jueves, 12 de octubre de 2017

Pertenencia



Hace ya más de diez años que, en uno de esos derroteros que toma una etapa de la vida a los que se va un tiempo pero no se vuelve, conocí a una chica. Era una chica de voz grave, descarada, divertida y que, cada vez que arrancaba su auto, lo primero que hacía era poner a todo volumen cualquier canción de Linkin Park. “Escucha bien esta canción porque habrá un día que la echarás de menos” mientras me lanzaba una bocanada de humo del cigarro que siempre llevaba encendido.



Nuca fumaba. Mucho. No pueden existir mujeres como Nuca y que no fumen. Las mujeres como ella no se preocupan por las calorías de la comida que tiene delante, simplemente, aprovechan cuando hay comida y comen porque no tienen tiempo que perder planificando el menú de su semana. Ella comía cuando podía porque, para las trapecistas de la vida, lo importante es dar vueltas en el vacío hasta encontrar, fugazmente, un asidero al que sostenerse para lanzarse de nuevo.

Era inevitable para cualquier no fijarse en Nuca . Es más, diría que, aunque sea por un instante tenía la capacidad de enamorar a cualquier hombre que tuviese delante. Hubo a quienes enamoró durante apenas un minuto, a otros los atrapó en sus redes lo que le duraban las ganas de prender otro cigarro y, otros como yo, que nos vimos emboscados por su encanto en el desfiladero de sus Termópilas.
Fuimos muchos quienes estábamos prendidos por sus encantos al mismo tiempo y lo sabíamos. Era habitual que coincidiésemos sus seguidores más acérrimos en alguno de los bares donde sabíamos que paraba. Allí, estábamos todos sus acólitos, los nuevos que llegaban atrapados por el encanto de su estela y, los que, habiéndola perdido queríamos volver a rastrearla de nuevo.

Una cosa debe quedar aclarada, aún sabiéndonos todos enamorados de la misma mujer y deseosos de ser los únicos elegidos, jamás nos peleamos por ella. Ya teníamos suficiente con los daños colaterales que el deseo por ella nos provocaba como para andar buscando problemas nuevos, por lo que de forma tácita, entre todos, nos habíamos sumado al armisticio de la resignación. Se batalla desde la trinchera, pero no se va a la guerra por una mujer que siempre escapa.

Nuca era única a todas las demás chicas que conocíamos, era rara incluso. Imperfecta, distinta, diferente. Cuando llegaban los primeros soles espléndidos de la primavera ella ya estaba morena, su pelo resplandecía y sus ojos, nos invitaban a la imprudencia de querer vivir con ella el mejor verano de nuestra vida.

En aquellos años en los que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, cuando el virus de internet empezaba a inocularse en nuestras vidas y los políticos removían, continuamente, el suelo de las calles se removía una y otra vez,  en su continua búsqueda del dorado, ella caminaba sin móvil en el bolsillo. Si quería quedar conmigo lo hacía con Messenger. Ver aparecer en a pantalla de mi ordenador la notificación “Nuca acaba de iniciar sesión” era vivir otro gol de Iniesta.

Recuerdo que, todas las noches que compartí con ella, terminé con el corazón desbocado, cayendo rendidos sobre la cama, con la sensación de haber vivido la mejor noche de mi vida, mi última noche. Una noche en la que uno no se da por vencido ante nada, en la que cualquier cosa que sucede es una aventura constante, una noche en la que aún quedan balas en la recámara y se busca con ahínco una canción que dure la vida entera.

Mis amigos decían que era una cierrabares, que a saber qué se metía para aguantar ese ritmo, que nunca dormía, que no le hacía falta nada para prenderle la mecha. Que lo que tenía que hacer era apartarme de ella porque no me iba a traer nada bueno.

No he vuelto a saber nada de Nuca. No la echo de menos, aunque, de vez en cuando, pienso en ella. En lo bueno que es encontrar algo en la vida que no te duele pero que sabes que te está matando, y le dejas que lo hago y quieres que lo siga haciendo por mucho tiempo. Simplemente porque sabes que uno debe renunciar nunca a lo que más le gusta.

sábado, 7 de octubre de 2017

No hay nadie nuevo cerca de ti



La última chica que conocí apareció porque no pude ir a un concierto. Fue la pasada noche del jueves de este mes de octubre que parece una primavera de colores que lanza su última afrenta antes de que ser comida por la oscuridad del invierno. Sucedió que ambos nos sentamos juntos en el mismo vagón en el metro de Ópera.

Ella, sin apenas haber llegado a la siguiente parada, se quedó dormida y, para cuando nos detuvimos en Gran Vía ya tenía recostada su cabeza sobre mi hombro. A esta hora en la que ya anochecido, con la desolación de ser quien cierra la oficina y con un par de cervezas encima, en una situación así, uno se cree el protagonista de todas las canciones de amor del mundo. El primer recuerdo que me viene de ella es el olor suave y dulce de su pelo, que me transportaba a pensarla en un ritual lento, de luz templada y ambiente cálido que cada día llevaría a cabo para conseguirlo.

Elena, que así se llama o eso decía su playlist, iba escuchando música, podía escuchar la melodía saliendo de sus auriculares. Hasta llegar a Rubén Darío sonaba Arcade Fire y, hasta Diego de León, sonaba Neuman. La verdad que no conocía ninguna de las canciones pero me parecieron la banda sonora más hermosa que he escuchado en la vida. Me repetí cien veces a lo largo de esa noche, esos nombres que leí en la pantalla de su teléfono, para que no se me olvidaran nunca.



La tercera canción sí la conocía, sonaba Vetusta Morla, cuando despertó, me lanzó una sonrisa y una disculpa avergonzada. La puerta se abrió, y fue allí, en Quintana donde ella desapareció de mi vida para siempre mientras en mi cabeza continuaba la canción que ahora estaría sonando. “Dejarse llevar suena demasiado bien…”.



Esa noche dormí como quien sabe que se está enamorando y amanecí con la energía de quien ya se sabe enamorado del todo. Mientras desayunaba intenté dar con las canciones que sonaban en su cabeza la noche anterior. Exploré a toda la velocidad que puede la discografía de Arcade Fire, saltando de canción en canción, tratando de identificar la canción en los primeros acordes.

Para cuando estaba en la puerta del trabajo logré dar con la melodía que ansiaba y, antes que consultar el correo como es mi costumbre nada más llegar, lo que hice fue buscar la letra de la canción. Sin duda, la canción hablaba de nosotros, de ese encuentro, cuando dice your dreams are the only things that save you”. Con la de Neuman tuve más suerte y a la tercera canción que escuché di con ella.



Desde entonces no he vuelto a saber nada de aquella chica por mucho que la he buscado, cada semana, a la misma hora, en la misma estación y en el mismo vagón, mientras escucho, una y otra vez, las mismas canciones en el mismo orden que aquella noche. He caído en el abismo de la añoranza buscándola en todas las redes sociales que tengo a mi alcance. No doy con ella pero está siempre conmigo. Con su música y el champú que, sin que lo sepa, compartimos.

Puede que, con esta confesión, pueda parecer un psicopáta cuando, quien de verdad mata es la pantalla de mi teléfono que, una y otra vez, escupiéndome sin parar una pregunta“¿no hay nadie nuevo cerca de ti?”.