sábado, 21 de enero de 2017

Mi pequeña evolución - Ignacio Bellido

Mi pequeña evolución


Una vez al día deberíamos ponernos los cuernos

Todos los días deberíamos sernos infieles, al menos, una vez. No sería una traición ni una deslealtad, sino un acto de amor hacia uno mismo. Coger el autobús de las 7:07  y no el de las 7:17. Ver qué pasa, quién hay a esa hora de la vida, qué luz es la que viste el mismo punto de partida. Cambiar por una noche nuestro lado de la cama,  intercambiar nuestros puestos en el sofá, leer los libros románticos de los que tanto detesto sus portadas. Cambiar el sentido de los itinerarios de vida.

Hacer estas pequeñas revoluciones no sería una traición pero sí un cambio. Una pequeña gran revolución sin guillotinas. Una alborada contra las opiniones de ayer que llevan años sin ser revisadas. Sí, también, por qué no, una bofetada en la cara a todos los demás, un zarandeo a sus propias certidumbres hecho desde algo pequeño, trivial, como pasar por sus casas sin aviso, sin nada urgente que contar, sólo por el gusto de agitar el estanque de sus vidas.

Cometer una infidelidad presente que ponga contra las cuerdas el pasado debería ser materia obligatoria. Un acto de abandono al ayer de uno mismo que pueda llegar a ser doloroso pero sin ser una tragedia. La mayor revolución sería que fuésemos capaces de dejar atrás nuestro pasado. Pasar las páginas de la literatura de nuestra vida y escribir en páginas en blanco otros cuentos. Ser capaces de olvidar nuestra historia de Dickens, de miseria y pesares, o las de castillos, princesas y caballeros.Cambiarlas. Elegir la historia que queremos escribir y escribir uno mismo la primera frase. Hacerlo no es una infidelidad, es felicidad. ¿Cómo va a ser perjudicial escribir el cuento que quiero vivir sin haber elegido de antemano las palabras?

Cada día deberíamos hacer una mínima revolución en nuestras vidas. Mejor dicho, una evolución. Sería un acto positivo, una cuestión de fe en un futuro que creemos puede mejorarse. Un futuro, un mañana que es hoy cnstruido a nuestro antojo. Evolucionar es mejorar, es ir un paso más allá, ir hacia delante eligiendo la dirección. Mi evolución puede ser para ti un retroceso, un volver a la casilla de salida. Para mi evolucionar, no es ser otros, es ser diferentes, es ser mejores. 

jueves, 19 de enero de 2017

El verdugo de un país que nunca existió - Ignacio Bellido

Luis Miguel Arconada era un héroe para un un país recién nacido, hasta que sus manos guillotinaron sus esperanzas un verano en París.


Arconada Verdugo de un País que nunca Fue Ignacio Bellido


Hay manos que empujan y hay manos que salvan. Hay manos que detienen, que frenan, que paran y que impiden avances, traspasar fronteras o rebasar límites. Hay manos que curan, que sanan ofreciendo caricias  y cerrando heridas. Hay manos a las que encomendarse. Hay manos que matan, manos asesinas ladronas de vida. Hay manos que ahogan, que aprietan y asfixian, manos que hieren y golpean el alma. Hay manos alzadas que preguntan porque tienen dudas, hay manos que se alzan que no cuestionan. Hay manos tendidas y brazos caídos. Hay manos que dirigen y dedos que señalan.

Acaba de comenzar un nuevo verano y no se habla de otra cosa.

De que quiso que el equipo perdiera. De que ahora estará de vacaciones riéndose de todos nosotros que nos encomendamos a sus manos, ilustres ignorantes de un país que creemos recién estrenado. Corrillos dignos y dolidos que manifiestan, sin vacilaciones, que todos los vascos son iguales, destructores de la patria. Que esto no viene de ahora, que el fallo del miércoles pasado ya se llevaba tiempo mascando. Estaba todo preparado por los terroristas. Lo que tendríamos que hacer es mandarlos a todos a una isla caribeña y ponerles una bomba. Sí, una bomba de esas, de las atómicas que tienen sus amigos soviéticos para asegurarnos de que no queda ninguno en pie.

Son conversaciones de bar, de chiringuito, de taberna de pueblo al que los que emigraron a la ciudad vuelven con el estío. Todos hablan de lo sucedido en el Parque de los Príncipes en la final frente a Francia. No hay conversación en la que no aparezca, antes o después , una mención al fallo de Arconada. De sus manos blandas y su corazón vasco. Nadie quiere recordar los fallos de Santillana, del espíritu merengue y español, eso no se cuestiona. Ni tampoco quieren mencionar que la falta que dió origen al gol de Platini no fue, que no debió cobrarse. No se quiere recordar el punto de partida de un desastre del que nadie se acuerda. ¿Para qué hacerlo si ya está identificado el culpable?

Culpables. Eso es lo que siempre se ha buscado en España. Alguien a quien cargar el muerto. De hacerle responsable de los miedos de un país, de su analfabetismo, de su impotencia, de su falta de voluntad, de su resignación a la miseria y a la derrota moral de quien se cree victorioso. Allí estaba él, Luis Arconada, el perfecto culpable. Alguien a quien señalar, perseguir, condenar y culpabilizar de nuestro sufrimiento. Del sufrimiento de un país recién nacido que tiene muchas heridas abiertas, que aún sangran y supuran.

Todos culpan al portero donostiarra de lo sucedido. Porque no es uno de los nuestros. Porque es un señorito de Donosti, esa ciudad aristocrática, un urbanita que ni es vasco ni es español. Alguien que deja de ser el héroe de un país, el futbolista que todos desean ser, para ser un señalado. Alguien al que todos apuntan porque no defiende a nadie, porque sólo se defiende a sí mismo. No defiende la hombría de las españoles, no representa su fuerza ni su coraje, la manos duras, callosas, fuertes de trabajar la tierra como el resto de españoles. No. Él no es de los nuestros, es un señorito de ciudad.

Arconada es un señalado por los vascos. No es uno de ellos. Es un españolito. Para empezar se niega a sustituir la C de su apellido por la vasca K. Además ese nombre, Luis Miguel, tan poco vasco, tan de afuera, tan de meseta. Todos le señalan porque no es como ellos, le insultan, le chillan. Todos, los unos y los otros le dicen que no es uno de ellos. ¡No haces nada por defendernos! le gritan desde lejos grandes y pequeños ¡Eres unos de ellos!

Luis Miguel pasea por la calle tranquilo y sereno. Sabe de su fuerza, de su potencia, que el error del que todos hablan no ha sido intencionado. Los medios de comunicación de Madrid y las tertulias de forofos desaforados le acusan de no defender España, de no sentir la bandera. Que esa costumbre suya de vestir medias blancas no tiene nada que ver con las supersticiones de un portero, que eso es su alma vasca que le hace rechazar todo lo que tenga tonos rojos y gualdas.

En Guipúzcoa y Vizcaya le acusan por lucir el brazalete, por erigirse en líder de una patria que no es Euskal Herria, por portarla banda de capitán de un estado que es el enemigo. Arconada es uno en Anoeta y es nadie fuera de ella. Es el espíritu de la resistencia, del valor y del coraje de los txuriurdines pero un enemigo de lo vasco.

Los primeros calores del verano son los peores porque el cuerpo aún no se ha acostumbrado.

El sol pica y la humedad de las playas ahogan. Pero ahí sigue él, caminando por la playa como cada verano. No se esconde, sigue en pie. No hay nada ni nadie que le derrumbe porque desde niño no tiene miedo a caerse ni a saltar al vacío, por eso se hizo portero. Sabe de heridas, de su escozor, de la quemazón de su existencia. Sabe que las heridas se curan y cicatrizan, que serán sólo un recuerdo y que ni siquiera serán.

Arconada pasea por la playa. Sólo como cuando está en la portería frente a todos los demás. Sólo como cuando tiene ante sí un penalti, un rival enfrente y miles de bocas en la nuca rogándole por Dios y su familia que lo pare. Como ante un penalti las opciones son escasas, si fallas, todos te recordarán que había otra mejor. El verano acaba de comenzar, la orilla de esta playa de Zarauz ya suma bañistas a esta hora temprana. Arconada camina lento, despreocupado, su rostro calmado esboza una sonrisa. Estira y abre su mano izquierda, los dedos de su hijo Luis se aferran con vigor a la palma de su mano. Sus dedos de la mano derecha están entrelazados con los de mujer como cada día, como cada año, desde hace años.

martes, 10 de enero de 2017

El día que la UDS fichó a Romario

A finales del 95 la Unión Deportiva Salamanca especuló con fichar al mejor jugador del mundo del momento: Romario da Souza. Fue el principio del fin de mi infancia.

Romario y su frustrado fichaje por la Unión Deportiva Salamanca


Cuando cumplí catorce años dejé de patear el balón entre los coches de mi calle. Había llegado el momento de exhibir mi talento con los pies en los campeonatos escolares de la ciudad. Enfrentarme a gente desconocida, recorrer las calles de la ciudad en busca de pistas de cemento rosa que desteñirían mis pantalones y dejarían cicatrices imborrables en mis piernas. Cuando cumplí catorce, tuve mi primer bono transporte en propiedad.

Dicen los de fuera que Salamanca es una ciudad pequeña. A esto yo les digo que en mi barrio, Garrido, decimos que algo es grande dependiendo del tamaño de su horizonte. Si algo tenemos en mi ciudad son horizontes sin montañas ni construcciones que los acorten. Mediados los noventa, eran de tal tamaño que, mientras yo me asomaba al mundo con mi bono de autobús de cartón de diez viajes, la ciudad soñaba con que el futbolista de dibujos animados jugara para el equipo de la ciudad.

Eran sueños de una ciudad que disfrutaba del fútbol los sábados con Telemadrid los más modernos y con la señal de la Peña de Francia los más arcaicos, de los comentarios de Don José los domingos en La Helmántica y de crónicas deportivas en los tres diarios locales que por entonces circulaban. El fútbol en aquellos años olía a puro y barro, a bocadillo los domingos por la tarde, al pegamento de unos cromos en los que mi equipo nunca salía.

A mi recién estrenada pubertad yo sabía del mundo exterior lo que leía en las portadas de los periódicos. Digo bien, portadas, porque cada mañana antes de asistir a clase pasaba junto al kiosco para hacer un rápido repaso visual de cómo estaba el mundo. En aquel momento mi mudo era la portada del Marca. Allí concentraba gran parte de mis esperanzas, frustraciones y sueños donde, cada domingo en la mañana y cada lunes, repasaba con ansia los marcadores de la última jornada que marcarían el estado de ánimo con el que afrontaría el resto del día.

Eran fechas inolvidables para la ciudad. El nombre de Salamanca aparecía con frecuencia en las portadas de los diarios deportivos nacionales. Nuestro equipo, la Unión, había vuelto a la primera división por primera vez desde mi nacimiento. Aún hoy recuerdo, la decepción que supuso el hecho de quedarme sin entrada para aquel partido de promoción en el Helmántico contra el Queso Mecánico de Zalazar, Molina, Santi Denia y el imberbe Morientes. Aquel gol del uruguayo desde el centro del campo me amargó mis últimos días de colegio.

Apenas una semana después la tristeza se volvió euforia con el 0-5. Esa noche me abracé a gente a la que no conocía que lloraba de alegría. Deambulamos sin saber dónde ir ni a quién seguir para celebrar la victoria. Esa noche de junio toda la ciudad durmió con una sonrisa en la boca abrazada a la certeza de que habíamos vivido algo inolvidable. El recibimiento la tarde siguiente en la Plaza Mayor al equipo fui sobrecogedor y allí estaba yo. Mecido por la multitud, gritando vítores en una sola voz, momentos en los que nos dejamos llevar libres y salvajes como cantaba Manolo Tena.

Gracias a la Unión comencé a desear un lugar para mi ciudad en el mundo. Quería encontrarme una foto a portada completa en el Marca de los logros de mi equipo, por eso corría cada lunes hasta el kiosco: para saber lo grandes que podíamos llegar a ser. Era tan grande lo que sentía por mi equipo que no concebía que el resto del país permaneciese ajeno a ese sentimiento que nos embargaba a toda la ciudad. No importaba que ganásemos o perdiésemos, lo que teníamos para mostrar era un sentimiento, una emoción, la felicidad que nombres como Lillo, Balta, Sito, Jandri, Torrecilla, Vellisca y Barbará provocaban en toda la ciudad. El orgullo de ser y de hacer las cosas como las hacían aquellos chicos.

El tiempo lo contaba por entonces en bonobuses y en jornadas de liga. Todo lo que existían eran jornadas de liga. De mi adorada Unión o de mi campeonato escolar. Mientras el paso de las primeras me generaba orgullo, el de las segundas rabia. La Unión perdía pero no me dolía porque me gustaba la forma en que perdíamos, sin embargo, las de mi equipo de la escuela me generaba rabia, frustración, dolor, lágrimas y muchas heridas. Las primeras me dejaron recuerdos imborrables, las segundas cicatrices que tardaron en desaparecer y de las que ya no me acuerdo.

El día que fichamos a Romario, imaginamos que nuestros colores blanquinegros serían parte de un nuevo cuento de hadas, no nos dimos cuenta de algo. Nuestro equipo era parte de una película, de la película de nuestras vidas, porque aquella emoción de un mes de junio se grabó a fuego en nuestra memoria. Luego llegó la liga de 22, el fútbol en abierto los lunes en antena 3, la ley Bosman, la destitución de Lillo, las portadas del Marca pasaron a no contar nada, abandonamos la EGB y estrenamos la ESO.

La felicidad de mi último verano de la infancia era una felicidad de todos. Un recuerdo que nos acompañará siempre allá donde vayamos, aunque hayamos cambiado el bonobus de cartón por billetes de avión que nos llevan cada vez más lejos.