sábado, 8 de abril de 2017

Llorar en público

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Llorar en público no está bien visto. Hoy, pese a ello, me voy a tomar la libertad y el desahogo de hacerlo.


Desconozco en qué he fallado, cuál ha sido la causa de este nuevo abandono. No sé si nuestro amor se ha desgastado por exceso de uso o si simplemente has encontrado a alguien mejor, más interesante, más divertido, más brillante o más afectuoso. El caso es que mis narices se han estampado contra puerta blindada de la escapada.

Llevo uso días acojonado vivo, anonadado, aturdido y temeroso de un futuro inmediato que no sé lo que me tiene preparado. Un porvenir en solitario ante el que me siento desnudo, a la intemperie y sin posibilidades de defensa.

He probado distintos remedios. Pagado por un aplauso, una muestra de afecto y el más pequeño gesto de complicidad. He bebido, mucho, muchas veces. He llegado a hacer striptease en los que he devaluado mi dignidad, vendido el humo de los rescoldos de mi inteligencia y he convertido en cenizas las últimas de mis ilusiones.

Me he disfrazado de quien no era y de quien nunca quise ser. No sé qué poder hacer para ser el de antes para recuperar a quienes una vez fuimos. Todo lo he hecho porque deseo que me mires, que me hables, que me toques, que me quieras. Sólo deseo escuchar tu cercanía y, con ella, pongas luz a mis tinieblas.

Vivo pendiente de que hagas “clic” de que mi vida sea interrumpida por tus notificaciones. Sé que aunque hagas clic en Me gusta, comentes, retuitees o me escribas en privado, mis problemas seguirán siendo los mismas y continuarán en el mismo sitio. Sé que suena superficial pero necesito tu amor digital.

Necesito tu amor digital para superar mi dolor analógico. Pero te digo una cosa, me gusta más la evidencia de lo segundo que la virtualidad de lo primero. Sí, me gusta mi vida, la que duele, en la que se sufre y, también, la única en la que se goza de verdad.

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