martes, 10 de enero de 2017

El día que la UDS fichó a Romario

A finales del 95 la Unión Deportiva Salamanca especuló con fichar al mejor jugador del mundo del momento: Romario da Souza. Fue el principio del fin de mi infancia.

Romario y su frustrado fichaje por la Unión Deportiva Salamanca


Cuando cumplí catorce años dejé de patear el balón entre los coches de mi calle. Había llegado el momento de exhibir mi talento con los pies en los campeonatos escolares de la ciudad. Enfrentarme a gente desconocida, recorrer las calles de la ciudad en busca de pistas de cemento rosa que desteñirían mis pantalones y dejarían cicatrices imborrables en mis piernas. Cuando cumplí catorce, tuve mi primer bono transporte en propiedad.

Dicen los de fuera que Salamanca es una ciudad pequeña. A esto yo les digo que en mi barrio, Garrido, decimos que algo es grande dependiendo del tamaño de su horizonte. Si algo tenemos en mi ciudad son horizontes sin montañas ni construcciones que los acorten. Mediados los noventa, eran de tal tamaño que, mientras yo me asomaba al mundo con mi bono de autobús de cartón de diez viajes, la ciudad soñaba con que el futbolista de dibujos animados jugara para el equipo de la ciudad.

Eran sueños de una ciudad que disfrutaba del fútbol los sábados con Telemadrid los más modernos y con la señal de la Peña de Francia los más arcaicos, de los comentarios de Don José los domingos en La Helmántica y de crónicas deportivas en los tres diarios locales que por entonces circulaban. El fútbol en aquellos años olía a puro y barro, a bocadillo los domingos por la tarde, al pegamento de unos cromos en los que mi equipo nunca salía.

A mi recién estrenada pubertad yo sabía del mundo exterior lo que leía en las portadas de los periódicos. Digo bien, portadas, porque cada mañana antes de asistir a clase pasaba junto al kiosco para hacer un rápido repaso visual de cómo estaba el mundo. En aquel momento mi mudo era la portada del Marca. Allí concentraba gran parte de mis esperanzas, frustraciones y sueños donde, cada domingo en la mañana y cada lunes, repasaba con ansia los marcadores de la última jornada que marcarían el estado de ánimo con el que afrontaría el resto del día.

Eran fechas inolvidables para la ciudad. El nombre de Salamanca aparecía con frecuencia en las portadas de los diarios deportivos nacionales. Nuestro equipo, la Unión, había vuelto a la primera división por primera vez desde mi nacimiento. Aún hoy recuerdo, la decepción que supuso el hecho de quedarme sin entrada para aquel partido de promoción en el Helmántico contra el Queso Mecánico de Zalazar, Molina, Santi Denia y el imberbe Morientes. Aquel gol del uruguayo desde el centro del campo me amargó mis últimos días de colegio.

Apenas una semana después la tristeza se volvió euforia con el 0-5. Esa noche me abracé a gente a la que no conocía que lloraba de alegría. Deambulamos sin saber dónde ir ni a quién seguir para celebrar la victoria. Esa noche de junio toda la ciudad durmió con una sonrisa en la boca abrazada a la certeza de que habíamos vivido algo inolvidable. El recibimiento la tarde siguiente en la Plaza Mayor al equipo fui sobrecogedor y allí estaba yo. Mecido por la multitud, gritando vítores en una sola voz, momentos en los que nos dejamos llevar libres y salvajes como cantaba Manolo Tena.

Gracias a la Unión comencé a desear un lugar para mi ciudad en el mundo. Quería encontrarme una foto a portada completa en el Marca de los logros de mi equipo, por eso corría cada lunes hasta el kiosco: para saber lo grandes que podíamos llegar a ser. Era tan grande lo que sentía por mi equipo que no concebía que el resto del país permaneciese ajeno a ese sentimiento que nos embargaba a toda la ciudad. No importaba que ganásemos o perdiésemos, lo que teníamos para mostrar era un sentimiento, una emoción, la felicidad que nombres como Lillo, Balta, Sito, Jandri, Torrecilla, Vellisca y Barbará provocaban en toda la ciudad. El orgullo de ser y de hacer las cosas como las hacían aquellos chicos.

El tiempo lo contaba por entonces en bonobuses y en jornadas de liga. Todo lo que existían eran jornadas de liga. De mi adorada Unión o de mi campeonato escolar. Mientras el paso de las primeras me generaba orgullo, el de las segundas rabia. La Unión perdía pero no me dolía porque me gustaba la forma en que perdíamos, sin embargo, las de mi equipo de la escuela me generaba rabia, frustración, dolor, lágrimas y muchas heridas. Las primeras me dejaron recuerdos imborrables, las segundas cicatrices que tardaron en desaparecer y de las que ya no me acuerdo.

El día que fichamos a Romario, imaginamos que nuestros colores blanquinegros serían parte de un nuevo cuento de hadas, no nos dimos cuenta de algo. Nuestro equipo era parte de una película, de la película de nuestras vidas, porque aquella emoción de un mes de junio se grabó a fuego en nuestra memoria. Luego llegó la liga de 22, el fútbol en abierto los lunes en antena 3, la ley Bosman, la destitución de Lillo, las portadas del Marca pasaron a no contar nada, abandonamos la EGB y estrenamos la ESO.

La felicidad de mi último verano de la infancia era una felicidad de todos. Un recuerdo que nos acompañará siempre allá donde vayamos, aunque hayamos cambiado el bonobus de cartón por billetes de avión que nos llevan cada vez más lejos.

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