domingo, 12 de junio de 2016

Uno para todos

La primera vez que me enfundé unos guantes y recorrí el camino que lleva hasta la portería tenía diez años. Fue una soleada mañana de abril en mi Pilsen natal con treinta personas como testigos. Hoy, veinticuatro años después, sigo andando el mismo camino dos veces por semana adornado con esta cicatriz en el rostro que no cesa de recordarme el filo de cal del abismo de soledad al que me asomo. La diferencia es que ahora sesenta mil personas están a mi alrededor mientras transito de nuevo este camino, idéntico al primero y a todos los demás, en Londres a dos mil kilómetros de distancia de donde lo hice la primera vez.
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By Ronnie Macdonald from Chelmsford, United Kingdom - Petr Cech, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25798318

El primer paso de entrada al campo lo doy con el pie derecho para no poner la suerte del lado del bando contrario. Imagino que todos los delanteros rivales hacen lo mismo. Por lo que mantengo la portería a cero en esta, la primera batalla anímica de un partido. Preludio de las muchas que vendrán en esta guerra de noventa minutos mil veces librada que está punto de comenzar. Faltan apenas un par de minutos para comenzar.

La próxima hora y media estaré sólo. Me llevo sintiendo solo desde los diez años cuando, dentro del vestuario, todos mis compañeros se enfundaban la camiseta de rayas negras y verdes, el pantalón negro y las medias verdes. Mientras, yo me vestía mi raído pantalón largo, una estúpida camiseta amarilla exhibía aún más mi marginalidad y unos guantes que, muchas manos anteriores, desistieron de enfundarse. La soledad, desde entonces, está siempre conmigo.

Esta sensación de extrañamiento me convierte en alguien especial, diferente, único. Es una percepción que se ha agudizado desde que aquel irlandés me rompió el cráneo y salto al campo con este casco en la cabeza. Con él, los sonidos de la grada se alejan aumentando mi capacidad de concentración y me inmuniza de los vaivenes emotivos de nuestros seguidores. Me siento como los superhéroes de los cómics que he vuelto a devorar con avidez desde que Michal, al verme en la pantalla de televisión, dijo “¡¡Papá es Batman!!”.

Sé que puede resultar pretencioso pero ser portero es ser un superhéroe. Igual que ellos vestimos de forma diferente, solemos ser tomados por locos, condenados a vivir en un conflicto permanente y desterrados a una invisibilidad de la que nos piden a gritos que emerjamos cuando ya se ha probado todo y somos la última esperanza para que lo que amenaza con dañar no hiera.

Sí soy portero y tengo el poder de parar el tiempo y encoger el corazón de sesenta mil personas con cada una de mis decisiones. Puedo correr en busca del balón o esperar a que alcance mi posición, puedo atraparlo con las manos o propinarle un puñetazo,  puedo darle un puntapié a alejarlo de un cabezazo. Puedo hacer cosas que ninguno de los demás pueden, igual que Batman, Superman, Hulk o el Capitán América. Soy un superhéroe y ninguna de las personas que ahora mismo me escrutan con sus miradas lo desconocen.

Apenas falta un minuto para que comience el partido. El árbitro ya ha lanzado al aire su moneda, los capitanes esperan el veredicto, las gargantas de los hinchas ya están afinadas y listas para rasgar el aire con sus gritos de euforia, el balón aguarda el momento de comenzar a rodar y los entrenadores profieren las últimas instrucciones antes de la batalla. Mis superpoderes se expanden por cada poro de piel en cada segundo de esta cuenta atrás.

Siento una descarga eléctrica como si Jimi Hendrix y su guitarra se hayan colado en mi cabeza provocando que mis pupilas se dilaten y las aletas de la nariz se expandan. La corriente alcanza mi corazón que se acelera en un solo de batería al que acompañan mis manos con una palmada seca. Mis piernas se tensan y parece que el suelo arde. Salto y, al alcanzar el punto más elevado, un grito en un idioma que desconozco sale de mi boca. No sé qué es lo que ha pasado pero estoy convencido que ahora soy más grande que los ciento noventa y seis centímetros que dice mi ficha de jugador profesional y puedo evitar que sesenta mil personas sean vencidas por el abatimiento.

El árbitro sostiene su silbato. Levanta el brazo.

Estoy sólo, como los superhéroes.

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