lunes, 30 de junio de 2014

En la Distancia Te Puedo Ver

Ignacio Bellido trabajando en uno de sus textosLos móviles y las redes sociales forman parte de nuestro día a día de una manera insospechada si nos remontamos una década atrás. Es tal el poder de ambos elementos, más aún cuando aparecen combinados, que únicamente tenemos que prestar atención al fenómeno de moda: el selfie. Esos autorretratos que inundan las redes sociales y las calles, por donde, a cada momento, podemos descubrir a individuos y grupos de personas inmortalizando un sin número de acontecimientos banales, trascendentales, únicos o meramente repetitivos dependiendo de si uno forma parte del retrato o si por el contrario es mero espectador.

Cualquier situación, lugar y momento parece ser un momento propicio para realizarse una foto que posteriormente compartiremos con nuestra audiencia en internet. Los motivos que nos llevan a fotografiarnos a nosotros mismos y a compartirlo con los demás son muy variados. Uno es que a través de la tecnología hemos encontrado un recurso mediante el que mostrarnos públicamente a los demás. Este comportamiento implica un cierto nivel de exhibicionismo. Podemos comprobarlo de manera notoria entre adolescentes y entre esos adultos que necesitan continuamente el reconocimeinto de los demás, es decir, aquellos a quienes les gusta gustar. A estos sujetos a quienes les gusta sentir la admiración de los demás buscan, mediante estas fotos que inundan las pantallas, los aplausos de su audiencia a través de los me gusta en Facebook, los corazones en Instagram o los favoritos en Twitter para medir su grado de popularidad y así poder saciar sus ansias de afecto.

Ignacio Bellido Microrrelato Existencia


El selfie también es una respuesta a algo que el ser humano lleva haciendo durante toda su historia: explicar su propia existencia. Los autorretratos son un nuevo medio con el que llenar las hojas de nuestros diarios de vida, son una forma de escribir nuestra autobiografía. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, en los que estos episodios o recuerdos de instantes apenas trascendían del ámbito individual o de una escala familiar o social muy reducida, ahora, con la proliferación de las redes sociales y los avances tecnológicos, nos hemos aventurado a ser los narradores de nuestro cotidiano. Lo que deseamos es demostrarnos, no como meros espectadores pasivos de aquello que retratamos, sino como los protagonistas de aquello que mostramos en la fotografía.

En el selfie el actor y el espectador son la misma persona. Desempeñan el mismo rol. Se muestran como espectadores de aquello que reflejan pero, al mismo tiempo, son protagonistas directos de aquello que revelan a los demás. La posibilidad de representar y retratar lo que sucede y compartirlo con los demás a través de la cámara que todos portamos en nuestros bolsillos con nuestros teléfonos inteligentes y sus conexión a internet ayuda a que la sociedad civil perciba el empoderamiento y que haga uso de él. 

Surge un dilema en torno al uso del selfie: saber si la sociedad civil está realmente capacitada para su uso. Es difícil establecer un límite entre vida privada y pública, así como saber las consecuencias de compartir imágenes e informaciones personales en la red es uno de los retos que debemos aprender a manejar y gestionar. Debemos ser capaces de construir nuestra propia marca personal que una parte más de cada uno de nosotros: nuestra identidad digital.



lunes, 23 de junio de 2014

Nacemos y Morimos Buscando Amor

En la vejez y en la infancia el amor de los demás nos mantienen con vida
Nos pensamos indestructibles. Creemos que la carcasa que nos protege es irreductible. Sin embargo, se trata de una máquina que se desajusta y pierde su fiabilidad. En cualquier momento, sin previo aviso. Nos convertimos, de repente, en el animal más frágil. La cercanía a experiencias dolorosas, la vivencia de la tristeza, la presencia de las lágrimas, la existencia de la muerte y de la frustración son necesarias para poder encarar las situaciones de la vida. Este descubrimiento no se lo hacemos posible a nuestros hijos. Construimos para ellos infancias muy felices que pueden desencadenar madureces muy duras al haberle privado del manejo del enfrentamiento a situaciones de dificultad.

Para ejemplificar este legado que estamos construyendo a nuestros hijos me valgo de la siguiente historia que escuché de los labios de Jorge Bucay

"Un día, encaramado en la copa de un árbol descubrí entre las ramas un capullo que albergaba en su interior una mariposa. Opté por llevarlo a su casa. Allí lo puse bajo una fuente de calor para cuidarlo hasta acercarse la hora de nacer. En ese momento, para evitar el sufrimiento a mi amada mariposa decidí hacer uso de un bisturí para que mi mariposa no tuviera que esforzarse, evitándole el sufrimiento y el esfuerzo de romper la crisálida. Al instante descubrí a un duro azote de realidad que toda esta protección, cuidado y negación de una parte del ser mariposa lograba que me ardiesen las entrañas.  Mi mariposa era incapaz de volar. Los minutos pasaban y cada vez era más consciente de que irremediablemente la mariposa moriría víctima de su incapacidad para volar pues no podría procurarse el alimento necesario para su supervivencia. ¿Por qué mi mariposa era incapaz de volar? Porque al querer evitarle el sufrimiento, por querer ahorrarle un esfuerzo, impedí que generara la fuerza para poder romper la crisálida, le negué la experiencia necesaria para obtener la energía y la fortaleza de los latidos de su corazón, el rápido fluir de su sangre, con los que hacer posible que sus alas se expandiesen".

Vivir dificultades nos conecta a la vida. 

Para poder dotar de sentido a la vida, sí, aunque parezca ñoño, un cliché, un lugar común, necesitamos amor. Nacemos y morimos buscando amor. El amor le da sentido a la vida. El amor de pareja, el amor paternal, el amor de hijos, el amor de amigos… hace posible que vivamos momentos difíciles como la desaparición de un ser querido, la separación de tu pareja, la enfermedad de un hijo pero, al mismo tiempo, nos ayuda a superarlos.

El amor es una aventura, no es algo estático. 

Requiere que lo cultivemos, esforzarnos por abonarlo de manera que pueda crecer y ver qué va sucediendo con él. Es un intercambio amoroso con el otro que nos provee mutuamente de la fuerza necesaria para poder enfrentarnos a lo que esté por venir. Es el músculo que más debemos vigilar porque, como dicen los médicos, el músculo que no se trabaja se atrofia. Como dice Mario Benedetti “Si el corazón se olvida de querer ¿para qué sirve?”. Mejor ejemplo que La Mecánica del Corazón de Mathias Malzieu y su libro hecho película no se me ocurre como mejor respuesta Benedetti.


Si llevamos la atención a la lucha por el progreso, la búsqueda de lo que deseamos, las vacaciones que queremos, el auto que ansiamos conducir, el aspecto que anhelamos lucir… perdiendo de vista otros aspectos muy importantes. Puede que hayamos conseguido todo o gran parte de la lista de estos propósitos pero, irremediablemente, uno termina por descubrir que la vida no se llena con las cosas de afuera. Tardamos mucho tiempo en darnos cuenta que lo que nos permite trascender los límites e ir más allá está en las cosas invisibles que hacen de la vida un lugar mejor. Como, por ejemplo, el amor.

Microcuento de Ignacio Bellido Román


miércoles, 11 de junio de 2014

Sobrevivo gracias a tus Caricias

El tacto es uno de los pilares sobre los que edificamos nuestra vida en sociedad. Tocamos, palpamos, acariciamos, besamos, abrazamos, rozamos, sujetamos, apretamos… Intentamos que nuestro sentido del tacto y su uso se convierte en un indicador de que formamos parte de un universo social. La presencia del tacto nos indica que hemos sido capaces de establecer un vínculo con otra persona, más intenso o menos, durante un período de tiempo más o menos prolongado.

El contacto físico con nuestro semejante es el vínculo más primario del que nos servimos. Cuando nuestra madre nos amamanta estamos dando lugar al primer vínculo social de nuestra vida. Para que este se mantenga recurrimos al tacto. Necesitamos el contacto físico con nuestra madre para poder sobrevivir. Pero ¿qué obtiene ella de llevar a cabo un comportamiento que físicamente le está lastimando? ¿Qué recibe de alguien que desde su nacimiento a trastornado su universo vital y le exige entregarle una gran cantidad de energía a cambio de una nada despreciable inversión de tiempo? El establecimiento de un vínculo. Un sentimiento de pertenencia. Una conexión emocional con otro semejante. Una indescriptible sensación de placer de mantener un contacto físico directo.


Las terminaciones nerviosas de la piel nos ponen en contacto con el mundo exterior. Nos ayudan a percibir cambios en la temperatura del aire o de los objetos con los que estamos en contacto, variaciones en la humedad y densidad del aire, en definitiva, nos sensibilizan al ambiente en el que nos desenvolvemos. Pero no es ésta su única misión, sino que también cumplen el propósito y la misión de sentirnos próximos a nuestros iguales.

Cada vez que nos tocamos con alguien, por mínimo que sea el contacto (siempre que éste no sea percibido como una amenaza o agresión) nuestro organismo segrega oxitocina. Sí, sí, la sustancia que segregan los enamorados, la que nuestro cerebro ordena generar cuando mantenemos una relación sexual. También la generamos ante un contacto físico con otro sin que media una relación sexual. Una caricia, un abrazo, un simple apretón de manos provoca que la presencia de esta sustancia en nuestro organismo aumente.

Su presencia en nuestro cuerpo aumenta nuestro nivel de confianza en el otro, desencadena conductas de fidelidad, da lugar a comportamientos altruistas, nos hace más generosos, desarrollamos un mayor número de apegos… Tocar, acariciar y ser acariciado nos reconforta contribuyendo a reducir los niveles de estrés. Si no nos tocamos, si evitamos el contacto con el otro, si rehuimos su presencia para evitar el contagio de enfermedades. Realmente lo que estaremos logrando es inocular en nuestra sociedad el virus de la desconfianza, de la competitividad, de la tensión permanente.

Piense en su vida de pareja, cuánto tiempo ha transcurrido desde último abrazo, de la última caricia, de su última relación sexual. Si su frecuencia se ha reducido, los tiempos que transcurren entre el último y el venidero cada vez se alargan más, está ante los síntomas de que una desconexión se está produciendo. Volvamos a tocarnos, recuperemos el deseo por estar próximos a los que tenemos al lado, dejemos de palpar pantallas. Toquemos el mundo. Exploremos el universo que es quien permanece sentado a nuestro lado. Hagamos sentir de nuevo a esa persona importante para cada uno que, cuando haga o tenga frío, tenemos para darle todo el calor que necesita.




miércoles, 4 de junio de 2014

El Pasado tiene Miedo al Futuro

El cambio requiere un reinterpretación del uso que hacemos del pasado. Para transformarnos no es necesario olvidarlo. El cambio nace y es posible cuando aquello que hemos vivido lo empleamos como experiencia y no como un lastre o un látigo con el que castigar e impedir nuestro deseo de avanzar. Hemos de desterrar el empleo del pasado como justificante del presente “Mira lo que viví hace unos años…” “No sabes por todo lo que he pasado…”

El pasado no es una prisión. No es una celda en la que permanecemos encerrados y de la que resulta imposible escapar. Lo que hemos vivido, sentido y pensado es experiencia y como tal debe convertirse en el soporte y el resorte necesario para el avance. Hay que soltar el pasado para poder avanzar hacia un futuro mejor. 

El ser humano tiene una gran capacidad de adaptación a los cambios y mucho potencial por desarrollar. El problema, en ocasiones, puede radicar en las pocas expectativas sobre nosotros mismos, pero la capacidad para adaptarse a los cambios la poseen todos los seres humanos.



El entorno en el que nos desenvolvemos es un factor que en muchas ocasiones dificulta y limita las oportunidades para avanzar. En él podemos vernos inundados de informaciones tóxicas que reducen y contaminan la esperanza por el futuro.  Esta contaminación y enrarecimiento del ambiente ante informaciones tan negativas acerca del discurrir del medio  acaba generando la aparición de crisis de esperanza. Crisis derivada del hecho de que todo aquello que hicimos en el pasado para prepararnos para un futuro que es  este presente parece no habernos sido de gran utilidad porque aquello para lo que nos preparamos ya no existe. Esto requiere que seamos capaces de llevar a cabo procesos de readaptación constante.


Tememos vivir la vida que no hemos vivido. Aceptamos y convivimos con miedos a situaciones que nos sabemos si realmente sucederán. Esto es un hecho que ha ocurrido en numerosas ocasiones a lo largo nuestra vida y de la historia de la humanidad. Existen una serie de mitos que arrastramos durante gran parte de nuestra biografía y que problematizan la vida emocional.

Un primer mito propio de una ideología y pensamiento capitalista y en la acumulación de bienes es pensar “Soy lo que tengo”. La sociedad del capital nos crea la falsa ilusión de que cuanto más dinero tengo, más bienes soy capaz de atesorar, más soy. Si en un momento se pierde lo que tienes ¿quién eres? Asumir que el valor personal de un individuo depende de las cosas que tiene es una de las mayores causas de infelicidad.

El segundo mito es decir “Soy lo que hago” ¿Qué eres cuando dejas de hacerlo? La muerte de Yago Lamela o de otros ilustres que, asesinada su identidad en vida, pueblan con sus dramas personales los platós de televisión en un desfile de muñecos rotos, son una ilustración de esta reducción del individuo a una identidad unidimensional como ya hablamos en Cuando la retirada del deportista no es una victoria.

El último es “Soy lo que los demás piensan de mí”. Reducir nuestra vida a buscar la aprobación y el halago de los otros a fin de experimentar un sentimiento de pertenencia provoca desajustes en nuestra conducta que nos empujan a comportamientos ambivalentes. Este deseo de aceptación nos achica, nos hace pequeños, nos convierte en personas temerosas por miedo a la crítica, a no ser aceptados. Este miedo nos empuja a esconder gran parte de lo que somos. Marge Simpson y su cambio de conducta en aquel episodio en el que gracias al traje rosa de Chanel que compra a precio de saldo ejemplifica a la perfección este desajuste entre identidad sentida, identidad vivida y conducta. Con esta conducta impostada nos quedamos muy lejos de lo que somos.

Vivimos tan preocupados por proyectar el futuro que olvidamos vivir y disfrutar el presente. Vivimos gran parte de nuestra vida lanzando hipótesis de cómo será nuestra vida en el momento en el que un hecho que deseamos suceda finalmente tenga lugar “Cuando consiga ese trabajo entonces…” Perpetuar este pensamiento degenera en que podemos pasarnos la vida esperando a vivir. Es del todo cierta esa expresión que afirma “la vida es aquello que pasa mientras haces planes”.

Hemos de aprender a estar mucho más en el presente, disfrutar con y en él. Lo primero que podemos hacer es comenzar a escoger los mensajes que deseamos provengan de nuestro entorno. Hemos de elegir, de la misma manera que optamos por un alimento u otro a la hora de comer, qué información es la que deseamos consumir. 

Cada uno debe ser más responsable de su elección a la hora de determinar con quién estoy, qué escucho, que veo, qué leo. Sabemos que las cinco personas más importantes para nosotros y con las que más tiempo compartimos tienen una influencia muy importante en nuestro cotidiano. Influyen en nuestra manera de enfrentarnos al día a día, en las habilidades de comunicación que empleamos, en las estrategias que usamos para sobrevivir en nuestro entorno, en la manera de vestirnos, en el vocabulario que empleamos… elijamos a quién queremos a nuestro lado: a quien avive las llamas de nuestras ilusiones, sueños y esperanzas o, si por el contrario, preferimos optar por quien nos ponga los pies en el suelo, que traba nuestros deseos de crecimiento y apaga la luz de nuestros sueños antes de haber siquiera comenzado a soñar. 

Por mi parte hago mías las siguientes palabras de Dario Grandinetti en la película El lado oscuro del corazón, valiéndose del poema Espantapájaros de Oliverio Girondo, para definir al tipo de personas que he decidido que compartan su tiempo y sus vivencias conmigo "No sé... me importa un pito que las mujeres tengan senos como magnolias o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezca con un aliento afrodisíaco o con uno insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sería el primer premio en una exposición de zanahorias. ¡Pero eso sí! No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar pierden el tiempo conmigo"