sábado, 11 de febrero de 2017

Tenemos que hablar - Ignacio Bellido

Tenemos que hablar


El primer día que fui a comer a casa de mis suegros dejó un recuerdo que no hemos podido olvidar


Estuve toda la comida hablando, hablando, hablando. Cuando estoy nervioso no puedo parar de hacerlo. Enlazo una palabra con otra, mezclo temas de conversación y opino de cualquier cosa con tal de no seguir escuchando los mensajes de mi cuerpo. Las manos sudorosas, el pestañeo incontrolado, la ceja apuntalada y el remover de mis intestinos son los indicadores de que estoy ante una situación que me inquieta.

No paré de lanzar palabras desde que entré por la puerta. Desde que la madre de Lourdes abrió la puerta he estado participando en todas las conversaciones. Primero con los mensajes de bienvenida y los “ya era de que vinieras a comer a casa con nosotros”, seguido del recorrido turístico por una vivienda decenas de veces recorrida. La única diferencia es que hoy, la fauna que en mis anteriores visitas sólo aparecía en los murales explicativos que cuelgan de las paredes, han cobrado vida mostrándose en su hábitat natural.

El recorrido finalizó en el comedor donde reposaba mi suegro haciendo alarde de sus mayores riquezas: cervezas de importación, vinos de reserva, una tabla de embutidos con queso y varios encurtidos. Orgullo de despensa de hombre de mediana edad que no desea otra cosa que jubilarse. Nos hemos sentado en el sofá, hemos hablado del arbitraje del partido de anoche sin apasionamientos hasta que me ha sacado tarjeta amarilla cuando no he aceptado las bebidas que me ofrecía y me he decantado por un refresco. Por suerte ha irrumpido mi cuñado en el terreno de juego recién salido de su cueva camino de la terraza para fumar un cigarro.

Aprovechando la circunstancia he salido a tomar el aire fresco con él y estrangularme con el humo del tabaco que desde hace años no fumo. Allí he replanteado la situación, debo de dejar de jugar al contragolpe en las conversaciones. Debo tomar el mando de la conversación durante la comida. Dominar el ritmo. Me he dicho a mí mismo: habla, habla, habla. Al entrar de nuevo en el salón mi boca ya emanaba palabras. Desde ese momento hasta la llegada del café, he hablado un poco de política pero sin significarme, pasado de puntillas por mi situación laboral, he preguntado a mis suegros acerca de los avances en la reforma de su casa de verano, a mi cuñado por un par de conocidos en común y he cerrado mi perorata dejando que fuese Maite quien pusiese el fin de fiesta contando un par de anécdotas con las que ridiculizar nuestro amor.

El café ha llegado acompañado de unos riquísimos pasteles. Ha sido el momento en que se ha declarado el alto el fuego, se han envainado las espadas y, cada uno, después de coger un milhojas con el que significar el armisticio ha regresado a sus tierras en paz. Mi suegro se ha sentado en el sofá, mi cuñado ha escapado a la terraza, mi suegra se ha quedado sentada a la mesa, yo me he quedad con ella y Maite ha salido corriendo al baño.

En la casa se ha instalado la fatiga, el cansancio de después de la batalla, de la tensión y se ha dejado que la televisión sea quien marque el contenido de la vida. Mi suegro ha sintonizado el canal deportivo a lo que mi suegra ha lanzado el comentario “¡qué cruz! estás fútbol a todas horas”, mi suegro ha murmurado “y tú viendo a las idiotas esas que sólo hablan de pelotas y lo que unas y otras hacen con ellas”. Por una vez, he guardado silencio y he decidido ojear el suplemento dominical para no ser llamada a filas para esa nueva batalla.

Maite ha regresado del baño y me ha dado el relevo porque ya se sabe lo que acompaña al café y al cigarro. He hecho un ímprobo esfuerzo por no delatar mi batalla interior, he silbado como quien está afanoso haciendo tareas menos ingratas y, voy a ser sincero, he disfrutado pensando que ése era el culmen de mi bautizo como un miembro más de la familia. Como he estado nervioso todo el día he tardado nada y menos en aliviar mis temores. Un cosquilleo ha recorrido mis piernas como sabiéndose liberadas de una carga que no querían seguir soportando. He expulsado el aire profundamente y con satisfacción.

Acto seguido un grito ahogado ha helado mis entrañas al descubrir una realidad desconocida. No hay papel. Mis ojos como platos han buscado con urgencia. He abierto cada una de las puertas del cuarto de baño e inspeccionado cada uno de los rincones. Todo lo que hay es un rollo de cartón suspendido burlándose de mí. La celulosa ha desaparecido, no hay tan siquiera un pañuelo de urgencia. Tras cinco minutos me he dado por vencido y he tirado de la cadena.

El camino de vuelta al salón ha sido como el regreso del soldado vencido que vuelve a casa herido y amputado. Para todos he pasado desapercibido excepto para Maite, En su cara se ha pegado el cartel de la culpa, sus palabras y gestos dicen, hablan, conversan pero la suciedad de la conciencia del error sigue presente. Ninguno de los dos hemos dicho nada.

Han pasado cinco años desde aquel día. Maite y yo nos hemos ido a vivir a otra ciudad y tenemos una niña, Julia. También seguimos teniendo una conversación pendiente.

domingo, 5 de febrero de 2017

Terminó la huida - Ignacio. Bellido

Terminó la huida


Yo, que siempre huía de las miradas cargadas de nostalgia, de las palabras de sospecha, de los domingos de eucaristía y de las promesas no pedidas, cuando te vi tuve que rehacer mi vida.

Yo, que siempre escapaba de contratar una tarifa plana de caricias, que me negaba a arrendar el patrimonio de mi intimidad y a hipotecar la pasión a un interés fijo, cuando te vi estampe mi firma.

Yo, que siempre me escabullía de unos ojos que herían, de las sonrisas que estremecían y de los labios que escocían, cuando te vi quise abrir todas mis heridas. 

Cuando te vi terminó la huida.

Cuando te vi dediqué los diez primeros segundos a buscar un terreno vacío en tu corazón en el que construir mi casa. Dibujé los planos. Rellené los formularios sin tu permiso y pagué por adelantado cada una de las plusvalías que me ofrecías. En el momento que te vi forje los cimientos de una guarida en la que quedarme instalado para siempre.

Los siguientes veinte segundos los dediqué a explorar tu geografía. Recuperé cada uno de los mapas de mi vida para encontrar todos tus tesoros escondidos, calculé la escala de todo el espacio que teníamos por explorar.

Cinco segundos los invertí en dejar escrito en el pentagrama de mi memoria el compás de mis latidos, en que la orquesta de mis sentidos interpretase la sinfonía de cada uno de tus pasos.

Los tres segundos siguientes le di cuerda al reloj para que que no parase nunca de dar vueltas a la órbita de tu sonrisa.

Los últimos veintidós solo los entregué a una sola causa. Un lapso de tiempo en el que no hice nada. Este tiempo lo utilicé para envejecer en ellos pero contigo. Era el momento de permanecer a tu lado para ser presente, fabular futuros y hacer memoria.

Cuando te vi terminó mi huida, comenzó una vida. Sesenta segundos que no se olvidan.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El rumor inglés - Ignacio Bellido

El rumor inglés


Los bares son un espacio para la idolatría y la mitomanía. En mi bar adoramos a un nativo zamorano.


En todos los bares siempre hay un héroe. Un habitual que es la envidia del resto de cuadrillas de hombres que paran en el lugar. Un ejemplo a seguir, un dechado de trayectoria vital de una vida que es la envidia de quienes desde hace tiempo, sólo tienen como estación de servicio la misma barra en la que, cada día, llenar los depósitos de su rutina.

Mi bar es un bar sin pretensiones, modesto. Cuenta con un camarero, Jesús, que ve pasar nuestra vida mientras la suya permanece detenida, atemporal. La decoración, austera. Las paredes están adornadas por los mismos cuadros de siempre y lo único que cambia son los cuadros de una porra que nunca he entendido. El paisaje humano es invariable. Hay clientes que vienen y van, otros que siempre están y muchos que no volvieron pero, en el fondo, el mundo que muestran, aunque cambien sus caras, sigue siendo el mismo.

Un bar puede ser un lugar en que el que tengan cabida grandes esperanzas como dice Moehringer, y para nosotros, la ilusión de que otra vida es posible la representa el Lord. Su nombre real es Juan Carlos pero, allí dentro, nadie le llama así. Su edad es un misterio pero debe rondar los cuarenta ¿y?. Lo que sí sabemos es que camina despacio, que cruza el umbral sin hacer ruido pero todos sabemos cuándo ha llegado porque la estela de su perfume avisa de su presencia. 

Siempre luce un elegante traje cruzado sin una arruga, luce sonrisa discreta y mirada despierta. Lo llamamos el Lord porque, por lo poco que sabemos, aun siendo de algún lugar de Sayago pasó unos años en Cardiff que, para nosotros, es una de las capitales de un mundo que desconocemos. Tiene un encanto natural con las mujeres y una aureola de majestuosidad que fascina a los niños del barrio.

Mi mujer me dice cada dos por tres que más vale que aprendiese del Lord, de su elegancia, de su exquisita educación. Que no ha conocido nunca un hombre tan amable, tan atento, y que si en vez de estar casados aún fuéramos novios, hace tiempo que se habría enredado en sus brazos. El aura de grandeza que le acompaña en el bar parece que la hemos llevado, cada uno de los habituales, a nuestras casas y ha seducido a nuestras mujeres. Al menos, tengo el consuelo de que no soy el único al que su esposa compara, una y otra vez, con el inevitable destino de la derrota con nuestro extranjero.

Lord vive sólo y hace de la discreción su modus operandi. Es discreto pero son muchas las habladurías que, cada semana, suben hasta el bar procedentes de los barrios de señoritos. Una semana se rumorea que se le ha visto con Alejandra, la hija menor de Artemio el constructor, colgada de su brazo. Quince días después lo han visto en una terraza regalando carantoñas a Esperanza, hermana del subdelegado del gobierno, y tres días más tarde hay quien dice que le pareció verle saliendo del portal de Mercedes la concejala en horas noctámbulas. 

Son muchas las veces que le hemos preguntado al respecto a su relación con las mujeres, y de las especulaciones que dicen que tiene tantos hijos de mujeres distintas que podría hacerse un equipo de fútbol. Ni confirma, ni desmiente. Nunca hemos obtenido una respuesta. Lord es muy discreto, muy británico. Nadie ha conseguido sacarle en el bar otras palabras que su saludo al entrar junto a la frase de despedida que le dedica a Jesús, todos los días desde hace más de seis años cada vez que paga su café “¡Jesús! ¡Qué rico estaba el té!”.