miércoles, 4 de noviembre de 2015

La Ilusión de Ser Perfecto

No hay momento más tenso que la espera de una sentencia. Siempre he vivido con congoja y un poco de escepticismo la aparición de una nota, una evaluación o una valoración. Ver, por ejemplo, cómo un gimnasta espera sentado la valoración de los jueces del ejercicio recién realizado, el apuro de los alumnos que, año tras año, esperan aterrados sus notas de selectividad o la ilusión desvanecida de quienes han optado por hipotecar parte de sus vidas en la preparación de una oposición. Por qué no decirlo también, la esperanzas y cuentos de la lechera de todos aquellos que día tras día apuestan su futuro personal y laboral a golpe de click en los portales de empleo de internet.


La ilusión de ser perfecto por Nadia ComaneciNos enfrentamos a esos momentos esperando todo: la promesa de que la felicidad está más próxima, la confirmación de nuestra identidad o la constatación de que quien dice querernos nos seguirá queriendo siempre. Ansiamos una felicidad que hemos hecho dependiente de la valoración de los otros para ser feliz, inyectándonos con ello unas altas dosis de ansiedad. Esperar algo implica no disfrutarlo, más aún cuando el resultado deje de depender de uno mismo en la consecución de lo que nos hemos impuesto como un diez, lo que creemos perfecto.

Creo que nuestros esfuerzos han de estar centrados en evitar autoengañarnos y no esperar ni temer nada. Quien espera teme no conseguir lo que espera, por lo que no esperar nada implica no tener miedo. El mayor ejemplo de no esperar nada  disfrutar de la perfección nos lo ofreció hace cuatro décadas la gimnasta rumana Nadia Comaneci, que en los juegos olímpicos de Montreal cosechó el primer diez de la historia. No lo esperaba, sabía que había hecho un gran ejercicio, pero nunca se le pasó por la cabeza que alcanzaría esa nota. Sus catorce años eran una muestra de la más pura inocencia de la niña que nada espera y que todo su horizonte temporal está instalado en el presente,sin angustias ni ansiedad por un futuro que no contempla.

Por eso no esperemos ser perfectos ni encontrar a nadie que lo sea, ni nada que lo sea. Todo es sujeto de sufrir desencuentros y no alcanzar el resultado deseado. Eso sí, con ellos seguiremos manteniendo viva la ilusión de la perfección. La perfección no está en el resultado sino en la pasión en lo que se hace y cómo se hace, es la ilusión por lo desconocido lo que nos puede acercar a una perfección que no existe. Aceptemos que no somos perfectos, vivamos el presente porque como decía Borges el futuro es demasiado incierto como para perder el presente haciendo planes.


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