lunes, 19 de diciembre de 2016

El mejor regalo de cumpleaños

Ayer cumplió 40 años. El mejor regalo que recibió fueron unas palabras  que llevaba toda la vida esperando oír de su boca.

regalo de cumpleaños | Ignacio Bellido


Ayer fue el día de su 40 cumpleaños. El primer regalo lo recibió sin haberse levantado de la cama. En la mesilla le aguardaba una bandeja con el desayuno listo, una rosa y una nota manucrista: “Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!”. Un suspiro salió de su pecho en el que sus manos se aferraron a las palabras de Neruda, del que adoraba cada uno de sus versos. Con semejante despertar, ¡qué importa el café destemplado y las tostadas frías!

Es la primera vez que lo inesperado le trae alegría. Siempre que algo que no estuviese previsto aparece trae consigo malas noticias: la enfermedad de su madre, la llamada de la guardia civil notificando la muerte de su hermano en un accidente de tráfico, el despido de su padre… No siempre noticias trágicas, sino apariciones recónditas que se instalan en lo cotidiano, sin aviso: un lunar en el pecho que antes no estaba, un profundo surco marcando territorio en su piel tersa, o un bulto para el que no había golpe ni accidente que lo explicara.

En la ducha ha hecho su repaso diario de la geografía de su cuerpo en busca de nuevos invasores, ninguna declaración de guerra. Territorio despejado. Al salir de la ducha, envuelta en una nube de vapor busca su reflejo. En el espejo empañado un mensaje, una revelación inesperada: “¡Te quiero multiplicado por 40!”  Su cara muestra una nueva sonrisa, sus hombros desnudos han perdido altura y ha sentido un millar de caricias a través de la toalla.

Elena se ha vestido con  rapidez, ha salido presurosa de casa con intención de burlar el atasco de cada día. Ha arrancado el coche quince minutos antes de lo que habitualmente lo hace para tener tiempo suficiente, antes de llegar al trabajo, y pasar por la pastelería a comprar unos dulces para compartir con sus compañeros de oficina. Lo que no esperaba era la tímida lluvia que la ha asaltado al salir del garaje, su aparición la instala en la certeza de que la retención es inevitable. Sólo cabe resignarse y confiar en que la emisora de radio que tiene sintonizada le haga el trayecto más llevadero.

A la tercera vuelta sigue sin encontrar aparcamiento. El cabreo y la desesperación in crescendo, hasta el punto de estar a punto de estrellarse con el camión de la basura. Motivo: una voz conocida que habla por los altavoces de su auto. Una voz que ha parado el tiempo para dedicarle su canción. Las notas que, al oírlas, se eleva del suelo y su cabeza vuela lejos, muy lejos. Ha parado el coche en doble fila, la lluvia y las lágrimas, que se han apoderado de sus ojos, no le permiten ver. Cierra los ojos, susurra para sí cada una de las estrofas mientras permanece aferrada al volante, por los altavoces se escucha “You were always on my mind…”.

A media mañana, mientras compartía café y pasteles, un mensajero ha aparecido en la oficina preguntando por ella. Cargaba consigo un ramo de rosas blancas inmenso. Entre las flores un mensaje, más Neruda, “De nadie seré, sólo de ti”. Sonrisas de afecto  de sus compañeros y comentarios “¡Qué envidia!”, “¡Qué suerte!” o “¡Qué callado te lo tenías!” han terminado por edulcorar, más aún, tan empalagosa escena.

Elena ha regresado a casa agotada. Un día largo con muchas llamadas telefónicas que atender, muchas preguntas, mismas respuestas. La casa, vacía, nadie con quien compartir su intimidad desde que vino a Madrid años atrás a hacer carrera. Antes de acostarse recoge los restos de la bandeja de desayuno, limpia el espejo de baño, chequea por última vez el correo electrónico donde comprueba la factura de la floristería.

Elena, ya en pijama, se desploma sobre la cama. Se arropa esperando ser vencida por un sueño que le arrastre consigo. Una última frase se instala en su cabeza antes de quedar dormida “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Susurra para sí: me quiero.

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