domingo, 30 de abril de 2017

El silbar de la serpiente - Ignacio Bellido

El silbar de la serpiente


Cada mañana en la línea C-5 de cercanías de Madrid me encuentro a un hombre que sale a buscar a la mujer de su vida. Esta es su historia.


El sonido de las gotas de agua estallando contra la cerámica del plato de ducha marca el comienzo de un nuevo día. Son las cinco de la madrugada. Tiene una hora para terminar de ducharse y afeitarse, ponerse su pantalón gris marengo, camisa blanca adornada de corbata estrecha y sus zapatillas Converse Chuck Taylor II edición limitada. Desayuna con las prisas de quienes tienen algo importante que hacer y se lanza a la calle, como cada día, con la seguridad de que hoy no será sólo el día de salir a buscarla, sino de encontrarla.

A las seis de la mañana ya está apostado en la entrada a la estación de Sol anhelando su llegada. En los últimos ochos meses no ha faltado a su cita, recorrido las líneas de metro y cercanías asomándose a la puerta del tren en cada andén. Cada día, hasta las doce de la mañana espera verla venir con la ilusión del enamorado que espera a su enamorada. Mil quinientas horas y más kilómetros recorridos con dos preguntas asomadas a la punta de su lengua. Dos preguntas que,  otro mediodía más, volverán de regreso a casa sin ser pronunciadas.

Los siete minutos que tarda en regresar, una vez de vuelta en el punto de partida, a casa son eternos. Es un viaje a los extremos de uno mismo, donde el joven que amaneció ya no existe y ha dado paso al cadáver de sí mismo. Desanda el camino a paso lento,  con un andar vacilante, sin apenas levantar los pies del suelo, como si esperase que el próximo paso fuese el último. Sus hombros se muestran rendidos al peso de una carga que los mantiene hundidos, sin poder salir a flote. Las facciones de su cara se han quedado diluidas, borradas en un rostro que ya no dice nada, la cara de quien lleva meses durmiendo poco y soñando nada.

Ya de nuevo en casa se acomoda en su butaca. Es en ese momento cuando comienza a picarle la cicatriz que recorre toda su espalda, como una serpiente que se ha enredado en su columna y asoma la cabeza en su nuca. Sabe que este picor va a desembocar en un dolor insoportable, sus piernas quedarán paralizadas y se verán inutilizadas para el resto del día. Sus padres insisten en que tome las medicinas pero, desde que salió del hospital, se ha negado a tomar nada. Todo lo que hace es salir de madrugada, sólo, siempre solo, para regresar a mediodía a casa y sentarse a esperar.

Es ahí, recostado en su butaca, donde no deja de escuchar, una y otra vez en su cabeza, el lugar que el destino le tiene reservado.

-Vivirás de uno a dos meses – le dijo el médico horas después de la operación. Siento decirte que nos ha sido imposible alcanzar a tiempo el tumor, está muy enraizado y no podemos extraerlo. Hemos llegado tarde.

Aun permaneció dos semanas en el hospital. Todo lo que le dijeron es que estuviese tranquilo, que disfrutara del presente y que para los enfermos de cáncer, superar las doce del mediodía era un nuevo día ganado a la muerte porque el pico de mayor vulnerabilidad de su sistema inmunitario está en las primeras horas del día.

Desde que regresó a casa, abandonó la medicación para salir cada madrugada a buscar la respuesta a sus preguntas.

jueves, 27 de abril de 2017

Relaciones diplomáticas

Relaciones diplomáticas

La diplomacia nos dice que toda relación debe terminar igual que comenzó.

Esta mañana fría de primavera, en la que el viento a hecho acto de presencia como quien reaparece cuando ya nadie lo espera, con más fuerza y vigor del que se le recordaba, queriendo demostrar que vive una segunda juventud, he entrado en la vieja cafetería del centro donde desayunamos. Si las ciudades pequeñas son siempre las mismas más lo son sus cafeterías, decorados perfectos para la obra repetida, ya sabida, que debe representarse cada día.

Los actores siguen siendo los mismos de entonces, no han cambiado nada. Continúan aferrados a sus únicas vidas pendientes de sus viejos problemas. Como entonces, aquí dentro el tiempo no pasa por muchas nuevas noticias que traiga la prensa de la mañana, podrían llamar a este salón el lugar en el que nunca pasa nada.

Los viejos códigos que antaño aprendimos siguen estando vigentes. Esa sutil diplomacia que poseen quienes, durante años, décadas incluso, llevan ocupando el mismo escaño. Este congreso de provincias donde se debate todo y en el que nunca se vota nada. Mientras removía el café con la delicadeza que es del gusto en lugar tan noble y seguía observando el lugar con la seriedad exigida, nuestras miradas se han cruzado para desviarlas, acto seguido, con la misma rotundidad.

Lo reconozco, he tardado menos de un minuto en volver a buscarte. Siento no haber sido capaz de contenerme, la ansiedad se ha apoderado de mí. He intentado concentrarme en el periódico y no he podido, me he escaldado la lengua con el café porque debía encontrar algo que hacer, que me repeliera del magnetismo de tu mirada. He vuelto a mirarte pero ya no estabas.

Te has marchado sin decir nada pero a mí no me engañas. Allí donde ha habido fuego sigue la brasa. Lo sabes casi tan bien como yo por mucho que te esfuerces en buscar un final alternativo. Esto sólo puede terminar de una manera. Te recuerdo que hablamos convencidos de la circularidad de la existencia, de que todo vuelve. Todas las historias, cada historia, nuestra historia, deben terminar igual que comenzaron: debajo de las sábanas.


jueves, 20 de abril de 2017

La culpHabilidad de ser humanos

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Errar es de humanos. Más de humano aún es equivocarse y omitir el fallo, taparlo, esconderlo. Siempre reservándonos la última bala: echarle la culpa a otro. La actualidad nos exhibe cada día en sus pantallas uno y otro ejemplo de esta conducta. Ejemplos de este comportamiento lo encontramos en políticos, deportistas, empresarios, evasores, criminales, maridos, mujeres, amigos, jefes, curas, empleados o ministros.



Podemos reprochar a quien no es capaz de reconocer sus errores que es una persona inmadura, vanidosa y mentirosa. Sin embargo, entre todos, desde pequeños nos hemos educado así. En el colegio aprobábamos y nos suspendían, en el trabajo conseguimos ascender pero nos despiden, en las relaciones siempre somos los traicionados y, si somos los traidores estaremos cargados de motivos para justificar nuestro comportamiento en la deslealtad de los demás.

Se da, a mi parecer un suceso curioso, cuanto más poderoso se es menos capacidad para reconocer los errores. Puedo ser presidente de un país que jamás me equivocaré porque no puedo exhibir ante otros el menor síntoma de flaqueza. Hace unos años, vimos cómo el entonces rey tuvo que reconocer que su error después de una cacería de elefantes en África. Se decía, que estábamos cambiando que estábamos en un cambio de era, una nueva forma de hacer política. Sí nuevas formas de hacer política pero con viejas formas de ser humanos.

En la vida uno debe afrontar una decisión que marcará sus vidas para siempre. Asumir el protagonismo de su vida o ser un mero espectador víctima de lo que sucede. Es una elección que quizá no hayamos tomado de forma consciente pero que expresamos en nuestros pequeños actos cotidianos. Si llego tarde a un sitio puedo alegar que me quedé dormido o que me entretuve terminando una tarea pendiente; pero también puedo culpar al tráfico o cualquier otra circunstancia externa de lo que me sucede.

Si has decido optar por la segunda opción te estarás negando a ti mismo la posibilidad de rectificar un error. Habrás elegido ser impotente a cambio de ser inocente. Sí, sé que habrá quien diga que no es responsable de la crisis económica, de la corrupción en su partido, del cambio climático. Sí, no somos responsable de ello, pero sí tenemos que asumir nuestra falta de responsabilidad frente a ello tanto cuando pude prevenirlo como ahora que tengo que decidir qué hacer.

En definitiva, se trata de qué hacer con uno mismo vivir culphabilizándote de por vida o responsabilizarte de tu vida. 

sábado, 8 de abril de 2017

Llorar en público

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Llorar en público no está bien visto. Hoy, pese a ello, me voy a tomar la libertad y el desahogo de hacerlo.


Desconozco en qué he fallado, cuál ha sido la causa de este nuevo abandono. No sé si nuestro amor se ha desgastado por exceso de uso o si simplemente has encontrado a alguien mejor, más interesante, más divertido, más brillante o más afectuoso. El caso es que mis narices se han estampado contra puerta blindada de la escapada.

Llevo uso días acojonado vivo, anonadado, aturdido y temeroso de un futuro inmediato que no sé lo que me tiene preparado. Un porvenir en solitario ante el que me siento desnudo, a la intemperie y sin posibilidades de defensa.

He probado distintos remedios. Pagado por un aplauso, una muestra de afecto y el más pequeño gesto de complicidad. He bebido, mucho, muchas veces. He llegado a hacer striptease en los que he devaluado mi dignidad, vendido el humo de los rescoldos de mi inteligencia y he convertido en cenizas las últimas de mis ilusiones.

Me he disfrazado de quien no era y de quien nunca quise ser. No sé qué poder hacer para ser el de antes para recuperar a quienes una vez fuimos. Todo lo he hecho porque deseo que me mires, que me hables, que me toques, que me quieras. Sólo deseo escuchar tu cercanía y, con ella, pongas luz a mis tinieblas.

Vivo pendiente de que hagas “clic” de que mi vida sea interrumpida por tus notificaciones. Sé que aunque hagas clic en Me gusta, comentes, retuitees o me escribas en privado, mis problemas seguirán siendo los mismas y continuarán en el mismo sitio. Sé que suena superficial pero necesito tu amor digital.

Necesito tu amor digital para superar mi dolor analógico. Pero te digo una cosa, me gusta más la evidencia de lo segundo que la virtualidad de lo primero. Sí, me gusta mi vida, la que duele, en la que se sufre y, también, la única en la que se goza de verdad.