miércoles, 1 de febrero de 2017

El rumor inglés - Ignacio Bellido

El rumor inglés


Los bares son un espacio para la idolatría y la mitomanía. En mi bar adoramos a un nativo zamorano.


En todos los bares siempre hay un héroe. Un habitual que es la envidia del resto de cuadrillas de hombres que paran en el lugar. Un ejemplo a seguir, un dechado de trayectoria vital de una vida que es la envidia de quienes desde hace tiempo, sólo tienen como estación de servicio la misma barra en la que, cada día, llenar los depósitos de su rutina.

Mi bar es un bar sin pretensiones, modesto. Cuenta con un camarero, Jesús, que ve pasar nuestra vida mientras la suya permanece detenida, atemporal. La decoración, austera. Las paredes están adornadas por los mismos cuadros de siempre y lo único que cambia son los cuadros de una porra que nunca he entendido. El paisaje humano es invariable. Hay clientes que vienen y van, otros que siempre están y muchos que no volvieron pero, en el fondo, el mundo que muestran, aunque cambien sus caras, sigue siendo el mismo.

Un bar puede ser un lugar en que el que tengan cabida grandes esperanzas como dice Moehringer, y para nosotros, la ilusión de que otra vida es posible la representa el Lord. Su nombre real es Juan Carlos pero, allí dentro, nadie le llama así. Su edad es un misterio pero debe rondar los cuarenta ¿y?. Lo que sí sabemos es que camina despacio, que cruza el umbral sin hacer ruido pero todos sabemos cuándo ha llegado porque la estela de su perfume avisa de su presencia. 

Siempre luce un elegante traje cruzado sin una arruga, luce sonrisa discreta y mirada despierta. Lo llamamos el Lord porque, por lo poco que sabemos, aun siendo de algún lugar de Sayago pasó unos años en Cardiff que, para nosotros, es una de las capitales de un mundo que desconocemos. Tiene un encanto natural con las mujeres y una aureola de majestuosidad que fascina a los niños del barrio.

Mi mujer me dice cada dos por tres que más vale que aprendiese del Lord, de su elegancia, de su exquisita educación. Que no ha conocido nunca un hombre tan amable, tan atento, y que si en vez de estar casados aún fuéramos novios, hace tiempo que se habría enredado en sus brazos. El aura de grandeza que le acompaña en el bar parece que la hemos llevado, cada uno de los habituales, a nuestras casas y ha seducido a nuestras mujeres. Al menos, tengo el consuelo de que no soy el único al que su esposa compara, una y otra vez, con el inevitable destino de la derrota con nuestro extranjero.

Lord vive sólo y hace de la discreción su modus operandi. Es discreto pero son muchas las habladurías que, cada semana, suben hasta el bar procedentes de los barrios de señoritos. Una semana se rumorea que se le ha visto con Alejandra, la hija menor de Artemio el constructor, colgada de su brazo. Quince días después lo han visto en una terraza regalando carantoñas a Esperanza, hermana del subdelegado del gobierno, y tres días más tarde hay quien dice que le pareció verle saliendo del portal de Mercedes la concejala en horas noctámbulas. 

Son muchas las veces que le hemos preguntado al respecto a su relación con las mujeres, y de las especulaciones que dicen que tiene tantos hijos de mujeres distintas que podría hacerse un equipo de fútbol. Ni confirma, ni desmiente. Nunca hemos obtenido una respuesta. Lord es muy discreto, muy británico. Nadie ha conseguido sacarle en el bar otras palabras que su saludo al entrar junto a la frase de despedida que le dedica a Jesús, todos los días desde hace más de seis años cada vez que paga su café “¡Jesús! ¡Qué rico estaba el té!”.


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