miércoles, 30 de noviembre de 2016

La selección de la especie

Una entrevista de trabajo. Varios candidatos. Un reto. 

Una vida que no volverá a ser la misma.




A Román le gusta llegar cinco minutos antes a cualquier cita. No iba a perder su hábito precisamente hoy que tenía entrevista de trabajo. A sus 42 años, los últimos siete meses desempleado, tiene la percepción de que su vida laboral está dando sus últimos coletazos antes de caer en la deriva. Por eso, hoy se ha propuesto a sacar lo mejor de sí.

Se ha perfilado bien la barba y dejarse el bigote que tanto le luce. Se ha puesto una camisa alegre y, en vez de corbata, se ha decantado por la pajarita. Ha repasado los cristales de sus lentes para que su mirada clara reluzca, repasado mentalmente su carrera y ensayado las respuestas a las preguntas más comprometidas que puedan plantearle. ¿Por qué finalizó su contrato en la empresa anterior? ¿Qué se ve capaz de aportar a la empresa? ¿Cuánto le gustaría percibir como salario? Román no duda, se siente preparado.

Al llegar a las oficinas de la empresa ha dado su nombre. La recepcionista le ha sonreído y solicitado que hasta que finalice el proceso de selección debe dejar su teléfono móvil. Ella se encargará de custodiarlo para devolvérselo cuando concluya. Román no ha puesto objeciones, le ha entregado sumiso y dispuesto su viejo teléfono. La recepcionista no ha hecho ningún comentario al respecto, pero le ha sorprendido que, en los tiempos que corren, una persona menor de 50 años utilice un teléfono tan obsoleto. Salón Oceanía, tercera planta, suerte.

El primer candidato que logre la cifra de mil seguidores se hará con el puesto. 


Ha entrado en la sala confiado, seguro de sí, hombros en alto, pasos firmes y sonrisa afable. Allí ha comprobado que son catorce los candidatos que aguardan, como él, su turno. Primer contratiempo, esperaba una entrevista individual, pero esto tiene toda la pinta de ser una selección grupal. Acto seguido vendrán las dinámicas de grupo, de comunicación y demás fantasías que los profesionales de recursos humanos idean para justificar sus salarios. No pasa nada, no es la primera vez que se enfrenta a estos procesos. Toma aire, con tranquilidad recorre visualmente la sala, se sabe capaz viendo que es el más veterano de los allí presentes.

Apenas ha terminado de dar los buenos días y acomodarse en el único asiento que quedaba libre cuando ha aparecido un joven de apenas veinte años en el umbral de la puerta. Les ha dado la bienvenida, se ha presentado como el CEO de la compañía y explicado, brevemente y sin rodeos, en qué consiste el proceso de selección.

-Están todos aquí porque han presentado su candidatura para un puesto de trabajo en el departamento de comunicación de la compañía. Sólo uno de entre los aquí presentes se hará con el puesto. El salario es de 36.000 euros brutos anuales, con cuarenta días de vacaciones por año y con la posibilidad de trabajar desde casa. Si alguien no está conforme con las condiciones puede abandonar ahora mismo –nadie se ha movido de su sitio- . Viendo que no hay objeciones paso a explicarles en qué consiste la prueba. Cada uno de ustedes pasará a una sala donde estarán solos. En ella encontrarán un sillón, una pequeña mesa con agua, comida y un teléfono móvil. Cada teléfono será su herramienta de trabajo, hemos creado para cada uno de ustedes un perfil nuevo en Twitter. El primero de ustedes que logre la cifra de mil seguidores se hará con el puesto.

Román ha sentido que se le venía el mundo encima o al menos eso decía la expresión pálida de su cara. Ha pensado en abandonar pero, ya que estaba allí, no pierde nada por intentarlo. Se ha dirigido a su puesto andando sobre las puntas, silencioso y vacilante como quien se asoma a un precipicio. Ha cruzado el umbral y allí está, ese teléfono que sabe que va a ser su condena. Un teléfono que le va a echar para siempre del mercado laboral, como en su día se vieron fuera los segadores con la llegada de las cosechadoras, los campaneros con los relojes de pulsera o los herreros con los altos hornos. 

Román se ha despertado creyéndose moderno y todo pinta que se acostará obsoleto. Estará vivo sí, pero muerto profesionalmente. La única opción viable que le quedará cuando esto termine será la de mostrarse como objeto de exposición en el museo arqueológico. Él y su móvil. Homo Analogicus sería el nombre que se pondría en el cartel que explicase su vida, presentase sus herramientas y su vida sexual.

Una nueva especie aflora ente las redes. El homo analogicus está a punto de entrar en los museos


Ha agitado su cabeza para disipar estos pensamientos de la cabeza. ¡Céntrate! se ha dicho. Ha cogido el teléfono, desbloqueado la pantalla y se ha lanzado a la telaraña de las redes. Ha hecho un rápido repaso mental por los manuales y artículos que ha leído al respecto de esta red social. Primero, elegir un nombre.¡Bien! esto no es necesario que lo haga, ya lo han hecho por mí, así gano tiempo. Segundo, elegir una foto de perfil. ¡Mierda! Esto ya es más difícil. ¿Cómo coño me voy a hacer una foto de perfil yo sólo y que quede bien? ¡Putos selfies!

Un momento, un momento, calma Román. Recuerda lo que has leído. Poner la cámara a la altura de la frente, poner un poco de morritos y una mirada profunda. Al tercer intento ha pensado que el resultado era aceptable. Tercero, empezar a publicar. ¡Esto sí que es difícil! ¿Cómo empiezo? No puedo resultar pretencioso pero tampoco idiota. Ya está. ¡Lo tengo! Escribe “Hola mundo”. Su primer tweet ya está en la red.

Ha pasado dos minutos desde que ha escrito el mensaje. No hay respuesta. Su número de seguidores sigue siendo cero. No pasa nada, no es bueno que precipitarse. Ha encontrado la forma de salir del atolladero. Tiempo atrás se fijó en una noticia donde se contaba que utilizar gatos suele tener muchas reproducciones en la red. Se ha pasado la siguiente hora recopilando memes de gatos y lanzándolos a la red de forma inmisericorde. Ya son diecisiete los tweet que ha publicado. Nueve seguidores.

Recurrir a los gatos parece que no está funcionando tan bien como esperaba. Es un buen momento para cambiar de estrategia y no hacer el ridículo. Ha llegado la hora de opinar sobre los temas de actualidad. Busca las etiquetas más populares. Escribe sin pensar. Opina de todo sin saber de nada. No consulta siquiera las noticias de las que habla. Sólo opina. Critica. Su cuenta de seguidores lo agradece. 124 tweets publicados. 46 seguidores. Esto funciona.

Han pasado muchas horas desde el inicio de la prueba. Varios candidatos han desistido.  Román persevera. Se le dará peor que a ninguno pero no va a permitirse un abandono. Nada. Sigue publicando. Sigue publicando. Los últimos setenta mensajes han sido un resumen de su vida. ¡Qué triste! Cuarenta años de existencia en apenas diez mil palabras. 153 seguidores.

Llegada la última hora de la tarde han venido a darle el aviso de que la prueba ha terminado. Uno de los candidatos ya ha alcanzado el objetivo. Román actualiza de nuevo la pantalla. Ese cabrón ya tiene mil seguidores y yo no estoy cerca de los doscientos  Malditos niñatos que sólo viven para las redes sociales -se ha dicho con una rabia que le abrasaba el pecho.. Se ha puesto en pie, y ha hecho ademán de devolver el teléfono a la persona que le ha venido a notificarle el resultado.

-No es necesario –ha dicho el joven con una sonrisa. Como deferencia por el esfuerzo realizado y agradecimiento con los candidatos, la empresa les regala a cada uno el dispositivo con el que han participado en la prueba.

Román regresa a casa, es tarde. Se palpa una y otra vez el bolsillo. Saca el teléfono del bolsillo. Desbloquea la pantalla. Escribe. “Esta es mi mensaje de despedida. Adiós mundo”. Al entrar en casa su pareja le ha preguntado inquieto si le ha pasado algo. 

-Llevo todo el día llamándote y no coges el teléfono-le ha dicho en  un tono de reproche. ¿Cómo ha ido la entrevista? 

-El puesto se lo han dado a otro más joven -ha dicho apesadumbrado.

Está bien entrada la madrugada y Román es incapaz de dormir. Le da vueltas a todo. Decide levantarse. Necesita estar solo. Coge su teléfono. Comienza a escribir de nuevo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Ladrón de todo

Es difícil encontrarte con la mirada de tu violador


Ladrón de todo | Ignacio Bellido


Samanta no sabía si aquella señal era un presagio de que algo maravilloso estaba a punto de ocurrir o el anuncio de aviso de que algo terrible sucedería, lo que sí sabía era que nunca más volvería encontrarse cara a cara con aquellos ojos. No le hacía ninguna gracia tener que cubrir a noticia de ese evento. Las presentaciones de resultados de las empresas del IBEX35. Pensaba que no había tema más aburrido para un periodista. Además, no soportaba verse rodeada de todos esos hombres creyéndose los mejores dueños posibles del mundo.

Como suele hacer cuando no hay noticias urgentes que cubrir, acudió con la suficiente antelación antes de la exposición de resultados para ir adelantando la crónica e ir leyendo el dossier que le estaría esperando al llegar. Después de picotear algo en el catering de bienvenida, se sentó en su puesto a echar una ojeada al dossier e ir avanzando la noticia que enviaría a la redacción. Al llegar a la quinta página, su corazón le dio un vuelco.

Tras el resumen ejecutivo y la breve presentación de la compañía, la empresa anunciaba una noticia que le heló el alma. Dentro de la renovación de los cargos en el Consejo de Administración, se había decidido nombrar como nuevo consejero delegado a Carlos Saldaña. La información venía acompañada de un recorrido por la trayectoria profesional del nuevo consejero, acompañado de su fotografía, un retrato en el que aquellos ojos se le clavaron en la garganta.

No es fácil reencontrarte con la mirada de tu violador. Soportarle mirándote de nuevo. La profundidad de unas pupilas carentes de fondo, la ausencia de color de dos iris sin brillo. Mirarle dolía, pero no podía dejar de hacerlo. Samanta buscaba, una y otra vez toparse con sus ojos, deseaba que ese dolor que siempre le acompañaba le ayudara ahora a hacerle frente. No apartó la vista hasta percibir el revuelo de sus compañeros levantándose camino del auditorio.

Samanta llevaba años tratando de encontrarse de nuevo con él. Once. Su cuerpo ya no es el mismo que nueve años atrás, ahora es el de una mujer. Un cuerpo fibroso, musculado después de años de entrenamiento y millones de bocados de dolor que consumieron su cuerpo. Fue su psicóloga quien le recomendó que una buena forma de acelerar su rehabilitación emocional sería la práctica de algún deporte. Samanta eligió la lucha.

En su mente imaginó que de volver a verle sería en una comisaría. Él estaría detrás de un cristal en la rueda de reconocimiento. No tendría dudas en señalar con el dedo al hombre que todos los días asoma al abismo de su existencia. Quien lleva más de una década aferrado a sus entrañas, desgarrándola por dentro. Los encuentros no suelen ser como uno los imagina, y el destino suele tener una lógica interna de funcionamiento que se nos escapa, aunque llevemos siglos intentando descifrarla. Ahora, el destino le brinda una oportunidad única que no quiere desperdiciar. Él está allí, apenas a unos metros de distancia, pero esos ojos le atenazan y sus piernas le están pidiendo que huya de un peligro que no olvidan.



Terminados los discursos comenzó el cocktail en el que los periodistas, accionistas, directivos y consejeros tienen la posibilidad de sincerarse off the record al finalizar la función cada trimestre representada. Es un momento en el que unos y otros se buscan para medrar en sus carreras y engrosar sus dividendos. Es un baile en el que el anfitrión debe contentar a todos los invitados. El momento de regalar sonrisas, mostrar una preocupación “sincera” por los presentes, colmar de parabienes a los presentes, no escatimar en halagos y soltar alguna que otra confidencia.

Saldaña se ha mostrado muy cortés ateniendo a todos los medios. Se mueve como pez en el agua en todo lo relacionado con la comunicación empresarial. Su elección para el cargo no se ha debido a ningún capricho. Ha sido fruto de una decisión estratégica de la compañía, necesitada de alguien de su carisma y sus buenas relaciones con los medios para capear los escándalos que salpican casi a diario al sector bancario.

No se puedo elegir mejor día para su estreno. Los resultados económicos han sido excelentes, las cotizaciones de las acciones del banco en la Bolsa de Madrid no han dejado de subir, y la presentación de los planes estratégicos de la compañía han obtenido la aquiescencia de los expertos. Para celebrarlo sus compañeros en el consejo piensan que no hay nada mejor que el sexo de pago, pero a Saldaña las putas, por muy caras que sean, le dejan siempre un sabor de insatisfacción. Sí se dejan dominar, se pliegan a cada una de tus peticiones, pero no las sometes tú, obedecen a tu dinero.

Cuando Saldaña se retira a su habitación de hotel tras apurar el gintonic sin el que no logra conciliar el sueño, revisa los últimos mensajes que han entrado en su teléfono móvil. Las felicitaciones de colegas de profesión y de viejos amigos, a los que lleva tiempo sin ver, extraen de él una sonrisa de satisfacción. Aparecen mensajes de distintos medios económicos emplazándole para una entrevista en profundidad. Muchos mensajes, todos predecibles. Ningún mensaje, nunca, le coge por sorpresa.



A las 01:47 Samanta ha terminado de redactar el artículo por el que se hizo periodista. Lleva escrito muchos años. Todo lo que necesitaba para terminarlo encontrar una mirada y un nombre de quien la dispara. Dentro de unas horas todos sus compañeros recibirán un mail con el artículo y en enlace a su página web donde aparecerá publicado junto a un vídeo donde confesará lo que le sucedió cuando apenas tenía 14 años.

Samanta sabe que es la única posibilidad de hacer pública la noticia y que la crean. Ningún diario publicaría semejante noticia partiendo de una becaria y, de hacerlo, pasarían días. Muchas llamadas telefónicas, amenazas al periódico y un equipo de abogados dispuesto a hacer trizas cualquier afirmación y difamar a la víctima.

Son las 6:24. Momento de pulsar dos botones. Publicar. Enviar.



Ladrón de todo


Mi nombre es Samanta Solana. Llevo desde los catorce años con unos ojos clavados en mi memoria. Son los ojos de un rostro borroso pero dueños de unas manos que dejaron para siempre marcado mi cuerpo. Los ojos de alguien que se apropió de mi cuerpo y me robó el alma. Hoy esos ojos tienen cara y tienen nombre. Carlos Saldaña. Es el nombre del hombre que me violó.  Hace once años, Carlos Saldaña me quitó la vida.

Tenía catorce años aquel 18 de julio. Acudí a aquella fiesta creyéndome mujer antes de tiempo. Me puse un vestido brillante, me maquillé aunque mi madre me lo reprobase y sí, una vez en la fiesta, bebí alcohol. Como digo era una niña que quería sentirse ya mujer. Aquel día dejé de ser niña para siempre. Aquella noche no me dejaron soñar, nunca más, la mujer que me gustaría ser.

Carlos Saldaña se aprovechó de mí. Recuerdo que me tambaleaba mientras pretendía regresar a mi casa por la urbanización. Él se ofreció a acompañarme. No es un bueno que una muchacha como tú camine sola a estas horas. Se notaba que él también había bebido o, al menos eso decían sus ojos brillantes y enrojecidos. Se ofreció a llevarme en coche. Acepté. Total, ¿qué podía pasar?, mi casa estaba a apenas cuatro calles de distancia.

No sé cómo ni cuando empezó. Lo que no he podido olvidar nunca han sido aquellos mordiscos que me quitaron la inocencia. Las marcas que sus dentelladas dejaron en mi pecho y en mi cuello. Marcas que hoy ya desaparecieron pero que me han dejado llena de cicatrices. Mordiscos que inocularon en mis huesos un peso de plomo que no me permite levantarme. Por culpa de Carlos Saldaña mi alma quedó sepultada a los pies de ese coche.

Ayer me encontré de nuevo con esos ojos. No me produjo odio. No me invadieron los reproches. La ira brilló por su ausencia. Reencontrarme con la persona que me violó sólo me dejó un sabor amargo. El sabor de la culpa. Por haber ido a esa fiesta.  Por haber bebido. Por aceptar su compañía. Por subirme a ese coche. Por confiar. Por haber visto todas aquellas películas en las que un chico mayor se enamora de alguien más joven que él. Por ser tonta.

No quiero culpabilizarme de algo de lo que fui víctima y sí quiero señalar al culpable. Carlos Saldaña. Fue él quien me hizo esas heridas en mis pezones. No mi estupidez. Fue él quien desagarró mi vagina. No mi imprudencia. Fue él quien provocó que lleve todo este tiempo repudiando mi cuerpo. No mi escote. Fue él quien vertió su semen mientras yo lloraba de rabia y de dolor. No mis catorce años. Fue el quien disfrutaba de su brutalidad. No la sangre de mi himen.

En estos once años he pasado miedo. He llorado cada noche y cada día, varias veces al día y siempre a escondidas. He musculado mi cuerpo para que no parezca el de la mujer que no me dejaron ser nunca. He gritado. He callado. Pero quiero dejar claro que no soy una cobarde pero tampoco valiente. No soy nada más que el único recuerdo que queda de los hematomas que Carlos Saldaña, el hombre que me violó, dejó en mi cuerpo.

El miedo de que vuelva a pasar de nuevo me acompañará hasta que me muera. Ése es mi miedo. Sé que Carlos Saldaña me violó porque quería librarse de sus miedos. Sé que no lo ha conseguidos, que sus miedos siguen con él porque una vez que el miedo aparece se queda contigo para siempre, aunque no lo veas.

Carlos Saldaña es culpable de mi violación y víctima de su impotencia.



Cuando Carlos Saldaña despertó consultó el teléfono. Su corazón se sobresaltó. No esperaba ningún mensaje.


martes, 22 de noviembre de 2016

Recetas proscritas

Una nueva medicina contra la depresión capaz de elevar el ánimo de todo un país está a punto de ser comercializada.

recetas proscritas | Ignacio Bellido


-La solución definitiva está en recetar amantes.

-¿Pero qué clase de disparate es este?

-No es ningún disparate Dr. Prather. Nuestros laboratorios llevan años estudiando este nuevo tratamiento y ningún fármaco ha conseguido acercarse a sus beneficios. Es más, según hemos descubierto, ¡un amante es mucho más beneficioso para la felicidad del paciente que cambiar de trabajo! Es mejor para la salud que cambiar de residencia. Y lo mejor de todo, no es necesario siquiera cambiar de pareja. Se puede tener un amante y conservar la pareja actual. Esto es, sin duda, lo más revolucionario, con este remedio mejoramos la salud mental del paciente y preservamos una institución sagrada como el matrimonio.

-No veo qué de científico hay en lo que dice. Me parece un nuevo capricho de su excéntrico jefe y todo un acierto en marketing de su laboratorio no se lo voy negar. ¡La medicina no es ningún juego, es una ciencia que lleva miles de años tratando de mejorar la vida de la personas! Y ahora viene usted con esta idea tan macabra.

-Para nuestro laboratorio la medicina nunca ha sido un juego. Desde la fundación de nuestra empresa, hace más de 75 años, hemos colaborado mano a mano con las más prestigiosas universidades del mundo. Este proyecto llamado “amante en ciernes”, lleva ocho años siendo investigado en el MIT por los profesionales más prestigiosos del mundo en distintas disciplinas. Así que creo Dr. Prather, que lo que he venido a mostrarle es mucho más serio de lo que piensa.

-Disculpe que le haya ofendido, no era mi intención. Pero no consigo discernir qué puede tener de beneficioso un amante en la vida de mis pacientes.

-Verá doctor. Como bien sabe lo sencillo y beneficioso para la industria farmaceútica sería seguir recurriendo a los antidepresivos. Pero estamos alarmados por los niveles de adicción y dependencia a estos medicamentos en la población mayor de 45 años. Creemos que prescribiendo amantes podemos hacer mucho más por la felicidad del país que manteniendo el actual mercado de los medicamentos. Además, con nuestra propuesta reduciríamos el gasto que suponen estos químicos a las arcas públicas. Nuestros laboratorios llevan décadas beneficiándose de la comercialización de fármacos, pero creemos que ha llegado el momento de hacer algo de forma altruista por la humanidad.

-Sigo sin ver el beneficio que usted dice y, ni mucho menos, cómo pretende usted que mis pacientes me tomen en serio si les prescribo una amante para sus estados depresivos. No creo que el daño emocional que genera el desempleo de larga duración, las crisis de ansiedad sobrevenidas al ver amenazado su bienestar o, simplemente, ser capaz de hacer frente a los vaivenes de la vida se solucione con un amante.

-¡Ay, doctor! –contestó mientras suspiraba-. Solemos estar reacios a los grandes cambios que mejorarán nuestras vidas aun sabiendo que no podemos escapar a ellos. Si me permite una aclaración, nuestra propuesta de medicina no estriba en que amante y paciente se enamoren. Tampoco queremos que sea sexo por sexo, sino que se trata de que nuestro amante enriquezca ambos la vida del otro y, a la vez, vea enriquecida su propia vida –decía con una sonrisa en los labios y los ojos-. Para que lo vea más claro, pongamos un como ejemplo el paciente que ha salido de su consulta antes de que usted me recibiera.

-Sí, ¿dígame en qué le puede ser útil un amante al Sr. Malthius? –preguntó extrañado el doctor que no se había movido de su silla-. Le informo de que este señor lleva en estado depresivo más de tres años. Su mujer falleció y  ha tenido que hacer frente, desde entonces, a dos hijos adolescentes sin ningún apoyo familiar. La angustia de esa situación le ha provocado distintas patologías de orden muscular y articular que debe tratarse a diario para conservar su empleo.

-Es un caso perfecto para que pueda entender lo que vengo a explicarle. Verá el Sr. Matlhius ha dicho que se llama ¿verdad? Este señor necesita un amante, un rayo de luz en su vida, y, al mismo tiempo, puede ser la medicina perfecta para otra de sus pacientes si aprovechamos su potencial para amar.  Como usted sabe un amante, una aventura ocasional con unas dosis de sexo y comprensión hacen más por el bue ánimo de las personas que cualquier sustancia química artificial, es la mejor medicina que ha existido siempre. Ayuda a aliviar tensiones físicas, aumenta la capacidad de aprendizaje con la segregación de dopamina, las personas se vuelven más creativas para resolver problemas cotidianos y ganan confianza en sí mismas volviéndose más extovertidas. Todo lo que no tienen la mayoría de los pacientes que le visitan a diario.

-Visto así, parece una buena solución. Y económica. Si me decidiese a ponerla en práctica. ¿Cómo puedo saber si uno de mis pacientes será un buen amante? ¿Cuál será el criterio de selección por el que debo regirme?

-Dr. Prather déjese guiar por su buen ojo clínico. Desde nuestro laboratorio sólo le recomendamos que siga una serie de parámetros para seleccionar los amantes mejor preparados.
-Cuénteme

-Lo primero de todo es el criterio de edad. Sólo podrá elegir mayores de 35 años, hombres.

-¿Sólo hombres? ¿Qué pasa que las mujeres no pueden ser buenas amantes? ¿Qué descubrimientos han hecho desde el MIT a este respecto?

-Creáme doctor, no hay mejor amante ni ser que pueda dar más amor que una mujer pero, por momento, la sociedad no está preparada. Aún hoy las mujeres, consideran a otras mujeres que ejercen el papel de amantes como derrochadoras de su tiempo en una relación sin ninguna utilidad. En lo que se va cambiando ese cliché podremos trabajar en aras de la felicidad ciñéndonos sólo a reclutar hombres.

-Entendido, sólo hombres mayores de 35 años. ¿Alguna consideración adicional que deba ser tenida en cuenta para elegir a los mejores y más preparados? ¿No me pedirá que tengo que pedirles que se desnuden o hacerles una exploración rectal?

-No, el proceso de selección es mucho más sencillo, rápido e indoloro que todo eso. Lo único que tiene que hacer es tener la certeza de que el amante no sea un tonto a las tres, ni un cantamañanas ni mucho menos un cero a la izquierda.

-Parece sencillo, creo que con eso me elimina usted un buen número de posibles. Y dígame, ¿los elijo divorciados, solteros, viudos, casados?

-Lo importante es que no sea nuevo en esto del amor no correspondido y que no sea exigente. Tenga en cuenta que no siempre el trabajo será grato o se acomodará a sus gustos.

-Sí, sí, lo entiendo perfectamente. No se trata de un trabajo ideal claro está.

-Debe tener claro que no se trata de ningún trabajo porque no está remunerado. Además, tiene otra serie de requisitos como disponer de vehículo propio. Ya sabe usted que la pasión y el deseo se manifiestan sin previo aviso y en los lugares más inesperados, por lo que hay que estar preparado para cualquier emergencia.

-Es lógico.

-Además, necesitamos de alguien con flexibilidad horaria y que esté más bien disponible en horario diurno. Ya sabe usted que las casas suelen estar vacías en las mañanas lo que hace de éste un buen momento para los escarceos. Así que busque entre sus pacientes aquellos que trabajen de noche. Ya sabe vigilantes, policías, basureros, barrenderos, recepcionistas, camareros, médicos de urgencias…

-Me resultará difícil encontrar candidatos con tantos requisitos y, si encima no pagan, se complica mucho más la cosa.

-No crea, ser amante tiene grandes ventajas fiscales. Hemos logrado un acuerdo con el gobierno para que todos aquellos que se den de alta como amantes se beneficien de exenciones a la hora de tributar. Entienda que con el ahorro que darán al Estado éste sepa corresponder a los ciudadanos que tanto contribuyan al bien común.

-¡Es una excelente medida por parte de nuestros gobernantes! La verdad que este nuevo gobierno está haciendo mucho por mejorar la vida de sus compatriotas.

-Escuchéme bien porque no se trata del único beneficio. Tenga bien presente que para los amantes quedarán las noches libres, aunque por su profesión muchas las ocupen trabajando pero sus noches de descanso quedarán intactas. Podrán disfrutar del fin de semana a cuerpo de rey porque podrán encontrarse con sus amigotes sin estar pendientes del teléfono, ventajas del desarrollo de la tele por cable y que los maridos opten por quedarse en el calor de su casa viendo el fútbol que yendo a pasar miserias al estadio.

-Parece que todos son ventajas.

-Y no son las únicas. Hay muchas más. Le reirán las gracias, recibirán halagos sin merecerlos, no se les tendrán en cuenta sus múltiples defectos… Como puede ver, desde nuestro laboratorio hemos pensado en todo antes de lanzarnos a comercializar nuestra propuesta.

-Ya veo. Me queda una última pregunta que lleva un rato rondándome la cabeza.

-Adelante, no tenga reparos en preguntar lo que desee Dr. Prather. Sabe que una de las razones por las que estoy aquí es para aclarar y atender cualquiera de sus dudas.

-Como usted bien sabe- el Dr. Prather carraspeó antes de continuar mientras su vista se anclaba en los papeles sobre su mesa-, la situación de la sanidad en este país no es la mejor debido a los ajustes que realizaron los gobiernos anteriores. Largas listas de espera, atención deficitaria en medicina general, salarios congelados… Esto ha generado que el desánimo y el desencanto ha hecho mella entre los profesionales sanitarios. Me centro que me estoy yendo por las ramas ¿Podría como médico recetarme a mí mismo o iría en contra de nuestro juramento hipocrático?

recetas proscritas | Ignacio Bellido


martes, 15 de noviembre de 2016

Dos palabras

Dos palabras | Ignacio Bellido


Mi primera novia tenía un gran poder sobre mí. Todo comenzó cuando me susurró al oído “estoy ardiendo”, tenía 15 años y estábamos apurando los últimos besos de la tarde en la puerta de su casa. En poco menos de dos minutos ya me había desvestido de pies a cabeza mostrando una erección de campeonato. Mercedes, que así se llamaba, comenzó a reírse con los espasmos y convulsiones que invadían mi cuerpo acompañados de jadeos incesantes que manaban de mi boca como un mantra.

Lo que comenzó como una anécdota divertida y un juego privado acabó por convertirse en una práctica peligrosa que ponía en jaque mi dignidad. Mercedes, sabiéndose dominadora, comenzó a hacer uso de su poder en las más variadas situaciones. Era escuchar cerca de mi oído su “estoy ardiendo” para verme desprendido de mi voluntad y convertirme en un fanático del deseo por el cuerpo de mujer recién estrenado de Mercedes.

Oír aquellas dos palabras me arrastraba de inmediato a la desnudez, a una erección incontrolable. Un viaje de ida al animal que aguardaba el momento de mostrar sus garras. Me vi desnudo en la oscuridad de las salas de cine, en mitad de la pistas de baile de las primera discotecas que visitamos, en cada uno de los conciertos a los que acudimos donde irremediablemente terminaba encaramado al escenario… En esos momentos nos divertíamos con sus poderes porque siempre aparecían en contextos adecuados donde, una vez superado el bochorno inicial, me granjeaban la simpatía de quienes contemplaban la escena como si de una performance se tratase.

Ya en aquellas ocasiones tenía la sensación de que lo que me sucedía no era normal. Algo en mí me decía no estaba bien que Mercedes ejerciese su poder deliberadamente, sin tener en cuenta mi cansancio o mi abatimiento. Cuando escuchaba esas dos palabras “estoy ardiendo” una mueca de estupefacción se exhibía en mi cara, duraba apenas un instante, el tiempo en que mi voluntad quedaba anulada por mis bajas pasiones. Como mientras duraba, ella no cesaba de reír y disfrutar del espectáculo, rápidamente se diluían mis objeciones y me dejaba arrastrar aún con más entrega con cada una de sus carcajadas.

Tomé conciencia del peligro de Mercedes cuando perdí mi primer empleo a los veintitrés días de comenzar. Mercedes, que hasta entonces siempre acudía a esperarme a la salida, esa tarde acudió a verme apenas había iniciado mi turno. Se trataba de una chocolatería donde un gran número de señoras pasaban la tarde revolviendo un café donde buscaban tiempos mejores que ese presente que nada les ofrecía. No sé si por compasión con esas vidas para las que el tiempo pasa muy despacio, sin sobresaltos ni imprevistos, que Mercedes decidió hacer un aporte para devolverles la vida.

Valiéndose de que tenía las manos ocupadas sujetando la bandeja de servicio pronunció aquellas palabras para las que no tenía escapatoria. Todo lo que recuerdo fue que, por primera vez, no recibí ningún aplauso ante mi actuación, más sexualizada que nunca con la gran cantidad de chocolate embadurnando mi cuerpo desnudo y las porras y churros que dotaban de simbolismo y significado mi harinosa erección, mis jadeos y mis convulsiones. El griterío que se formó ensordecía cada uno de mis alaridos. Cuando todo cesó, me encontré escoltado por dos policías conduciéndome a comisaría y, de allí, a la cola del paro.

Por suerte en esta primera ocasión, los policías se apiadaron de mí tras explicarles junto a Mercedes lo que sucedía y hacerles una demostración en la sala de detención. Es la única vez que en comisaría se ha reído a mandíbula batiente y aplaudido con tanto fervor a un detenido. Quedé en libertad después de dar nuestra palabra comprometiéndonos a cuidarnos mucho de volver a montar un nuevo escándalo público.

Los dos años siguientes Mercedes no volvió a exhibir en público sus poderes. Mis erecciones reactivas  se fueron espaciando en el tiempo y perdiendo intensidad. Nos convertimos en una pareja convencional como de convencionales pueden serlo las parejas de adolescentes. Así permanecimos hasta que, pasados cinco meses desde la última vez que aquellas palabras fueron mencionadas, tuvimos que visitar el hospital.

Aún hoy no dejo de arrepentirme de aquella visita. Estábamos en pleno mes de julio, las salas de espera y las habitaciones estaban abarrotadas de víctimas de la ola de calor que se cebaba con la ciudad en aquel verano. Nosotros estábamos allí por un motivo más alegre, Carlota, la hermana de Mercedes, había dado a luz y toda la familia estaba allí congregada para dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Debíamos estar congregados en aquella habitación unas diecisiete personas, el calor era insoportable y el olor a sudor daba lugar a una atmósfera nauseabunda.

Aguardábamos expectantes la llegada del recién nacido, a pesar del cargado ambiente todo eran sonrisas, felicitaciones y abrazos. El momento en el que la enfermera hizo entrada en la habitación con el bebé en brazos fue acompañado por una ola de aplausos y sonrisas que me hizo rememorar mis mejores actuaciones. Carlota recibió a su hijo en su regazo y se dispuso a amamantar por primera vez a su hijo. Se destapó uno de sus pechos y, movido por un acto impulsivo, el bebé se enganchó a sus engordados pezones.

La escena era contemplada por todos los asistentes por una sonrisa bobalicona por parte de los hombres y una envidia soterrada entre el público femenino. Tras las primeras succiones la magia del momento empezaba a desvanecerse y el calor volvía a manifestarse en toda su intensidad. Justo en ese momento Mercedes que tenía la cabeza recostada sobre mi hombro derecho al tiempo trataba de refrescarse agitando el escote de su vestido de lino me dijo al oído “¡Qué calor hace! Estoy ardiendo”.

En el mismo instante en que escuché esas palabras supe que estaba perdido. Hice todo lo posible por controlarme pero no pude. Comencé a soltar alaridos, me desnudé más rápido que nunca y mostré la erección más grande que he experimentado en mi vida. Juro que traté de que no sucediese pero había algo más fuerte que yo que me arrastraba. Desde aquel momento el nacimiento de Lucas quedó vinculado para siempre conmigo.

No volví a saber nada de Mercedes, Carlota, Lucas ni ningún otro miembro de su familia. Desde aquel día no he salido nunca del hospital, permanezco encerrado en la séptima planta desde hace más de tres años. Ningún familiar ha venido a visitarme. Todo lo que he recibido, de parte de Mercedes, la primera vez día que cumplí años en este encierro, fue un aparato de aire acondicionado con la siguiente nota “Encender antes de cada visita”.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Hacerse hombre


A las 3 de la tarde, del día del 70 cumpleaños de mi madre, hice saber a mi familia que nos habíamos separado. No se trata de una confesión en caliente. Ni una rabieta fruto de la última discusión. Está decidido desde hace más de cuatro meses. Esa comida de celebración era el momento perfecto para hacerlo público y dar las explicaciones debidas una sola vez. 

Esa mañana había dejado preparado incluso el texto y la foto que utilizaría para anunciarlo en las redes sociales. No había nada de lo que preocuparse porque no sería ser vil y aprovechar la tesitura para atacar a Sandra. Estuve varios días eligiendo las palabras adecuadas y tratando de dar con la foto apropiada. Soy adulto y como tal voy a comportarme me estuve repitiendo una y otra vez con cada nueva idea. Ante todo, quería evitar tener que escuchar de nuevo su voz cargada de reproche diciendo “¡Deja de comportarte como un niño pequeño!”.

La última vez que comí con mi madre, diez días antes, ella me evalúo diciendo que me veía mejor que nunca, que debía atravesar un buen momento y que seguro era porque había conocido a alguien. Reiteró más de diez veces que me veía más joven, que caminaba más seguro y con pasos más largos, y exaltaba el hecho de que por fin había dejado arrastrar los pies a cada zancada. 

Aquella comida estuvo cargada de sorpresas. La primera llegó  puso cuando le señalé, desde el balcón,  el coche que se había comprado. Mi madre repetía continuamente lo bonito que era, acompañado de numerosos “¡debe haberte costado una barbaridad!” que es la evidencia verbal de la obsesión de las madres cridas en la posguerra con presupuestarlo todo. 

-Parece como si te hubieses quitado un peso de encima - me espetó al despedirse. 

Para celebrar el septuagésimo cumpleaños de mamá opté por cambiar de look. Quería estar más seguro al dar la noticia. Había leído en una revista que el día que se va a la peluquería nos sentimos más seguros y animados. Cuando abrí los ojos y vi mi cara en el espejo me quedé con la boca abierta. Opté por dejarme llevar por el criterio de Francis que  dedicó más de treinta minutos retocándole el flequillo y escalándome el corte. Al terminar parecía un actor de cine de los de ahora, no uno de esos casposos de las películas españolas con los que mis amigas me comparan para burlarse por mi genética ausencia de estilo. 

Si me viesen ahora, con este peinado y con la cazadora de cuero ajustada que llevo puesta no me reconocerían, me he dicho cada vez que me he topado con mi reflejo en los escaparates.
Viéndome desde fuera parecería un hombre seguro. Sin embargo estaba invadido los nervios que aparecen cuando se conoce lo que pasará en el momento siguiente, como los que se apoderan de los niños esperando la llegada de los Reyes Magos. No era la primera vez que esta sensación me atenazaba, de hecho me ocurre muy a menudo. 

He confesado muchas veces que el día que lo he sentidl con más intensidad fue el día de la boda con Sandra. Estuve tan nervioso que fui incapaz de ponerle el anillo de bodas. Para que nunca más los nervios me bloqueasen Sandra me pidió que lo llevara siempre en el bolsillo para serenarme. “Así, estés donde estés, podré ayudarte allí dónde y cuándo lo necesites”.

Ha sido entre el aperitivo y el plato principal el momento elegido para soltar la noticia. Hasta ese momento todo transcurría perfecto. Mamá y mis hermanas me piropeaban por mi nueva imagen. Mis cuñados me hicieron un cuestionario a dos voces sobre el coche nuevo y sus prestaciones. Los sobrinos sugerían continuamente que tenían que aprovechar el coche nuevo para ir de nuevo todos juntos a la playa, sin sus padres. Todo marchaba sobre ruedas.

No había terminado de lanzar el titular de la noticia cuando ya todo estaba en silencio. El sonido de los cubiertos se desvaneció, el tic tac del reloj decidió ausentarse. Los movimientos de mi madre se ralentizaron, los ojos de mis hermanas se expandieron hasta ser un universo entero, las cejas de mis cuñados se quedaron apuntalados en la extrañeza. 

Había ensayado el mensaje numerosas ocasiones los días previos. Probado con distintas inflexiones de la voz, medido al milímetro sus gestos y establecido la secuencia más adecuada para que no se formara un drama. Al final me preferí recurrir a un tono serio, rotundo pero no exento de pausas para intensificar el componente emocional del discurso. Había pasado la noche anterior visualizando a escena siguiendo los consejos que encontré en un libro de mindfullness.

Cuando se apuraban los últimos trozos de tarta, las botellas de whisky y ron florecieron sobre la mesa lancé un carraspeo con la fuerza suficiente para atraer la atención de todos. Mi mano derecha sobre la mesa quedó asentada sobre la mesa, con el puño cerrado con mucha fuerza, aferrada a algo valioso de lo que no se desea desprenderse.

-Perdonad un momento. Tengo algo importante que deciros y creo que es el momento de hacerlo. Lo digo ahora mamá porque no quiero robarte el protagonismo de tu día y, os pido por favor que no le deis a lo que voy a deciros más importancia de la que tiene. Yo estoy bien y creo que he tomado la mejor decisión más acertada – reparti una mirada para cada uno de los presentes para ganar tiempo y aumentar la expectación-. Sandra y yo nos hemos separado. Hoy hace cuatro meses.

-Juan Luis, nunca has estado casado – ha susurrado mi madre con toda la tranquilidad del mundo -. Es hora de poner fin a tu cuento chino con esa Sandra. Además, ya vas teniendo edad para que reconozcas de una vez tu homosexualidad. ¡Deja de comportarte como un niño! De una vez por todas, comienza a comportarte como un hombre.