lunes, 1 de mayo de 2017

El día que murió la Unión - Ignacio Bellido

El día que murió la Unión


Llegado mayo, echo de menos poder disfrutar de mi primer gran amor.


Recién estrenado el mes de mayo siento un vacío. Años atrás, por estas fechas en Salamanca siempre nos jugábamos algo. Vivíamos para alcanzar sueño de un ascenso o escapar de la pesadilla de un descenso de categoría de la Unión Deportiva Salamanca. Hoy, esa angustia, ese deseo, se han desvanecido como lo hace el gran amor perdido. Sé que, aunque busque amores nuevos otros que lo reemplacen y ocupen el vacío expandido en el corazón, no podré volver a sentir con el mismo deseo ni con la intensidad que la quise a ella.

Se trataba de una relación que habíamos forjado durante años. Primero viendo las noticias del equipo en El Adelanto, aunque sólo viese los números y las fotos, estudiando cada semana la clasificación y haciendo cábalas de los posibles resultados. Aquí empezó un amor, como inician todos los grandes amores, fruto de una idealización, de un ensoñamiento infantil. De los castillos en el aire de lo que creía que aquello sería: el olor del césped, el sonido rugoso de los cánticos, el retumbar del espacio, los movimientos de esos ídolos que siempre veía petrificados en fotografías… Sueños que no tardaron en hacerse reales cuando, aun siendo un crío, fui por primera vez al Helmántico, un domingo por la tarde, guiado por mi padre.

Fue el primero de los muchos domingos que estarían por llegar. Domingos en los que siempre se despertaba una llamarada de pasión aunque tratase de mostrar indiferencia y una cierta indolencia para no mostrar mi dependencia de ella. En las gradas del fondo sur aprendí casi todo acerca del amor: del dolor por la falta de entrega, de las perforaciones en los costados cuando no se cumple lo prometido, de cómo un detalle es capaz de desatar la mayor de las pasiones o  atormentarte de furia, de la certeza de no querer volver a ver a tu enamorada recién terminada la cita cuando te marchas con el corazón herido y de lo lento que pasa el tiempo cuando, durante e verano, nos veíamos obligados a pasar largo tiempo sin vernos.

Hubo años en los que renegué de la Unión, traté de serle infiel con amantes más poderosas, más atractivas, con más posibilidades pero nunca dejé de seguirla a escondidas. Me preocupaba cada semana por su salud, vivía pendiente de su ánimo, me alegraba por ella y, sobre todo, sufría con ella. La distancia hizo que, a mi regreso a las gradas, la certeza de que estaba ante el amor de mi vida y para toda la vida.

Muchos jugadores pasaron lucieron sus colores, defendieron el escudo y consolidaron nuestro amor. Recuerdo cómo los últimos años Quique Martín o Gañán se afanaban en alargar una relación que no quería perder su intensidad. Sin embargo, hubo una mañana de domingo en que el corazón de mi amada se quebró para siempre. Fue un aviso de lo que nos tenía deparado el porvenir.

Una mañana soleada de octubre el corazón de la Unión dejó de latir. El marcador marcaba el minuto 59 cuando Miguel García se desplomó sobre el césped. El silencio se apoderó del estadio, el pánico se asomó a los rostros de los futbolistas y el corazón de los aficionados quedó congelado. Era una señal, estábamos ante el principio del fin.

Llevábamos mucho tiempo soñando viejos sueños renovados en una ciudad en la que, hace años, se privó a sus gentes de la capacidad de soñar. Una ciudad cargada de historia, de tradición, de piedras pesadas y frías como lápidas. Una ciudad ideal para sepultar las esperanzas de los que se quedan. Una ciudad vieja, en la que se prohíben los gritos y en la que sí, se puede amar, pero sólo a escondidas.

Aquel mediodía de octubre supe que mi amor se iba, que no volvería. Que no sólo se iba el amor al equipo de mi ciudad, sino que con él se escapaba una parte de mí, de mi ciudad y de mi gente. Se iba una parte de todos nosotros. Ese sentimiento, lo tuve yo, lo compartimos todos y no dijimos ninguno. Esa mañana mi equipo se moría en una ciudad que hace tiempo se instaló en la agonía.

Esa mañana de octubre supe de lo amargo del amor cuando aún se está disfrutando aun sabiendo que se va a perder. Sí, hoy, ya no estás pero quiero confesar al mundo que, aunque ya no estás, yo, como muchos viví contigo una breve historia de amor. Un amor que me va a durar toda la vida. ¡Hala Unión!

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