sábado, 10 de diciembre de 2016

Mi calle es mi mundo

En Salamanca, en Garrido, en mi calle, aprendimos a enfrentarnos a la vida a pecho descubierto

Mi calles es mi mundo Garrido Salamanca |Ignacio Bellido



La calle en la que he crecido no tiene balcones, pero es tan grande como el propio mundo. Tiene dieciocho portales, ciento treinta y cuatro viviendas, entre las que he aprendido a vivir y muchas cosas de la vida. En este escenario cada tarde, siendo yo muy poquita cosa con la merienda en la mano, me sentaba  junto a mis amigos en el poyete  para, desde allí, contemplar el universo de vidas que nos rodeaba.

El mundo en el que crecí apenas mide cien metros de largo y quince de ancho. Pocos, pero los suficientes para albergar el paraíso y muchas zonas oscuras a las que temía acercarme. En este espacio tan reducido experimenté, por primera vez, el miedo y tuve que aprender  hacerle frente cada vez que transitaba por los últimos portales que desembocaban en el campo, cruzaba por ante la cochera de mi vecino o me asomaba por la puerta del bar de Fidel. Eran para nosotros territorios hostiles a los que, cuando no quedaba más remedio que pasar junto a ellos, lo hacíamos con sigilo, arrimados a la pared, la cabeza gacha, en silencio y con el corazón acelerado.

En mi calle, a diario, hacíamos frente a una aventura, un desafío, un reto que terminaría por darnos un lugar en la vida. Todos los chavales de mi generación queríamos ser, cada uno, los amos de nuestra calle. Los amos del mundo.

Nuestra conquista del mundo no se hacía de forma desorganizada, existían normas de obligado cumplimiento que regían las relaciones fronterizas: nadie que no viviese en nuestra calle podía ser el amo de ella, no cabían foráneos en los puestos de mando, los que viniesen de fuera serían siempre bien recibidos pero a cambio les exigíamos su sumisión incondicional, las chicas de nuestra calle eran de nuestra calle y cualquiera que quisiera besarlas necesitaba primero nuestra aprobación…

Este, simplificado, era el código de conducta por el que nos regíamos, amén de otras normas provenientes del universo adulto que estaban por encima y sobre las que no teníamos capacidad de control. Eran preceptos que acatábamos sin cuestionar, sujeta desde la premisa de que todo lo que dijera quienes se afeitan una vez por semana debe ser obedecido.

En mi calle moraban los mayores peligros y los más cruentos enemigos, lo que nos obligó a todos los que allí crecimos a enfrentarnos a la vida a pecho descubierto. Por allí rondaba el temor al desempleo, la fuerza desgarradora de una kriptonita envasada en jeringuillas, la fuerza paralizante de la soledad a que nos enviaban los políticos que mandaban y las temidas incursiones del frío que nos empujaba al interior de las casas en los días duros de invierno.

Todos aquellos con lo que crecí son héroes. Son personas forjadas de carácter que han agarrado el mundo con sus propias manos y lo han zarandeado. Lo agitan para llamar su atención, para que a todos les quede clara una cosa: estamos orgullosos de haber nacido donde lo hemos hecho. Sí, lo sé, seguro que hay cientos, miles de calles iguales a la mía en cualquier otro lugar del mundo. Sí, pero no son mi mundo.

Sesenta años corren por las aceras de mi calle. En ellas hemos sido miles los que nos hemos hecho lo que somos, donde hemos soñado lo que queríamos ser, donde nos hemos hecho tal y como debemos ser. Puede que mi calle, su gente, los que entonces fuimos niños, ahora parezcamos viejos. No lo somos. Seguimos siendo lo que éramos, no hemos olvidado ninguno de nuestros sueños de juventud, seguimos viviendo la vida, la auténtica vida.

En mi calle vivimos la vida real. La vida de quienes tienen que pagar sus facturas cada mes igual de apurados que los años pasados, la de los padres que siguen dando de comer a sus hijos y a los hijos que hemos ido teniendo. Una vida en edificios sin ascensor, la de para quienes sus coches nuevos son los que otros dieron por viejos, la de aquellos cuyo destino de vacaciones se llama pueblo y la de los que hacen recuento de los que faltan porque sienten que, cada vez, son menos.

Muchos de mis antiguos vecinos ya no pasean por mi calle. Unos porque murieron, otros porque marcharon y algunos porque la salud les impide pisarla. En mi calle ya no se oye el griterío de los niños, ya no se ve a los adolescentes presumiendo ni  se escuchan las discusiones de los más veteranos en la puerta de los bares. Como mucho, quedan aún los gruñidos, cada vez más silencioso, más aplacados, de las viejas desconfiadas bisbiseando en el descansillo de su escalera.

A los que se fueron otros nuevos han venido a reemplazarles. Mi calle es el mundo y es la vida. Es un lugar donde todo nace y muere, donde lo que hoy palpita mañana se apaga. Una cosa permanece para siempre de mi calle, en mí y en todos los que, como yo, quisimos ser los amos de la calle, los amos del mundo, lo que allí aprendimos. Sé que lo que ahí aprendí no lo aprenderán los nuevos que llegan. Miento, terminarán por aprenderlo, pero tardarán mucho más.

En las ciudades hoy hay parques vacíos, calles sin alma repletas de lugares de cobijo donde se siente miedo, donde se aprende, sí, pero no se sueña. No se lucha contra el mundo, no hay enemigos ni cómplices a la vista y ya no se corre el riesgo de equivocarse. En la calle hoy se premia el hecho de ser cauto, la desconfianza es un valor y todo tiene que pensarse fríamente. Las calles de las ciudades de hoy no son mi calle.

En mi calle quisimos, queremos y querremos seguir siendo héroes. Para nosotros, como nosotros, los héroes se equivocan, yerran, fallan, sufren y todo lo que les pasa les sucede porque se arriesgan, porque están dispuestos a enfrentarse a lo desconocido porque no tienen miedo, porque sólo se temen a sí mismos.

En mi calle sigue sin haber balcones, pero está llena de héroes.

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