miércoles, 9 de noviembre de 2016

Hacerse hombre


A las 3 de la tarde, del día del 70 cumpleaños de mi madre, hice saber a mi familia que nos habíamos separado. No se trata de una confesión en caliente. Ni una rabieta fruto de la última discusión. Está decidido desde hace más de cuatro meses. Esa comida de celebración era el momento perfecto para hacerlo público y dar las explicaciones debidas una sola vez. 

Esa mañana había dejado preparado incluso el texto y la foto que utilizaría para anunciarlo en las redes sociales. No había nada de lo que preocuparse porque no sería ser vil y aprovechar la tesitura para atacar a Sandra. Estuve varios días eligiendo las palabras adecuadas y tratando de dar con la foto apropiada. Soy adulto y como tal voy a comportarme me estuve repitiendo una y otra vez con cada nueva idea. Ante todo, quería evitar tener que escuchar de nuevo su voz cargada de reproche diciendo “¡Deja de comportarte como un niño pequeño!”.

La última vez que comí con mi madre, diez días antes, ella me evalúo diciendo que me veía mejor que nunca, que debía atravesar un buen momento y que seguro era porque había conocido a alguien. Reiteró más de diez veces que me veía más joven, que caminaba más seguro y con pasos más largos, y exaltaba el hecho de que por fin había dejado arrastrar los pies a cada zancada. 

Aquella comida estuvo cargada de sorpresas. La primera llegó  puso cuando le señalé, desde el balcón,  el coche que se había comprado. Mi madre repetía continuamente lo bonito que era, acompañado de numerosos “¡debe haberte costado una barbaridad!” que es la evidencia verbal de la obsesión de las madres cridas en la posguerra con presupuestarlo todo. 

-Parece como si te hubieses quitado un peso de encima - me espetó al despedirse. 

Para celebrar el septuagésimo cumpleaños de mamá opté por cambiar de look. Quería estar más seguro al dar la noticia. Había leído en una revista que el día que se va a la peluquería nos sentimos más seguros y animados. Cuando abrí los ojos y vi mi cara en el espejo me quedé con la boca abierta. Opté por dejarme llevar por el criterio de Francis que  dedicó más de treinta minutos retocándole el flequillo y escalándome el corte. Al terminar parecía un actor de cine de los de ahora, no uno de esos casposos de las películas españolas con los que mis amigas me comparan para burlarse por mi genética ausencia de estilo. 

Si me viesen ahora, con este peinado y con la cazadora de cuero ajustada que llevo puesta no me reconocerían, me he dicho cada vez que me he topado con mi reflejo en los escaparates.
Viéndome desde fuera parecería un hombre seguro. Sin embargo estaba invadido los nervios que aparecen cuando se conoce lo que pasará en el momento siguiente, como los que se apoderan de los niños esperando la llegada de los Reyes Magos. No era la primera vez que esta sensación me atenazaba, de hecho me ocurre muy a menudo. 

He confesado muchas veces que el día que lo he sentidl con más intensidad fue el día de la boda con Sandra. Estuve tan nervioso que fui incapaz de ponerle el anillo de bodas. Para que nunca más los nervios me bloqueasen Sandra me pidió que lo llevara siempre en el bolsillo para serenarme. “Así, estés donde estés, podré ayudarte allí dónde y cuándo lo necesites”.

Ha sido entre el aperitivo y el plato principal el momento elegido para soltar la noticia. Hasta ese momento todo transcurría perfecto. Mamá y mis hermanas me piropeaban por mi nueva imagen. Mis cuñados me hicieron un cuestionario a dos voces sobre el coche nuevo y sus prestaciones. Los sobrinos sugerían continuamente que tenían que aprovechar el coche nuevo para ir de nuevo todos juntos a la playa, sin sus padres. Todo marchaba sobre ruedas.

No había terminado de lanzar el titular de la noticia cuando ya todo estaba en silencio. El sonido de los cubiertos se desvaneció, el tic tac del reloj decidió ausentarse. Los movimientos de mi madre se ralentizaron, los ojos de mis hermanas se expandieron hasta ser un universo entero, las cejas de mis cuñados se quedaron apuntalados en la extrañeza. 

Había ensayado el mensaje numerosas ocasiones los días previos. Probado con distintas inflexiones de la voz, medido al milímetro sus gestos y establecido la secuencia más adecuada para que no se formara un drama. Al final me preferí recurrir a un tono serio, rotundo pero no exento de pausas para intensificar el componente emocional del discurso. Había pasado la noche anterior visualizando a escena siguiendo los consejos que encontré en un libro de mindfullness.

Cuando se apuraban los últimos trozos de tarta, las botellas de whisky y ron florecieron sobre la mesa lancé un carraspeo con la fuerza suficiente para atraer la atención de todos. Mi mano derecha sobre la mesa quedó asentada sobre la mesa, con el puño cerrado con mucha fuerza, aferrada a algo valioso de lo que no se desea desprenderse.

-Perdonad un momento. Tengo algo importante que deciros y creo que es el momento de hacerlo. Lo digo ahora mamá porque no quiero robarte el protagonismo de tu día y, os pido por favor que no le deis a lo que voy a deciros más importancia de la que tiene. Yo estoy bien y creo que he tomado la mejor decisión más acertada – reparti una mirada para cada uno de los presentes para ganar tiempo y aumentar la expectación-. Sandra y yo nos hemos separado. Hoy hace cuatro meses.

-Juan Luis, nunca has estado casado – ha susurrado mi madre con toda la tranquilidad del mundo -. Es hora de poner fin a tu cuento chino con esa Sandra. Además, ya vas teniendo edad para que reconozcas de una vez tu homosexualidad. ¡Deja de comportarte como un niño! De una vez por todas, comienza a comportarte como un hombre.

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