viernes, 7 de octubre de 2016

Patrimonio de mi Humanidad

Cuadro de Antonio Varas Rosa

"¡Hay que ver lo cursi que puedes llegar a ser...!" Me dijiste con tu sonrisa de medio lado cuando te entregué una rosa de plástico aquella madrugada de miércoles. Caminábamos de regreso al hostal rodeados de edificios de piedra arenosa. Siglos de historia que nos ofrecían un laberinto de calles donde perdernos. Rincones donde otros miles de amantes, que antaño los recorrieron, suspendieron el paso del tiempo al juntar sus labios. En cada beso un universo entero. Calles donde miles de Calisto se prendaron de otras tantas Melibea para terminar arrojados al vacío de los sentimientos sentidos y no correspondidos.

Y yo te repito ahora, perdiendo mi vista de nuevo en el horizonte de la piedra, lo que entonces te dije en mitad de la Plaza Mayor.  “Todas estas piedras están envidiosas de la arcilla de tu cuerpo”. Esa arcilla que se dejaba moldear al contacto de mis manos urgentes. Una materia dúctil, rebosante de firmeza, cimentada en la robustez del ánimo de los amantes adolescentes que éramos. Una piel que, a cada llamada de la pasión, nunca devolvió un sonido hueco como respuesta y que dejó un eco inextinguible en el colchón.

Llevo varios días explorando las mismas calles. Buscando el rastro del hilo de Ariadna que dejamos para no extraviarnos, la promesa de que pasara lo que pasara volveríamos a buscarnos. He recorrido las cafeterías que frecuentamos por si aún queda en ellas un rastro de ti. He tirado decenas de monedas al pozo implorando que vuelvas.

Las calles están  desiertas a esta hora de la mañana. Las paredes se desperezan devolviendo el eco de las conversaciones que han escuchado durante siglos. Entre este armónico murmullo, te confieso que sigo prefiriendo el elocuente silencio de tu mirada. El candor de unos ojos, los tuyos, que no se conformaban con la fachada. Dos ojos cargados del poder de mirarme desde fuera y removerme por dentro.

Alcanzo la puerta de la Universidad ésa de la que decíamos que un día sentaríamos cátedra. No soy el primero en detenerme frente a su umbral. Un grupo de turistas japoneses se me ha adelantado, pertrechados todos con sus cámaras para librar su particular batalla con la suerte, buscando la famosa Rana que marca el devenir de los estudiantes que hasta aquí, cada año, se asoman. No son nosotros pero se parecen a aquellos que fuimos y que permanecen retenidos, para siempre, en las fotos que aún conservo.

Rememoro en esta parada cómo contemplabas fascinada  este emblema del plateresco, al tiempo que mi mirada se fijaba en tus labios y quedaba prendado de tu silueta. Escucho como si aún estuvieses a mi lado el discurso que me dabas acerca de las figuras que nos vigilaban desde el alero del tejado. Figuras que según decías “son los símbolos de que el fin del hombre es descubrir la verdad desnuda, porque en lo verdadero está lo inimitable y en lo falso lo impersonal”.

Lo único que quería oír en aquella fecha, aprovecho para confesarte, era el croar de los muelles de un lecho compartido al que le pedíamos unas horas más. Todo el conocimiento que por entonces quería atesorar, estaba en las lecciones que aprendía en las enseñanzas de tu torso desnudo.

Sí, tenías razón, no hay ciudad más hermosa que Salamanca. Dueña de un  frío que asienta la argamasa de sus piedras y sillares. Amante del calor templado que emanan los estudiantes que tratan de aprehender la vida. Ciudad instalada en la devastadora soledad de sus calles en la primera hora del día, tras un bullicio que tocó retirada en la última hora de la noche. Salamanca, parte del laberinto de nuestra historia y enredo de nuestra existencia.

He pasado un mal momento, ya lo sabes, al acercarme a la estación en la que perdimos el tren cuatro días seguidos. Mi caminar se ha detenido al oír el traqueteo que se acercaba. Mi respiración se ha ahogado y un relámpago ha atravesado mi corazón. Lo siento. No he podido ir en búsqueda de nuestro último recuerdo.

Me he dado la vuelta porque yo vine aquí de nuevo para pensar en tu compañía. Porque aún soy incapaz  el dolor que la imagen de tu espalda me dejó el día que te marchaste para siempre...

Mi camino debe continuar. Hoy soy yo quien debe darte la espalda, porque lo que ya no pervivirá nunca más seremos nosotros. Ya no lanzaré más gritos ahogados con tu nombre. Nadie volverá a comprobar que los te quiero de entonces siguen anclados en alguna de estas paredes. Me marcho.

Quien se quedará para siempre será el mundo, quedará esta Salamanca tan monumental como la conocimos y de la que otros serán herederos. Sí quedará, como quedo yo, desolada.

Este texto ha tomado como inspiración el relato de Ángel de Arriba "La buena Compañía" publicado en su blog Cortoletrajes del escribidor.