jueves, 24 de noviembre de 2016

Ladrón de todo

Es difícil encontrarte con la mirada de tu violador


Ladrón de todo | Ignacio Bellido


Samanta no sabía si aquella señal era un presagio de que algo maravilloso estaba a punto de ocurrir o el anuncio de aviso de que algo terrible sucedería, lo que sí sabía era que nunca más volvería encontrarse cara a cara con aquellos ojos. No le hacía ninguna gracia tener que cubrir a noticia de ese evento. Las presentaciones de resultados de las empresas del IBEX35. Pensaba que no había tema más aburrido para un periodista. Además, no soportaba verse rodeada de todos esos hombres creyéndose los mejores dueños posibles del mundo.

Como suele hacer cuando no hay noticias urgentes que cubrir, acudió con la suficiente antelación antes de la exposición de resultados para ir adelantando la crónica e ir leyendo el dossier que le estaría esperando al llegar. Después de picotear algo en el catering de bienvenida, se sentó en su puesto a echar una ojeada al dossier e ir avanzando la noticia que enviaría a la redacción. Al llegar a la quinta página, su corazón le dio un vuelco.

Tras el resumen ejecutivo y la breve presentación de la compañía, la empresa anunciaba una noticia que le heló el alma. Dentro de la renovación de los cargos en el Consejo de Administración, se había decidido nombrar como nuevo consejero delegado a Carlos Saldaña. La información venía acompañada de un recorrido por la trayectoria profesional del nuevo consejero, acompañado de su fotografía, un retrato en el que aquellos ojos se le clavaron en la garganta.

No es fácil reencontrarte con la mirada de tu violador. Soportarle mirándote de nuevo. La profundidad de unas pupilas carentes de fondo, la ausencia de color de dos iris sin brillo. Mirarle dolía, pero no podía dejar de hacerlo. Samanta buscaba, una y otra vez toparse con sus ojos, deseaba que ese dolor que siempre le acompañaba le ayudara ahora a hacerle frente. No apartó la vista hasta percibir el revuelo de sus compañeros levantándose camino del auditorio.

Samanta llevaba años tratando de encontrarse de nuevo con él. Once. Su cuerpo ya no es el mismo que nueve años atrás, ahora es el de una mujer. Un cuerpo fibroso, musculado después de años de entrenamiento y millones de bocados de dolor que consumieron su cuerpo. Fue su psicóloga quien le recomendó que una buena forma de acelerar su rehabilitación emocional sería la práctica de algún deporte. Samanta eligió la lucha.

En su mente imaginó que de volver a verle sería en una comisaría. Él estaría detrás de un cristal en la rueda de reconocimiento. No tendría dudas en señalar con el dedo al hombre que todos los días asoma al abismo de su existencia. Quien lleva más de una década aferrado a sus entrañas, desgarrándola por dentro. Los encuentros no suelen ser como uno los imagina, y el destino suele tener una lógica interna de funcionamiento que se nos escapa, aunque llevemos siglos intentando descifrarla. Ahora, el destino le brinda una oportunidad única que no quiere desperdiciar. Él está allí, apenas a unos metros de distancia, pero esos ojos le atenazan y sus piernas le están pidiendo que huya de un peligro que no olvidan.



Terminados los discursos comenzó el cocktail en el que los periodistas, accionistas, directivos y consejeros tienen la posibilidad de sincerarse off the record al finalizar la función cada trimestre representada. Es un momento en el que unos y otros se buscan para medrar en sus carreras y engrosar sus dividendos. Es un baile en el que el anfitrión debe contentar a todos los invitados. El momento de regalar sonrisas, mostrar una preocupación “sincera” por los presentes, colmar de parabienes a los presentes, no escatimar en halagos y soltar alguna que otra confidencia.

Saldaña se ha mostrado muy cortés ateniendo a todos los medios. Se mueve como pez en el agua en todo lo relacionado con la comunicación empresarial. Su elección para el cargo no se ha debido a ningún capricho. Ha sido fruto de una decisión estratégica de la compañía, necesitada de alguien de su carisma y sus buenas relaciones con los medios para capear los escándalos que salpican casi a diario al sector bancario.

No se puedo elegir mejor día para su estreno. Los resultados económicos han sido excelentes, las cotizaciones de las acciones del banco en la Bolsa de Madrid no han dejado de subir, y la presentación de los planes estratégicos de la compañía han obtenido la aquiescencia de los expertos. Para celebrarlo sus compañeros en el consejo piensan que no hay nada mejor que el sexo de pago, pero a Saldaña las putas, por muy caras que sean, le dejan siempre un sabor de insatisfacción. Sí se dejan dominar, se pliegan a cada una de tus peticiones, pero no las sometes tú, obedecen a tu dinero.

Cuando Saldaña se retira a su habitación de hotel tras apurar el gintonic sin el que no logra conciliar el sueño, revisa los últimos mensajes que han entrado en su teléfono móvil. Las felicitaciones de colegas de profesión y de viejos amigos, a los que lleva tiempo sin ver, extraen de él una sonrisa de satisfacción. Aparecen mensajes de distintos medios económicos emplazándole para una entrevista en profundidad. Muchos mensajes, todos predecibles. Ningún mensaje, nunca, le coge por sorpresa.



A las 01:47 Samanta ha terminado de redactar el artículo por el que se hizo periodista. Lleva escrito muchos años. Todo lo que necesitaba para terminarlo encontrar una mirada y un nombre de quien la dispara. Dentro de unas horas todos sus compañeros recibirán un mail con el artículo y en enlace a su página web donde aparecerá publicado junto a un vídeo donde confesará lo que le sucedió cuando apenas tenía 14 años.

Samanta sabe que es la única posibilidad de hacer pública la noticia y que la crean. Ningún diario publicaría semejante noticia partiendo de una becaria y, de hacerlo, pasarían días. Muchas llamadas telefónicas, amenazas al periódico y un equipo de abogados dispuesto a hacer trizas cualquier afirmación y difamar a la víctima.

Son las 6:24. Momento de pulsar dos botones. Publicar. Enviar.



Ladrón de todo


Mi nombre es Samanta Solana. Llevo desde los catorce años con unos ojos clavados en mi memoria. Son los ojos de un rostro borroso pero dueños de unas manos que dejaron para siempre marcado mi cuerpo. Los ojos de alguien que se apropió de mi cuerpo y me robó el alma. Hoy esos ojos tienen cara y tienen nombre. Carlos Saldaña. Es el nombre del hombre que me violó.  Hace once años, Carlos Saldaña me quitó la vida.

Tenía catorce años aquel 18 de julio. Acudí a aquella fiesta creyéndome mujer antes de tiempo. Me puse un vestido brillante, me maquillé aunque mi madre me lo reprobase y sí, una vez en la fiesta, bebí alcohol. Como digo era una niña que quería sentirse ya mujer. Aquel día dejé de ser niña para siempre. Aquella noche no me dejaron soñar, nunca más, la mujer que me gustaría ser.

Carlos Saldaña se aprovechó de mí. Recuerdo que me tambaleaba mientras pretendía regresar a mi casa por la urbanización. Él se ofreció a acompañarme. No es un bueno que una muchacha como tú camine sola a estas horas. Se notaba que él también había bebido o, al menos eso decían sus ojos brillantes y enrojecidos. Se ofreció a llevarme en coche. Acepté. Total, ¿qué podía pasar?, mi casa estaba a apenas cuatro calles de distancia.

No sé cómo ni cuando empezó. Lo que no he podido olvidar nunca han sido aquellos mordiscos que me quitaron la inocencia. Las marcas que sus dentelladas dejaron en mi pecho y en mi cuello. Marcas que hoy ya desaparecieron pero que me han dejado llena de cicatrices. Mordiscos que inocularon en mis huesos un peso de plomo que no me permite levantarme. Por culpa de Carlos Saldaña mi alma quedó sepultada a los pies de ese coche.

Ayer me encontré de nuevo con esos ojos. No me produjo odio. No me invadieron los reproches. La ira brilló por su ausencia. Reencontrarme con la persona que me violó sólo me dejó un sabor amargo. El sabor de la culpa. Por haber ido a esa fiesta.  Por haber bebido. Por aceptar su compañía. Por subirme a ese coche. Por confiar. Por haber visto todas aquellas películas en las que un chico mayor se enamora de alguien más joven que él. Por ser tonta.

No quiero culpabilizarme de algo de lo que fui víctima y sí quiero señalar al culpable. Carlos Saldaña. Fue él quien me hizo esas heridas en mis pezones. No mi estupidez. Fue él quien desagarró mi vagina. No mi imprudencia. Fue él quien provocó que lleve todo este tiempo repudiando mi cuerpo. No mi escote. Fue él quien vertió su semen mientras yo lloraba de rabia y de dolor. No mis catorce años. Fue el quien disfrutaba de su brutalidad. No la sangre de mi himen.

En estos once años he pasado miedo. He llorado cada noche y cada día, varias veces al día y siempre a escondidas. He musculado mi cuerpo para que no parezca el de la mujer que no me dejaron ser nunca. He gritado. He callado. Pero quiero dejar claro que no soy una cobarde pero tampoco valiente. No soy nada más que el único recuerdo que queda de los hematomas que Carlos Saldaña, el hombre que me violó, dejó en mi cuerpo.

El miedo de que vuelva a pasar de nuevo me acompañará hasta que me muera. Ése es mi miedo. Sé que Carlos Saldaña me violó porque quería librarse de sus miedos. Sé que no lo ha conseguidos, que sus miedos siguen con él porque una vez que el miedo aparece se queda contigo para siempre, aunque no lo veas.

Carlos Saldaña es culpable de mi violación y víctima de su impotencia.



Cuando Carlos Saldaña despertó consultó el teléfono. Su corazón se sobresaltó. No esperaba ningún mensaje.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tu opinión es importante