jueves, 19 de enero de 2017

El verdugo de un país que nunca existió - Ignacio Bellido

Luis Miguel Arconada era un héroe para un un país recién nacido, hasta que sus manos guillotinaron sus esperanzas un verano en París.


Arconada Verdugo de un País que nunca Fue Ignacio Bellido


Hay manos que empujan y hay manos que salvan. Hay manos que detienen, que frenan, que paran y que impiden avances, traspasar fronteras o rebasar límites. Hay manos que curan, que sanan ofreciendo caricias  y cerrando heridas. Hay manos a las que encomendarse. Hay manos que matan, manos asesinas ladronas de vida. Hay manos que ahogan, que aprietan y asfixian, manos que hieren y golpean el alma. Hay manos alzadas que preguntan porque tienen dudas, hay manos que se alzan que no cuestionan. Hay manos tendidas y brazos caídos. Hay manos que dirigen y dedos que señalan.

Acaba de comenzar un nuevo verano y no se habla de otra cosa.

De que quiso que el equipo perdiera. De que ahora estará de vacaciones riéndose de todos nosotros que nos encomendamos a sus manos, ilustres ignorantes de un país que creemos recién estrenado. Corrillos dignos y dolidos que manifiestan, sin vacilaciones, que todos los vascos son iguales, destructores de la patria. Que esto no viene de ahora, que el fallo del miércoles pasado ya se llevaba tiempo mascando. Estaba todo preparado por los terroristas. Lo que tendríamos que hacer es mandarlos a todos a una isla caribeña y ponerles una bomba. Sí, una bomba de esas, de las atómicas que tienen sus amigos soviéticos para asegurarnos de que no queda ninguno en pie.

Son conversaciones de bar, de chiringuito, de taberna de pueblo al que los que emigraron a la ciudad vuelven con el estío. Todos hablan de lo sucedido en el Parque de los Príncipes en la final frente a Francia. No hay conversación en la que no aparezca, antes o después , una mención al fallo de Arconada. De sus manos blandas y su corazón vasco. Nadie quiere recordar los fallos de Santillana, del espíritu merengue y español, eso no se cuestiona. Ni tampoco quieren mencionar que la falta que dió origen al gol de Platini no fue, que no debió cobrarse. No se quiere recordar el punto de partida de un desastre del que nadie se acuerda. ¿Para qué hacerlo si ya está identificado el culpable?

Culpables. Eso es lo que siempre se ha buscado en España. Alguien a quien cargar el muerto. De hacerle responsable de los miedos de un país, de su analfabetismo, de su impotencia, de su falta de voluntad, de su resignación a la miseria y a la derrota moral de quien se cree victorioso. Allí estaba él, Luis Arconada, el perfecto culpable. Alguien a quien señalar, perseguir, condenar y culpabilizar de nuestro sufrimiento. Del sufrimiento de un país recién nacido que tiene muchas heridas abiertas, que aún sangran y supuran.

Todos culpan al portero donostiarra de lo sucedido. Porque no es uno de los nuestros. Porque es un señorito de Donosti, esa ciudad aristocrática, un urbanita que ni es vasco ni es español. Alguien que deja de ser el héroe de un país, el futbolista que todos desean ser, para ser un señalado. Alguien al que todos apuntan porque no defiende a nadie, porque sólo se defiende a sí mismo. No defiende la hombría de las españoles, no representa su fuerza ni su coraje, la manos duras, callosas, fuertes de trabajar la tierra como el resto de españoles. No. Él no es de los nuestros, es un señorito de ciudad.

Arconada es un señalado por los vascos. No es uno de ellos. Es un españolito. Para empezar se niega a sustituir la C de su apellido por la vasca K. Además ese nombre, Luis Miguel, tan poco vasco, tan de afuera, tan de meseta. Todos le señalan porque no es como ellos, le insultan, le chillan. Todos, los unos y los otros le dicen que no es uno de ellos. ¡No haces nada por defendernos! le gritan desde lejos grandes y pequeños ¡Eres unos de ellos!

Luis Miguel pasea por la calle tranquilo y sereno. Sabe de su fuerza, de su potencia, que el error del que todos hablan no ha sido intencionado. Los medios de comunicación de Madrid y las tertulias de forofos desaforados le acusan de no defender España, de no sentir la bandera. Que esa costumbre suya de vestir medias blancas no tiene nada que ver con las supersticiones de un portero, que eso es su alma vasca que le hace rechazar todo lo que tenga tonos rojos y gualdas.

En Guipúzcoa y Vizcaya le acusan por lucir el brazalete, por erigirse en líder de una patria que no es Euskal Herria, por portarla banda de capitán de un estado que es el enemigo. Arconada es uno en Anoeta y es nadie fuera de ella. Es el espíritu de la resistencia, del valor y del coraje de los txuriurdines pero un enemigo de lo vasco.

Los primeros calores del verano son los peores porque el cuerpo aún no se ha acostumbrado.

El sol pica y la humedad de las playas ahogan. Pero ahí sigue él, caminando por la playa como cada verano. No se esconde, sigue en pie. No hay nada ni nadie que le derrumbe porque desde niño no tiene miedo a caerse ni a saltar al vacío, por eso se hizo portero. Sabe de heridas, de su escozor, de la quemazón de su existencia. Sabe que las heridas se curan y cicatrizan, que serán sólo un recuerdo y que ni siquiera serán.

Arconada pasea por la playa. Sólo como cuando está en la portería frente a todos los demás. Sólo como cuando tiene ante sí un penalti, un rival enfrente y miles de bocas en la nuca rogándole por Dios y su familia que lo pare. Como ante un penalti las opciones son escasas, si fallas, todos te recordarán que había otra mejor. El verano acaba de comenzar, la orilla de esta playa de Zarauz ya suma bañistas a esta hora temprana. Arconada camina lento, despreocupado, su rostro calmado esboza una sonrisa. Estira y abre su mano izquierda, los dedos de su hijo Luis se aferran con vigor a la palma de su mano. Sus dedos de la mano derecha están entrelazados con los de mujer como cada día, como cada año, desde hace años.

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