miércoles, 7 de diciembre de 2016

El perfume de sus secretos

El recuerdo de un olor puede traer de vuelta a aquellos que un día nos abandonaron

El perfume de sus secretos | Ignacio Bellido


“Muchas de las respuestas que buscarás en el olor de la casa las encontrarás”. Tenía ocho años cuando escuchó, por última vez, la voz de su padre. Esta frase ha resonado en su cabeza durante los últimos veinticinco años.

Pertrechado con una pesada llave de la mano aguarda, ante la puerta de la casa en la que creció, reunir el valor suficiente para entrar a un pasado que no le gusta recordar. Varias gotas de sudor resbalan en su frente, su respiración es agitada y el temblor de la duda le zarandea las rodillas. Hace un esfuerzo por concentrarse, mucho, pretende reunir el arrojo suficiente para adentrarse en el pasado. Introduce la llave, con un empujón de hombro consigue abrir la puerta.

El primer paso es el más difícil. Ante él uno de los mayores desafíos de su vida, un recorrido, un tránsito del exterior al interior, cruzar la línea fronteriza que separa el presente del pasado. Atraviesa el umbral, la oscuridad de la casa le invade el alma, el frío de las habitaciones vacías se siente en sus huesos y el olor a naftalina le irrita los ojos.

El espacio que le da la bienvenida apenas se parece al que recordaba. De pequeño aquel espacio era un territorio ilimitado, casi inabarcable. Hoy no es más que un espacio oscuro y cerrado del tamaño de una caja de zapatos. Una sensación de claustrofobia comienza a invadir sus sentidos ahogados por ese olor que lo cubre todo. Dicen que el demonio huele a azufre, a él le huele a su vieja casa, a naftalina.

Tras varias respiraciones profundas logra recomponerse. Avanza con lentitud a pasos cortos, apenas levanta los pies del suelo. La oscuridad, poco a poco, lo va devorando. Entre tanta penumbra alcanza a distinguir las formas de los pesados muebles, en su interior cuelgan los trajes de la desolación y el abandono, en las paredes se perfilan los estantes en donde lo único que reposa es el polvo, en el centro de la habitación un colchón en el que lleva tiempo durmiendo el olvido. Lo que descubre no ayuda a tranquilizarle.

Este es el lugar preciso para hallar las respuestas que busco y no debo marchar sin ellas, piensa. Abre los pesados cajones buscando señales que indiquen que está próximo a encontrarlas. La decepción se va instalando en su corazón con cada nuevo cajón descubierto, con cada puerta que va dejando atrás. Siente la tentación de abandonar.

Ya sólo le queda por rastrear su cuarto de cuando era niño. Allí están los juguetes que dejó abandonados el día que se marchó camino del internado. Sus soldados de plástico siguen aguardando en sus trincheras que se declare el alto el fuego, la peonza ya recuperada de los mareos tras tantos bailes, incluso sus zapatillas de cuadros siguen esperando los pies de un niño a los que dar cobijo.

Todo sigue estando igual que como lo dejó. Su cama, su mesa de estudio, su silla, su cómoda, su armario. Se ve a sí mismo en aquel espacio. Cómo disfrutaba de tardes enteras jugando entre esas cuatro paredes con su madre. Esa alegría se esfumó de pronto. La tristeza no dejó rastros de pasadas alegrías cuando mamá se marchó para siempre. Desde entonces la casa fue ocupada por un único habitante, el silencio. Nunca más se jugó al escondite dentro de aquella casa, no volvió a jugarse a nada.

Cuando su madre desapareció su padre agachó la cabeza para siempre y sus ojos no volvieron a alzar la vista del suelo. Quedó postrado en un letargo del que nunca se recuperó, que le mantuvo encerrado en casa para el resto de su vida esperando el regreso de su esposa.  La casa que había estado llena de la vida de su madre, se cubrió de la desesperanza que trajo consigo el desvanecimiento de su proyecto de familia. Trató de conservar su presencia con aquel olor que le recordaba a ella.

Abre todos los cajones. La rabia por no encontrar lo que busca le hierve poco a poco la sangre. Descubrir que las últimas palabras que le dijo el loco de su padre no velen de nada le invaden de ira. Ser consciente del error que ha cometido durante años al albergar esperanza en aquellas palabras le hace perder los estribos. Un grito se escapa de su garganta para romper la quietud de una atmósfera que llevaba décadas sin ser agitada. Arroja los juguetes al suelo, patea la mesa con una fuerza inusitada, lanza un puñetazo contra la puerta del armario. Un nuevo grito pone fin al estallido de violencia.

Se ha hecho daño en la mano. Sacude sus dedos para aliviar el dolor que le sobrecoge, con el golpe la portezuela de su armario se ha salido de sus goznes. Maldice con más fuerza y  arroja, movido por el último gramo de furia, la puerta contra el suelo. Su respiración se detiene, su mirada se congela. Un esqueleto aparece allí, acurrucado, vestido con las ropas que su madre llevaba cuando jugaron por última vez al escondite.

Lentamente, se gira sobre sí mismo, dirige sus pasos hacia el exterior del cuarto. Comienza a correr deseando salir de la casa lo antes posible. Arranca el coche y conduce todo lo que deprisa que puede, como si huyese de un tornado, de la tormenta de preguntas que surgen con cada nueva respuesta.

2 comentarios:

  1. Me vino a la cabeza la película Elle s'appelait Sarah.
    Pero sí, es increíble cómo un olor es capaz de transportarnos a los más lejanos recuerdos que permanecían en el olvido...

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    1. Tomo nota de la película para visionarla.
      Me alegra saber que esta historia pueda haberte evocado el recuerdo de un olor, de un momento y de una persona. Deseo que haya sido un recuerdo agradable.
      Un saludo

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