jueves, 28 de enero de 2016

Cuando soñaba ser Salinas

Cuando soñaba ser Salinas



Hace 20 años soñaba con ser futbolista y alguien, por error, pensó lo mismo.  Se trataba de un brasileño, Marcelo, que pasaba dos tardes por semana por mi colegio a entrenar a un grupo de chavales que no teníamos ni idea de situar su país en el mapa y que todo lo que sabíamos era que había un futbolista que se llamaba Bebeto.

Éramos jóvenes recién incorporados al mundo futbolístico pues, hasta entonces, nuestro fútbol era en la calle, con las puestas de los garajes como porterías y las normas variaban cada día en función de quién llevase el balón. Nuestros referentes eran los peloteros del momento: Maradona, Van Basten, Hugo Sánchez... a quienes no habíamos visto apenas jugar y conocíamos sólo de oídas.

En mi caso, fui un poco contracorriente e idolatraba a Julio Salinas, para mí era mejor que Butragueño, quien era el futbolista español de referencia,  o cualquier otro con el que me picaban para tratar de desmerecerlo apelando a que era un pato mareado o que fallaba más que una escopeta de ferias. Julio Salinas fue el protagonista del primer póster que adornó las paredes de mi cuarto.Viéndolo desde la distancia, me sorprende aún más que alguien creyese que disponía de algún talento para el balompié con Salinas como modelo a imitar en lo técnico. Reconozco que la idolatría a Salinas la he mantenido con el tiempo aunque, con un período de apostasía, después de su fallo ante Pagliuca cuando, por primera vez, el fútbol me rompió el corazón.


Rondaría los 11 años cuando este brasileño consideró que mi calidad futbolística necesitaba proyección y decidió subirme a entrenar con los mayores. Allí estaba yo, dos tardes por semana, repleto de inocencia con mis zapatillas Kelme, que eran más zapato que calzado deportivo pero con la virtud de ser indestructibles, rodeado de diez chavales que me sacaban dos cabezas, vestidos uno con su chándal del Real Madrid, otro con el del Barcelona y sus zapatillas de fútbol sala, alguno de ellos luciendo un aro en el oreja y fumando a escondidas. Yo, con mis Kelme, mi chándal con rodillera sobre rodillera, mi escasa altura, una delgadez extrema y acatando la norma que imperaba por entonces en los colegios, de que uno no hablaba con alguien de un curso superior a no ser que éste se dirigiera a ti.

Medio curso estuve entrenando con los mayores, en aquellos años mi colegio no estaba apuntado a la liga escolar, por lo que sólo disputábamos algún amistoso muy de tarde en tarde. He de reconocer que tengo, aún hoy, la sensación de no haber sido aceptado entre aquellos. Sólo recuerdo que un chico espigado y silencioso me hablaba con normalidad y cierta frecuencia. Los demás, aparte de no hablarme, apenas me pasaban el balón. Y, cuando no había ausencia y los diez habían acudido esa tarde a entrenar, una vez que llegaba el momento del partidillo, solía quedarme sentado en el cemento para no incomodar. Deseaba con todas mis fuerzas que alguno de ellos se marchara antes de tiempo para poder disfrutar de jugar en la pista. En mi colegio sólo había una y, claro, ésta era ocupada por los de octavo en el recreo por lo que, si queríamos disfrutar de ella, teníamos que esperar a la clase de Educación Física semanal y esperar que  don Emilio nos diese juego libre.

En los días de partido, aguardaba ansioso la oportunidad de saltar al campo enfundado con la camiseta de algodón del colegio dispuesto a dejarme la vida y salvar el buen nombre de mis compañeros de clase. Allí estaba yo, aguardando mi momento como un perro sin pedigrí ni linaje, sin fuerza para levantar el balón del suelo, a no ser que viniera botando, dispuesto a no dejar un rincón de la pista sin pisar en señal de mi entrega y devoción a la causa. No jugaría más de dos minutos en aquellos partidos pero siguen clavados en mi memoria ya que muchas noches no dejaba de revivirlos una y otra vez en cuanto me acostaba. Soñaba con que algún día jugaría en el Barcelona de Cruyff o, al menos, en la UDS, todo un síntoma de que mi imbecilidad silenciosa comenzaba a dar sus primeros síntomas.

Al año siguiente Marcelo no volvió a entrenarnos y nunca más volví a jugar con los mayores hasta que ya fui uno de ellos. Cuando alcancé la edad, que no la altura, de aquellos con los que había compartido entrenamientos ya se había descubierto el fraude de mi supuesto talento. El balón seguían sin pasármelo, si lo quería la única forma de hacerme con él era robándoselo al otro equipo y mantenerlo con la esperanza de que alguien pudiera ver las facultades que Marcelo creía haber visto. La esperanza la mantuve durante tiempo dejándome literalmente la piel lanzándome sin piedad ni miramientos al suelo en busca del balón cada sábado por la mañana. 

Han pasado 25 años y aún recuerdo ese póster de Don Balón de Julio Salinas en mi cuarto. El de un niño que soñaba con jugar en el Helmántico, con sus heridas de guerra en las rodillas y los costados, con su chándal destartalado y sus Kelme irrompibles. Hoy ya no juego al fútbol y hace años que no le doy una patada al balón pero, al menos, puedo recordar aquellos días cuando le daba patadas y escribir sobre aquello lo cual está mucho mejor y no deja heridas de guerra sino que las cura.
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miércoles, 27 de enero de 2016

Qué vuelvan las cigüeñas

Qué vuelvan las cigüeñas

Recién comenzado el nuevo año sigo trayendo a éste dudas, preguntas y conjeturas que elaboré años atrás. -Una de las que siempre me han acompañado, desde mi más pequeña infancia, es por qué a los bebés los traía una cigüeña. Los dibujos de la Warner, esas cortas protecciones de animación, que llenaban las tardes de mi infancia y las mañanas de los sábados son las causantes de esa pregunta que me ha rondado hasta hoy.

La pregunta me ha vuelto a la mente al ver la programación de las fiestas de diferentes pueblos de la provincia con motivo de la festividad de San Blas y el consabido refrán de que la cigüeña verás. La visualización de toda esta cartelería me ha transportado a la casa de mis abuelos donde los misterios surgían en cada parte y cada visita era una búsqueda de respuestas a los interrogantes que plantea la vida en el campo.

Me recuerdo, con unos siete años aproximadamente, ataviado con unos pantalones que llegaban hasta las rodillas, que era una indumentaria habitual en aquella época y que en los últimos estíos la modernidad urbana a vuelto a rescatar, sentado en el poyo situado junto a una de las acacias que estaban a la puerta de la casa de abobe mirando atentamente el campanario de la iglesia. Allí, posadas, anidaban dos, tres y hasta cuatro cigüeñas que no paraba de escrutar y vigilar con denuedo mientras emitían el sonido característico con sus picos que recuerda a una ametralladora. Ese sonido se llama crotoreo, según me dijo, mi abuelo Severo, que de eso sólo tenía el nombre, que era para mí la persona más sabia que conocía.

Jamás ví llegar, durante los años que duró mi investigación, cigüeña portadora de vida nueva. Pensaba yo que era curioso que a mi pueblo sólo llegaran de estas aves las constructoras, lo cual me parecía lógico con la proliferación de grúas que, cada mes que pasaba dificultaban algo más mis avistamientos, que las encargadas del transporte de bebés estarían en algún pueblo vecino o todas con base en París para realizar las entregas en el lugar indicado donde parejas jóvenes ocuparan grandes edificios de ladrillo y ascensor.

Llevo varios días pendiente de los cielos y no hay rastro de cigüeñas por los tejados. No habrán venido porque poco tendrán que encontrar en este pueblo que es cada vez menos campo y más cemento. Que para qué van a venir si no hay alimento que llevarse a la boca. Y es esta cuestión de la cantidad de alimento disponible para la cigüeña la que la tiene asociada con la natalidad. Cuanto mayor es el número de cigüeñas en el campanario mejor es la cosecha y más cigüeñas optarán por anidar en él. Del número de cigüeñas podemos entonces deducir el nivel económico de la zona para los meses siguientes. Muchas cigüeñas es sinónimo de mucho que celebrar, mejores perspectivas de futuro y la creencia de un mundo más próspero que queremos, por deseo o descuido, que otros vengan a disfrutar.

Es una idea menos romántica pero más científica. Es lo que tiene el transcurrir del tiempo que sustituye idealizaciones por sólidas certezas. El ministro de Economía mientras tanto anuncia la mayor caída del desempleo en la historia de España. Mientras le escucho no dejo de preguntarme qué estará mirando el señor de Guindos.


miércoles, 13 de enero de 2016

Ganarse a uno mismo

Foto de Ganarse a uno mismo Ignacio Bellido
Cruzando la meta del Duatlón Cross de Navalcarnero (Noviembre 2015)

Ganarse a uno mismo


Llegar el primero no siempre es ganar si ya sabes que vas a ganar.


Ganarse a uno mismo es cruzar la línea de meta. A lo largo de los últimos ocho años he participado en numerosas carreras a pie y en bicicleta en diferentes localidades y por terrenos variados. He cargado con un lastre de barro en las distintas Ligas de Cross de Cabrerizos, he corrido en mitad de la jungla en Panamá, he conocido a fondo Madrid participando varias veces en su Maratón, he cruzado la frontera entre Portugal y Francia encima de la bicicleta... Nunca he atravesado el primero la línea de meta pero, como muchos otros, he terminado casi todas las carreras con la sensación de haber ganado.

"He llorado de rabia. He llorado de dolor pero también he llorado de felicidad"

Ganarse a uno mismo es no perder la capacidad de sentir. Al cruzar la línea de meta he sentido rabia en ocasiones, otras veces orgullo por lo conseguido. También he experimentado frustración y decepción y sí, lo reconozco, en ocasiones he llorado. He llorado de rabia sobre la bicicleta en los primeros kilómetros de la Quebrantahuesos, cuando había dejado atrás 30 kilómetros y todavía me quedaban por delante 170. He llorado de dolor en cada zancada por los adoquines y cuestas de Segovia. He llorado de felicidad al cruzar las puertas del parque del Retiro y he sentido, en ese momento, un infinito amor por todos los que forman parte de mi vida. Lo reconozco, llegar al Retiro después de 41 kilómetros corriendo hacía que mis ojos se inundaran de lágrimas, convirtiendo ese instante en el momento más emotivo de cada año.

Ganarse a uno mismo es vivir de nuevo. Si al terminar de participar en una prueba de resistencia le preguntáramos a los participantes si el próximo año participará de nuevo su respuesta será "no lo volvería a hacer". Sin embargo, apenas unos minutos después, tras haber comido un poco de alimento y haberse rehidratado ya se piensa en cuándo será el próximo reto. Son muchos los que me han preguntado porqué repetir si ya lo has hecho. Mi respuesta a esta pregunta (cada uno tendrá la suya) es que una vez que has sentido una emoción de ese calibre estás deseando sentirla de nuevo. Es como una droga, no, mejor dicho, es como el amor que siempre se quiere más y con mayor frecuencia.

"Una prueba de resistencia es como el amor, quieres más y más a menudo"

Ganarse a uno mismo es conseguir un sueño. Es llevar más lejos las propias posibilidades. Siempre viene a mi mente el primer dia que salí a correr. Apenas aguanté 7 minutos y creía que se me iba a salir el corazón por la boca, que las piernas me iban a estallar, pues me las miraba y estaban hichadísimas y de un preocupante tono rojizo, el miedo a sufrir un colapso en ese momento me acuciaba. Las agujetas del día siguiente fueron terribles y bajar las escaleras, por suerte es un primer piso, un suplicio. Esto el primer día, 400 días después tomaba la salida del Maratón de Madrid. Cada uno de esos días, me había ganado a mi mismo pues me había llevado a superarme.

Ganarse a uno mismo es no perder las ganas. Esa meta podría haber sido la última y haber perdido la motivación para no continuar y dejarme llevar. Sin embargo, el apetito de seguir poniéndome a prueba sigue estando presente aunque su intensidad sea fluctuante. Pienso que uno debe ser como Messi, no en cuento al talento pero sí en actitud. alguien que durante cuatro años es indiscustiblemente considerado el mejor jugador del mundo y, dos años después, vuelve a conseguirlo. Eso requiere una alta dosis de motivación, amor hacia su trabajo o afición y respeto hacia uno mismo.

Ganarse a uno mismo es respetarse. Si hay un ejemplo de respeto hacia uno mismo me lo descubrió ayer otro futbolista: Michu. Sí ese jugador alto y corpulento que salió de Oviedo, pasó por Vigo y Vallecas antes de irse a Inglaterra e Italia para aterrizar en la selección española. Un jugador caído en el olvido y que ha vuelto a los terrenos de juego en los campos de la Tercera División, Michu es el ejemplo de alguien que se respeta a sí mismo, diciendo "mi objetivo es competir cada día contra mí mismo y ver cuál es el máximo nivel que puedo alcanzar,da igual la categoría"

Ganarse a uno mismo es saber que la mayor derrota es perder sin jugar.

viernes, 8 de enero de 2016

La Yaya Tiene Móvil

Foto de La abuela con WhatsApp y SmartPhone
Fotografía de Roberto Peri extraída de Getty Images

La yaya tiene móvil


El día que la abuela decidió tener WhatsApp porque desconectarse no es una opción


¡¡La yaya tiene móvil!! Es la frase más repetida por mi sobrina tras el día de Reyes. La sorpresa y emoción de los regalos que sus majestades de Oriente desataron en ella hace apenas dos días se han visto superadas por las consecuencias del después. Mi sobrina, así como mis hermanas y yo, junto con el resto de familiares y amigos de mi madre nos enfrentamos a una nueva forma de relación con ella.

La abuela ha decidido dejar atrás el mundo analógico y dar el salto adelante hacia el mundo digital. Se acabó para ella el ser receptora de mensajes de los medios de comunicación de masas y, a partir de ahora, tiene la oportunidad de convertirse, ella misma, en su propio medio de comunicación. El proceso será lento y, sobre todo, esperamos que el viaje en el que ahora se embarca sea largo.

Empieza la aventura digital para la abuela. Quiero utiliza el caso de mi madre y lo que le aguarda par recordarnos a todos lo que el universo digital nos ofrece a todos y que quizá, hayamos olvidado o quizá ni siquiera hayamos tenido en cuenta.

Internet es nuestro laboratorio personal donde podemos experimentar con mensajes, conductas y propuestas que luego podemos llevar al mundo físico

El mundo digital nos aporta una mayor percepción de autonomía y este es su principal valor. el uso de los medios sociales nos hace más independientes porque reduce nuestros niveles de dependencia de los otros para poder socializar. Encontramos en ellos un recurso en los que podemos saltarnos conectores o mediadores para desarrollar relaciones directas que antes podrían estar condicionadas por la presencia obligatoria de una tercera persona.

Las relaciones y comunicaciones directas se tornan más sencillas y accesiblles. Se acabó el tiempo y el momento de llamar a lugares como ocurre en el mundo analógico donde no llamamos a personas sino que lo que hacíamos era llamar a un lugar en el que las probabilidades de que la persona con la que deseábamos contactar se encontrase allí eran elevadas. Ahora llamamos y comunicamos con las personas, independientemente del lugar en el que se encuentre. Desde hoy puedo estar en contacto con mi madre independientemente de que esté en a peluquería, el supermercado o de turismo y viceversa.

Las redes sociales nos aportan más relaciones y más duraderas

El universo digital nos permite desafiarnos a nosotros mismos y poner en valor las propias decisiones. En este nuevo ecosistema nos da la oportunidad de cuestionar lo establecido e incluso romper viejas rutinas, valores, hábitos y creencias al tener al alcance de la mano una nueva forma de experimentar la vida. ¿Cómo? El entorno internet se convierte en nuestro laboratorio de experimentación,  nuestro campo de pruebas particular cuyos hallazgos podemos incorporar a nuestro mundo físico: más información para desenvolvernos mejor, informaciones sobre nuestros amigos y familiares que nos ayudan a comprenderles mejor y descubrir planos nuevos de ellos que desconocíamos

Los medios sociales y las redes sociales nos permiten mantener relaciones con un mayor número de individuos (en el mundo analógico nuestra red de relaciones habituales apenas alcanzaba las 50 personas) durante períodos de tiempo más prolongados. Las redes nos permiten mantener el contacto y sortear barreras geográficas y temporales. Las redes sociales nos aportan más relaciones y más duraderas modificando con ello la percepción del número de personas con la que nos relacionamos pues podemos mediante un solo mensaje, relacionarnos con muchas personas. 

Así mi madre, desde ayer, es más autónoma, ganará capacidad de decisión, podrá seguir haciendo frente a nuevos retos y tendrá la oportunidad de seguir en contacto con su red de relaciones, aumentar la frecuencia de los contactos entre ellos y el número de personas con las que relacionarse. 

Bienvenida madre, has llegado para quedarte porque desconectarse, desde hoy, ya no es una opción.