domingo, 14 de mayo de 2017

Fabio Coentrao es uno de los nuestros - Ignacio Bellido


Fabio Coentrao es uno de los míos, de los nuestros. Puede resultar extraño que un aficionado barcelonista apoye a un jugador del eterno rival. Ocurre que, conforme pasan los años, soy más de jugadores que de equipos. Fabio es de los míos, no porque esté ganando un sueldo y no trabaje, que trabajar, trabajará como todos, sino porque ha optado por no dar la cara, por hacerse a un lado. No por miedo ni cobardía, sino por pura y llana madurez.

No digo con esto que le falte carácter ni personalidad. Lo digo porque me parece un ser terrenal, un mensaje a la sensatez en la galaxia de las estrellas y el exceso de importancia a lo poco importante. El lateral zurdo, del que nadie se acuerda estos días de gloria y tensión en que los títulos están en juego, nos da una lección de humildad al pronunciar que sabe que no está al nivel, que sus capacidades están a años luz de sus compañeros y mucho más lejos de la caprichosa infantilidad de su público.

El luso ha renunciado a la gloria, a los focos, a la llamada de la vanidad que puede distorsionarlo todo uno se sabe evaluado por millones de ojos cada semana. Coentrao ha renunciado a la gloria del héroe, ha decidido optar por un papel más modesto pero también vital, como un buen intendente: conformarse con no ser el causante de un sonado fracaso. Mejor pasar el tiempo en el rincón más oscuro del banquillo, sin siquiera vestirse la camiseta del equipo, sólo llevando debajo de la ropa de abrigo la camiseta de su banda de rock favorita. Igual que hacíamos los que nos sabíamos igual que él en categorías y campos más modestos.

Seguro que Fabio, estos días, pasará mucho tiempo en la grada. Fumando un cigarro tras otro, como un aficionado más. Un testigo de primera línea, invisible para los aficionados pero necesario para sus compañeros porque su mirada no puede esconder el deseo, la admiración hacia sus compañeros, la sana envidia de querer estar acompañada de la humildad de saber que es mejor en la distancia. El sano juicio de que sabe que aporta mucho más perteneciendo que estando, como un extra en una trepidante película de acción.

Me gusta Coentrao porque es lateral, como lo era yo en su día, un puesto del que se decía que era el más irrelevante de un equipo de fútbol. Una demarcación que era una cadena perpetua al anonimato. Me gusta Coentrao porque representa las segundas oportunidades, el otro lado del espejo de los héroes con los que convive, un mensaje a la modestia. El vivo recuerdo, instalado en el vestuario del Bernabéu de que nunca se acaba de ganar del todo y, al mismo tiempo, de que quizá, un día, tengamos la oportunidad de ganarlo todo.

sábado, 6 de mayo de 2017

Toda la vida que no viví

Toda la vida que no viví



Una vez estuve muy próximo al amor, de tocarlo, de poder acariciarlo y abrazarlo sin descanso.


-¿Me llamarás?

-Te llamaré – le contesta, con una sonrisa floja, desmayada, mientras termina de calzarse el abrigo que pasa a descansar en unos hombros caídos y trata de asir el bolso con la determinación que ya no tiene.

Greta camina los trece pasos que separan de la puerta en un recorrido en el que cada paso resuena en el pasillo como campanas tocando a muerto a esa hora de la madrugada. Mientras, él se dice que no, que nunca recibirá una llamada suya, lanzando un suspiro sin sonido, un golpe de aire sexo que sale por sus fosas nasales con la misma fuerza contenida que los gemidos intercambiados, hace apenas unos minutos, en este mismo lecho, por dos amantes desconocidos.

Tras revolverse el pelo, se ha levantado a buscar entre los bolsillos del pantalón que descansa en suelo un cigarrillo como quien busca consuelo, sin pararse a pensarlo, entregado a una derrota que se sabe inevitable. Da una primera calada larga, profunda, contiene el humo para arrojarlo con fuerza hacia su rostro, tratando de exorcizarse. En la segunda calada ya está junto a la ventana, apoyada la frente en el cristal y disfrutando del escalofrío que sacudido su cuerpo como quien ha encontrado alivio para la fiebre.

Abajo, frente al portal, espera un taxi escupiendo humo espeso como de los altos hornos. En esta madrugada tan fría, a una hora en la que la ciudad está tan quieta y silenciosa, parece que todo lo que suceda tuviese que durar para siempre se ha sorprendido pensando entre calada y calada, justo cuando ella ha aparecido a su vista.

Él, la observa caminar abrazada a su pecho, resguardándose de las bajas temperaturas de esta época del año, tratando de no perder la compostura aún sabiendo que, hace unos minutos, desnudó ante un desconocido todo su cuerpo y una parte de su alma. Cuando ha reposado su mano en la puerta gélida como el mármol del taxi, Greta no ha podido evitar alzar la vista a esa mole de ladrillo, de este barrio dormitorio, en la que cada ventana semeja un nicho, idénticos unos a otros, donde se van sepultando miles de vidas anónimas.

El leve fulgor de la brasa ardiendo de un cigarro le ha revelado su presencia. Sus ojos se han buscado, ojos inocentes que aún no han escuchado los cientos de mensajes de agravio y autoexculpación que les obliguen a repelerse. Han intercambiado una mirada de puntos suspensivos. Una brizna de tiempo en la que se han entregado todas las palabras que podrían haberse dicho a lo largo de una vida como quien esculpe su epitafio.

El rugir del motor ha puesto fin a este milagro de la física y la gramática. Nada más subir al taxi Greta, apresurada, ha sacado su teléfono del bolso, desbloqueado la pantalla y rápidamente ha consultado la lista de llamadas perdidas. En la pantalla aparece referenciada una de un número desconocido, recibida hace apenas unos minutos. Mientras mira al conductor por el espejo retrovisor y le indica la dirección a la que encaminarse, ha bloqueado el número para, inmediatamente después, eliminar su rastro.

Cuando el taxi ha doblado la esquina los rescoldos de la brasa de una colilla se han quebrado sobre el asfalto. En las ventanas de este cementerio de protección oficial, ya no se asoma nadie. 

lunes, 1 de mayo de 2017

El día que murió la Unión - Ignacio Bellido

El día que murió la Unión


Llegado mayo, echo de menos poder disfrutar de mi primer gran amor.


Recién estrenado el mes de mayo siento un vacío. Años atrás, por estas fechas en Salamanca siempre nos jugábamos algo. Vivíamos para alcanzar sueño de un ascenso o escapar de la pesadilla de un descenso de categoría de la Unión Deportiva Salamanca. Hoy, esa angustia, ese deseo, se han desvanecido como lo hace el gran amor perdido. Sé que, aunque busque amores nuevos otros que lo reemplacen y ocupen el vacío expandido en el corazón, no podré volver a sentir con el mismo deseo ni con la intensidad que la quise a ella.

Se trataba de una relación que habíamos forjado durante años. Primero viendo las noticias del equipo en El Adelanto, aunque sólo viese los números y las fotos, estudiando cada semana la clasificación y haciendo cábalas de los posibles resultados. Aquí empezó un amor, como inician todos los grandes amores, fruto de una idealización, de un ensoñamiento infantil. De los castillos en el aire de lo que creía que aquello sería: el olor del césped, el sonido rugoso de los cánticos, el retumbar del espacio, los movimientos de esos ídolos que siempre veía petrificados en fotografías… Sueños que no tardaron en hacerse reales cuando, aun siendo un crío, fui por primera vez al Helmántico, un domingo por la tarde, guiado por mi padre.

Fue el primero de los muchos domingos que estarían por llegar. Domingos en los que siempre se despertaba una llamarada de pasión aunque tratase de mostrar indiferencia y una cierta indolencia para no mostrar mi dependencia de ella. En las gradas del fondo sur aprendí casi todo acerca del amor: del dolor por la falta de entrega, de las perforaciones en los costados cuando no se cumple lo prometido, de cómo un detalle es capaz de desatar la mayor de las pasiones o  atormentarte de furia, de la certeza de no querer volver a ver a tu enamorada recién terminada la cita cuando te marchas con el corazón herido y de lo lento que pasa el tiempo cuando, durante e verano, nos veíamos obligados a pasar largo tiempo sin vernos.

Hubo años en los que renegué de la Unión, traté de serle infiel con amantes más poderosas, más atractivas, con más posibilidades pero nunca dejé de seguirla a escondidas. Me preocupaba cada semana por su salud, vivía pendiente de su ánimo, me alegraba por ella y, sobre todo, sufría con ella. La distancia hizo que, a mi regreso a las gradas, la certeza de que estaba ante el amor de mi vida y para toda la vida.

Muchos jugadores pasaron lucieron sus colores, defendieron el escudo y consolidaron nuestro amor. Recuerdo cómo los últimos años Quique Martín o Gañán se afanaban en alargar una relación que no quería perder su intensidad. Sin embargo, hubo una mañana de domingo en que el corazón de mi amada se quebró para siempre. Fue un aviso de lo que nos tenía deparado el porvenir.

Una mañana soleada de octubre el corazón de la Unión dejó de latir. El marcador marcaba el minuto 59 cuando Miguel García se desplomó sobre el césped. El silencio se apoderó del estadio, el pánico se asomó a los rostros de los futbolistas y el corazón de los aficionados quedó congelado. Era una señal, estábamos ante el principio del fin.

Llevábamos mucho tiempo soñando viejos sueños renovados en una ciudad en la que, hace años, se privó a sus gentes de la capacidad de soñar. Una ciudad cargada de historia, de tradición, de piedras pesadas y frías como lápidas. Una ciudad ideal para sepultar las esperanzas de los que se quedan. Una ciudad vieja, en la que se prohíben los gritos y en la que sí, se puede amar, pero sólo a escondidas.

Aquel mediodía de octubre supe que mi amor se iba, que no volvería. Que no sólo se iba el amor al equipo de mi ciudad, sino que con él se escapaba una parte de mí, de mi ciudad y de mi gente. Se iba una parte de todos nosotros. Ese sentimiento, lo tuve yo, lo compartimos todos y no dijimos ninguno. Esa mañana mi equipo se moría en una ciudad que hace tiempo se instaló en la agonía.

Esa mañana de octubre supe de lo amargo del amor cuando aún se está disfrutando aun sabiendo que se va a perder. Sí, hoy, ya no estás pero quiero confesar al mundo que, aunque ya no estás, yo, como muchos viví contigo una breve historia de amor. Un amor que me va a durar toda la vida. ¡Hala Unión!

domingo, 30 de abril de 2017

El silbar de la serpiente - Ignacio Bellido

El silbar de la serpiente


Cada mañana en la línea C-5 de cercanías de Madrid me encuentro a un hombre que sale a buscar a la mujer de su vida. Esta es su historia.


El sonido de las gotas de agua estallando contra la cerámica del plato de ducha marca el comienzo de un nuevo día. Son las cinco de la madrugada. Tiene una hora para terminar de ducharse y afeitarse, ponerse su pantalón gris marengo, camisa blanca adornada de corbata estrecha y sus zapatillas Converse Chuck Taylor II edición limitada. Desayuna con las prisas de quienes tienen algo importante que hacer y se lanza a la calle, como cada día, con la seguridad de que hoy no será sólo el día de salir a buscarla, sino de encontrarla.

A las seis de la mañana ya está apostado en la entrada a la estación de Sol anhelando su llegada. En los últimos ochos meses no ha faltado a su cita, recorrido las líneas de metro y cercanías asomándose a la puerta del tren en cada andén. Cada día, hasta las doce de la mañana espera verla venir con la ilusión del enamorado que espera a su enamorada. Mil quinientas horas y más kilómetros recorridos con dos preguntas asomadas a la punta de su lengua. Dos preguntas que,  otro mediodía más, volverán de regreso a casa sin ser pronunciadas.

Los siete minutos que tarda en regresar, una vez de vuelta en el punto de partida, a casa son eternos. Es un viaje a los extremos de uno mismo, donde el joven que amaneció ya no existe y ha dado paso al cadáver de sí mismo. Desanda el camino a paso lento,  con un andar vacilante, sin apenas levantar los pies del suelo, como si esperase que el próximo paso fuese el último. Sus hombros se muestran rendidos al peso de una carga que los mantiene hundidos, sin poder salir a flote. Las facciones de su cara se han quedado diluidas, borradas en un rostro que ya no dice nada, la cara de quien lleva meses durmiendo poco y soñando nada.

Ya de nuevo en casa se acomoda en su butaca. Es en ese momento cuando comienza a picarle la cicatriz que recorre toda su espalda, como una serpiente que se ha enredado en su columna y asoma la cabeza en su nuca. Sabe que este picor va a desembocar en un dolor insoportable, sus piernas quedarán paralizadas y se verán inutilizadas para el resto del día. Sus padres insisten en que tome las medicinas pero, desde que salió del hospital, se ha negado a tomar nada. Todo lo que hace es salir de madrugada, sólo, siempre solo, para regresar a mediodía a casa y sentarse a esperar.

Es ahí, recostado en su butaca, donde no deja de escuchar, una y otra vez en su cabeza, el lugar que el destino le tiene reservado.

-Vivirás de uno a dos meses – le dijo el médico horas después de la operación. Siento decirte que nos ha sido imposible alcanzar a tiempo el tumor, está muy enraizado y no podemos extraerlo. Hemos llegado tarde.

Aun permaneció dos semanas en el hospital. Todo lo que le dijeron es que estuviese tranquilo, que disfrutara del presente y que para los enfermos de cáncer, superar las doce del mediodía era un nuevo día ganado a la muerte porque el pico de mayor vulnerabilidad de su sistema inmunitario está en las primeras horas del día.

Desde que regresó a casa, abandonó la medicación para salir cada madrugada a buscar la respuesta a sus preguntas.

jueves, 27 de abril de 2017

Relaciones diplomáticas

Relaciones diplomáticas

La diplomacia nos dice que toda relación debe terminar igual que comenzó.

Esta mañana fría de primavera, en la que el viento a hecho acto de presencia como quien reaparece cuando ya nadie lo espera, con más fuerza y vigor del que se le recordaba, queriendo demostrar que vive una segunda juventud, he entrado en la vieja cafetería del centro donde desayunamos. Si las ciudades pequeñas son siempre las mismas más lo son sus cafeterías, decorados perfectos para la obra repetida, ya sabida, que debe representarse cada día.

Los actores siguen siendo los mismos de entonces, no han cambiado nada. Continúan aferrados a sus únicas vidas pendientes de sus viejos problemas. Como entonces, aquí dentro el tiempo no pasa por muchas nuevas noticias que traiga la prensa de la mañana, podrían llamar a este salón el lugar en el que nunca pasa nada.

Los viejos códigos que antaño aprendimos siguen estando vigentes. Esa sutil diplomacia que poseen quienes, durante años, décadas incluso, llevan ocupando el mismo escaño. Este congreso de provincias donde se debate todo y en el que nunca se vota nada. Mientras removía el café con la delicadeza que es del gusto en lugar tan noble y seguía observando el lugar con la seriedad exigida, nuestras miradas se han cruzado para desviarlas, acto seguido, con la misma rotundidad.

Lo reconozco, he tardado menos de un minuto en volver a buscarte. Siento no haber sido capaz de contenerme, la ansiedad se ha apoderado de mí. He intentado concentrarme en el periódico y no he podido, me he escaldado la lengua con el café porque debía encontrar algo que hacer, que me repeliera del magnetismo de tu mirada. He vuelto a mirarte pero ya no estabas.

Te has marchado sin decir nada pero a mí no me engañas. Allí donde ha habido fuego sigue la brasa. Lo sabes casi tan bien como yo por mucho que te esfuerces en buscar un final alternativo. Esto sólo puede terminar de una manera. Te recuerdo que hablamos convencidos de la circularidad de la existencia, de que todo vuelve. Todas las historias, cada historia, nuestra historia, deben terminar igual que comenzaron: debajo de las sábanas.


jueves, 20 de abril de 2017

La culpHabilidad de ser humanos

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Errar es de humanos. Más de humano aún es equivocarse y omitir el fallo, taparlo, esconderlo. Siempre reservándonos la última bala: echarle la culpa a otro. La actualidad nos exhibe cada día en sus pantallas uno y otro ejemplo de esta conducta. Ejemplos de este comportamiento lo encontramos en políticos, deportistas, empresarios, evasores, criminales, maridos, mujeres, amigos, jefes, curas, empleados o ministros.



Podemos reprochar a quien no es capaz de reconocer sus errores que es una persona inmadura, vanidosa y mentirosa. Sin embargo, entre todos, desde pequeños nos hemos educado así. En el colegio aprobábamos y nos suspendían, en el trabajo conseguimos ascender pero nos despiden, en las relaciones siempre somos los traicionados y, si somos los traidores estaremos cargados de motivos para justificar nuestro comportamiento en la deslealtad de los demás.

Se da, a mi parecer un suceso curioso, cuanto más poderoso se es menos capacidad para reconocer los errores. Puedo ser presidente de un país que jamás me equivocaré porque no puedo exhibir ante otros el menor síntoma de flaqueza. Hace unos años, vimos cómo el entonces rey tuvo que reconocer que su error después de una cacería de elefantes en África. Se decía, que estábamos cambiando que estábamos en un cambio de era, una nueva forma de hacer política. Sí nuevas formas de hacer política pero con viejas formas de ser humanos.

En la vida uno debe afrontar una decisión que marcará sus vidas para siempre. Asumir el protagonismo de su vida o ser un mero espectador víctima de lo que sucede. Es una elección que quizá no hayamos tomado de forma consciente pero que expresamos en nuestros pequeños actos cotidianos. Si llego tarde a un sitio puedo alegar que me quedé dormido o que me entretuve terminando una tarea pendiente; pero también puedo culpar al tráfico o cualquier otra circunstancia externa de lo que me sucede.

Si has decido optar por la segunda opción te estarás negando a ti mismo la posibilidad de rectificar un error. Habrás elegido ser impotente a cambio de ser inocente. Sí, sé que habrá quien diga que no es responsable de la crisis económica, de la corrupción en su partido, del cambio climático. Sí, no somos responsable de ello, pero sí tenemos que asumir nuestra falta de responsabilidad frente a ello tanto cuando pude prevenirlo como ahora que tengo que decidir qué hacer.

En definitiva, se trata de qué hacer con uno mismo vivir culphabilizándote de por vida o responsabilizarte de tu vida. 

sábado, 8 de abril de 2017

Llorar en público

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Llorar en público no está bien visto. Hoy, pese a ello, me voy a tomar la libertad y el desahogo de hacerlo.


Desconozco en qué he fallado, cuál ha sido la causa de este nuevo abandono. No sé si nuestro amor se ha desgastado por exceso de uso o si simplemente has encontrado a alguien mejor, más interesante, más divertido, más brillante o más afectuoso. El caso es que mis narices se han estampado contra puerta blindada de la escapada.

Llevo uso días acojonado vivo, anonadado, aturdido y temeroso de un futuro inmediato que no sé lo que me tiene preparado. Un porvenir en solitario ante el que me siento desnudo, a la intemperie y sin posibilidades de defensa.

He probado distintos remedios. Pagado por un aplauso, una muestra de afecto y el más pequeño gesto de complicidad. He bebido, mucho, muchas veces. He llegado a hacer striptease en los que he devaluado mi dignidad, vendido el humo de los rescoldos de mi inteligencia y he convertido en cenizas las últimas de mis ilusiones.

Me he disfrazado de quien no era y de quien nunca quise ser. No sé qué poder hacer para ser el de antes para recuperar a quienes una vez fuimos. Todo lo he hecho porque deseo que me mires, que me hables, que me toques, que me quieras. Sólo deseo escuchar tu cercanía y, con ella, pongas luz a mis tinieblas.

Vivo pendiente de que hagas “clic” de que mi vida sea interrumpida por tus notificaciones. Sé que aunque hagas clic en Me gusta, comentes, retuitees o me escribas en privado, mis problemas seguirán siendo los mismas y continuarán en el mismo sitio. Sé que suena superficial pero necesito tu amor digital.

Necesito tu amor digital para superar mi dolor analógico. Pero te digo una cosa, me gusta más la evidencia de lo segundo que la virtualidad de lo primero. Sí, me gusta mi vida, la que duele, en la que se sufre y, también, la única en la que se goza de verdad.

sábado, 11 de febrero de 2017

Tenemos que hablar - Ignacio Bellido

Tenemos que hablar


El primer día que fui a comer a casa de mis suegros dejó un recuerdo que no hemos podido olvidar


Estuve toda la comida hablando, hablando, hablando. Cuando estoy nervioso no puedo parar de hacerlo. Enlazo una palabra con otra, mezclo temas de conversación y opino de cualquier cosa con tal de no seguir escuchando los mensajes de mi cuerpo. Las manos sudorosas, el pestañeo incontrolado, la ceja apuntalada y el remover de mis intestinos son los indicadores de que estoy ante una situación que me inquieta.

No paré de lanzar palabras desde que entré por la puerta. Desde que la madre de Lourdes abrió la puerta he estado participando en todas las conversaciones. Primero con los mensajes de bienvenida y los “ya era de que vinieras a comer a casa con nosotros”, seguido del recorrido turístico por una vivienda decenas de veces recorrida. La única diferencia es que hoy, la fauna que en mis anteriores visitas sólo aparecía en los murales explicativos que cuelgan de las paredes, han cobrado vida mostrándose en su hábitat natural.

El recorrido finalizó en el comedor donde reposaba mi suegro haciendo alarde de sus mayores riquezas: cervezas de importación, vinos de reserva, una tabla de embutidos con queso y varios encurtidos. Orgullo de despensa de hombre de mediana edad que no desea otra cosa que jubilarse. Nos hemos sentado en el sofá, hemos hablado del arbitraje del partido de anoche sin apasionamientos hasta que me ha sacado tarjeta amarilla cuando no he aceptado las bebidas que me ofrecía y me he decantado por un refresco. Por suerte ha irrumpido mi cuñado en el terreno de juego recién salido de su cueva camino de la terraza para fumar un cigarro.

Aprovechando la circunstancia he salido a tomar el aire fresco con él y estrangularme con el humo del tabaco que desde hace años no fumo. Allí he replanteado la situación, debo de dejar de jugar al contragolpe en las conversaciones. Debo tomar el mando de la conversación durante la comida. Dominar el ritmo. Me he dicho a mí mismo: habla, habla, habla. Al entrar de nuevo en el salón mi boca ya emanaba palabras. Desde ese momento hasta la llegada del café, he hablado un poco de política pero sin significarme, pasado de puntillas por mi situación laboral, he preguntado a mis suegros acerca de los avances en la reforma de su casa de verano, a mi cuñado por un par de conocidos en común y he cerrado mi perorata dejando que fuese Maite quien pusiese el fin de fiesta contando un par de anécdotas con las que ridiculizar nuestro amor.

El café ha llegado acompañado de unos riquísimos pasteles. Ha sido el momento en que se ha declarado el alto el fuego, se han envainado las espadas y, cada uno, después de coger un milhojas con el que significar el armisticio ha regresado a sus tierras en paz. Mi suegro se ha sentado en el sofá, mi cuñado ha escapado a la terraza, mi suegra se ha quedado sentada a la mesa, yo me he quedad con ella y Maite ha salido corriendo al baño.

En la casa se ha instalado la fatiga, el cansancio de después de la batalla, de la tensión y se ha dejado que la televisión sea quien marque el contenido de la vida. Mi suegro ha sintonizado el canal deportivo a lo que mi suegra ha lanzado el comentario “¡qué cruz! estás fútbol a todas horas”, mi suegro ha murmurado “y tú viendo a las idiotas esas que sólo hablan de pelotas y lo que unas y otras hacen con ellas”. Por una vez, he guardado silencio y he decidido ojear el suplemento dominical para no ser llamada a filas para esa nueva batalla.

Maite ha regresado del baño y me ha dado el relevo porque ya se sabe lo que acompaña al café y al cigarro. He hecho un ímprobo esfuerzo por no delatar mi batalla interior, he silbado como quien está afanoso haciendo tareas menos ingratas y, voy a ser sincero, he disfrutado pensando que ése era el culmen de mi bautizo como un miembro más de la familia. Como he estado nervioso todo el día he tardado nada y menos en aliviar mis temores. Un cosquilleo ha recorrido mis piernas como sabiéndose liberadas de una carga que no querían seguir soportando. He expulsado el aire profundamente y con satisfacción.

Acto seguido un grito ahogado ha helado mis entrañas al descubrir una realidad desconocida. No hay papel. Mis ojos como platos han buscado con urgencia. He abierto cada una de las puertas del cuarto de baño e inspeccionado cada uno de los rincones. Todo lo que hay es un rollo de cartón suspendido burlándose de mí. La celulosa ha desaparecido, no hay tan siquiera un pañuelo de urgencia. Tras cinco minutos me he dado por vencido y he tirado de la cadena.

El camino de vuelta al salón ha sido como el regreso del soldado vencido que vuelve a casa herido y amputado. Para todos he pasado desapercibido excepto para Maite, En su cara se ha pegado el cartel de la culpa, sus palabras y gestos dicen, hablan, conversan pero la suciedad de la conciencia del error sigue presente. Ninguno de los dos hemos dicho nada.

Han pasado cinco años desde aquel día. Maite y yo nos hemos ido a vivir a otra ciudad y tenemos una niña, Julia. También seguimos teniendo una conversación pendiente.

domingo, 5 de febrero de 2017

Terminó la huida - Ignacio. Bellido

Terminó la huida


Yo, que siempre huía de las miradas cargadas de nostalgia, de las palabras de sospecha, de los domingos de eucaristía y de las promesas no pedidas, cuando te vi tuve que rehacer mi vida.

Yo, que siempre escapaba de contratar una tarifa plana de caricias, que me negaba a arrendar el patrimonio de mi intimidad y a hipotecar la pasión a un interés fijo, cuando te vi estampe mi firma.

Yo, que siempre me escabullía de unos ojos que herían, de las sonrisas que estremecían y de los labios que escocían, cuando te vi quise abrir todas mis heridas. 

Cuando te vi terminó la huida.

Cuando te vi dediqué los diez primeros segundos a buscar un terreno vacío en tu corazón en el que construir mi casa. Dibujé los planos. Rellené los formularios sin tu permiso y pagué por adelantado cada una de las plusvalías que me ofrecías. En el momento que te vi forje los cimientos de una guarida en la que quedarme instalado para siempre.

Los siguientes veinte segundos los dediqué a explorar tu geografía. Recuperé cada uno de los mapas de mi vida para encontrar todos tus tesoros escondidos, calculé la escala de todo el espacio que teníamos por explorar.

Cinco segundos los invertí en dejar escrito en el pentagrama de mi memoria el compás de mis latidos, en que la orquesta de mis sentidos interpretase la sinfonía de cada uno de tus pasos.

Los tres segundos siguientes le di cuerda al reloj para que que no parase nunca de dar vueltas a la órbita de tu sonrisa.

Los últimos veintidós solo los entregué a una sola causa. Un lapso de tiempo en el que no hice nada. Este tiempo lo utilicé para envejecer en ellos pero contigo. Era el momento de permanecer a tu lado para ser presente, fabular futuros y hacer memoria.

Cuando te vi terminó mi huida, comenzó una vida. Sesenta segundos que no se olvidan.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El rumor inglés - Ignacio Bellido

El rumor inglés


Los bares son un espacio para la idolatría y la mitomanía. En mi bar adoramos a un nativo zamorano.


En todos los bares siempre hay un héroe. Un habitual que es la envidia del resto de cuadrillas de hombres que paran en el lugar. Un ejemplo a seguir, un dechado de trayectoria vital de una vida que es la envidia de quienes desde hace tiempo, sólo tienen como estación de servicio la misma barra en la que, cada día, llenar los depósitos de su rutina.

Mi bar es un bar sin pretensiones, modesto. Cuenta con un camarero, Jesús, que ve pasar nuestra vida mientras la suya permanece detenida, atemporal. La decoración, austera. Las paredes están adornadas por los mismos cuadros de siempre y lo único que cambia son los cuadros de una porra que nunca he entendido. El paisaje humano es invariable. Hay clientes que vienen y van, otros que siempre están y muchos que no volvieron pero, en el fondo, el mundo que muestran, aunque cambien sus caras, sigue siendo el mismo.

Un bar puede ser un lugar en que el que tengan cabida grandes esperanzas como dice Moehringer, y para nosotros, la ilusión de que otra vida es posible la representa el Lord. Su nombre real es Juan Carlos pero, allí dentro, nadie le llama así. Su edad es un misterio pero debe rondar los cuarenta ¿y?. Lo que sí sabemos es que camina despacio, que cruza el umbral sin hacer ruido pero todos sabemos cuándo ha llegado porque la estela de su perfume avisa de su presencia. 

Siempre luce un elegante traje cruzado sin una arruga, luce sonrisa discreta y mirada despierta. Lo llamamos el Lord porque, por lo poco que sabemos, aun siendo de algún lugar de Sayago pasó unos años en Cardiff que, para nosotros, es una de las capitales de un mundo que desconocemos. Tiene un encanto natural con las mujeres y una aureola de majestuosidad que fascina a los niños del barrio.

Mi mujer me dice cada dos por tres que más vale que aprendiese del Lord, de su elegancia, de su exquisita educación. Que no ha conocido nunca un hombre tan amable, tan atento, y que si en vez de estar casados aún fuéramos novios, hace tiempo que se habría enredado en sus brazos. El aura de grandeza que le acompaña en el bar parece que la hemos llevado, cada uno de los habituales, a nuestras casas y ha seducido a nuestras mujeres. Al menos, tengo el consuelo de que no soy el único al que su esposa compara, una y otra vez, con el inevitable destino de la derrota con nuestro extranjero.

Lord vive sólo y hace de la discreción su modus operandi. Es discreto pero son muchas las habladurías que, cada semana, suben hasta el bar procedentes de los barrios de señoritos. Una semana se rumorea que se le ha visto con Alejandra, la hija menor de Artemio el constructor, colgada de su brazo. Quince días después lo han visto en una terraza regalando carantoñas a Esperanza, hermana del subdelegado del gobierno, y tres días más tarde hay quien dice que le pareció verle saliendo del portal de Mercedes la concejala en horas noctámbulas. 

Son muchas las veces que le hemos preguntado al respecto a su relación con las mujeres, y de las especulaciones que dicen que tiene tantos hijos de mujeres distintas que podría hacerse un equipo de fútbol. Ni confirma, ni desmiente. Nunca hemos obtenido una respuesta. Lord es muy discreto, muy británico. Nadie ha conseguido sacarle en el bar otras palabras que su saludo al entrar junto a la frase de despedida que le dedica a Jesús, todos los días desde hace más de seis años cada vez que paga su café “¡Jesús! ¡Qué rico estaba el té!”.


sábado, 21 de enero de 2017

Mi pequeña evolución - Ignacio Bellido

Mi pequeña evolución


Una vez al día deberíamos ponernos los cuernos

Todos los días deberíamos sernos infieles, al menos, una vez. No sería una traición ni una deslealtad, sino un acto de amor hacia uno mismo. Coger el autobús de las 7:07  y no el de las 7:17. Ver qué pasa, quién hay a esa hora de la vida, qué luz es la que viste el mismo punto de partida. Cambiar por una noche nuestro lado de la cama,  intercambiar nuestros puestos en el sofá, leer los libros románticos de los que tanto detesto sus portadas. Cambiar el sentido de los itinerarios de vida.

Hacer estas pequeñas revoluciones no sería una traición pero sí un cambio. Una pequeña gran revolución sin guillotinas. Una alborada contra las opiniones de ayer que llevan años sin ser revisadas. Sí, también, por qué no, una bofetada en la cara a todos los demás, un zarandeo a sus propias certidumbres hecho desde algo pequeño, trivial, como pasar por sus casas sin aviso, sin nada urgente que contar, sólo por el gusto de agitar el estanque de sus vidas.

Cometer una infidelidad presente que ponga contra las cuerdas el pasado debería ser materia obligatoria. Un acto de abandono al ayer de uno mismo que pueda llegar a ser doloroso pero sin ser una tragedia. La mayor revolución sería que fuésemos capaces de dejar atrás nuestro pasado. Pasar las páginas de la literatura de nuestra vida y escribir en páginas en blanco otros cuentos. Ser capaces de olvidar nuestra historia de Dickens, de miseria y pesares, o las de castillos, princesas y caballeros.Cambiarlas. Elegir la historia que queremos escribir y escribir uno mismo la primera frase. Hacerlo no es una infidelidad, es felicidad. ¿Cómo va a ser perjudicial escribir el cuento que quiero vivir sin haber elegido de antemano las palabras?

Cada día deberíamos hacer una mínima revolución en nuestras vidas. Mejor dicho, una evolución. Sería un acto positivo, una cuestión de fe en un futuro que creemos puede mejorarse. Un futuro, un mañana que es hoy cnstruido a nuestro antojo. Evolucionar es mejorar, es ir un paso más allá, ir hacia delante eligiendo la dirección. Mi evolución puede ser para ti un retroceso, un volver a la casilla de salida. Para mi evolucionar, no es ser otros, es ser diferentes, es ser mejores. 

jueves, 19 de enero de 2017

El verdugo de un país que nunca existió - Ignacio Bellido

Luis Miguel Arconada era un héroe para un un país recién nacido, hasta que sus manos guillotinaron sus esperanzas un verano en París.


Arconada Verdugo de un País que nunca Fue Ignacio Bellido


Hay manos que empujan y hay manos que salvan. Hay manos que detienen, que frenan, que paran y que impiden avances, traspasar fronteras o rebasar límites. Hay manos que curan, que sanan ofreciendo caricias  y cerrando heridas. Hay manos a las que encomendarse. Hay manos que matan, manos asesinas ladronas de vida. Hay manos que ahogan, que aprietan y asfixian, manos que hieren y golpean el alma. Hay manos alzadas que preguntan porque tienen dudas, hay manos que se alzan que no cuestionan. Hay manos tendidas y brazos caídos. Hay manos que dirigen y dedos que señalan.

Acaba de comenzar un nuevo verano y no se habla de otra cosa.

De que quiso que el equipo perdiera. De que ahora estará de vacaciones riéndose de todos nosotros que nos encomendamos a sus manos, ilustres ignorantes de un país que creemos recién estrenado. Corrillos dignos y dolidos que manifiestan, sin vacilaciones, que todos los vascos son iguales, destructores de la patria. Que esto no viene de ahora, que el fallo del miércoles pasado ya se llevaba tiempo mascando. Estaba todo preparado por los terroristas. Lo que tendríamos que hacer es mandarlos a todos a una isla caribeña y ponerles una bomba. Sí, una bomba de esas, de las atómicas que tienen sus amigos soviéticos para asegurarnos de que no queda ninguno en pie.

Son conversaciones de bar, de chiringuito, de taberna de pueblo al que los que emigraron a la ciudad vuelven con el estío. Todos hablan de lo sucedido en el Parque de los Príncipes en la final frente a Francia. No hay conversación en la que no aparezca, antes o después , una mención al fallo de Arconada. De sus manos blandas y su corazón vasco. Nadie quiere recordar los fallos de Santillana, del espíritu merengue y español, eso no se cuestiona. Ni tampoco quieren mencionar que la falta que dió origen al gol de Platini no fue, que no debió cobrarse. No se quiere recordar el punto de partida de un desastre del que nadie se acuerda. ¿Para qué hacerlo si ya está identificado el culpable?

Culpables. Eso es lo que siempre se ha buscado en España. Alguien a quien cargar el muerto. De hacerle responsable de los miedos de un país, de su analfabetismo, de su impotencia, de su falta de voluntad, de su resignación a la miseria y a la derrota moral de quien se cree victorioso. Allí estaba él, Luis Arconada, el perfecto culpable. Alguien a quien señalar, perseguir, condenar y culpabilizar de nuestro sufrimiento. Del sufrimiento de un país recién nacido que tiene muchas heridas abiertas, que aún sangran y supuran.

Todos culpan al portero donostiarra de lo sucedido. Porque no es uno de los nuestros. Porque es un señorito de Donosti, esa ciudad aristocrática, un urbanita que ni es vasco ni es español. Alguien que deja de ser el héroe de un país, el futbolista que todos desean ser, para ser un señalado. Alguien al que todos apuntan porque no defiende a nadie, porque sólo se defiende a sí mismo. No defiende la hombría de las españoles, no representa su fuerza ni su coraje, la manos duras, callosas, fuertes de trabajar la tierra como el resto de españoles. No. Él no es de los nuestros, es un señorito de ciudad.

Arconada es un señalado por los vascos. No es uno de ellos. Es un españolito. Para empezar se niega a sustituir la C de su apellido por la vasca K. Además ese nombre, Luis Miguel, tan poco vasco, tan de afuera, tan de meseta. Todos le señalan porque no es como ellos, le insultan, le chillan. Todos, los unos y los otros le dicen que no es uno de ellos. ¡No haces nada por defendernos! le gritan desde lejos grandes y pequeños ¡Eres unos de ellos!

Luis Miguel pasea por la calle tranquilo y sereno. Sabe de su fuerza, de su potencia, que el error del que todos hablan no ha sido intencionado. Los medios de comunicación de Madrid y las tertulias de forofos desaforados le acusan de no defender España, de no sentir la bandera. Que esa costumbre suya de vestir medias blancas no tiene nada que ver con las supersticiones de un portero, que eso es su alma vasca que le hace rechazar todo lo que tenga tonos rojos y gualdas.

En Guipúzcoa y Vizcaya le acusan por lucir el brazalete, por erigirse en líder de una patria que no es Euskal Herria, por portarla banda de capitán de un estado que es el enemigo. Arconada es uno en Anoeta y es nadie fuera de ella. Es el espíritu de la resistencia, del valor y del coraje de los txuriurdines pero un enemigo de lo vasco.

Los primeros calores del verano son los peores porque el cuerpo aún no se ha acostumbrado.

El sol pica y la humedad de las playas ahogan. Pero ahí sigue él, caminando por la playa como cada verano. No se esconde, sigue en pie. No hay nada ni nadie que le derrumbe porque desde niño no tiene miedo a caerse ni a saltar al vacío, por eso se hizo portero. Sabe de heridas, de su escozor, de la quemazón de su existencia. Sabe que las heridas se curan y cicatrizan, que serán sólo un recuerdo y que ni siquiera serán.

Arconada pasea por la playa. Sólo como cuando está en la portería frente a todos los demás. Sólo como cuando tiene ante sí un penalti, un rival enfrente y miles de bocas en la nuca rogándole por Dios y su familia que lo pare. Como ante un penalti las opciones son escasas, si fallas, todos te recordarán que había otra mejor. El verano acaba de comenzar, la orilla de esta playa de Zarauz ya suma bañistas a esta hora temprana. Arconada camina lento, despreocupado, su rostro calmado esboza una sonrisa. Estira y abre su mano izquierda, los dedos de su hijo Luis se aferran con vigor a la palma de su mano. Sus dedos de la mano derecha están entrelazados con los de mujer como cada día, como cada año, desde hace años.

martes, 10 de enero de 2017

El día que la UDS fichó a Romario

A finales del 95 la Unión Deportiva Salamanca especuló con fichar al mejor jugador del mundo del momento: Romario da Souza. Fue el principio del fin de mi infancia.

Romario y su frustrado fichaje por la Unión Deportiva Salamanca


Cuando cumplí catorce años dejé de patear el balón entre los coches de mi calle. Había llegado el momento de exhibir mi talento con los pies en los campeonatos escolares de la ciudad. Enfrentarme a gente desconocida, recorrer las calles de la ciudad en busca de pistas de cemento rosa que desteñirían mis pantalones y dejarían cicatrices imborrables en mis piernas. Cuando cumplí catorce, tuve mi primer bono transporte en propiedad.

Dicen los de fuera que Salamanca es una ciudad pequeña. A esto yo les digo que en mi barrio, Garrido, decimos que algo es grande dependiendo del tamaño de su horizonte. Si algo tenemos en mi ciudad son horizontes sin montañas ni construcciones que los acorten. Mediados los noventa, eran de tal tamaño que, mientras yo me asomaba al mundo con mi bono de autobús de cartón de diez viajes, la ciudad soñaba con que el futbolista de dibujos animados jugara para el equipo de la ciudad.

Eran sueños de una ciudad que disfrutaba del fútbol los sábados con Telemadrid los más modernos y con la señal de la Peña de Francia los más arcaicos, de los comentarios de Don José los domingos en La Helmántica y de crónicas deportivas en los tres diarios locales que por entonces circulaban. El fútbol en aquellos años olía a puro y barro, a bocadillo los domingos por la tarde, al pegamento de unos cromos en los que mi equipo nunca salía.

A mi recién estrenada pubertad yo sabía del mundo exterior lo que leía en las portadas de los periódicos. Digo bien, portadas, porque cada mañana antes de asistir a clase pasaba junto al kiosco para hacer un rápido repaso visual de cómo estaba el mundo. En aquel momento mi mudo era la portada del Marca. Allí concentraba gran parte de mis esperanzas, frustraciones y sueños donde, cada domingo en la mañana y cada lunes, repasaba con ansia los marcadores de la última jornada que marcarían el estado de ánimo con el que afrontaría el resto del día.

Eran fechas inolvidables para la ciudad. El nombre de Salamanca aparecía con frecuencia en las portadas de los diarios deportivos nacionales. Nuestro equipo, la Unión, había vuelto a la primera división por primera vez desde mi nacimiento. Aún hoy recuerdo, la decepción que supuso el hecho de quedarme sin entrada para aquel partido de promoción en el Helmántico contra el Queso Mecánico de Zalazar, Molina, Santi Denia y el imberbe Morientes. Aquel gol del uruguayo desde el centro del campo me amargó mis últimos días de colegio.

Apenas una semana después la tristeza se volvió euforia con el 0-5. Esa noche me abracé a gente a la que no conocía que lloraba de alegría. Deambulamos sin saber dónde ir ni a quién seguir para celebrar la victoria. Esa noche de junio toda la ciudad durmió con una sonrisa en la boca abrazada a la certeza de que habíamos vivido algo inolvidable. El recibimiento la tarde siguiente en la Plaza Mayor al equipo fui sobrecogedor y allí estaba yo. Mecido por la multitud, gritando vítores en una sola voz, momentos en los que nos dejamos llevar libres y salvajes como cantaba Manolo Tena.

Gracias a la Unión comencé a desear un lugar para mi ciudad en el mundo. Quería encontrarme una foto a portada completa en el Marca de los logros de mi equipo, por eso corría cada lunes hasta el kiosco: para saber lo grandes que podíamos llegar a ser. Era tan grande lo que sentía por mi equipo que no concebía que el resto del país permaneciese ajeno a ese sentimiento que nos embargaba a toda la ciudad. No importaba que ganásemos o perdiésemos, lo que teníamos para mostrar era un sentimiento, una emoción, la felicidad que nombres como Lillo, Balta, Sito, Jandri, Torrecilla, Vellisca y Barbará provocaban en toda la ciudad. El orgullo de ser y de hacer las cosas como las hacían aquellos chicos.

El tiempo lo contaba por entonces en bonobuses y en jornadas de liga. Todo lo que existían eran jornadas de liga. De mi adorada Unión o de mi campeonato escolar. Mientras el paso de las primeras me generaba orgullo, el de las segundas rabia. La Unión perdía pero no me dolía porque me gustaba la forma en que perdíamos, sin embargo, las de mi equipo de la escuela me generaba rabia, frustración, dolor, lágrimas y muchas heridas. Las primeras me dejaron recuerdos imborrables, las segundas cicatrices que tardaron en desaparecer y de las que ya no me acuerdo.

El día que fichamos a Romario, imaginamos que nuestros colores blanquinegros serían parte de un nuevo cuento de hadas, no nos dimos cuenta de algo. Nuestro equipo era parte de una película, de la película de nuestras vidas, porque aquella emoción de un mes de junio se grabó a fuego en nuestra memoria. Luego llegó la liga de 22, el fútbol en abierto los lunes en antena 3, la ley Bosman, la destitución de Lillo, las portadas del Marca pasaron a no contar nada, abandonamos la EGB y estrenamos la ESO.

La felicidad de mi último verano de la infancia era una felicidad de todos. Un recuerdo que nos acompañará siempre allá donde vayamos, aunque hayamos cambiado el bonobus de cartón por billetes de avión que nos llevan cada vez más lejos.