miércoles, 11 de junio de 2014

Sobrevivo gracias a tus Caricias

El tacto es uno de los pilares sobre los que edificamos nuestra vida en sociedad. Tocamos, palpamos, acariciamos, besamos, abrazamos, rozamos, sujetamos, apretamos… Intentamos que nuestro sentido del tacto y su uso se convierte en un indicador de que formamos parte de un universo social. La presencia del tacto nos indica que hemos sido capaces de establecer un vínculo con otra persona, más intenso o menos, durante un período de tiempo más o menos prolongado.

El contacto físico con nuestro semejante es el vínculo más primario del que nos servimos. Cuando nuestra madre nos amamanta estamos dando lugar al primer vínculo social de nuestra vida. Para que este se mantenga recurrimos al tacto. Necesitamos el contacto físico con nuestra madre para poder sobrevivir. Pero ¿qué obtiene ella de llevar a cabo un comportamiento que físicamente le está lastimando? ¿Qué recibe de alguien que desde su nacimiento a trastornado su universo vital y le exige entregarle una gran cantidad de energía a cambio de una nada despreciable inversión de tiempo? El establecimiento de un vínculo. Un sentimiento de pertenencia. Una conexión emocional con otro semejante. Una indescriptible sensación de placer de mantener un contacto físico directo.


Las terminaciones nerviosas de la piel nos ponen en contacto con el mundo exterior. Nos ayudan a percibir cambios en la temperatura del aire o de los objetos con los que estamos en contacto, variaciones en la humedad y densidad del aire, en definitiva, nos sensibilizan al ambiente en el que nos desenvolvemos. Pero no es ésta su única misión, sino que también cumplen el propósito y la misión de sentirnos próximos a nuestros iguales.

Cada vez que nos tocamos con alguien, por mínimo que sea el contacto (siempre que éste no sea percibido como una amenaza o agresión) nuestro organismo segrega oxitocina. Sí, sí, la sustancia que segregan los enamorados, la que nuestro cerebro ordena generar cuando mantenemos una relación sexual. También la generamos ante un contacto físico con otro sin que media una relación sexual. Una caricia, un abrazo, un simple apretón de manos provoca que la presencia de esta sustancia en nuestro organismo aumente.

Su presencia en nuestro cuerpo aumenta nuestro nivel de confianza en el otro, desencadena conductas de fidelidad, da lugar a comportamientos altruistas, nos hace más generosos, desarrollamos un mayor número de apegos… Tocar, acariciar y ser acariciado nos reconforta contribuyendo a reducir los niveles de estrés. Si no nos tocamos, si evitamos el contacto con el otro, si rehuimos su presencia para evitar el contagio de enfermedades. Realmente lo que estaremos logrando es inocular en nuestra sociedad el virus de la desconfianza, de la competitividad, de la tensión permanente.

Piense en su vida de pareja, cuánto tiempo ha transcurrido desde último abrazo, de la última caricia, de su última relación sexual. Si su frecuencia se ha reducido, los tiempos que transcurren entre el último y el venidero cada vez se alargan más, está ante los síntomas de que una desconexión se está produciendo. Volvamos a tocarnos, recuperemos el deseo por estar próximos a los que tenemos al lado, dejemos de palpar pantallas. Toquemos el mundo. Exploremos el universo que es quien permanece sentado a nuestro lado. Hagamos sentir de nuevo a esa persona importante para cada uno que, cuando haga o tenga frío, tenemos para darle todo el calor que necesita.




1 comentario:

  1. Muy buena información y ciertamente, muchas veces no valoramos la importancia de lo táctil con nuestros seres queridos.

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