lunes, 19 de diciembre de 2016

El mejor regalo de cumpleaños

Ayer cumplió 40 años. El mejor regalo que recibió fueron unas palabras  que llevaba toda la vida esperando oír de su boca.

regalo de cumpleaños | Ignacio Bellido


Ayer fue el día de su 40 cumpleaños. El primer regalo lo recibió sin haberse levantado de la cama. En la mesilla le aguardaba una bandeja con el desayuno listo, una rosa y una nota manucrista: “Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!”. Un suspiro salió de su pecho en el que sus manos se aferraron a las palabras de Neruda, del que adoraba cada uno de sus versos. Con semejante despertar, ¡qué importa el café destemplado y las tostadas frías!

Es la primera vez que lo inesperado le trae alegría. Siempre que algo que no estuviese previsto aparece trae consigo malas noticias: la enfermedad de su madre, la llamada de la guardia civil notificando la muerte de su hermano en un accidente de tráfico, el despido de su padre… No siempre noticias trágicas, sino apariciones recónditas que se instalan en lo cotidiano, sin aviso: un lunar en el pecho que antes no estaba, un profundo surco marcando territorio en su piel tersa, o un bulto para el que no había golpe ni accidente que lo explicara.

En la ducha ha hecho su repaso diario de la geografía de su cuerpo en busca de nuevos invasores, ninguna declaración de guerra. Territorio despejado. Al salir de la ducha, envuelta en una nube de vapor busca su reflejo. En el espejo empañado un mensaje, una revelación inesperada: “¡Te quiero multiplicado por 40!”  Su cara muestra una nueva sonrisa, sus hombros desnudos han perdido altura y ha sentido un millar de caricias a través de la toalla.

Elena se ha vestido con  rapidez, ha salido presurosa de casa con intención de burlar el atasco de cada día. Ha arrancado el coche quince minutos antes de lo que habitualmente lo hace para tener tiempo suficiente, antes de llegar al trabajo, y pasar por la pastelería a comprar unos dulces para compartir con sus compañeros de oficina. Lo que no esperaba era la tímida lluvia que la ha asaltado al salir del garaje, su aparición la instala en la certeza de que la retención es inevitable. Sólo cabe resignarse y confiar en que la emisora de radio que tiene sintonizada le haga el trayecto más llevadero.

A la tercera vuelta sigue sin encontrar aparcamiento. El cabreo y la desesperación in crescendo, hasta el punto de estar a punto de estrellarse con el camión de la basura. Motivo: una voz conocida que habla por los altavoces de su auto. Una voz que ha parado el tiempo para dedicarle su canción. Las notas que, al oírlas, se eleva del suelo y su cabeza vuela lejos, muy lejos. Ha parado el coche en doble fila, la lluvia y las lágrimas, que se han apoderado de sus ojos, no le permiten ver. Cierra los ojos, susurra para sí cada una de las estrofas mientras permanece aferrada al volante, por los altavoces se escucha “You were always on my mind…”.

A media mañana, mientras compartía café y pasteles, un mensajero ha aparecido en la oficina preguntando por ella. Cargaba consigo un ramo de rosas blancas inmenso. Entre las flores un mensaje, más Neruda, “De nadie seré, sólo de ti”. Sonrisas de afecto  de sus compañeros y comentarios “¡Qué envidia!”, “¡Qué suerte!” o “¡Qué callado te lo tenías!” han terminado por edulcorar, más aún, tan empalagosa escena.

Elena ha regresado a casa agotada. Un día largo con muchas llamadas telefónicas que atender, muchas preguntas, mismas respuestas. La casa, vacía, nadie con quien compartir su intimidad desde que vino a Madrid años atrás a hacer carrera. Antes de acostarse recoge los restos de la bandeja de desayuno, limpia el espejo de baño, chequea por última vez el correo electrónico donde comprueba la factura de la floristería.

Elena, ya en pijama, se desploma sobre la cama. Se arropa esperando ser vencida por un sueño que le arrastre consigo. Una última frase se instala en su cabeza antes de quedar dormida “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Susurra para sí: me quiero.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Mi calle es mi mundo

En Salamanca, en Garrido, en mi calle, aprendimos a enfrentarnos a la vida a pecho descubierto

Mi calles es mi mundo Garrido Salamanca |Ignacio Bellido



La calle en la que he crecido no tiene balcones, pero es tan grande como el propio mundo. Tiene dieciocho portales, ciento treinta y cuatro viviendas, entre las que he aprendido a vivir y muchas cosas de la vida. En este escenario cada tarde, siendo yo muy poquita cosa con la merienda en la mano, me sentaba  junto a mis amigos en el poyete  para, desde allí, contemplar el universo de vidas que nos rodeaba.

El mundo en el que crecí apenas mide cien metros de largo y quince de ancho. Pocos, pero los suficientes para albergar el paraíso y muchas zonas oscuras a las que temía acercarme. En este espacio tan reducido experimenté, por primera vez, el miedo y tuve que aprender  hacerle frente cada vez que transitaba por los últimos portales que desembocaban en el campo, cruzaba por ante la cochera de mi vecino o me asomaba por la puerta del bar de Fidel. Eran para nosotros territorios hostiles a los que, cuando no quedaba más remedio que pasar junto a ellos, lo hacíamos con sigilo, arrimados a la pared, la cabeza gacha, en silencio y con el corazón acelerado.

En mi calle, a diario, hacíamos frente a una aventura, un desafío, un reto que terminaría por darnos un lugar en la vida. Todos los chavales de mi generación queríamos ser, cada uno, los amos de nuestra calle. Los amos del mundo.

Nuestra conquista del mundo no se hacía de forma desorganizada, existían normas de obligado cumplimiento que regían las relaciones fronterizas: nadie que no viviese en nuestra calle podía ser el amo de ella, no cabían foráneos en los puestos de mando, los que viniesen de fuera serían siempre bien recibidos pero a cambio les exigíamos su sumisión incondicional, las chicas de nuestra calle eran de nuestra calle y cualquiera que quisiera besarlas necesitaba primero nuestra aprobación…

Este, simplificado, era el código de conducta por el que nos regíamos, amén de otras normas provenientes del universo adulto que estaban por encima y sobre las que no teníamos capacidad de control. Eran preceptos que acatábamos sin cuestionar, sujeta desde la premisa de que todo lo que dijera quienes se afeitan una vez por semana debe ser obedecido.

En mi calle moraban los mayores peligros y los más cruentos enemigos, lo que nos obligó a todos los que allí crecimos a enfrentarnos a la vida a pecho descubierto. Por allí rondaba el temor al desempleo, la fuerza desgarradora de una kriptonita envasada en jeringuillas, la fuerza paralizante de la soledad a que nos enviaban los políticos que mandaban y las temidas incursiones del frío que nos empujaba al interior de las casas en los días duros de invierno.

Todos aquellos con lo que crecí son héroes. Son personas forjadas de carácter que han agarrado el mundo con sus propias manos y lo han zarandeado. Lo agitan para llamar su atención, para que a todos les quede clara una cosa: estamos orgullosos de haber nacido donde lo hemos hecho. Sí, lo sé, seguro que hay cientos, miles de calles iguales a la mía en cualquier otro lugar del mundo. Sí, pero no son mi mundo.

Sesenta años corren por las aceras de mi calle. En ellas hemos sido miles los que nos hemos hecho lo que somos, donde hemos soñado lo que queríamos ser, donde nos hemos hecho tal y como debemos ser. Puede que mi calle, su gente, los que entonces fuimos niños, ahora parezcamos viejos. No lo somos. Seguimos siendo lo que éramos, no hemos olvidado ninguno de nuestros sueños de juventud, seguimos viviendo la vida, la auténtica vida.

En mi calle vivimos la vida real. La vida de quienes tienen que pagar sus facturas cada mes igual de apurados que los años pasados, la de los padres que siguen dando de comer a sus hijos y a los hijos que hemos ido teniendo. Una vida en edificios sin ascensor, la de para quienes sus coches nuevos son los que otros dieron por viejos, la de aquellos cuyo destino de vacaciones se llama pueblo y la de los que hacen recuento de los que faltan porque sienten que, cada vez, son menos.

Muchos de mis antiguos vecinos ya no pasean por mi calle. Unos porque murieron, otros porque marcharon y algunos porque la salud les impide pisarla. En mi calle ya no se oye el griterío de los niños, ya no se ve a los adolescentes presumiendo ni  se escuchan las discusiones de los más veteranos en la puerta de los bares. Como mucho, quedan aún los gruñidos, cada vez más silencioso, más aplacados, de las viejas desconfiadas bisbiseando en el descansillo de su escalera.

A los que se fueron otros nuevos han venido a reemplazarles. Mi calle es el mundo y es la vida. Es un lugar donde todo nace y muere, donde lo que hoy palpita mañana se apaga. Una cosa permanece para siempre de mi calle, en mí y en todos los que, como yo, quisimos ser los amos de la calle, los amos del mundo, lo que allí aprendimos. Sé que lo que ahí aprendí no lo aprenderán los nuevos que llegan. Miento, terminarán por aprenderlo, pero tardarán mucho más.

En las ciudades hoy hay parques vacíos, calles sin alma repletas de lugares de cobijo donde se siente miedo, donde se aprende, sí, pero no se sueña. No se lucha contra el mundo, no hay enemigos ni cómplices a la vista y ya no se corre el riesgo de equivocarse. En la calle hoy se premia el hecho de ser cauto, la desconfianza es un valor y todo tiene que pensarse fríamente. Las calles de las ciudades de hoy no son mi calle.

En mi calle quisimos, queremos y querremos seguir siendo héroes. Para nosotros, como nosotros, los héroes se equivocan, yerran, fallan, sufren y todo lo que les pasa les sucede porque se arriesgan, porque están dispuestos a enfrentarse a lo desconocido porque no tienen miedo, porque sólo se temen a sí mismos.

En mi calle sigue sin haber balcones, pero está llena de héroes.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El perfume de sus secretos

El recuerdo de un olor puede traer de vuelta a aquellos que un día nos abandonaron

El perfume de sus secretos | Ignacio Bellido


“Muchas de las respuestas que buscarás en el olor de la casa las encontrarás”. Tenía ocho años cuando escuchó, por última vez, la voz de su padre. Esta frase ha resonado en su cabeza durante los últimos veinticinco años.

Pertrechado con una pesada llave de la mano aguarda, ante la puerta de la casa en la que creció, reunir el valor suficiente para entrar a un pasado que no le gusta recordar. Varias gotas de sudor resbalan en su frente, su respiración es agitada y el temblor de la duda le zarandea las rodillas. Hace un esfuerzo por concentrarse, mucho, pretende reunir el arrojo suficiente para adentrarse en el pasado. Introduce la llave, con un empujón de hombro consigue abrir la puerta.

El primer paso es el más difícil. Ante él uno de los mayores desafíos de su vida, un recorrido, un tránsito del exterior al interior, cruzar la línea fronteriza que separa el presente del pasado. Atraviesa el umbral, la oscuridad de la casa le invade el alma, el frío de las habitaciones vacías se siente en sus huesos y el olor a naftalina le irrita los ojos.

El espacio que le da la bienvenida apenas se parece al que recordaba. De pequeño aquel espacio era un territorio ilimitado, casi inabarcable. Hoy no es más que un espacio oscuro y cerrado del tamaño de una caja de zapatos. Una sensación de claustrofobia comienza a invadir sus sentidos ahogados por ese olor que lo cubre todo. Dicen que el demonio huele a azufre, a él le huele a su vieja casa, a naftalina.

Tras varias respiraciones profundas logra recomponerse. Avanza con lentitud a pasos cortos, apenas levanta los pies del suelo. La oscuridad, poco a poco, lo va devorando. Entre tanta penumbra alcanza a distinguir las formas de los pesados muebles, en su interior cuelgan los trajes de la desolación y el abandono, en las paredes se perfilan los estantes en donde lo único que reposa es el polvo, en el centro de la habitación un colchón en el que lleva tiempo durmiendo el olvido. Lo que descubre no ayuda a tranquilizarle.

Este es el lugar preciso para hallar las respuestas que busco y no debo marchar sin ellas, piensa. Abre los pesados cajones buscando señales que indiquen que está próximo a encontrarlas. La decepción se va instalando en su corazón con cada nuevo cajón descubierto, con cada puerta que va dejando atrás. Siente la tentación de abandonar.

Ya sólo le queda por rastrear su cuarto de cuando era niño. Allí están los juguetes que dejó abandonados el día que se marchó camino del internado. Sus soldados de plástico siguen aguardando en sus trincheras que se declare el alto el fuego, la peonza ya recuperada de los mareos tras tantos bailes, incluso sus zapatillas de cuadros siguen esperando los pies de un niño a los que dar cobijo.

Todo sigue estando igual que como lo dejó. Su cama, su mesa de estudio, su silla, su cómoda, su armario. Se ve a sí mismo en aquel espacio. Cómo disfrutaba de tardes enteras jugando entre esas cuatro paredes con su madre. Esa alegría se esfumó de pronto. La tristeza no dejó rastros de pasadas alegrías cuando mamá se marchó para siempre. Desde entonces la casa fue ocupada por un único habitante, el silencio. Nunca más se jugó al escondite dentro de aquella casa, no volvió a jugarse a nada.

Cuando su madre desapareció su padre agachó la cabeza para siempre y sus ojos no volvieron a alzar la vista del suelo. Quedó postrado en un letargo del que nunca se recuperó, que le mantuvo encerrado en casa para el resto de su vida esperando el regreso de su esposa.  La casa que había estado llena de la vida de su madre, se cubrió de la desesperanza que trajo consigo el desvanecimiento de su proyecto de familia. Trató de conservar su presencia con aquel olor que le recordaba a ella.

Abre todos los cajones. La rabia por no encontrar lo que busca le hierve poco a poco la sangre. Descubrir que las últimas palabras que le dijo el loco de su padre no velen de nada le invaden de ira. Ser consciente del error que ha cometido durante años al albergar esperanza en aquellas palabras le hace perder los estribos. Un grito se escapa de su garganta para romper la quietud de una atmósfera que llevaba décadas sin ser agitada. Arroja los juguetes al suelo, patea la mesa con una fuerza inusitada, lanza un puñetazo contra la puerta del armario. Un nuevo grito pone fin al estallido de violencia.

Se ha hecho daño en la mano. Sacude sus dedos para aliviar el dolor que le sobrecoge, con el golpe la portezuela de su armario se ha salido de sus goznes. Maldice con más fuerza y  arroja, movido por el último gramo de furia, la puerta contra el suelo. Su respiración se detiene, su mirada se congela. Un esqueleto aparece allí, acurrucado, vestido con las ropas que su madre llevaba cuando jugaron por última vez al escondite.

Lentamente, se gira sobre sí mismo, dirige sus pasos hacia el exterior del cuarto. Comienza a correr deseando salir de la casa lo antes posible. Arranca el coche y conduce todo lo que deprisa que puede, como si huyese de un tornado, de la tormenta de preguntas que surgen con cada nueva respuesta.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La selección de la especie

Una entrevista de trabajo. Varios candidatos. Un reto. 

Una vida que no volverá a ser la misma.




A Román le gusta llegar cinco minutos antes a cualquier cita. No iba a perder su hábito precisamente hoy que tenía entrevista de trabajo. A sus 42 años, los últimos siete meses desempleado, tiene la percepción de que su vida laboral está dando sus últimos coletazos antes de caer en la deriva. Por eso, hoy se ha propuesto a sacar lo mejor de sí.

Se ha perfilado bien la barba y dejarse el bigote que tanto le luce. Se ha puesto una camisa alegre y, en vez de corbata, se ha decantado por la pajarita. Ha repasado los cristales de sus lentes para que su mirada clara reluzca, repasado mentalmente su carrera y ensayado las respuestas a las preguntas más comprometidas que puedan plantearle. ¿Por qué finalizó su contrato en la empresa anterior? ¿Qué se ve capaz de aportar a la empresa? ¿Cuánto le gustaría percibir como salario? Román no duda, se siente preparado.

Al llegar a las oficinas de la empresa ha dado su nombre. La recepcionista le ha sonreído y solicitado que hasta que finalice el proceso de selección debe dejar su teléfono móvil. Ella se encargará de custodiarlo para devolvérselo cuando concluya. Román no ha puesto objeciones, le ha entregado sumiso y dispuesto su viejo teléfono. La recepcionista no ha hecho ningún comentario al respecto, pero le ha sorprendido que, en los tiempos que corren, una persona menor de 50 años utilice un teléfono tan obsoleto. Salón Oceanía, tercera planta, suerte.

El primer candidato que logre la cifra de mil seguidores se hará con el puesto. 


Ha entrado en la sala confiado, seguro de sí, hombros en alto, pasos firmes y sonrisa afable. Allí ha comprobado que son catorce los candidatos que aguardan, como él, su turno. Primer contratiempo, esperaba una entrevista individual, pero esto tiene toda la pinta de ser una selección grupal. Acto seguido vendrán las dinámicas de grupo, de comunicación y demás fantasías que los profesionales de recursos humanos idean para justificar sus salarios. No pasa nada, no es la primera vez que se enfrenta a estos procesos. Toma aire, con tranquilidad recorre visualmente la sala, se sabe capaz viendo que es el más veterano de los allí presentes.

Apenas ha terminado de dar los buenos días y acomodarse en el único asiento que quedaba libre cuando ha aparecido un joven de apenas veinte años en el umbral de la puerta. Les ha dado la bienvenida, se ha presentado como el CEO de la compañía y explicado, brevemente y sin rodeos, en qué consiste el proceso de selección.

-Están todos aquí porque han presentado su candidatura para un puesto de trabajo en el departamento de comunicación de la compañía. Sólo uno de entre los aquí presentes se hará con el puesto. El salario es de 36.000 euros brutos anuales, con cuarenta días de vacaciones por año y con la posibilidad de trabajar desde casa. Si alguien no está conforme con las condiciones puede abandonar ahora mismo –nadie se ha movido de su sitio- . Viendo que no hay objeciones paso a explicarles en qué consiste la prueba. Cada uno de ustedes pasará a una sala donde estarán solos. En ella encontrarán un sillón, una pequeña mesa con agua, comida y un teléfono móvil. Cada teléfono será su herramienta de trabajo, hemos creado para cada uno de ustedes un perfil nuevo en Twitter. El primero de ustedes que logre la cifra de mil seguidores se hará con el puesto.

Román ha sentido que se le venía el mundo encima o al menos eso decía la expresión pálida de su cara. Ha pensado en abandonar pero, ya que estaba allí, no pierde nada por intentarlo. Se ha dirigido a su puesto andando sobre las puntas, silencioso y vacilante como quien se asoma a un precipicio. Ha cruzado el umbral y allí está, ese teléfono que sabe que va a ser su condena. Un teléfono que le va a echar para siempre del mercado laboral, como en su día se vieron fuera los segadores con la llegada de las cosechadoras, los campaneros con los relojes de pulsera o los herreros con los altos hornos. 

Román se ha despertado creyéndose moderno y todo pinta que se acostará obsoleto. Estará vivo sí, pero muerto profesionalmente. La única opción viable que le quedará cuando esto termine será la de mostrarse como objeto de exposición en el museo arqueológico. Él y su móvil. Homo Analogicus sería el nombre que se pondría en el cartel que explicase su vida, presentase sus herramientas y su vida sexual.

Una nueva especie aflora ente las redes. El homo analogicus está a punto de entrar en los museos


Ha agitado su cabeza para disipar estos pensamientos de la cabeza. ¡Céntrate! se ha dicho. Ha cogido el teléfono, desbloqueado la pantalla y se ha lanzado a la telaraña de las redes. Ha hecho un rápido repaso mental por los manuales y artículos que ha leído al respecto de esta red social. Primero, elegir un nombre.¡Bien! esto no es necesario que lo haga, ya lo han hecho por mí, así gano tiempo. Segundo, elegir una foto de perfil. ¡Mierda! Esto ya es más difícil. ¿Cómo coño me voy a hacer una foto de perfil yo sólo y que quede bien? ¡Putos selfies!

Un momento, un momento, calma Román. Recuerda lo que has leído. Poner la cámara a la altura de la frente, poner un poco de morritos y una mirada profunda. Al tercer intento ha pensado que el resultado era aceptable. Tercero, empezar a publicar. ¡Esto sí que es difícil! ¿Cómo empiezo? No puedo resultar pretencioso pero tampoco idiota. Ya está. ¡Lo tengo! Escribe “Hola mundo”. Su primer tweet ya está en la red.

Ha pasado dos minutos desde que ha escrito el mensaje. No hay respuesta. Su número de seguidores sigue siendo cero. No pasa nada, no es bueno que precipitarse. Ha encontrado la forma de salir del atolladero. Tiempo atrás se fijó en una noticia donde se contaba que utilizar gatos suele tener muchas reproducciones en la red. Se ha pasado la siguiente hora recopilando memes de gatos y lanzándolos a la red de forma inmisericorde. Ya son diecisiete los tweet que ha publicado. Nueve seguidores.

Recurrir a los gatos parece que no está funcionando tan bien como esperaba. Es un buen momento para cambiar de estrategia y no hacer el ridículo. Ha llegado la hora de opinar sobre los temas de actualidad. Busca las etiquetas más populares. Escribe sin pensar. Opina de todo sin saber de nada. No consulta siquiera las noticias de las que habla. Sólo opina. Critica. Su cuenta de seguidores lo agradece. 124 tweets publicados. 46 seguidores. Esto funciona.

Han pasado muchas horas desde el inicio de la prueba. Varios candidatos han desistido.  Román persevera. Se le dará peor que a ninguno pero no va a permitirse un abandono. Nada. Sigue publicando. Sigue publicando. Los últimos setenta mensajes han sido un resumen de su vida. ¡Qué triste! Cuarenta años de existencia en apenas diez mil palabras. 153 seguidores.

Llegada la última hora de la tarde han venido a darle el aviso de que la prueba ha terminado. Uno de los candidatos ya ha alcanzado el objetivo. Román actualiza de nuevo la pantalla. Ese cabrón ya tiene mil seguidores y yo no estoy cerca de los doscientos  Malditos niñatos que sólo viven para las redes sociales -se ha dicho con una rabia que le abrasaba el pecho.. Se ha puesto en pie, y ha hecho ademán de devolver el teléfono a la persona que le ha venido a notificarle el resultado.

-No es necesario –ha dicho el joven con una sonrisa. Como deferencia por el esfuerzo realizado y agradecimiento con los candidatos, la empresa les regala a cada uno el dispositivo con el que han participado en la prueba.

Román regresa a casa, es tarde. Se palpa una y otra vez el bolsillo. Saca el teléfono del bolsillo. Desbloquea la pantalla. Escribe. “Esta es mi mensaje de despedida. Adiós mundo”. Al entrar en casa su pareja le ha preguntado inquieto si le ha pasado algo. 

-Llevo todo el día llamándote y no coges el teléfono-le ha dicho en  un tono de reproche. ¿Cómo ha ido la entrevista? 

-El puesto se lo han dado a otro más joven -ha dicho apesadumbrado.

Está bien entrada la madrugada y Román es incapaz de dormir. Le da vueltas a todo. Decide levantarse. Necesita estar solo. Coge su teléfono. Comienza a escribir de nuevo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Ladrón de todo

Es difícil encontrarte con la mirada de tu violador


Ladrón de todo | Ignacio Bellido


Samanta no sabía si aquella señal era un presagio de que algo maravilloso estaba a punto de ocurrir o el anuncio de aviso de que algo terrible sucedería, lo que sí sabía era que nunca más volvería encontrarse cara a cara con aquellos ojos. No le hacía ninguna gracia tener que cubrir a noticia de ese evento. Las presentaciones de resultados de las empresas del IBEX35. Pensaba que no había tema más aburrido para un periodista. Además, no soportaba verse rodeada de todos esos hombres creyéndose los mejores dueños posibles del mundo.

Como suele hacer cuando no hay noticias urgentes que cubrir, acudió con la suficiente antelación antes de la exposición de resultados para ir adelantando la crónica e ir leyendo el dossier que le estaría esperando al llegar. Después de picotear algo en el catering de bienvenida, se sentó en su puesto a echar una ojeada al dossier e ir avanzando la noticia que enviaría a la redacción. Al llegar a la quinta página, su corazón le dio un vuelco.

Tras el resumen ejecutivo y la breve presentación de la compañía, la empresa anunciaba una noticia que le heló el alma. Dentro de la renovación de los cargos en el Consejo de Administración, se había decidido nombrar como nuevo consejero delegado a Carlos Saldaña. La información venía acompañada de un recorrido por la trayectoria profesional del nuevo consejero, acompañado de su fotografía, un retrato en el que aquellos ojos se le clavaron en la garganta.

No es fácil reencontrarte con la mirada de tu violador. Soportarle mirándote de nuevo. La profundidad de unas pupilas carentes de fondo, la ausencia de color de dos iris sin brillo. Mirarle dolía, pero no podía dejar de hacerlo. Samanta buscaba, una y otra vez toparse con sus ojos, deseaba que ese dolor que siempre le acompañaba le ayudara ahora a hacerle frente. No apartó la vista hasta percibir el revuelo de sus compañeros levantándose camino del auditorio.

Samanta llevaba años tratando de encontrarse de nuevo con él. Once. Su cuerpo ya no es el mismo que nueve años atrás, ahora es el de una mujer. Un cuerpo fibroso, musculado después de años de entrenamiento y millones de bocados de dolor que consumieron su cuerpo. Fue su psicóloga quien le recomendó que una buena forma de acelerar su rehabilitación emocional sería la práctica de algún deporte. Samanta eligió la lucha.

En su mente imaginó que de volver a verle sería en una comisaría. Él estaría detrás de un cristal en la rueda de reconocimiento. No tendría dudas en señalar con el dedo al hombre que todos los días asoma al abismo de su existencia. Quien lleva más de una década aferrado a sus entrañas, desgarrándola por dentro. Los encuentros no suelen ser como uno los imagina, y el destino suele tener una lógica interna de funcionamiento que se nos escapa, aunque llevemos siglos intentando descifrarla. Ahora, el destino le brinda una oportunidad única que no quiere desperdiciar. Él está allí, apenas a unos metros de distancia, pero esos ojos le atenazan y sus piernas le están pidiendo que huya de un peligro que no olvidan.



Terminados los discursos comenzó el cocktail en el que los periodistas, accionistas, directivos y consejeros tienen la posibilidad de sincerarse off the record al finalizar la función cada trimestre representada. Es un momento en el que unos y otros se buscan para medrar en sus carreras y engrosar sus dividendos. Es un baile en el que el anfitrión debe contentar a todos los invitados. El momento de regalar sonrisas, mostrar una preocupación “sincera” por los presentes, colmar de parabienes a los presentes, no escatimar en halagos y soltar alguna que otra confidencia.

Saldaña se ha mostrado muy cortés ateniendo a todos los medios. Se mueve como pez en el agua en todo lo relacionado con la comunicación empresarial. Su elección para el cargo no se ha debido a ningún capricho. Ha sido fruto de una decisión estratégica de la compañía, necesitada de alguien de su carisma y sus buenas relaciones con los medios para capear los escándalos que salpican casi a diario al sector bancario.

No se puedo elegir mejor día para su estreno. Los resultados económicos han sido excelentes, las cotizaciones de las acciones del banco en la Bolsa de Madrid no han dejado de subir, y la presentación de los planes estratégicos de la compañía han obtenido la aquiescencia de los expertos. Para celebrarlo sus compañeros en el consejo piensan que no hay nada mejor que el sexo de pago, pero a Saldaña las putas, por muy caras que sean, le dejan siempre un sabor de insatisfacción. Sí se dejan dominar, se pliegan a cada una de tus peticiones, pero no las sometes tú, obedecen a tu dinero.

Cuando Saldaña se retira a su habitación de hotel tras apurar el gintonic sin el que no logra conciliar el sueño, revisa los últimos mensajes que han entrado en su teléfono móvil. Las felicitaciones de colegas de profesión y de viejos amigos, a los que lleva tiempo sin ver, extraen de él una sonrisa de satisfacción. Aparecen mensajes de distintos medios económicos emplazándole para una entrevista en profundidad. Muchos mensajes, todos predecibles. Ningún mensaje, nunca, le coge por sorpresa.



A las 01:47 Samanta ha terminado de redactar el artículo por el que se hizo periodista. Lleva escrito muchos años. Todo lo que necesitaba para terminarlo encontrar una mirada y un nombre de quien la dispara. Dentro de unas horas todos sus compañeros recibirán un mail con el artículo y en enlace a su página web donde aparecerá publicado junto a un vídeo donde confesará lo que le sucedió cuando apenas tenía 14 años.

Samanta sabe que es la única posibilidad de hacer pública la noticia y que la crean. Ningún diario publicaría semejante noticia partiendo de una becaria y, de hacerlo, pasarían días. Muchas llamadas telefónicas, amenazas al periódico y un equipo de abogados dispuesto a hacer trizas cualquier afirmación y difamar a la víctima.

Son las 6:24. Momento de pulsar dos botones. Publicar. Enviar.



Ladrón de todo


Mi nombre es Samanta Solana. Llevo desde los catorce años con unos ojos clavados en mi memoria. Son los ojos de un rostro borroso pero dueños de unas manos que dejaron para siempre marcado mi cuerpo. Los ojos de alguien que se apropió de mi cuerpo y me robó el alma. Hoy esos ojos tienen cara y tienen nombre. Carlos Saldaña. Es el nombre del hombre que me violó.  Hace once años, Carlos Saldaña me quitó la vida.

Tenía catorce años aquel 18 de julio. Acudí a aquella fiesta creyéndome mujer antes de tiempo. Me puse un vestido brillante, me maquillé aunque mi madre me lo reprobase y sí, una vez en la fiesta, bebí alcohol. Como digo era una niña que quería sentirse ya mujer. Aquel día dejé de ser niña para siempre. Aquella noche no me dejaron soñar, nunca más, la mujer que me gustaría ser.

Carlos Saldaña se aprovechó de mí. Recuerdo que me tambaleaba mientras pretendía regresar a mi casa por la urbanización. Él se ofreció a acompañarme. No es un bueno que una muchacha como tú camine sola a estas horas. Se notaba que él también había bebido o, al menos eso decían sus ojos brillantes y enrojecidos. Se ofreció a llevarme en coche. Acepté. Total, ¿qué podía pasar?, mi casa estaba a apenas cuatro calles de distancia.

No sé cómo ni cuando empezó. Lo que no he podido olvidar nunca han sido aquellos mordiscos que me quitaron la inocencia. Las marcas que sus dentelladas dejaron en mi pecho y en mi cuello. Marcas que hoy ya desaparecieron pero que me han dejado llena de cicatrices. Mordiscos que inocularon en mis huesos un peso de plomo que no me permite levantarme. Por culpa de Carlos Saldaña mi alma quedó sepultada a los pies de ese coche.

Ayer me encontré de nuevo con esos ojos. No me produjo odio. No me invadieron los reproches. La ira brilló por su ausencia. Reencontrarme con la persona que me violó sólo me dejó un sabor amargo. El sabor de la culpa. Por haber ido a esa fiesta.  Por haber bebido. Por aceptar su compañía. Por subirme a ese coche. Por confiar. Por haber visto todas aquellas películas en las que un chico mayor se enamora de alguien más joven que él. Por ser tonta.

No quiero culpabilizarme de algo de lo que fui víctima y sí quiero señalar al culpable. Carlos Saldaña. Fue él quien me hizo esas heridas en mis pezones. No mi estupidez. Fue él quien desagarró mi vagina. No mi imprudencia. Fue él quien provocó que lleve todo este tiempo repudiando mi cuerpo. No mi escote. Fue él quien vertió su semen mientras yo lloraba de rabia y de dolor. No mis catorce años. Fue el quien disfrutaba de su brutalidad. No la sangre de mi himen.

En estos once años he pasado miedo. He llorado cada noche y cada día, varias veces al día y siempre a escondidas. He musculado mi cuerpo para que no parezca el de la mujer que no me dejaron ser nunca. He gritado. He callado. Pero quiero dejar claro que no soy una cobarde pero tampoco valiente. No soy nada más que el único recuerdo que queda de los hematomas que Carlos Saldaña, el hombre que me violó, dejó en mi cuerpo.

El miedo de que vuelva a pasar de nuevo me acompañará hasta que me muera. Ése es mi miedo. Sé que Carlos Saldaña me violó porque quería librarse de sus miedos. Sé que no lo ha conseguidos, que sus miedos siguen con él porque una vez que el miedo aparece se queda contigo para siempre, aunque no lo veas.

Carlos Saldaña es culpable de mi violación y víctima de su impotencia.



Cuando Carlos Saldaña despertó consultó el teléfono. Su corazón se sobresaltó. No esperaba ningún mensaje.


martes, 22 de noviembre de 2016

Recetas proscritas

Una nueva medicina contra la depresión capaz de elevar el ánimo de todo un país está a punto de ser comercializada.

recetas proscritas | Ignacio Bellido


-La solución definitiva está en recetar amantes.

-¿Pero qué clase de disparate es este?

-No es ningún disparate Dr. Prather. Nuestros laboratorios llevan años estudiando este nuevo tratamiento y ningún fármaco ha conseguido acercarse a sus beneficios. Es más, según hemos descubierto, ¡un amante es mucho más beneficioso para la felicidad del paciente que cambiar de trabajo! Es mejor para la salud que cambiar de residencia. Y lo mejor de todo, no es necesario siquiera cambiar de pareja. Se puede tener un amante y conservar la pareja actual. Esto es, sin duda, lo más revolucionario, con este remedio mejoramos la salud mental del paciente y preservamos una institución sagrada como el matrimonio.

-No veo qué de científico hay en lo que dice. Me parece un nuevo capricho de su excéntrico jefe y todo un acierto en marketing de su laboratorio no se lo voy negar. ¡La medicina no es ningún juego, es una ciencia que lleva miles de años tratando de mejorar la vida de la personas! Y ahora viene usted con esta idea tan macabra.

-Para nuestro laboratorio la medicina nunca ha sido un juego. Desde la fundación de nuestra empresa, hace más de 75 años, hemos colaborado mano a mano con las más prestigiosas universidades del mundo. Este proyecto llamado “amante en ciernes”, lleva ocho años siendo investigado en el MIT por los profesionales más prestigiosos del mundo en distintas disciplinas. Así que creo Dr. Prather, que lo que he venido a mostrarle es mucho más serio de lo que piensa.

-Disculpe que le haya ofendido, no era mi intención. Pero no consigo discernir qué puede tener de beneficioso un amante en la vida de mis pacientes.

-Verá doctor. Como bien sabe lo sencillo y beneficioso para la industria farmaceútica sería seguir recurriendo a los antidepresivos. Pero estamos alarmados por los niveles de adicción y dependencia a estos medicamentos en la población mayor de 45 años. Creemos que prescribiendo amantes podemos hacer mucho más por la felicidad del país que manteniendo el actual mercado de los medicamentos. Además, con nuestra propuesta reduciríamos el gasto que suponen estos químicos a las arcas públicas. Nuestros laboratorios llevan décadas beneficiándose de la comercialización de fármacos, pero creemos que ha llegado el momento de hacer algo de forma altruista por la humanidad.

-Sigo sin ver el beneficio que usted dice y, ni mucho menos, cómo pretende usted que mis pacientes me tomen en serio si les prescribo una amante para sus estados depresivos. No creo que el daño emocional que genera el desempleo de larga duración, las crisis de ansiedad sobrevenidas al ver amenazado su bienestar o, simplemente, ser capaz de hacer frente a los vaivenes de la vida se solucione con un amante.

-¡Ay, doctor! –contestó mientras suspiraba-. Solemos estar reacios a los grandes cambios que mejorarán nuestras vidas aun sabiendo que no podemos escapar a ellos. Si me permite una aclaración, nuestra propuesta de medicina no estriba en que amante y paciente se enamoren. Tampoco queremos que sea sexo por sexo, sino que se trata de que nuestro amante enriquezca ambos la vida del otro y, a la vez, vea enriquecida su propia vida –decía con una sonrisa en los labios y los ojos-. Para que lo vea más claro, pongamos un como ejemplo el paciente que ha salido de su consulta antes de que usted me recibiera.

-Sí, ¿dígame en qué le puede ser útil un amante al Sr. Malthius? –preguntó extrañado el doctor que no se había movido de su silla-. Le informo de que este señor lleva en estado depresivo más de tres años. Su mujer falleció y  ha tenido que hacer frente, desde entonces, a dos hijos adolescentes sin ningún apoyo familiar. La angustia de esa situación le ha provocado distintas patologías de orden muscular y articular que debe tratarse a diario para conservar su empleo.

-Es un caso perfecto para que pueda entender lo que vengo a explicarle. Verá el Sr. Matlhius ha dicho que se llama ¿verdad? Este señor necesita un amante, un rayo de luz en su vida, y, al mismo tiempo, puede ser la medicina perfecta para otra de sus pacientes si aprovechamos su potencial para amar.  Como usted sabe un amante, una aventura ocasional con unas dosis de sexo y comprensión hacen más por el bue ánimo de las personas que cualquier sustancia química artificial, es la mejor medicina que ha existido siempre. Ayuda a aliviar tensiones físicas, aumenta la capacidad de aprendizaje con la segregación de dopamina, las personas se vuelven más creativas para resolver problemas cotidianos y ganan confianza en sí mismas volviéndose más extovertidas. Todo lo que no tienen la mayoría de los pacientes que le visitan a diario.

-Visto así, parece una buena solución. Y económica. Si me decidiese a ponerla en práctica. ¿Cómo puedo saber si uno de mis pacientes será un buen amante? ¿Cuál será el criterio de selección por el que debo regirme?

-Dr. Prather déjese guiar por su buen ojo clínico. Desde nuestro laboratorio sólo le recomendamos que siga una serie de parámetros para seleccionar los amantes mejor preparados.
-Cuénteme

-Lo primero de todo es el criterio de edad. Sólo podrá elegir mayores de 35 años, hombres.

-¿Sólo hombres? ¿Qué pasa que las mujeres no pueden ser buenas amantes? ¿Qué descubrimientos han hecho desde el MIT a este respecto?

-Creáme doctor, no hay mejor amante ni ser que pueda dar más amor que una mujer pero, por momento, la sociedad no está preparada. Aún hoy las mujeres, consideran a otras mujeres que ejercen el papel de amantes como derrochadoras de su tiempo en una relación sin ninguna utilidad. En lo que se va cambiando ese cliché podremos trabajar en aras de la felicidad ciñéndonos sólo a reclutar hombres.

-Entendido, sólo hombres mayores de 35 años. ¿Alguna consideración adicional que deba ser tenida en cuenta para elegir a los mejores y más preparados? ¿No me pedirá que tengo que pedirles que se desnuden o hacerles una exploración rectal?

-No, el proceso de selección es mucho más sencillo, rápido e indoloro que todo eso. Lo único que tiene que hacer es tener la certeza de que el amante no sea un tonto a las tres, ni un cantamañanas ni mucho menos un cero a la izquierda.

-Parece sencillo, creo que con eso me elimina usted un buen número de posibles. Y dígame, ¿los elijo divorciados, solteros, viudos, casados?

-Lo importante es que no sea nuevo en esto del amor no correspondido y que no sea exigente. Tenga en cuenta que no siempre el trabajo será grato o se acomodará a sus gustos.

-Sí, sí, lo entiendo perfectamente. No se trata de un trabajo ideal claro está.

-Debe tener claro que no se trata de ningún trabajo porque no está remunerado. Además, tiene otra serie de requisitos como disponer de vehículo propio. Ya sabe usted que la pasión y el deseo se manifiestan sin previo aviso y en los lugares más inesperados, por lo que hay que estar preparado para cualquier emergencia.

-Es lógico.

-Además, necesitamos de alguien con flexibilidad horaria y que esté más bien disponible en horario diurno. Ya sabe usted que las casas suelen estar vacías en las mañanas lo que hace de éste un buen momento para los escarceos. Así que busque entre sus pacientes aquellos que trabajen de noche. Ya sabe vigilantes, policías, basureros, barrenderos, recepcionistas, camareros, médicos de urgencias…

-Me resultará difícil encontrar candidatos con tantos requisitos y, si encima no pagan, se complica mucho más la cosa.

-No crea, ser amante tiene grandes ventajas fiscales. Hemos logrado un acuerdo con el gobierno para que todos aquellos que se den de alta como amantes se beneficien de exenciones a la hora de tributar. Entienda que con el ahorro que darán al Estado éste sepa corresponder a los ciudadanos que tanto contribuyan al bien común.

-¡Es una excelente medida por parte de nuestros gobernantes! La verdad que este nuevo gobierno está haciendo mucho por mejorar la vida de sus compatriotas.

-Escuchéme bien porque no se trata del único beneficio. Tenga bien presente que para los amantes quedarán las noches libres, aunque por su profesión muchas las ocupen trabajando pero sus noches de descanso quedarán intactas. Podrán disfrutar del fin de semana a cuerpo de rey porque podrán encontrarse con sus amigotes sin estar pendientes del teléfono, ventajas del desarrollo de la tele por cable y que los maridos opten por quedarse en el calor de su casa viendo el fútbol que yendo a pasar miserias al estadio.

-Parece que todos son ventajas.

-Y no son las únicas. Hay muchas más. Le reirán las gracias, recibirán halagos sin merecerlos, no se les tendrán en cuenta sus múltiples defectos… Como puede ver, desde nuestro laboratorio hemos pensado en todo antes de lanzarnos a comercializar nuestra propuesta.

-Ya veo. Me queda una última pregunta que lleva un rato rondándome la cabeza.

-Adelante, no tenga reparos en preguntar lo que desee Dr. Prather. Sabe que una de las razones por las que estoy aquí es para aclarar y atender cualquiera de sus dudas.

-Como usted bien sabe- el Dr. Prather carraspeó antes de continuar mientras su vista se anclaba en los papeles sobre su mesa-, la situación de la sanidad en este país no es la mejor debido a los ajustes que realizaron los gobiernos anteriores. Largas listas de espera, atención deficitaria en medicina general, salarios congelados… Esto ha generado que el desánimo y el desencanto ha hecho mella entre los profesionales sanitarios. Me centro que me estoy yendo por las ramas ¿Podría como médico recetarme a mí mismo o iría en contra de nuestro juramento hipocrático?

recetas proscritas | Ignacio Bellido


martes, 15 de noviembre de 2016

Dos palabras

Dos palabras | Ignacio Bellido


Mi primera novia tenía un gran poder sobre mí. Todo comenzó cuando me susurró al oído “estoy ardiendo”, tenía 15 años y estábamos apurando los últimos besos de la tarde en la puerta de su casa. En poco menos de dos minutos ya me había desvestido de pies a cabeza mostrando una erección de campeonato. Mercedes, que así se llamaba, comenzó a reírse con los espasmos y convulsiones que invadían mi cuerpo acompañados de jadeos incesantes que manaban de mi boca como un mantra.

Lo que comenzó como una anécdota divertida y un juego privado acabó por convertirse en una práctica peligrosa que ponía en jaque mi dignidad. Mercedes, sabiéndose dominadora, comenzó a hacer uso de su poder en las más variadas situaciones. Era escuchar cerca de mi oído su “estoy ardiendo” para verme desprendido de mi voluntad y convertirme en un fanático del deseo por el cuerpo de mujer recién estrenado de Mercedes.

Oír aquellas dos palabras me arrastraba de inmediato a la desnudez, a una erección incontrolable. Un viaje de ida al animal que aguardaba el momento de mostrar sus garras. Me vi desnudo en la oscuridad de las salas de cine, en mitad de la pistas de baile de las primera discotecas que visitamos, en cada uno de los conciertos a los que acudimos donde irremediablemente terminaba encaramado al escenario… En esos momentos nos divertíamos con sus poderes porque siempre aparecían en contextos adecuados donde, una vez superado el bochorno inicial, me granjeaban la simpatía de quienes contemplaban la escena como si de una performance se tratase.

Ya en aquellas ocasiones tenía la sensación de que lo que me sucedía no era normal. Algo en mí me decía no estaba bien que Mercedes ejerciese su poder deliberadamente, sin tener en cuenta mi cansancio o mi abatimiento. Cuando escuchaba esas dos palabras “estoy ardiendo” una mueca de estupefacción se exhibía en mi cara, duraba apenas un instante, el tiempo en que mi voluntad quedaba anulada por mis bajas pasiones. Como mientras duraba, ella no cesaba de reír y disfrutar del espectáculo, rápidamente se diluían mis objeciones y me dejaba arrastrar aún con más entrega con cada una de sus carcajadas.

Tomé conciencia del peligro de Mercedes cuando perdí mi primer empleo a los veintitrés días de comenzar. Mercedes, que hasta entonces siempre acudía a esperarme a la salida, esa tarde acudió a verme apenas había iniciado mi turno. Se trataba de una chocolatería donde un gran número de señoras pasaban la tarde revolviendo un café donde buscaban tiempos mejores que ese presente que nada les ofrecía. No sé si por compasión con esas vidas para las que el tiempo pasa muy despacio, sin sobresaltos ni imprevistos, que Mercedes decidió hacer un aporte para devolverles la vida.

Valiéndose de que tenía las manos ocupadas sujetando la bandeja de servicio pronunció aquellas palabras para las que no tenía escapatoria. Todo lo que recuerdo fue que, por primera vez, no recibí ningún aplauso ante mi actuación, más sexualizada que nunca con la gran cantidad de chocolate embadurnando mi cuerpo desnudo y las porras y churros que dotaban de simbolismo y significado mi harinosa erección, mis jadeos y mis convulsiones. El griterío que se formó ensordecía cada uno de mis alaridos. Cuando todo cesó, me encontré escoltado por dos policías conduciéndome a comisaría y, de allí, a la cola del paro.

Por suerte en esta primera ocasión, los policías se apiadaron de mí tras explicarles junto a Mercedes lo que sucedía y hacerles una demostración en la sala de detención. Es la única vez que en comisaría se ha reído a mandíbula batiente y aplaudido con tanto fervor a un detenido. Quedé en libertad después de dar nuestra palabra comprometiéndonos a cuidarnos mucho de volver a montar un nuevo escándalo público.

Los dos años siguientes Mercedes no volvió a exhibir en público sus poderes. Mis erecciones reactivas  se fueron espaciando en el tiempo y perdiendo intensidad. Nos convertimos en una pareja convencional como de convencionales pueden serlo las parejas de adolescentes. Así permanecimos hasta que, pasados cinco meses desde la última vez que aquellas palabras fueron mencionadas, tuvimos que visitar el hospital.

Aún hoy no dejo de arrepentirme de aquella visita. Estábamos en pleno mes de julio, las salas de espera y las habitaciones estaban abarrotadas de víctimas de la ola de calor que se cebaba con la ciudad en aquel verano. Nosotros estábamos allí por un motivo más alegre, Carlota, la hermana de Mercedes, había dado a luz y toda la familia estaba allí congregada para dar la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Debíamos estar congregados en aquella habitación unas diecisiete personas, el calor era insoportable y el olor a sudor daba lugar a una atmósfera nauseabunda.

Aguardábamos expectantes la llegada del recién nacido, a pesar del cargado ambiente todo eran sonrisas, felicitaciones y abrazos. El momento en el que la enfermera hizo entrada en la habitación con el bebé en brazos fue acompañado por una ola de aplausos y sonrisas que me hizo rememorar mis mejores actuaciones. Carlota recibió a su hijo en su regazo y se dispuso a amamantar por primera vez a su hijo. Se destapó uno de sus pechos y, movido por un acto impulsivo, el bebé se enganchó a sus engordados pezones.

La escena era contemplada por todos los asistentes por una sonrisa bobalicona por parte de los hombres y una envidia soterrada entre el público femenino. Tras las primeras succiones la magia del momento empezaba a desvanecerse y el calor volvía a manifestarse en toda su intensidad. Justo en ese momento Mercedes que tenía la cabeza recostada sobre mi hombro derecho al tiempo trataba de refrescarse agitando el escote de su vestido de lino me dijo al oído “¡Qué calor hace! Estoy ardiendo”.

En el mismo instante en que escuché esas palabras supe que estaba perdido. Hice todo lo posible por controlarme pero no pude. Comencé a soltar alaridos, me desnudé más rápido que nunca y mostré la erección más grande que he experimentado en mi vida. Juro que traté de que no sucediese pero había algo más fuerte que yo que me arrastraba. Desde aquel momento el nacimiento de Lucas quedó vinculado para siempre conmigo.

No volví a saber nada de Mercedes, Carlota, Lucas ni ningún otro miembro de su familia. Desde aquel día no he salido nunca del hospital, permanezco encerrado en la séptima planta desde hace más de tres años. Ningún familiar ha venido a visitarme. Todo lo que he recibido, de parte de Mercedes, la primera vez día que cumplí años en este encierro, fue un aparato de aire acondicionado con la siguiente nota “Encender antes de cada visita”.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Hacerse hombre


A las 3 de la tarde, del día del 70 cumpleaños de mi madre, hice saber a mi familia que nos habíamos separado. No se trata de una confesión en caliente. Ni una rabieta fruto de la última discusión. Está decidido desde hace más de cuatro meses. Esa comida de celebración era el momento perfecto para hacerlo público y dar las explicaciones debidas una sola vez. 

Esa mañana había dejado preparado incluso el texto y la foto que utilizaría para anunciarlo en las redes sociales. No había nada de lo que preocuparse porque no sería ser vil y aprovechar la tesitura para atacar a Sandra. Estuve varios días eligiendo las palabras adecuadas y tratando de dar con la foto apropiada. Soy adulto y como tal voy a comportarme me estuve repitiendo una y otra vez con cada nueva idea. Ante todo, quería evitar tener que escuchar de nuevo su voz cargada de reproche diciendo “¡Deja de comportarte como un niño pequeño!”.

La última vez que comí con mi madre, diez días antes, ella me evalúo diciendo que me veía mejor que nunca, que debía atravesar un buen momento y que seguro era porque había conocido a alguien. Reiteró más de diez veces que me veía más joven, que caminaba más seguro y con pasos más largos, y exaltaba el hecho de que por fin había dejado arrastrar los pies a cada zancada. 

Aquella comida estuvo cargada de sorpresas. La primera llegó  puso cuando le señalé, desde el balcón,  el coche que se había comprado. Mi madre repetía continuamente lo bonito que era, acompañado de numerosos “¡debe haberte costado una barbaridad!” que es la evidencia verbal de la obsesión de las madres cridas en la posguerra con presupuestarlo todo. 

-Parece como si te hubieses quitado un peso de encima - me espetó al despedirse. 

Para celebrar el septuagésimo cumpleaños de mamá opté por cambiar de look. Quería estar más seguro al dar la noticia. Había leído en una revista que el día que se va a la peluquería nos sentimos más seguros y animados. Cuando abrí los ojos y vi mi cara en el espejo me quedé con la boca abierta. Opté por dejarme llevar por el criterio de Francis que  dedicó más de treinta minutos retocándole el flequillo y escalándome el corte. Al terminar parecía un actor de cine de los de ahora, no uno de esos casposos de las películas españolas con los que mis amigas me comparan para burlarse por mi genética ausencia de estilo. 

Si me viesen ahora, con este peinado y con la cazadora de cuero ajustada que llevo puesta no me reconocerían, me he dicho cada vez que me he topado con mi reflejo en los escaparates.
Viéndome desde fuera parecería un hombre seguro. Sin embargo estaba invadido los nervios que aparecen cuando se conoce lo que pasará en el momento siguiente, como los que se apoderan de los niños esperando la llegada de los Reyes Magos. No era la primera vez que esta sensación me atenazaba, de hecho me ocurre muy a menudo. 

He confesado muchas veces que el día que lo he sentidl con más intensidad fue el día de la boda con Sandra. Estuve tan nervioso que fui incapaz de ponerle el anillo de bodas. Para que nunca más los nervios me bloqueasen Sandra me pidió que lo llevara siempre en el bolsillo para serenarme. “Así, estés donde estés, podré ayudarte allí dónde y cuándo lo necesites”.

Ha sido entre el aperitivo y el plato principal el momento elegido para soltar la noticia. Hasta ese momento todo transcurría perfecto. Mamá y mis hermanas me piropeaban por mi nueva imagen. Mis cuñados me hicieron un cuestionario a dos voces sobre el coche nuevo y sus prestaciones. Los sobrinos sugerían continuamente que tenían que aprovechar el coche nuevo para ir de nuevo todos juntos a la playa, sin sus padres. Todo marchaba sobre ruedas.

No había terminado de lanzar el titular de la noticia cuando ya todo estaba en silencio. El sonido de los cubiertos se desvaneció, el tic tac del reloj decidió ausentarse. Los movimientos de mi madre se ralentizaron, los ojos de mis hermanas se expandieron hasta ser un universo entero, las cejas de mis cuñados se quedaron apuntalados en la extrañeza. 

Había ensayado el mensaje numerosas ocasiones los días previos. Probado con distintas inflexiones de la voz, medido al milímetro sus gestos y establecido la secuencia más adecuada para que no se formara un drama. Al final me preferí recurrir a un tono serio, rotundo pero no exento de pausas para intensificar el componente emocional del discurso. Había pasado la noche anterior visualizando a escena siguiendo los consejos que encontré en un libro de mindfullness.

Cuando se apuraban los últimos trozos de tarta, las botellas de whisky y ron florecieron sobre la mesa lancé un carraspeo con la fuerza suficiente para atraer la atención de todos. Mi mano derecha sobre la mesa quedó asentada sobre la mesa, con el puño cerrado con mucha fuerza, aferrada a algo valioso de lo que no se desea desprenderse.

-Perdonad un momento. Tengo algo importante que deciros y creo que es el momento de hacerlo. Lo digo ahora mamá porque no quiero robarte el protagonismo de tu día y, os pido por favor que no le deis a lo que voy a deciros más importancia de la que tiene. Yo estoy bien y creo que he tomado la mejor decisión más acertada – reparti una mirada para cada uno de los presentes para ganar tiempo y aumentar la expectación-. Sandra y yo nos hemos separado. Hoy hace cuatro meses.

-Juan Luis, nunca has estado casado – ha susurrado mi madre con toda la tranquilidad del mundo -. Es hora de poner fin a tu cuento chino con esa Sandra. Además, ya vas teniendo edad para que reconozcas de una vez tu homosexualidad. ¡Deja de comportarte como un niño! De una vez por todas, comienza a comportarte como un hombre.

viernes, 7 de octubre de 2016

Patrimonio de mi Humanidad

Cuadro de Antonio Varas Rosa

"¡Hay que ver lo cursi que puedes llegar a ser...!" Me dijiste con tu sonrisa de medio lado cuando te entregué una rosa de plástico aquella madrugada de miércoles. Caminábamos de regreso al hostal rodeados de edificios de piedra arenosa. Siglos de historia que nos ofrecían un laberinto de calles donde perdernos. Rincones donde otros miles de amantes, que antaño los recorrieron, suspendieron el paso del tiempo al juntar sus labios. En cada beso un universo entero. Calles donde miles de Calisto se prendaron de otras tantas Melibea para terminar arrojados al vacío de los sentimientos sentidos y no correspondidos.

Y yo te repito ahora, perdiendo mi vista de nuevo en el horizonte de la piedra, lo que entonces te dije en mitad de la Plaza Mayor.  “Todas estas piedras están envidiosas de la arcilla de tu cuerpo”. Esa arcilla que se dejaba moldear al contacto de mis manos urgentes. Una materia dúctil, rebosante de firmeza, cimentada en la robustez del ánimo de los amantes adolescentes que éramos. Una piel que, a cada llamada de la pasión, nunca devolvió un sonido hueco como respuesta y que dejó un eco inextinguible en el colchón.

Llevo varios días explorando las mismas calles. Buscando el rastro del hilo de Ariadna que dejamos para no extraviarnos, la promesa de que pasara lo que pasara volveríamos a buscarnos. He recorrido las cafeterías que frecuentamos por si aún queda en ellas un rastro de ti. He tirado decenas de monedas al pozo implorando que vuelvas.

Las calles están  desiertas a esta hora de la mañana. Las paredes se desperezan devolviendo el eco de las conversaciones que han escuchado durante siglos. Entre este armónico murmullo, te confieso que sigo prefiriendo el elocuente silencio de tu mirada. El candor de unos ojos, los tuyos, que no se conformaban con la fachada. Dos ojos cargados del poder de mirarme desde fuera y removerme por dentro.

Alcanzo la puerta de la Universidad ésa de la que decíamos que un día sentaríamos cátedra. No soy el primero en detenerme frente a su umbral. Un grupo de turistas japoneses se me ha adelantado, pertrechados todos con sus cámaras para librar su particular batalla con la suerte, buscando la famosa Rana que marca el devenir de los estudiantes que hasta aquí, cada año, se asoman. No son nosotros pero se parecen a aquellos que fuimos y que permanecen retenidos, para siempre, en las fotos que aún conservo.

Rememoro en esta parada cómo contemplabas fascinada  este emblema del plateresco, al tiempo que mi mirada se fijaba en tus labios y quedaba prendado de tu silueta. Escucho como si aún estuvieses a mi lado el discurso que me dabas acerca de las figuras que nos vigilaban desde el alero del tejado. Figuras que según decías “son los símbolos de que el fin del hombre es descubrir la verdad desnuda, porque en lo verdadero está lo inimitable y en lo falso lo impersonal”.

Lo único que quería oír en aquella fecha, aprovecho para confesarte, era el croar de los muelles de un lecho compartido al que le pedíamos unas horas más. Todo el conocimiento que por entonces quería atesorar, estaba en las lecciones que aprendía en las enseñanzas de tu torso desnudo.

Sí, tenías razón, no hay ciudad más hermosa que Salamanca. Dueña de un  frío que asienta la argamasa de sus piedras y sillares. Amante del calor templado que emanan los estudiantes que tratan de aprehender la vida. Ciudad instalada en la devastadora soledad de sus calles en la primera hora del día, tras un bullicio que tocó retirada en la última hora de la noche. Salamanca, parte del laberinto de nuestra historia y enredo de nuestra existencia.

He pasado un mal momento, ya lo sabes, al acercarme a la estación en la que perdimos el tren cuatro días seguidos. Mi caminar se ha detenido al oír el traqueteo que se acercaba. Mi respiración se ha ahogado y un relámpago ha atravesado mi corazón. Lo siento. No he podido ir en búsqueda de nuestro último recuerdo.

Me he dado la vuelta porque yo vine aquí de nuevo para pensar en tu compañía. Porque aún soy incapaz  el dolor que la imagen de tu espalda me dejó el día que te marchaste para siempre...

Mi camino debe continuar. Hoy soy yo quien debe darte la espalda, porque lo que ya no pervivirá nunca más seremos nosotros. Ya no lanzaré más gritos ahogados con tu nombre. Nadie volverá a comprobar que los te quiero de entonces siguen anclados en alguna de estas paredes. Me marcho.

Quien se quedará para siempre será el mundo, quedará esta Salamanca tan monumental como la conocimos y de la que otros serán herederos. Sí quedará, como quedo yo, desolada.

Este texto ha tomado como inspiración el relato de Ángel de Arriba "La buena Compañía" publicado en su blog Cortoletrajes del escribidor.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Inefable Limerencia



Mirando su habitación podemos decir que nada ha cambiado en los últimos años. Las paredes conservan el color gris que ya estaba allí cuando se mudó y que decidió colorear con las fotos de juventud y pandillas que hace mucho, mucho tiempo, dejaron de serlo. Los muebles son los mismos que compró apresuradamente pero con gusto aprovechando la liquidación de unos grandes almacenes. La pantalla de televisión sigue siendo la que heredó de su hermano cuando éste compró un modelo de última generación varios años atrás.

Un pijama repleto de bolas descansa sobre la cama después de otra noche más de sueños agitados. Ya van varias seguidas. El cuarto de baño está cubierto por una nube de un olor a trigo que emana del gel con que se baña desde la infancia y que inunda sus poros. Son las siete de la mañana, el momento en el que Victoria, cada día, se prepara para acudir a su puesto de trabajo donde su ilusión y su nómina se estancaron sin recordar cuándo ni por qué.

Antes de salir es su costumbre es revisarlo todo por última vez. Comprueba que las ventanas están cerradas, riega las plantas para que no pasen sed en su ausencia. Parada frente al ascensor examina de nuevo el bolso haciendo un último inventario: llaves, gafas, tabaco, mechero, teléfono, llaves del coche, cacao  para los labios, monedero, tampones, pañuelos, chicles, maquillaje, cargador y gafas de sol. Todo listo para otro día en la oficina.

Si contemplamos desde la distancia a Victoria mientras se encamina al trabajo su existencia pude resultarnos anodina. Hasta ahora, lector, sólo has dispuesto de un inventario de objetos con los que valorar una persona y una vida de la que apenas conoces nada. Por lo que hasta ahora sabemos de nuestra protagonista, parece una persona monótona, aburrida, predecible, desapasionada y que nos genera desapego. Puede parecernos una vida que se vive porque el tiempo sigue su curso para todos menos para ella. Pero estaríamos equivocándonos porque la vida no se juzga en los objetos que la rodean sino en las pequeñas decisiones que la conforman.

Esta mañana de lunes Victoria se ha levantado antes de lo habitual. Ha revuelto su armario, en el que hace mucho que no entra una prenda nueva, rescatando un vestido amarillo que lleva tiempo sin ponerse, con esa falda de vuelo que resalta sus largas piernas y los stilletto que dejó de ponerse para no acomplejar a su anterior pareja. Ha abandonado, al menos por un día, lo que parecía, sin serlo, su asexuado y denostado uniforme de trabajo: leggins, camiseta de color pardo y botas altas.

Hoy Victoria ha despertado con la determinación de planificar menos e improvisar más. Ha optado por olvidar intencionadamente la tartera con la comida en la nevera. Ha prescindido, de una vez, de la burbuja de acero de su coche y ha comprado un abono de diez viajes y se ha ido en tren al trabajo. En lugar de parar en el bar asturiano de José a desayunar, como cada día con su compañera Silvia, lo hace en una cafetería nueva que hace unos días llamó su atención. Ha abandonado el café con leche y churros y se ha pasado al capuccino con sacarina.

Victoria hoy camina por el sol. Pasea decidida por mitad de la acera, ha abandonado la sombra y el refugio de las paredes. Al entrar en la oficina le han dado la bienvenida un mobiliario que en vez de patas tiene raíces, un ordenador con teclas del que emigraron muchas letras y se ha topado con miradas de sorpresa. Una no era de sorpresa sino de reproche, la de Silvia, por no haberle anunciado su ausencia en la patera del naufragio de su vida . Durante toda la mañana Victoria ha consultado más veces de lo habitual la pantalla de su teléfono y, han sido varias, las veces que, contraviniendo su buen quehacer y desempeño de siempre, se ha asomado al muro de su Facebook.

Llegada la hora de comer ha salido de la oficina para comprar un sándwich y  un café para llevar. Se ha sentado en un banco del parque cercano a almorzar y ha vuelto a encender un cigarro tras más de cuatro años sin hacerlo. El paisaje urbano no ha cambiado, el ecosistema de su oficina sigue siendo el mismo y su casa sigue cimentada bajo los mimos objetos y recuerdos de siempre. Sin embargo, algo en Victoria se ha removido y cambiado desde hace dos días.

Es el tiempo que ha transcurrido desde que conociera a Javier, un amigo de su amiga Isabel, y que después de disfrutar los tres juntos la mañana primaveral de cañas por La Latina, al estar ya los dos solos en la boca de metro de Plaza de España, rozó sus labios sin esperarlo al darse los dos besos de despedida. Pero no han sido estos dos besos los que han removido por dentro a Victoria, sino otros. Esos que llegaron a la pantalla de su teléfono dentro de un mensaje de que decía “Ayer fue un día extraordinario. Me encantaría que pudiéramos repetirlo pronto. Besos”.

Sí, son estos besos los que la traen de cabeza. Porque para ella, en estos tiempos de crisis y austeridad en los que se ahorra todo, hasta el lenguaje, este gesto dice mucho porque no son bs, ni bss, sino que alguien se ha molestado, por primera vez, en escribirle sin ahorrarse para luego todos sus BESOS.

martes, 6 de septiembre de 2016

Llegado el momento

Imagen de Mara Barros extraída de su perfil de Fscebook

Llegó un momento en el que todo lo que echaba de menos eran sus ausencias. Ser la única exploradora de su espacio, la dueña de cada uno de los sonidos entre esas cuatro paredes, la gestora del tiempo y el ritmo de su vida. Llegó un momento en el que dejó de echar de menos a la persona con quien vivía.

Tomó la decisión cuando, dormido a su lado, descubrió que habitaban en el mismo territorio pero en husos horarios distintos. Él en el de la urgencia, en el meridiano de que hay que hacer las cosas ya, cuanto entes. Ella en el paralelo en el de queda toda una vida por delante. Él en el de comprobar ante el espejo, cada mañana el último estrago de la edad. Ella en el de continuar asomándose a la ventanas para perder de vista su reflejo. Era una vida en la misma latitud pero con coordenadas distintas.

Llegó un momento en el que sólo extrañaba los momentos vividos. Una temporada en el que los protagonistas dejan de ser lo importante de la historia. Hoy  ya es capaz de reconocer que fueron felices. Sí, felices a ratos, sólo ratos. La coreografía que inventaron para su propia canción del verano, el ataque de risa el día de la ceremonia de su graduación.. Llegó un momento en el que quería vivir su vida de nuevo, pero mejorada.

Desde que sólo echa de menos sus ausencias ya apenas duerme, pasa las noches en vela esperando acostarse y levantarse con horarios cambiados. Ofreciéndose voluntaria siempre que puede para hacer horas extra ocupada en táreas de las que él ya no se ocupa y en las que es okupa. Espera del destino que le sorprenda con una casa vacía, sin cargas, sin fotografías en las paredes de las personas que ya no son, sin objetos con pasado, sin promesas incumplidas por falta de fondos. 

Llegó un momento en el que quería interpretar la banda sonora de su vida. Una melodía pausada, sin reproches ni urgencias. Una lista con canciones para gritar y saltar acompañadas de otras en las que entregarse al solo de otro de cuerpo, sin derecho a bises ni estribillos. Llegó un momento en el quiso quitarse muchas canciones de en medio.

Llegó un momento en el que necesitaba un abrazo y no unos brazos. Una fortaleza donde no escuchar nunca más que todo pasará porque quiere que las cosas le sigan pasando. Un espacio donde pueda haber guerra y que, tras cada alto el fuego, no queden señales ni cicatrices. Llegó un momento en el que descubrió que sólo llorando se curaba.

Le ha llegado el momento de vivir la vida que desea. Comenzó esta mañana con las dos cucharadas de azúcar en su café del desayuno, terminará esta noche cuando sus párpados bajen el telón del día. Continuará mañana porque, en su despensa, siempre queda azúcar.

lunes, 27 de junio de 2016

No quiero sobrevivir a las elecciones

Estoy hasta los huevos de oír noticias sobre el fin del mundo. Que si un meteorito se aproxima y que impactará sobre la tierra en el año 2106 generando una onda expansiva que hará desaparecer todo vestigio de vida. Que si los polos se derriten y aumentará el nivel del mar arrasando ciudades. Que si lo que hoy son verdes prados se tornarán terrenos áridos e inhóspitos. Estas noticias me importan una mierda. Todo lo que me preocupa es lo que afectará a mi vida: si lloverá mañana o hará sol, las epidemias, la Eurocopa de fútbol y el Euríbor. Lo demás, lo distante, lo ajeno a mi existencia, me genera desprecio.


En mi pueblo Moradores sin Morada vivía un viejo, cojo y portugués,  que se pasaba el día haciendo predicciones. Predijo el año de su muerte y acertó, vaticinó con vehemencia que España ganaría un mundial una y otra vez mientras todos nos reíamos en su cara, la burbuja inmobiliaria y la guerra de Irak. Antes de su muerte dejó escritas en su página sus visiones para los años venideros. Los viajes en el tiempo los señala para el año 2065, para el regreso de Jesucristo nos emplaza para el 2748 y el fin del mundo lo fija en el 3632.

El recuerdo que tengo del portugués, más allá de sus vaticinios, es el de su olor amargo  a vino avinagrado, sus ojos saltones de mirada extraviada. La capacidad de pasarse el día escupiendo pronósticos que sólo paraban con cada calada al cigarro cosido a sus labios o con cada nuevo trago. Día, tarde y noche lanzando augurios sin descanso.

Con la llegada de internet al pueblo, que él predijo antes incluso que la propia compañía de telefonía, las calles se llenaron de conversaciones del futuro. Ya nadie hablaba del pasado. Nuestro vidente se había encerrado en casa. No paraba de teclear, una tras otra, letra a letra, la cronología del futuro de la humanidad. La conquista de España por los catalanes para el año 2037 y que se iniciará con la inclusión en todos los menús escolares del pá amb tomáquet.  La llegada furiosa de los extraterrestres para el 2178, hartos de escuchar, una y otra vez, la canción “Across the universe” de los Beatles con las que interferimos en sus sistemas de comunicación. La reducción de la esperanza de vida en los hombres causada  por las muertes implosión como consecuencia de la moda del sexo tántrico entre los jubilados, que tratarán de esconder con esta práctica sus problemas de erección.

Todos estos oráculos me dan igual porque no me afectan porque se darán en un tiempo muy lejano a mi proyección de existencia. Yo cruzo los dedos para sobrevivir con vida al veintiséis de junio después de que a las diez de la noche de ayer, en el sofá , estuviese a punto de morirme después de conocer el resultado electoral. Voy a consultar en internet si el portugués predijo mi muerte para alguno de estos días, justo ahora de que una parte de mi mundo comienza a venirse abajo.