jueves, 1 de octubre de 2015

Te miento porque me crees

Invertimos gran parte de nuestro tiempo y de nuestras energías en detectar las señales de cuándo nos están mintiendo. Estamos pendientes de pequeños gestos que consideramos delatores del mentiroso: habla más despacio, se rasca la nuca, se toca la nariz, se tapa la boca, nos da excesivos detalles, nos presenta justificaciones no solicitadas... Todo con el propósito de desenmascarar el fraude no porque estemos buscando conocer la verdad.



Todos mentimos, todos los días, varias veces, aunque nos cuesta reconocerlo. Aprendemos a mentir desde pequeños ya sea disimulando, ya sea omitiendo, ya sea engañando deliberadamente. Engañamos desde que somos bebés emitiendo llantos que simulan dolor aunque no nos duela nada sólo para conseguir nuestro propósito: atraer la atención. Pero también mentimos cuando afirmamos: "¡Qué bien te sienta ese vestido! ¡Se te ve más joven! ¡Está todo muy rico!..." Mentimos por dignidad social, para no ofender o porque un secreto debe seguir siéndolo. 

La mentira está instalada en nuestro cotidiano y en nuestra vida laboral. Pensamos y declaramos que mentir es malo pero aún así somos ambiguos con el uso de la verdad. Socialmente censuramos el uso de la mentira al tiempo que la utilizamos en plano individual. Tengamos presente que el recurso de la mentira nos ha permitido evolucionar como especie: ser más inteligentes nos hace más capaces para el recurso del engaño.

Mentir forma parte de nuestra cultura y de nuestra historia. Miente la Biblia, mienten los grandes referentes del pensamiento. Mentimos a nuestra pareja, a nuestros padres, a desconocidos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nosotros mismos. Recurrimos a ella a veces de forma consciente y deliberada y en otras participamos en ella de manera involuntaria. La mentira y nuestras mentiras nos rodean.

Alrededor de la mentira siempre aparece el siguiente interrogante ¿Por qué mentimos? La respuesta es más sencilla de lo que pensamos. Mentimos para reducir la distancia entre lo que realmente somos y lo que deseamos ser. Es un atajo al que recurrimos para alcanzar en menos tiempo y con menos esfuerzo aquello que anhelamos ser o cómo nos gustaría ser. 

La mejor solución para evitar ser engañados ser conocer con claridad qué es lo que deseamos: ser rico, más atractivo, más fuerte, más joven, más inteligente, mejor esposo o esposa, buen padre o madre... Es en la toma de conciencia de nuestros deseos donde se forja el escudo que nos protegerá del engaño de otras personas, empresas o productos milagro.

Aceptemos cuanto antes la siguiente proposición: la mentira es un acto cooperativo. La mentira por sí sola no tiene poder alguno y carece de toda importancia. Adquiere vigor, fuerza y trascendencia en el momento en que aceptamos creer en ella. Si alguien, en algún momento nos engañó o creemos que ahora misma nos está engañando es porque aceptamos creer lo que nos decía. Sin la ilusión de verdad no hay lugar para el truco y el desencanto.

La mentira existe y es un recurso del que todos nos valemos. Me parece adecuado desenmascarar la mentira siempre que sea en la búsqueda de la verdad. la búsqueda de la verdad de verdad. En las últimas fechas el caso Volkswagen y su fraude en las emisiones de de gases contaminantes está en boca de todos. Creo que con este caso nos quedamos en lo superficial: queremos conocer todos los detalles de cómo pudieron sortear las medidas de vigilancia, de cómo funcionaba el dispositivo. Y, sin embargo, simplemente nos quedamos en la parte superficial de la verdad. Esgrimimos nos mintieron porque querían ganar más dinero. Cuando quizá la verdadera verdad de la mentira encuentra otras razones: el miedo a perder en un mundo competitivo, la ausencia de compromiso con un bien común como el medio ambiente, la incapacidad para adaptarse a una normativa o la falta de voluntad para hacerlo. 

Desenmascaremos la mentira y conozcamos sus mecanismos pero seamos igual de profundos y exigentes con la verdad. Sólo así podremos mantener y afianzar el nudo de todas y cada una de nuestras relaciones: la confianza.