martes, 15 de noviembre de 2016

Dos palabras

Dos palabras | Ignacio Bellido


Mi primera novia tenía un gran poder sobre mí. Todo comenzó cuando me susurró al oído “estoy ardiendo”, tenía 15 años y estábamos apurando los últimos besos de la tarde en la puerta de su casa. En poco menos de dos minutos ya me había desvestido de pies a cabeza mostrando una erección de campeonato. Mercedes, que así se llamaba, comenzó a reírse con los espasmos y convulsiones que invadían mi cuerpo acompañados de jadeos incesantes que manaban de mi boca como un mantra.

Lo que comenzó como una anécdota divertida y un juego privado acabó por convertirse en una práctica peligrosa que ponía en jaque mi dignidad. Mercedes, sabiéndose dominadora, comenzó a hacer uso de su poder en las más variadas situaciones. Era escuchar cerca de mi oído su “estoy ardiendo” para verme desprendido de mi voluntad y convertirme en un fanático del deseo por el cuerpo de mujer recién estrenado de Mercedes.

Oír aquellas dos palabras me arrastraba de inmediato a la desnudez, a una erección incontrolable. Un viaje de ida al animal que aguardaba el momento de mostrar sus garras. Me vi desnudo en la oscuridad de las salas de cine, en mitad de la pistas de baile de las primera discotecas que visitamos, en cada uno de los conciertos a los que acudimos donde irremediablemente terminaba encaramado al escenario… En esos momentos nos divertíamos con sus poderes porque siempre aparecían en contextos adecuados donde, una vez superado el bochorno inicial, me granjeaban la simpatía de quienes contemplaban la escena como si de una performance se tratase.

Ya en aquellas ocasiones tenía la sensación de que lo que me sucedía no era normal. Algo en mí me decía no estaba bien que Mercedes ejerciese su poder deliberadamente, sin tener en cuenta mi cansancio o mi abatimiento. Cuando escuchaba esas dos palabras “estoy ardiendo” una mueca de estupefacción se exhibía en mi cara, duraba apenas un instante, el tiempo en que mi voluntad quedaba anulada por mis bajas pasiones. Como mientras duraba, ella no cesaba de reír y disfrutar del espectáculo, rápidamente se diluían mis objeciones y me dejaba arrastrar aún con más entrega con cada una de sus carcajadas.

Tomé conciencia del peligro de Mercedes cuando perdí mi primer empleo a los veintitrés días de comenzar. Mercedes, que hasta entonces siempre acudía a esperarme a la salida, esa tarde acudió a verme apenas había iniciado mi turno. Se trataba de una chocolatería donde un gran número de señoras pasaban la tarde revolviendo un café donde buscaban tiempos mejores que ese presente que nada les ofrecía. No sé si por compasión con esas vidas para las que el tiempo pasa muy despacio, sin sobresaltos ni imprevistos, que Mercedes decidió hacer un aporte para devolverles la vida.

Valiéndose de que tenía las manos ocupadas sujetando la bandeja de servicio pronunció aquellas palabras para las que no tenía escapatoria. Todo lo que recuerdo fue que, por primera vez, no recibí ningún aplauso ante mi actuación, más sexualizada que nunca con la gran cantidad de chocolate embadurnando mi cuerpo desnudo y las porras y churros que dotaban de simbolismo y significado mi harinosa erección, mis jadeos y mis convulsiones. El griterío que se formó ensordecía cada uno de mis alaridos. Cuando todo cesó, me encontré escoltado por dos policías conduciéndome a comisaría y, de allí, a la cola del paro.

Por suerte en esta primera ocasión, los policías se apiadaron de mí tras explicarles junto a Mercedes lo que sucedía y hacerles una demostración en la sala de detención. Es la única vez que en comisaría se ha reído a mandíbula batiente y aplaudido con tanto fervor a un detenido. Quedé en libertad después de dar nuestra palabra comprometiéndonos a cuidarnos mucho de volver a montar un nuevo escándalo público.

Los dos años siguientes Mercedes no volvió a exhibir en público sus poderes. Mis erecciones reactivas  se fueron espaciando en el tiempo y perdiendo intensidad. Nos convertimos en una pareja convencional como de convencionales pueden serlo las parejas de adolescentes. Así permanecimos hasta que, pasados cinco meses desde la última vez que aquellas palabras fueron mencionadas, tuvimos que visitar el hospital.

Aún hoy no dejo de arrepentirme de aquella visita. Estábamos en pleno mes de julio, las salas de espera y las habitaciones estaban abarrotadas de víctimas de la ola de calor que se cebaba con la ciudad en aquel verano. Nosotros estábamos allí por un motivo más alegre, Carlota, la hermana de Mercedes, había dado a luz y toda la familia estaba allí congregada para dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Debíamos estar congregados en aquella habitación unas diecisiete personas, el calor era insoportable y el olor a sudor daba lugar a una atmósfera nauseabunda.

Aguardábamos expectantes la llegada del recién nacido, a pesar del cargado ambiente todo eran sonrisas, felicitaciones y abrazos. El momento en el que la enfermera hizo entrada en la habitación con el bebé en brazos fue acompañado por una ola de aplausos y sonrisas que me hizo rememorar mis mejores actuaciones. Carlota recibió a su hijo en su regazo y se dispuso a amamantar por primera vez a su hijo. Se destapó uno de sus pechos y, movido por un acto impulsivo, el bebé se enganchó a sus engordados pezones.

La escena era contemplada por todos los asistentes por una sonrisa bobalicona por parte de los hombres y una envidia soterrada entre el público femenino. Tras las primeras succiones la magia del momento empezaba a desvanecerse y el calor volvía a manifestarse en toda su intensidad. Justo en ese momento Mercedes que tenía la cabeza recostada sobre mi hombro derecho al tiempo trataba de refrescarse agitando el escote de su vestido de lino me dijo al oído “¡Qué calor hace! Estoy ardiendo”.

En el mismo instante en que escuché esas palabras supe que estaba perdido. Hice todo lo posible por controlarme pero no pude. Comencé a soltar alaridos, me desnudé más rápido que nunca y mostré la erección más grande que he experimentado en mi vida. Juro que traté de que no sucediese pero había algo más fuerte que yo que me arrastraba. Desde aquel momento el nacimiento de Lucas quedó vinculado para siempre conmigo.

No volví a saber nada de Mercedes, Carlota, Lucas ni ningún otro miembro de su familia. Desde aquel día no he salido nunca del hospital, permanezco encerrado en la séptima planta desde hace más de tres años. Ningún familiar ha venido a visitarme. Todo lo que he recibido, de parte de Mercedes, la primera vez día que cumplí años en este encierro, fue un aparato de aire acondicionado con la siguiente nota “Encender antes de cada visita”.

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