lunes, 18 de agosto de 2014

El Orgullo de los Imperfectos


Su silencio le hace fuerte. 


No habla para no perder la concentración. Piensa que el aire debe ser traspasado de forma sutil y sin vacilaciones, las palabras no son más que dudas y rasguños tratando de quebrar su propia atmósfera. Sus gestos son serios, sobrios, contenidos propios de quien ha estado largo tiempo guardando lo que siente porque no quiere hablar del sinsentido.

Nunca le ha gustado jugar. Mentira. Sus juegos fueron siempre solitarios. Puede resultar algo normal cuando uno se ha criado en un entorno como son los Alpes. Inmediatamente  vienen a la mente imágenes de prados verdes, de infancias felices, de niños conviviendo de tú a tú con la naturaleza. Pasatiempos cargados de inocencia. Montañas nevadas y aires heladores que parecen haber congelado el rostro y palidecido la piel del primer hombre blanco en recorrer cien metros en menos de diez segundos, el atleta francés Christophe Lemaitre.

El atletismo, como todo juego, es una forma de buscar un significado a la propia existencia

Como bien sabe Christophe Lemaitre  gracias al atletismo el rubio francés nació de vida al cumplir los quince años. Hasta entonces, el pálido velocista, no era más que un espectro que  apenas salía del cuarto de su casa en Aix Les Bains en donde, nada más alcanzar el umbral de la puerta se descalzaba y atravesaba sigilosa y velozmente la casa para evitar  preguntas acerca de su día en la escuela. La habitación era su refugio, un fortín donde sentirse impenetrable. El rincón donde buscaba el remedio contra la eterna tristeza del que descubre, quizá demasiado pronto, que la vida es imperfecta.

Hasta cumplida la quincena Christophe Lemaitre era conocido por su silencio, por estar siempre solo, por rehuir la compañía de los chicos de su edad. En las veinticuatro horas que tiene un día apenas llegaba a pronunciar más de cien palabras, que le convertía, a ojos de sus vecinos, profesores y familiares, en el sinónimo del eterno infeliz. Todos especulaban acerca de los motivos de su silencio sin saber que la mutilación de su lenguaje era provocada por una lengua que se contenía. Nada sabían ellos del drama en el que vivía, del sacrificio que se imponía a sí mismo, de la persecución silenciosa que sufre quien es el divertimento de los más fuertes en una cárcel de pupitres.


El verano era su liberación, una libertad efímera como sólo puede serlo el verano en los valles alpinos. Una moratoria propia para dejarse arrastrar antes de que se produzca un nuevo encierro. Lemaitre pasaba los veranos calmado pero liberado como lo están los alumnos que van avanzando cursos, de puntillas, sin que nadie espere nada de ellos. De la misma manera es como esperaba que pasaran las fiestas de verano en la Venecia de los Alpes, con discreción, sin sobresaltos y con el sentimiento de desconsuelo que esa fecha significaba en su calendario, el inicio de una nueva cuenta atrás para volver de nuevo al rincón ausente de un aula. El comienzo de la cuenta atrás lo empezaría después de esa absurda carrera de cincuenta metros a la que un amigo de sus padres, organizador del evento, se empeñó en apuntarle en un vano intento de que el mortecino adolescente fuese capaz de estar rodeado, fuera de los muros de la escuela y por primera vez en los últimos veranos, de jóvenes de su edad durante diez segundos.

Fueron menos de diez segundos lo que duró la carrera. Un visto y no visto. Aún hoy, en esta zona de los Alpes franceses se habla de aquella competencia. Los vecinos recuerdan con admiración al joven blanco surcado por el acné que, como un fantasma, corría sin tocar el suelo, de unos ojos candentes por la rabia de un adolescente que, al cruzar la meta, lanzó un grito que aún hoy retumba en las montañas, el grito de alivio y triunfo de quien ha puesto fin a su martirio al saber que ha derrotado a quienes le flagelan. Sus padres no olvidan jamás esos cincuenta metros, porque fue en ellos donde encontraron la sonrisa perdida de un hijo que creían absorbido por la melancolía.

Los héroes clásicos libraban batallas con toda clase de monstruos, obstáculos, adversidades y tentaciones a las que debían hacer frente y de las que salir indemnes para ganarse el favor de sus conciudadanos y un lugar en sus recuerdos que compartirían, recurriendo a palabras grandiosas, con las siguientes generaciones. Los héroes de hoy se forjan en el mundo del deporte. El mundo admira a quien es capaz de crecer a través de las grandes dificultades y consigue ganarse la admiración de sus semejantes.

Christophe Lemaitre no quiere saber nada de los héroes modernos

Sabe que el público lo mira como lo miraban en la escuela sus compañeros, como durante años lo juzgaban los adultos que le conocían, como un raro. Alguien que no se sabe muy bien por qué está, de quien lo único que se espera es verle padecer una nueva humillación que sumar a la lista, más cruel por tantas veces repetidas, por los que cree sus semejantes. Sin más premio que la compasión de quienes observan, indiferentes, el espectáculo de lo que creen es el resquebrajamiento de una vida ajena, una víctima más que cae a lo más hondo del infierno que es lo que espera a aquellos que osan comprometer el orden establecido.

Lemaitre rechaza cumplir el papel de víctima

 que la sociedad tiene reservado a los que considera marginados, pues ya estuvo condenado a ese ostracismo durante años. Lo hoy que quiere es ser un emblema de quienes se rebelan. Un adalid de los inconformistas. El azote inesperado de los que se empeñan en decir que no se puede. El quebranto de quienes se compadecen de los demás por temor a su propia fragilidad. El orgullo de los que se saben imperfectos.

Christophe Lemaitre no quiere que hablen de él como ese blanco que corre como un negro, ni como alguien que trata de poner en jaque el dominio sobre el tartán de los atletas de color. La lucha del francés trasciende esta meta que no es la suya sino la de periodistas en busca de una noticia inesperada. Su particular cruzada está en ser una muestra de que es posible romper barreras psicológicas como él hizo, en su primera carrera, con las que sus compañeros de secundaria llevaban tiempo erigiendo para él. En el atletismo como en la vida el deseo, la ambición, la voluntad y el trabajo constante no sólo derriban muros sino que construyen caminos.



miércoles, 13 de agosto de 2014

La Taquilla Cerrada del Vestuario

Las gradas no dejan de corear Michel Maricón por tocar los genitales de Valkderrama

El deporte es un reflejo de los valores de la sociedad donde se practican.


 El deporte se asienta en valores como la resistencia, el esfuerzo, la valentía, la agresividad, la capacidad de sacrificio o la lucha continua por defender unos valores y un estilo así como el alarde de unas capacidades físicas. Todas estas características son apreciadas y valoradas en la sociedad y también en los deportistas. Sin embargo, hay un pequeño reducto de comportamiento que ya la sociedad tolera y ha asimilado que aún no ha calado en el terreno deportivo: la libre aceptación de la orientación sexual de los deportistas.

El deporte, especialmente las disciplinas colectivas, son un reflejo de los modelos clásicos de la sociedad: los deportistas de élite se casan a edades tempranas, tienen hijos y éste parece ser el patrón más extendido. Estos modelos a la antigua usanza han creado unos estereotipos muy arraigados a los que resulta muy complicado hacerles frente. En primer lugar si tomamos como referencia a los propios seguidores de estos espectáculos. En los estadios las apelaciones a los deportistas a que hagan muestras de su hombría y masculinidad son continuas, recurriéndose al uso de términos como maricón a aquellos que no muestran ese compromiso con la masculinidad. Es frecuente escuchar en los estadios de fútbol a los aficionados utilizando ese término para menospreciar a los jugadores del equipo rival. La gradas de los estadios son una sociedad masculina.


La homosexualidad ha sido perseguida históricamente y repudiada socialmente, aún hoy existen países en las que es un delito.Nno es algo sencillo y cómodo superar este lastre histórico, más aún cuando estamos convirtiendo en una exigencia pública saber la orientación sexual de quienes nos rodean. Parece que dentro del protocolo social y la cortesía hay ahora que acompañar a nuestro nombre, cada vez que nos presentamos, en sociedad no el apellido o la profesión, sino nuestras preferencias sexuales. A un heterosexual no se le pide que haga público reconocimiento de su orientación sexual como tampoco ha de solicitárselo a un homosexual, la cuestión es que el segundo no tenga que reprimir la manifestación de su conducta sexual del mismo modo que sucede con el primero. 


Un deportista homosexual no solo ha de hacer frente a las burlas del aficionado sino que también ha de hacer frente a la consideración que de él hagan sus compañeros de vestuario. 



El vestuario de un equipo está formado por personas que conviven muchas horas y comparten  su tiempo de ocio. 

Es tal su relación que un vestuario acaba construyendo una identidad común basado en unos principios, valores y tradiciones en los que el diferente no es bien recibido. Recordemos que los deportes colectivos se rigen a día de hoy de un modelo muy clásico y tradicional en cuanto a los valores, normas, costumbres que los han forjado. Si volvemos la vista a la antigua Grecia veríamos que el famoso Batallón Sagrado de Tebas estaba integrado por parejas hombres, muy fieros y belicosos, que luchaban mejor que el resto porque estaban en plena batalla estaban defendiendo a su amor.

Me resulta llamativo que de los más de seiscientos jugadores que participaron en el pasado Mundial de Fútbol, ninguno sea homosexual. Estadísticamente creo que no es posible, a no ser que se trate de un entorno en el que se da una extraordinaria capacidad para la selección de jugadores atendiendo, como un aspecto relevante, su orientación sexual o porque los futbolistas que llegan al más alto nivel posean unos niveles de testosterona y un ideal de masculinidad tradicional tan arraigado que haga imposible su deriva sexual del patrón tradicionalista.

Reconocer a homosexualidad en el deporte es un hándicap que puede acabar determinando la carrera deportiva e incluso la personal.

Justin Fasahanu fue el primer futbolista en reconocer suhomosexualidad pero también el primer jugador negro por el que se pagó un millón de libras en el fútbol inglés. Pues bien, reconocer su homosexualidad le valió para recibir el desprecio de su entrenador Brian Clough lo que provocó la caída de su carrera como futbolista y, varios años después, de su propia vida al ahorcarse tras ser acusado de mantener relaciones sexuales con un menor.

Justin Fashanu fue el primer futbolista en reconocer su homosexualidad

Fashanu no es el único jugador que ha reconocido su orientación sexual en público varios lo han hecho después que él pero todos siguiendo un patrón bastante similar, lo han reconocido prácticamente al final de su carrera deportiva como es el caso del futbolista alemán Thomas Hitzlsperger o el estadounidense Robbie Rogers. El principal motivo para ocultar hasta el final este hecho, aparte del componente social, puede ser el económica al considerar que el reconocimiento público de su homosexualidad puede perjudicar su carrera deportiva y su fuente de ingresos. Se estima que, Martina Navratilova, dejó de percibir alrededor de seis millones de euros que podría haber obtenido en contratos publicitarios de no haber reconocido su condición de lesbiana.

El jugador Jason Collins reconoció su homosexualidad casi al final de su carrera

El fútbol no es el único deporte  en el que la homosexualidad es silenciada.


 En el baloncesto también sucede, el primer jugador de baloncesto que reconoció públicamente su homosexualidad fue John Amaechi, quien jugó varios años en la NBA. Las reacciones a su declaración por parte de algunos jugadores no deja de resultar sorprendentes. La superestrella LeBron James decía “si eres y gay y no lo admites no eres sincero. Tienes que ser sincero con tus compañeros de equipo es una cuestión de confianza”. El exjugador Tim Hardaway decía sobre la homosexualidad en la NBA que “no debería estar en el vestuario mientras nosotros estuviésemos allí porque siempre estaríamos preocupados porque nos haría sentir incómodos”. Cinco años después otro jugador, Jason Collins hizo pública su homosexualidad casi al final de su carrera deportiva lo que le valió el reconocimiento público del presidente norteamericano Barack Obama. Este gesto del inquilino de la Casa Blanca habla de un proceso de cambio y aceptación experimentado en apenas un lustro y que va mostrando su impronta en la sociedad y, por ende, en el deporte.

Por mi parte toda mi admiración y respeto para estos deportistas capaces de reconocer abiertamienta su condición sexual. Han tenido que enfrentarse y lidiar en  un contexto homofóbico donde las burlas, agresiones, rechazo y desprecio hacia un colectivo de personas por su “supuesta condición sexual” por lo que seguro, han debido luchar ante crisis de autoestima, sentimiento de discriminación, represión sentimental, ocultación indentitaria, ausencia de asertividad, dependencia emocional… muchos obstáculos para poder mostrarse en su totalidad y en plena libertad. Quizá, cuando se sienten capaces de hacerlo es, viendo próximo el fin de sus carreras deportivas o éstas ya han terminado, descubren otros entornos en los que esta represión no existe y pueden vislumbrar un horizonte nuevo libre de ansiedad y del homófobo que cargaba consigo. Estos ejemplos son la muestra de que un gay feliz es que el ayuda a otros a serlo, su gesto, cargado de simbología, es el comienzo de un camino que hará posible la felicidad de quienes vengan detrás.