jueves, 20 de abril de 2017

La culpHabilidad de ser humanos

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Errar es de humanos. Más de humano aún es equivocarse y omitir el fallo, taparlo, esconderlo. Siempre reservándonos la última bala: echarle la culpa a otro. La actualidad nos exhibe cada día en sus pantallas uno y otro ejemplo de esta conducta. Ejemplos de este comportamiento lo encontramos en políticos, deportistas, empresarios, evasores, criminales, maridos, mujeres, amigos, jefes, curas, empleados o ministros.



Podemos reprochar a quien no es capaz de reconocer sus errores que es una persona inmadura, vanidosa y mentirosa. Sin embargo, entre todos, desde pequeños nos hemos educado así. En el colegio aprobábamos y nos suspendían, en el trabajo conseguimos ascender pero nos despiden, en las relaciones siempre somos los traicionados y, si somos los traidores estaremos cargados de motivos para justificar nuestro comportamiento en la deslealtad de los demás.

Se da, a mi parecer un suceso curioso, cuanto más poderoso se es menos capacidad para reconocer los errores. Puedo ser presidente de un país que jamás me equivocaré porque no puedo exhibir ante otros el menor síntoma de flaqueza. Hace unos años, vimos cómo el entonces rey tuvo que reconocer que su error después de una cacería de elefantes en África. Se decía, que estábamos cambiando que estábamos en un cambio de era, una nueva forma de hacer política. Sí nuevas formas de hacer política pero con viejas formas de ser humanos.

En la vida uno debe afrontar una decisión que marcará sus vidas para siempre. Asumir el protagonismo de su vida o ser un mero espectador víctima de lo que sucede. Es una elección que quizá no hayamos tomado de forma consciente pero que expresamos en nuestros pequeños actos cotidianos. Si llego tarde a un sitio puedo alegar que me quedé dormido o que me entretuve terminando una tarea pendiente; pero también puedo culpar al tráfico o cualquier otra circunstancia externa de lo que me sucede.

Si has decido optar por la segunda opción te estarás negando a ti mismo la posibilidad de rectificar un error. Habrás elegido ser impotente a cambio de ser inocente. Sí, sé que habrá quien diga que no es responsable de la crisis económica, de la corrupción en su partido, del cambio climático. Sí, no somos responsable de ello, pero sí tenemos que asumir nuestra falta de responsabilidad frente a ello tanto cuando pude prevenirlo como ahora que tengo que decidir qué hacer.

En definitiva, se trata de qué hacer con uno mismo vivir culphabilizándote de por vida o responsabilizarte de tu vida. 

sábado, 8 de abril de 2017

Llorar en público

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Llorar en público no está bien visto. Hoy, pese a ello, me voy a tomar la libertad y el desahogo de hacerlo.


Desconozco en qué he fallado, cuál ha sido la causa de este nuevo abandono. No sé si nuestro amor se ha desgastado por exceso de uso o si simplemente has encontrado a alguien mejor, más interesante, más divertido, más brillante o más afectuoso. El caso es que mis narices se han estampado contra puerta blindada de la escapada.

Llevo uso días acojonado vivo, anonadado, aturdido y temeroso de un futuro inmediato que no sé lo que me tiene preparado. Un porvenir en solitario ante el que me siento desnudo, a la intemperie y sin posibilidades de defensa.

He probado distintos remedios. Pagado por un aplauso, una muestra de afecto y el más pequeño gesto de complicidad. He bebido, mucho, muchas veces. He llegado a hacer striptease en los que he devaluado mi dignidad, vendido el humo de los rescoldos de mi inteligencia y he convertido en cenizas las últimas de mis ilusiones.

Me he disfrazado de quien no era y de quien nunca quise ser. No sé qué poder hacer para ser el de antes para recuperar a quienes una vez fuimos. Todo lo he hecho porque deseo que me mires, que me hables, que me toques, que me quieras. Sólo deseo escuchar tu cercanía y, con ella, pongas luz a mis tinieblas.

Vivo pendiente de que hagas “clic” de que mi vida sea interrumpida por tus notificaciones. Sé que aunque hagas clic en Me gusta, comentes, retuitees o me escribas en privado, mis problemas seguirán siendo los mismas y continuarán en el mismo sitio. Sé que suena superficial pero necesito tu amor digital.

Necesito tu amor digital para superar mi dolor analógico. Pero te digo una cosa, me gusta más la evidencia de lo segundo que la virtualidad de lo primero. Sí, me gusta mi vida, la que duele, en la que se sufre y, también, la única en la que se goza de verdad.