgrimir una entrada de cine de la sesión anterior, te verás impedido para los restos de las oportunidades que la vida la ofrece a la gente de bien: firmar una hipoteca, casarte por la iglesia o hacer uso de la Seguridad Social. Pese a lo mucho que me juego, sigo yendo cada semana.

Voy a Mc Donald’s porque me iguala al resto del mundo, porque allí me siento uno más. No acudo con la esperanza de encontrarme a Kasparov esperando alguien con quien batirse en una partida de ajedrez, ni tampoco con el sueño de abrazar una conversación de amores líquidos y etéreos entre Neruda y Baumann mientras disfrutan, de forma relajada, de un Mc Flurry. Me gusta, sin embargo, el movimiento constante, el bullicio, el ruido de las familias que allí se congregan, las risas histriónicas de los que han visto asaltada su infancia a manos de la adolescencia y observar cómo se van acomodando al espacio los recién llegados, así, poco a poco, con los ojos muy abiertos y los movimientos lentos pero con la frente alta y altiva. Tal y como apareciste tú, borrando a cada paso la línea de mi frontera sin dar ni una sola pista a nuestros enemigos.

lunes, 30 de abril de 2018

Cruzar la Calle



Acabo de guardar la tarjeta de crédito en la cartera. Recojo las bolsas con la compra, me despido con un educadísimo “que tangas un buen día” y me dirijo al ascensor para llegar al aparcamiento. Y así, en un abrir y cerrar de puertas me doy de frente con Ella. Antes de que salgamos del asombro ya he logrado escabullirme en el ascensor que me dirige directo al recuerdo del descenso a los infiernos de mi adolescencia. Aquella caída que no se habría producido jamás de no ser por Ella. Por eso, no la he saludado y no he tenido otro remedio que huir.

De aquello hace veinte años. Fue una tarde de junio en la que la ciudad olía a tormenta. Yo iba de camino a la biblioteca a preparar el examen final de Historia que tendría a la mañana siguiente. Mi título de la ESO estaba en juego, era un todo o nada, aprobar ese examen o quedar para el resto de mi vida mancillado por el estigma de ser repetidor. Un resultado que podría condenarme a un limbo de difícil escapatoria. Allí me dirigía, cargado de la seguridad que me daban mis Converse blancas nuevas y unos Levi’s, también de estreno, que me decían que nada iba a poder conmigo.

Son apenas quinientos metros los que separan mi casa de la biblioteca. Hago el camino sintiéndome invulnerable mientras en el discman que llevo de la mano, junto a los apuntes que debo memorizar, suena a todo volumen el Club de los Poetas Violentos. Camino con la barbilla en alto, impostando una ligera cojera que no existe para darme un aire de tipo duro cuando, al otro lado de la avenida la veo, es Ella.

La había conocido el fin de semana anterior en un botellón que se organizó en la casa de alguien de quien sólo te aprendes el nombre el tiempo suficiente para poder entrar. Tuve la suerte de que, en uno de esos juegos que consiste en beber lo más rápido posible para que la vergüenza escape viéndose amenazada, Ella se sentase a mi lado. Hablamos, mucho, sin apenas prestar atención a lo que pasaba a nuestro alrededor. Desde el minuto cinco, alcancé el convencimiento de que tenía delante a la mujer de mi vida.

Mientras caminaba pensando en ella, en si la volvería a ver, en cómo de largos serían cada uno de nuestros besos, en el nombre que pondríamos a nuestros hijos y los lugares a los que escaparíamos sin dejar rastro; allí que puedo verla. La música de mis auriculares cesa y empiezo a escuchar cómo la ciudad suena a Kenny G, unos acordes que son como unas trompetas de Jericó anunciando que el muro de su corazón se está derrumbando con cada uno de mis pasos. La llamo, ella se para, me saluda y sonríe. Me siento invencible. El rey del mundo. Son apenas unos metros los que nos separan. El corazón percute sin descanso en mis costillas.

Bajo de la acera, estoy imparable, me quedo parapetado entre un coche y una furgoneta deseando cruzar este río de asfalto que me separa de la otra orilla donde me aguarda Ella. De repente, me ahogo. Me ahogo mientras  una corriente de agua no para de entrar en mi boca abierta y calar hasta el último rincón de mi cuerpo. Un maldito camión que se dedica a limpiar las calles y drenar el alcantarillado está escupiendo su agua sin reparar en mi presencia. Me estoy ahogando en la primera tormenta artificial del verano. Me ahogo y sólo puedo verlo todo pasar todo en slow motion.

Veo la misma cara de asombro que aún conserva. Veo al conductor del camión pidiéndome perdón. Veo a una señora a la que se le escapa una sonrisa y a dos jóvenes que se descojonan al tiempo que me señalan. Cuando el camión y la borrasca que lleva consigo desaparecen vuelvo a mirarla. Ella comienza a reírse. Consigo cruzar hasta al otro lado fingiendo una naturalidad que trata de restar importancia a lo que acaba de suceder.

Estoy empapado de arriba abajo. Hablo un poco con Ella hasta que comienzo a darme cuenta del desastre. Mis zapatillas nuevas perdiendo su tono blanco comenzando a teñirse de azul. Los pantalones están empezando a sangrar toda la sangre del príncipe de cuento que ya nunca seré para Ella. En mi mano, los folios que contenían el peso de la Historia se volvieron livianos, unos pergaminos en los que, todo lo que aparece, son unos jeroglíficos que ni el más experto egiptólogo podrá descifrar jamás. Acabada la conversación, eché a correr.

Corrí de vuelta a mi casa, llevando conmigo la tinta azul suficiente para dejar marcado bien a fuego en mi memoria el peor día de mi vida. Llegué a mi casa y lloré. Sí, lloré la tinta de una historia que no era la que hubiese querido escribir con Ella. Lloré porque me sentía doblemente humillado. Lloré porque ese día perdí la oportunidad de ser alguien distinto. Porque en esa tormenta renuncié a muchas de mis aspiraciones. Perdí a la primera mujer de mi vida y sólo recibí a cambio un suspenso en Historia.

Ahora, tantos años después, cada vez que siento que un problema invade mi cabeza y amenaza con hundirme ante el menor contratiempo, pienso en aquel día. En la sensación de seguridad que llevaba conmigo luciendo mis zapatillas y pantalones nuevos, en la sensación de ser indestructible, en saberme capaz de enfrentarme a todo y a todos. Ahora sí, para no volver a tener que llorar de nuevo la humillación de aquel día, siempre miro a ambos lados antes de cruzar.

sábado, 31 de marzo de 2018

Tengo Alergia a las Medias Naranjas



El otro día, acodado en la barra de uno de los garitos de suelo pegajoso y la barroca decoración de los bares propia de hosteleros que hace muchos años abandonaron sus sueños, volví a toparme de bruces con una conversación más de medias naranjas. Estaba aún haciendo el recuento de las monedas que llevaba, sopesando en qué alcohol invertir en este mercado de futuros del garrafón, cuando ví a una antigua compañera de facultad de quien llevaba años sin saber nada.

Pensé que no me recordaría por lo que no le dije nada, pero a la segunda mirada me acerqué invadido de la autoestima infunde el ir con el pelo recién cortado. Después de dedicar los primeros minutos a la protocolaría entrevista de trabajo de todo encuentro entre viejos conocidos, charlamos. Matizo, habló ella. Yo estaba encantado escuchando, todos los manuales del cortejo y lo expertos en psicología de las relaciones siempre dicen que para seducir a una mujer hay que escucharla. A eso dediqué el encuentro.

Escuché como marcan los cánones y los principios que regulan la escucha activa. Asentía, le devolvía alguna que otra sonrisa, mantenía el contacto visual sin ser intrusivo, recurrí varias veces a la fórmula de repetir sus cinco últimas palabras y lanzarle una nueva pregunta, respetaba sus silencios, en definitiva, fui el modelo perfecto de empatía masculina. Todo mientras ella hizo repaso a todos los gritos, peleas, malentendidos, episodios tormentosos, infidelidades, relaciones tóxicas, dramas, penas y lloros que habían poblado su vida sentimental en todos estos años que llevábamos sin vernos.

Fue un repaso de quince años en tres copas. Cuando aún no nos habíamos decidido a pedir la cuarta surgió el tema de las medias naranjas que liquidó con solo una frase toda la empatía que fluía por mi sangre, cuando sin soltar una lágrima pero con la mirada rota espetó “Tengo casi cuarenta años y aún no he encontrado mi media naranja”. Al oírla todo el alcohol que me invadía entre en combustión quemándome las venas.

La expresión mi media naranja es una de las tres cosas que más detesto en la vida, junto a los filetes de hígado y los pendientes de perlas. No sé si esto se debe a algún trauma infantil con Naranjito, alguna sobredosis de vasos de butano de Revoltosa de naranja o a mi aversión por la macedonia. Mi cuerpo reacciona de forma instintiva, activa todos los circuitos de alerta y me prepara para salir huyendo. Sin embargo, tuve que contener la sabia respuesta natural que, durante generaciones, los hombres de mi familia habían desarrollado ante esa expresión y quedarme allí. Porque si hay algo que puede cambiar el curso natural de las cosas es una mujer hermosa, inteligente, sola y llorando en público.

La situación se me hacía cada vez más incómoda. Pasaban los minutos y ella continuaba flagelándose con nuevos viejos recuerdos, al tiempo que yo miraba lanzando miradas de auxilio en todas direcciones buscando una salida. Volvimos a cruzar nuestras miradas y me pregunto “y tú, ¿encontraste a tu media naranja”. Prometo que intenté no caer en la provocación, mantener la calma y dar una respuesta que le aliviara. Hice un ímprobo esfuerzo por recordar alguna cita de libros de autoayuda, algún verso de Neruda, nada.

- Escúchame tú un minuto ahora –le  dije en un arranque de hiriente sinceridad-. Creo que quienes pasáis la vida buscando medias naranjas, lamentando no encontrarlas o haberos equivocado al creer que lo era, nos harías un favor a todos si empezaseis por buscar primero el medio cerebro que parece que os falta. Porque, por el momento todas la medias naranjas que me he encontrado en la vida, sólo sirven para ser exprimidas. Para consumirlas en el momento antes de que se oxiden, beberme sus vitaminas y, la cáscara que queda, tirarla a la basura.

Nos empeñamos en complicarnos la vida, en hacerla más difícil de lo que es. Queremos hacer de nuestra vida una epopeya, superar los más altos obstáculos, salir vivos y victorias de las más cuentas guerras, vivir la historia de amor más apasionada; y si no es así nos volvemos infelices. Cuando quizá todo es más sencillo, porque buscar una media naranja es aburrido y puede ser igual de frustrante.

Porque una media naranja requiere otra mitad que sea exactamente igual, no complementaria. Porque igual, todo lo que necesitamos en la vida es encontrar a alguien con quien compartir silencios en un viaje en coche un sábado por la mañana, alguien con quien salir a comer fuera sea un rato divertido y con quien tomar una copa a deshoras. Alguien con quien despertar sin sonidos de alarma. Alguien con quien ir al cine sin mirar la cartelera. Alguien con quien las salas de espera sean llevaderas. Alguien con quien ir al supermercado a comprar zumo recién exprimido.

Pagué la cuenta y salí del bar, dejándola a ella dentro. Mientras regresaba a casa, entre un la tienda del chino y compré una bolsa de limones para tomarme un último gintonic antes de acostarme. Echando el zumo de limón en la copa, pensaba en mi vieja amiga y en que, la vida, en definitiva, no es más que esto. Un paseo de vuelta a una casa donde poder contrarrestar la acidez y la indigestión de cada día de oficina.

lunes, 5 de marzo de 2018

Hicimos del Juego un Juguete



De niño me pasé la infancia jugando al juego más divertido. No era un juego solitario, sino que buscaba la compañía de otros para hacerlo del todo insuperable. Daba igual la hora, el lugar o el tiempo que hiciese, lo importante era jugarlo cuantos más mejor. Al principio sólo tenía dos reglas: la pelota no se podía coger con la mano y era gol cuando había unanimidad. Jugábamos sin límites definidos porque a edad temprana concebimos el mundo sin más barrera que las limitaciones de nuestro cuerpo menudo.

Disfrutábamos en un terreno de juego sin límites, sin líneas que delimitarán fin a nuestro juego y sin tiempos de prolongación, prórrogas ni goles de oro. Primero, nos llamábamos por nuestros nombres pero, conforme más tiempo pasamos disfrutando empezamos a usar los nombres de adultos que no sabíamos quiénes eran pero que sabíamos que existían, porque aparecían en muchas de las letanías de nuestros padres cuando hablaban de nuestro juego. Así, Pablo dejó de serlo para comenzar a ser Schuster, Luis cambió su nombre por Hugo, Miguel pasó a ser Michel, Andrés desde entonces siempre se llamó Butragueño… Muchos cambiamos nuestros nombres y, casi sin darnos cuentas, fueron más lo que dejaron de jugar.

Pasó el día en que los mayores se empeñaron en ordenar nuestro juego. Llenarlo de reglas, procedimientos y decidiendo quién, a partir de ese momento, se dedicaría a jugar y quiénes a mirar cómo el resto jugaba. Quienes pudieron seguir jugando, de repente, comenzaron a saberse observados a jugar menos para con quienes jugaban y más para quiénes miraban. Nuestro juego dejó de ser de quienes jugaban para ser, poco a poco, cada vez más, de quienes miraban. Éstos marcaban la hora a la que podíamos jugar para que pudieran mirarnos mientras lo hacíamos, y se acabó lo de jugar en cualquier sitio. Había que jugar en un sitio donde los que quisieran mirar no tuviesen que estar buscándolo, sino que supiesen donde encontrarnos.

El juego más divertido del mundo dejó de ser un juego en el que jugábamos todos y se transformó en un juego en el que jugábamos unos contra otros. Primero los de una calle frente a los de la calle de al lado. Una vez que la guerra de trincheras de nuestra calle acababa repleta de daños colaterales, los adultos firmaban un armisticio y se aliaban entre ellos para abocarnos a nuevas luchas con otras calles de las que no habíamos oído hablar en nuestra vida. Muchos fueron los daños colaterales, con cada nueva intrusión de un adulto en nuestro juego uno de los nuestros dejaba de jugar y pasaba a ser de los que miraban.

De repente, sin saber cómo ni realmente cuando los que miraban eran muchos más que los que jugaban. Otro día los que miraban dejaron de conformarse con ordenar el juego, establecer reglas y delimitar horarios. Un día, los que miraban dejaron de ser silenciosos y empezaron a hacer ruido. Los sonidos dejaron de ser de asombro o de la diversión que quienes jugaban le contagiaban. Los que miraban dejaron de contagiarse de quienes jugaban y empezaron a mirarse entre ellos, buscando nuevas formas de divertirse.

Al comienzo les dio por cantar, porque cuando la gente se junta, normalmente lo hace por la música: porque unos cantan y otros bailan. Así, un día mientras jugábamos los que miraban comenzaron a cantar: canciones populares del momento o de siempre, hasta que se dieron cuenta de que podían cantar sobre quiénes jugaban. Y así empezaron a añadir nuevas diversiones al juego más divertido.

Fueron muchas, infinitas las canciones que cantaron al juego y a sus jugadores. Para aumentar el repertorio y hacer todo aún más divertido empezaron a cantarse unos a otros, a modo de burla, un chiste. La diversión, así, estaba garantizada no sólo para los que jugaban sino también para los que miraban. Este juego no dejaba de ser el mejor invento del ser humano. Hasta que, conforme pasaban los días, los meses y los años, los que miraban cada vez eran más y los que jugaban menos, los que miraban dejaron de saber por qué cantaban. Ya no cantaban porque miraban a quienes jugaban. Cantaban sólo para quienes miraban y para que les miraran.

Los que jugaban ya ni siquiera lo hacían con quien jugaban, ni siquiera para quienes miraban. Los que jugaban empezaron a hacerlo para quienes pagaran porque, un día incierto, el juego dejó de serlo y se volvió negocio. Un juego, mejor dicho, un juguete al que ya no juegan no Luis, ni Andrés ni Miguel y en el que, cada vez, hay menos sitios en los que poder jugar con él. Un juguete que ya no es juego, sí, el que era el más divertido del mundo y que, dejamos que se escapara del control de los niños que éramos y que alguna vez fuimos, y se lo entregamos al adulto que no nos imaginábamos que podríamos llegar a ser.

Tuvimos un juego al que ya no sabemos jugar, no sabiendo jugar a otra cosa. Tuvimos un juego al que jugábamos, lo hicimos mierda, como todo en la vida, cuando dejamos de hacer para pasar a ser los que miran hacer, opinar acerca de lo que otros hacen y, además, que nos aplaudan por ello.

jueves, 22 de febrero de 2018

Tumbando Mentiras



Haciendo repaso me he encontrado las numerosas mentiras que nos hemos repetido. Mentimos para sobrevivir, para seguir vivos. Seguro que la gran mayoría no satisfacen, pero convienen. Mentimos para conseguir sexo, por necesidad, por amor, por trabajo y por indulgencia, con los demás y por compasión con uno mismo.

Son muchas las veces que nos hemos mentido de forma deliberada, conscientes de estar faltando a la verdad. No por eso se trata de un plan cargado de cinismo ni de un asalto armado a la integridad de nadie.

Mentimos con inocencia cuando decimos “mañana empiezo”.

Mentimos con humor cuando decimos “una más y nos vamos”.

Mentimos con ilusión cuando decimos “eres la persona más importante de mi vida”.

Mentimos con recelo cuando decimos “vamos a intentarlo de nuevo”.

Mentimos con ternura cuando decimos “no pasa nada”.

Mentimos con ímpetu cuando decimos “tú puedes”.

Mentimos con ingenuidad cuando decimos “ven a casa y vemos una peli”

Mentimos con optimismo cuando decimos "compra un décimo que seguro que toca".

Mentimos con insolencia cuando decimos "te sienta genial".

Mentimos con pudor cuando decimos “es la primera vez que me pasa”.

Mentimos con amor cuando decimos “nunca te he mentido”.

Mentimos y nos mienten. Pero benditas mentiras porque contigo a mi lado, estoy dispuesto a creerlas todas.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Después de Hollywood



En el momento en el que vi su taza de café vacía sobre la mesa de mi cocina supe que era la mujer de mi vida.

Me calcé las zapatillas y salí corriendo a la calle con lo puesto. Un collage de prendas deportivas que, aisladas, nunca combinaron con nada. Salí con  urgencia de quien acaba desentrañar el misterio del eslabón perdido. Llegué al garaje y saqué el coche  a la luz del día apenas iniciado como si lo hiciese sobre un rompehielos.

El horizonte que se mostraba ante mi parabrisas ofrecía toda la inmensidad que me separaba de ella. Pisaba obstinado el acelerador al que el motor respondía lanzando un grito de auxilio, acompañando con su estruendo mi deseo de que me abriesen paso. La mujer de mi vida se iba y cada vez quedaba menos para que el reloj de la cuenta atrás llegase a cero. La urgencia me invadía, sin embargo, parecía que la ciudad, obstinada, conspiraba contra mí esa mañana y todos los conductores noveles se hubiesen lanzado a conducir, a formar una manifestación silenciosa contra el agravio y el escarnio de quien porta una L.

Llegué a la estación cuando apenas quedaban veinte minutos para que el AVE saliese. La verdad es que puede llegar antes, pero no soporto dejar el coche aparcado de cualquier manera y tener que pagar una multa. Corrí por la estación como alma que lleva el diablo al tiempo gritando su nombre. Corrí sin aliento y sin rumbo un tiempo que me pareció una eternidad, cuando, en la fila del penúltimo control de seguridad pude verla. Llevaba el billete en la mano, apenas dos personas la separaban de cruzar la frontera del no retorno.

Me paré a su lado y, con el poco aire que quedaba en mis pulmones, alcancé a decirle “Quédate. No te marches. No puedes imaginar lo mucho que te quiero”. La fila continuaba indiferente a mi declaración unilateral de dependencia emocional. Ella se quedó parada, como una estatua. Supe que seguía viva después del shock porque comenzaron a brotar lágrimas de sus ojos. Segundos después nos abrazamos, sin movernos, durante minutos que rellenamos con cientos de te quiero y todos los besos que nos habíamos guardado.

Y así seguimos, hasta que el paso de tiempo nos hizo sentir incómodos. Como si no supiésemos qué hacer a partir de ese momento. Deambulamos las siguientes horas por la estación, parando en las tristes cafeterías de la estación. Poco a poco, la adrenalina que había alcanzado cotas máximas apenas unos instantes antes se desvaneció y su lugar lo ocupó el miedo. Me levanté de la mesa y salí a fumar un cigarro. Ella no dijo nada.

A los quince minutos volví y le entregué un regalo improvisado. Miró el sobre y, como quien lo estuviese esperando, se levantó de la mesa sin reproches pidiéndome que la acompañara. Recorrimos el vestíbulo en silencio. Sin saber cómo, estábamos de vuelta ante el mismo guarda de seguridad. Éste recogió el sobre con la misma resignación de quien retira un recibo del buzón. Nos despedimos cortésmente, nos lanzamos buenos deseos para el futuro que adornamos con dos últimos besos fraternales en las mejillas. Se dirigió hacia el andén sin titubear ni mirar atrás.

Regresé hacia el coche sin un síntoma de la ligereza que había experimentado cuando vi la taza de café. Me dejé caer agotado en el asiento, como si hasta allí hubiese estado cargando con una armadura de plomo. Sobre el salpicadero, el ticket de aparcamiento de la zona azul marcaba con exactitud la fecha y hora de la defunción de mi última relación.

lunes, 19 de febrero de 2018

Puertas Blindadas



La decisión sobre cenar pizza esa noche fue inmediata. Salíamos del cine cuando la tormenta nos sorprendió como un atentado del que debíamos huir corriendo, agachando la cabeza y buscando el primer refugio donde sentirnos a salvo. De pronto, allí estábamos, en una pizzería argentina pidiendo pizza fugazzeta con aspecto de ser la digestión precoz del cocinero. Aun así, tú te mostrabas radiante cuando salías de allí con la caja de cartón bajo el brazo acompañada por la botella de vino con la que maridar nuestra cena de gala.

Atravesando las calles mojadas sentí, por primera vez desde que llegué a la ciudad, que estábamos en sintonía, las calles y sus gentes venían con nosotros para ser el decorado que necesitábamos. Esa tarde y esa noche, lo reconozco, fui el hombre más afortunado del mundo. Por muchas razones. Por compartir la oscuridad de una sala de cine en la que desde la pantalla nos hablaban en un idioma que no entendimos, por escapar con una sonrisa del fuego cruzado de la lluvia afilada de septiembre, por poder estar caminando contigo  atravesando avenidas, como un Shackelton moderno, mientras la ciudad comenzaba a dormirse.

Llegamos a casa aún con el pelo mojado. Salimos a la terraza y allí, pasamos la noche. Hablamos de todo, de las películas que no viste, de las que no querríamos ver jamás y las que engrosaban las deudas marcadas con un “pendiente”, pasamos de refilón por nuestros pasados y nos sumergimos, sin saber cómo, en nuestros proyectos de futuro. Nos bebimos la botella hablando y, cuando el sol amenazaba con volver a clarear el cielo, te marchaste. Te fuiste porque eres una mujer que nunca se queda, que no se amarra y que jamás desayuna con sus amantes.

Todo lo que quedó de ti fue una botella de vino acompañada de una caja de cartón que pasaron a formar parte del atrezzo de mi terraza y de mi vida. Porque descubrí que me hacían compañía y porque me daban la oportunidad de volver a ver tus ojos, saborear tu boca y continuar conversando a solas. Sí, no eran más que una botella de vino y una caja de cartón, pero también eran las estatuas conmemorativas de todo lo que pudo ser.

El día que me marché del piso lo recogí todo. Apenas tres maletas y cuatro bolsas repletas de libros representaron el volumen físico de mis tres últimos años de vida. Sólo quedaron la botella y el vaso en la terraza. Bajé las persianas, cerré todas las puertas y di todas las vueltas posibles a la cerradura. Cerré como me dijeron que hay que cerrar las puertas. Para siempre.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Propaganda Sentimental



Los días fríos y  grises de invierno siento que mi ánimo está emparedado. Tengo la impresión de que se encuentra sepultado bajo todas las pesadas capas de ropa, sumido en un pozo en el que no hay espacio para un haz de luz. Bastante trabajo tiene mi cuerpo con mantener su temperatura como para andarse preocupando de hacer esfuerzos por encontrar un instante para ocuparse en generar endorfinas.

Normalmente, recibo una inyección de éstas cuando recojo la propaganda del buzón. Me alegran los coloridos catálogos repletos de productos que no voy a comprar nunca, la sensación de poder que me da lanzar a la basura las cartas sin abrir del banco, estar al día de las inversiones en I+D de Telepizza anunciando la última evolución en las masas y sabores de sus pizzas… Sin embargo, esta mañana el corazón se me ha helado tras abrir el buzón.

Oculto bajo la publicidad está el sobre. Ese sobre. Un sobre maldito. Ha sido verlo y un escalofrío ha atravesado mi cuerpo como el bisturí de un cirujano malpagado. Sostengo la carta como un TEDAX, con delicadeza, evitando cualquier gesto brusco, apenas sosteniéndolo con la yema de los dedos. Sabiendo que, de abrirlo en el momento equivocado, todo estallará por los aires.

Dejo el sobre sobre la mesa del salón y compruebo el tacto delicado del sobre, como si estuviese hecho para ser acariciado. Repaso las letras para asegurarme de que soy el destinatario. Sí, no hay duda, mi nombre y apellidos coinciden aunque soy incapaz de reconocer el trazo cuidado de quien lo ha escrito. Le doy la vuelta para comprobar e remitente. Sí, es ella. Un suspiro de mi ánimo herido se escapa de las costuras de mi abrigo.

Lo que más he temido durante estos últimos años es esto. Saco fuerzas eludiendo todo protocolo de prevención para rasgar si piedad el sobre. Dentro, una tarjeta. Un papel grueso de olor rudo y color desalmado. Unas líneas escritas con una caligrafía elegante, sin una sola mancha, sin un trazo de duda. La tengo delante, mis ojos la examinan ansiosos, y leo. No es posible. ¿Cómo se te ocurre?

Leo tu nombre. Lo releo para asegurarme. Sí, sí, a la cuarta vez me confirmo a mí mismo que se trata de ti. Es tu nombre. Ése que escribí en cada uno de los discos que cada semana te grababa repletos de canciones que eran mías, ora que eran tuyas, y que quería que se convirtiesen en las nuestras. La banda sonora de cada una de nuestras citas.

Junto a tu nombre aparece otro. Largo. Un nombre que no reconozco pero que suena a dueño de campos y encinas. Un nombre rotundo y de apellidos compuestos. El nombre de un hombre rudo que no vacila, de quien sabe que ha nacido para exhibir su jerarquía. ¿Quiñen es este tío? ¿Por qué te casas con él? Y, sobre todo, ¿por qué me ajusticias invitándome?

Llevamos meses sin vernos, quizá incluso ya haya pasado un año de aquella mañana. Esa mañana en la que era tarde para desayunar y pronto para almorzar. Ese día en el que disimulaba mis ojeras tras unas gafas de sol después de despertar borracho en mi portal, sin saber dónde estaba pero aún recordándote. Esa mañana en la que te mostraste como siempre, igual de hermosa, como la flor que brota en mitad de mi campo en ruinas.

Sí, es verdad, ahora lo recuerdo. Ese día me dijiste que tenías pareja y que eras muy feliz con él. Incluso que estabais planeando lo de casaros. Sí, sí, ahora lo recuerdo. Sonreí de modo fúnebre cuando lo dijiste, sin darte cuenta de que lo hice para no romper a llorar. Te dije lo mucho que me alegraba por ti, que no hay nada que agrade más que ver cómo a la gente que es importante para uno le vaya bien y consiga ser feliz. Todo lo que te dije en ese momento era mentira. Mentira pero te lo creíste. O quizá no, y tú también disimulaste sonriendo como hacías cada vez que sabías que te estaba mintiendo. Son las sonrisas estúpidas, las que lanzamos como acto de cortesía las que, sin darnos cuenta, un día se cobran el precio y vuelven para jodernos la vida.

Vuelvo a mirar la invitación y regresa el escalofrío. Mi cuerpo está helado. Pero es un frío diferente. Un frío que no viene de fuera sino de dentro, un frío instalado bajo mi grueso abrigo y mi jersey de lana. Ese frío que sientes cuando te dicen que estás despedido. Como cuando te dicen que tu padre ha muerto. Como cuando nadie se acuerda de ti para hacerte la llamada que esperas. Ese frío.

Doblo la invitación con cuidado, pacientemente. Cuando ya el avión de papel está armado, abro la ventana y prendo la llama de un mechero que hace que prenda la cola del avión. Lo arrojo por la ventana. Lo veo volar mientras pienso que, con todo, sigues siendo capaz de mostrarme, pese al frío, que albergas todo el calor que necesito.

miércoles, 31 de enero de 2018

A Veces la Vida




Parado frente a una máquina de refrescos descubrí que la vida cobra sentido porque lo seguimos intentando. No en los grandes actos ni ascendiendo nuestro rubicón particular, sino en las pequeñas acciones con las que, a escondidas, conspiramos por derrotar a nuestros enemigos reales e imaginarias. Batallas mínimas, libradas en silencio, capaces de atronar el inconsciente dejando un poso de escombros para los días venideros.

Para mí, enfrentarme a una máquina de refrescos es hacer un viaje en el tiempo. Volver a la infancia. Regresar a un momento concreto, quizá el primero, en el que pude experimentar la sensación del triunfo. Probablemente lo que aquí cuente pueda parecer una victoria menor e insignificante pero, para mí, explica gran parte de lo que podemos llegar a ser.

Desde niño, siempre he mantenido una teoría, he sostenido muchas y todas han caído con el tiempo por su propio peso por indemostrables. Sin embargo, hay una que en una ocasión se cumplió y que, aún hoy, sigo poniendo en práctica esperando que, nuevamente, ratifique mi hipótesis. Mi teoría va relacionada con las máquinas de refrescos.

Siempre he sostenido que, al introducir la moneda si uno pulsa, al mismo tiempo, todos los botones de un mismo refresco, los circuitos de la máquina quedarán colapsados. Así la máquina, víctima de mi inteligencia natural, me entregará tantos botes como botones haya pulsado a cambio de una sola moneda.

He de reconocer que soy un adicto a la Coca-Cola desde que era niño. Cierto que mi madre me puso mil barreras para que no cayese víctima de esta heroína para niños, limitándome el consumo a fiestas y reuniones familiares, y no dándome jamás dinero para comprar un refresco. La Coca-Cola, pese a toda la frustración que me generaba, sólo podía ser tomada bajo prescripción materna y en las dosis que ella estableciera. Supongo que lo hacía porque temía verme transformado en un insonme a los ocho años edad y que, como consecuencia, terminara por escaparme a la Ruta del Bakalao que era el lugar donde, a principios de los noventa, terminaban todos aquellos que, siendo niños como yo, un día sufrieron una sobredosis de refresco de cola.

Con ocho años es imposible librarse del marcaje individual de una madre. Hasta que un día, en mi barrio, la primera empresa mundial del refresco conspiró contra el autoritarismo de mi madre y de otras muchas madres, instalando una máquina de refrescos en la calle para satisfacción de todos sus adictos. El día que la descubrí, fue como ver el cielo abierto, un cielo de color rojo que se mostraba ante mí con la inmensidad de un coloso. Fui rápidamente hasta mi casa, allí todos estaban parados frente a la televisión viendo pelear a pleno sol a Sergi Bruguera con un pelirrojo por ganar Roland Garros, me colé furtivamente hasta mi cuarto pertrechado con un cuchillo para sacar una moneda de cien pesetas de la hucha. Una vez en mi poder, volví a salir con el mismo sigilo y al doble de velocidad a la que había entrado.


En menos de tres minutos ya estaba delante de la máquina y fue allí, una vez que leídas las instrucciones de funcionamiento, elaboré mi teoría que rápidamente compartí con Andrés, mi infante aliado. Metí los veinte duros en la máquina y apreté los dos botones. Buuuum. Allí estaban. Dos Coca-Colas.  Me sentí la persona más feliz de la tierra, al menos, igual de feliz que lo estaba Bruguera en televisión alzando su copa de mosquetero.

Desde entonces, cada vez que me paro ante una máquina de refrescos, vuelvo a poner en práctica mi teoría para volver a derrotar al sistema y experimentar la misma felicidad que aquella calurosa tarde de junio. Desde entonces han pasado muchas cosas, varios mundiales de fútbol, la retirada de Induráin, las primeras y las últimas novias, la Universidad, la burbuja inmobiliaria, una larga sucesión de ediciones de Gran Hermano, la llegada de internet, en fin, el mundo, ha seguido su curso indiferente a mis teorías.

Pero ante esta indiferencia indisimulada del mundo yo sigo conspirando en su contra cada vez que me paro ante una máquina de refrescos. Meto la moneda y siempre, siempre, siempre aprieto todos los botones a la vez para hacer que todo estalle. No voy a cambiar jamás esta forma de hacer, aunque durante los últimos treinta años no haya vuelto a vencer. Dejar de hacerlo sería asumir la derrota, soltar la única tabla por la que permanezco a flote.

En la vida se puede optar por seguir luchando o dejarse ahogar. He elegido seguir dando guerra. Por eso aprieto varios botones al mismo tiempo, en la máquina de refrescos y en lo que sea. Con la irreverencia de un niño para el que, en cada decisión, le va una vida en ello.