sábado, 6 de mayo de 2017

Toda la vida que no viví

Toda la vida que no viví



Una vez estuve muy próximo al amor, de tocarlo, de poder acariciarlo y abrazarlo sin descanso.


-¿Me llamarás?

-Te llamaré – le contesta, con una sonrisa floja, desmayada, mientras termina de calzarse el abrigo que pasa a descansar en unos hombros caídos y trata de asir el bolso con la determinación que ya no tiene.

Greta camina los trece pasos que separan de la puerta en un recorrido en el que cada paso resuena en el pasillo como campanas tocando a muerto a esa hora de la madrugada. Mientras, él se dice que no, que nunca recibirá una llamada suya, lanzando un suspiro sin sonido, un golpe de aire sexo que sale por sus fosas nasales con la misma fuerza contenida que los gemidos intercambiados, hace apenas unos minutos, en este mismo lecho, por dos amantes desconocidos.

Tras revolverse el pelo, se ha levantado a buscar entre los bolsillos del pantalón que descansa en suelo un cigarrillo como quien busca consuelo, sin pararse a pensarlo, entregado a una derrota que se sabe inevitable. Da una primera calada larga, profunda, contiene el humo para arrojarlo con fuerza hacia su rostro, tratando de exorcizarse. En la segunda calada ya está junto a la ventana, apoyada la frente en el cristal y disfrutando del escalofrío que sacudido su cuerpo como quien ha encontrado alivio para la fiebre.

Abajo, frente al portal, espera un taxi escupiendo humo espeso como de los altos hornos. En esta madrugada tan fría, a una hora en la que la ciudad está tan quieta y silenciosa, parece que todo lo que suceda tuviese que durar para siempre se ha sorprendido pensando entre calada y calada, justo cuando ella ha aparecido a su vista.

Él, la observa caminar abrazada a su pecho, resguardándose de las bajas temperaturas de esta época del año, tratando de no perder la compostura aún sabiendo que, hace unos minutos, desnudó ante un desconocido todo su cuerpo y una parte de su alma. Cuando ha reposado su mano en la puerta gélida como el mármol del taxi, Greta no ha podido evitar alzar la vista a esa mole de ladrillo, de este barrio dormitorio, en la que cada ventana semeja un nicho, idénticos unos a otros, donde se van sepultando miles de vidas anónimas.

El leve fulgor de la brasa ardiendo de un cigarro le ha revelado su presencia. Sus ojos se han buscado, ojos inocentes que aún no han escuchado los cientos de mensajes de agravio y autoexculpación que les obliguen a repelerse. Han intercambiado una mirada de puntos suspensivos. Una brizna de tiempo en la que se han entregado todas las palabras que podrían haberse dicho a lo largo de una vida como quien esculpe su epitafio.

El rugir del motor ha puesto fin a este milagro de la física y la gramática. Nada más subir al taxi Greta, apresurada, ha sacado su teléfono del bolso, desbloqueado la pantalla y rápidamente ha consultado la lista de llamadas perdidas. En la pantalla aparece referenciada una de un número desconocido, recibida hace apenas unos minutos. Mientras mira al conductor por el espejo retrovisor y le indica la dirección a la que encaminarse, ha bloqueado el número para, inmediatamente después, eliminar su rastro.

Cuando el taxi ha doblado la esquina los rescoldos de la brasa de una colilla se han quebrado sobre el asfalto. En las ventanas de este cementerio de protección oficial, ya no se asoma nadie. 

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