miércoles, 10 de diciembre de 2014

¿Donde va Vicente?

Un buen método para decidir qué hacer es mirar a nuestro alrededor y ver qué están haciendo los demás e imitarles. Es lo que se conoce como la trampa del consenso social. Cuando estamos en una situación en la que no sabemos cómo actuar o cuál es el comportamiento más adecuado echamos un vistazo furtivo a nuestros semejantes y reproducimos los mismos comportamientos que están llevando a cabo.

Si pasamos por la calle, una pareja discute acaloradamente pero vemos que las personas que pasan junto a ellos no intervienen ni median en la discusión, el resto de transeúntes también pasará de largo. Si vemos a un hombre tendido en el suelo y un grupo de personas pasa a su lado probablemente no intervendrán ni se preocuparán por lo que a este sujeto le ocurre, es el poder del consenso social y la ignorancia plural.

Estar en una situación de incertidumbre o desconocida que nos generan inseguridad hace que recurramos a los demás para saber cómo actuar. Estas situaciones ambiguas hacen que recurramos a utilizar el modelo de cómo se están comportando los demás para tomarlo como el modelo correcto. Además, si las personas que me rodean se parecen a mí y me identifico con ellas aún seré más gregario e imitaré.

Aunque parezca mentira este es un tema de gran actualidad hoy en España. El reciente fallecimiento de un aficionado del Deportivo de La Coruña y la polémica acerca de los insultos en los estadios de fútbol. Son situaciones de gregarismo, imitación y consenso social por excelencia. El desafortunado incidente acaecido a la ribera del Manzanares se debió, sí en parte a una falta de intervención policial pero también a la fuerza de nuestra naturaleza social.

A la llegada a de los aficionados gallegos le secunda un ataque de los ultras rojiblancos. Esto desencadena una situación de incertidumbre en los aficionados gallegos que acaban de poner sus pies en la capital y cómo reaccionan, adoptando e imitando el comportamiento de los primeros en dar respuesta. Si los primeros en bajarse del autobús hubiesen sido aficionados menos exaltados que hubiesen tratado de calmar los ánimos, probablemente, la muerte del aficionado no habría tenido lugar.

Al ser los primeros en reaccionar a las provocaciones de los aficionados rivales los hinchas más radicales con un comportamiento violento y de no evitación del conflicto se convirtieron en los pioneros y referentes del comportamiento a seguir por parte del resto de aficionados que, en un situación de miedo, en un lugar desconocido, optan por hacer lo mismo que están haciendo los que consideran sus iguales. Cuando los pioneros decidieron que era el momento de escapar y huir y los demás trataron de imitarles hubo quien no encontró escapatoria y permaneció presa de su primer comportamiento gregario.

No caigamos en el error de pensar que este comportamiento es propio de personas impulsivas e irreflexivas, no. Es un comportamiento que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida y es una estrategia de supervivencia social. Cuando somos pequeños imitamos a nuestros padres o nuestros hermanos, en la adolescencia a nuestros amigos ante todas las situaciones nuevas y lo seguimos haciendo durante el resto de nuestra vida.

Esto lo conocen muy bien los profesionales del marketing, los publicistas y los comerciantes. Tratan de apelar al consenso social y al poder de la mayoría a la hora de que tomemos una decisión. Apelar a mensajes del tipo “el número 1 en USA·, los anuncios en los que actores que simulan ser una persona normal nos recomiendan el uso de un producto porque ellos son ahora mucho más felices o competentes, el comerciante que nos dice que nuestros vecinos siempre compran este producto son mensajes que siguen arrastrándonos en una dirección condicionada, aunque nos creamos inmunes a ello, de la imitación a los demás surgen las modas.


Somos vulnerables a los demás por lo que debemos tratar de no dejar que nuestras decisiones se tomen únicamente a partir de las acciones de los demás. Permanezcamos vigilantes a las conductas erróneas de los demás no nos dejemos arrastrar por las falsas demostraciones que empujan nuestra sensibilidad. Con ello, muchos de los escándalos de corrupción, probablemente, no habrían sucedido.

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