miércoles, 4 de junio de 2014

El Pasado tiene Miedo al Futuro

El cambio requiere un reinterpretación del uso que hacemos del pasado. Para transformarnos no es necesario olvidarlo. El cambio nace y es posible cuando aquello que hemos vivido lo empleamos como experiencia y no como un lastre o un látigo con el que castigar e impedir nuestro deseo de avanzar. Hemos de desterrar el empleo del pasado como justificante del presente “Mira lo que viví hace unos años…” “No sabes por todo lo que he pasado…”

El pasado no es una prisión. No es una celda en la que permanecemos encerrados y de la que resulta imposible escapar. Lo que hemos vivido, sentido y pensado es experiencia y como tal debe convertirse en el soporte y el resorte necesario para el avance. Hay que soltar el pasado para poder avanzar hacia un futuro mejor. 

El ser humano tiene una gran capacidad de adaptación a los cambios y mucho potencial por desarrollar. El problema, en ocasiones, puede radicar en las pocas expectativas sobre nosotros mismos, pero la capacidad para adaptarse a los cambios la poseen todos los seres humanos.



El entorno en el que nos desenvolvemos es un factor que en muchas ocasiones dificulta y limita las oportunidades para avanzar. En él podemos vernos inundados de informaciones tóxicas que reducen y contaminan la esperanza por el futuro.  Esta contaminación y enrarecimiento del ambiente ante informaciones tan negativas acerca del discurrir del medio  acaba generando la aparición de crisis de esperanza. Crisis derivada del hecho de que todo aquello que hicimos en el pasado para prepararnos para un futuro que es  este presente parece no habernos sido de gran utilidad porque aquello para lo que nos preparamos ya no existe. Esto requiere que seamos capaces de llevar a cabo procesos de readaptación constante.


Tememos vivir la vida que no hemos vivido. Aceptamos y convivimos con miedos a situaciones que nos sabemos si realmente sucederán. Esto es un hecho que ha ocurrido en numerosas ocasiones a lo largo nuestra vida y de la historia de la humanidad. Existen una serie de mitos que arrastramos durante gran parte de nuestra biografía y que problematizan la vida emocional.

Un primer mito propio de una ideología y pensamiento capitalista y en la acumulación de bienes es pensar “Soy lo que tengo”. La sociedad del capital nos crea la falsa ilusión de que cuanto más dinero tengo, más bienes soy capaz de atesorar, más soy. Si en un momento se pierde lo que tienes ¿quién eres? Asumir que el valor personal de un individuo depende de las cosas que tiene es una de las mayores causas de infelicidad.

El segundo mito es decir “Soy lo que hago” ¿Qué eres cuando dejas de hacerlo? La muerte de Yago Lamela o de otros ilustres que, asesinada su identidad en vida, pueblan con sus dramas personales los platós de televisión en un desfile de muñecos rotos, son una ilustración de esta reducción del individuo a una identidad unidimensional como ya hablamos en Cuando la retirada del deportista no es una victoria.

El último es “Soy lo que los demás piensan de mí”. Reducir nuestra vida a buscar la aprobación y el halago de los otros a fin de experimentar un sentimiento de pertenencia provoca desajustes en nuestra conducta que nos empujan a comportamientos ambivalentes. Este deseo de aceptación nos achica, nos hace pequeños, nos convierte en personas temerosas por miedo a la crítica, a no ser aceptados. Este miedo nos empuja a esconder gran parte de lo que somos. Marge Simpson y su cambio de conducta en aquel episodio en el que gracias al traje rosa de Chanel que compra a precio de saldo ejemplifica a la perfección este desajuste entre identidad sentida, identidad vivida y conducta. Con esta conducta impostada nos quedamos muy lejos de lo que somos.

Vivimos tan preocupados por proyectar el futuro que olvidamos vivir y disfrutar el presente. Vivimos gran parte de nuestra vida lanzando hipótesis de cómo será nuestra vida en el momento en el que un hecho que deseamos suceda finalmente tenga lugar “Cuando consiga ese trabajo entonces…” Perpetuar este pensamiento degenera en que podemos pasarnos la vida esperando a vivir. Es del todo cierta esa expresión que afirma “la vida es aquello que pasa mientras haces planes”.

Hemos de aprender a estar mucho más en el presente, disfrutar con y en él. Lo primero que podemos hacer es comenzar a escoger los mensajes que deseamos provengan de nuestro entorno. Hemos de elegir, de la misma manera que optamos por un alimento u otro a la hora de comer, qué información es la que deseamos consumir. 

Cada uno debe ser más responsable de su elección a la hora de determinar con quién estoy, qué escucho, que veo, qué leo. Sabemos que las cinco personas más importantes para nosotros y con las que más tiempo compartimos tienen una influencia muy importante en nuestro cotidiano. Influyen en nuestra manera de enfrentarnos al día a día, en las habilidades de comunicación que empleamos, en las estrategias que usamos para sobrevivir en nuestro entorno, en la manera de vestirnos, en el vocabulario que empleamos… elijamos a quién queremos a nuestro lado: a quien avive las llamas de nuestras ilusiones, sueños y esperanzas o, si por el contrario, preferimos optar por quien nos ponga los pies en el suelo, que traba nuestros deseos de crecimiento y apaga la luz de nuestros sueños antes de haber siquiera comenzado a soñar. 

Por mi parte hago mías las siguientes palabras de Dario Grandinetti en la película El lado oscuro del corazón, valiéndose del poema Espantapájaros de Oliverio Girondo, para definir al tipo de personas que he decidido que compartan su tiempo y sus vivencias conmigo "No sé... me importa un pito que las mujeres tengan senos como magnolias o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezca con un aliento afrodisíaco o con uno insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sería el primer premio en una exposición de zanahorias. ¡Pero eso sí! No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar pierden el tiempo conmigo"



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